Es el tema recurrente después de cada semana de partidos de selecciones nacionales. Como queriendo alertar de su alto peligro, de su carácter pernicioso o de su insalubridad, a la prensa afín a los grandes de España no se le ha venido al teclado mejor denominación que la de ‘virus’. Los partidos de selecciones son a los clubes lo que ese microscópico organismo a las células que conforman el cuerpo humano. Aprovechándose de su metabolismo, valiéndose de la estructura que soporta al fútbol de clubes, el fútbol de selecciones se reproduce en el mejor caldo de cultivo posible, debilitando a aquellos clubes de los que se ‘apodera’. O eso es lo que nos pretenden meter en la cabeza.
Nos vale la teoría del círculo vicioso. O lo que es lo mismo, mi club tiene 12 internacionales absolutos en la primera plantilla, ergo es propenso al temido virus. Es una evidencia. Y lo queremos todo. Queremos la mejor plantilla, queremos contar con los mejores futbolistas del planeta en cada posición, incluso nos postulamos como el destino ideal para todas aquellas estrellas en ciernes que comienzan a despuntar en otros clubes… pero no queremos que nos afecte el virus. Queremos ser inmunes, permanecer aislados, como el más modesto de los modestos, como aquel que sueña y celebra el día en que un futbolista de su plantilla pueda ser convocado con una selección nacional absoluta.






Duele confesarlo, pero a veces uno quiere lo que tuvieron sus mayores. Quizá porque no hay nada más evocador que la nostalgia, sobre todo cuando es ajena y selectiva, durante demasiado tiempo, para mí, el Mundial no era tan grande por lo vivido como por lo leído, lo escuchado, lo diferido. No sólo por las ediciones en blanco y negro, prácticamente ciegas en lo televisivo, alimento sencillo de mitos y misterios, también por ese par de décadas previas a los noventa, cuando cada cita dejaba al menos un partidazo memorable. Pienso en el éxtasis de las prórrogas de Francia, de sus cruces con Alemania, o de ésta con Italia, o de la otra con Brasil… Un éxtasis que sólo vi en redifusiones, en vídeos, con el filtro de la retina de mis primos, de mis tíos, de mi padre. Un éxtasis que yo interioricé como el Mundial verdadero, y no encontré en Italia, de refilón, ni en Estados Unidos, el descubrimiento, ni en Francia, la primera gran decepción, ni en Corea y Japón, menos ingenuo. Lo encontré, ese éxtasis, ese vértigo de sentir que el juego se eleva a otra dimensión, en una noche calurosa, en uno de los últimos partidos en el sofá de la casa familiar. Ya ves. Tanto tiempo después. El Mundial puro, desatado, vivero de valientes y épica futbolística. El que sabes que es Historia mientras lo vives en el presente. El que no necesita del pasado, ni de la filia partidista, para resultar trascendental.


Italia nos daba miedo. Reconozcámoslo. Pocos partidos han marcado tanto a una generación, por lo menos, como el que se coronó con aquella secuencia maldita e inolvidable. 1994, Boston, Pagliuca tapando a Julito Salinas, Roberto Baggio desnudando a Zubi y Abelardo, y Tassotti frustrando el último anhelo de Luis Enrique. La crueldad hecha fútbol. Las lágrimas sangrientas, o la sangre salada. La fatalidad que caía por inercia. La desgracia que creímos eterna.


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