Vientos de pesimismo soplan alrededor de la selección española tras los últimos dos amistosos que han llenado (?) estas fechas FIFA. Dejando aparte la oportunidad de los eventos, lo impresentable del viaje a Costa Rica y la catadura del tal Villar –asuntos que ya han hecho correr los debidos, siempre escasos y siempre insuficientes ríos de tinta- es evidente que las sensaciones deportivas dejadas por nuestro combinado no han resultado halagüeñas. Al “exceso de retórica” de Wembley –conocido en otros ámbitos como apoteosis del bostezo- siguió un primer tiempo indigno y vergonzoso en San José, coronado con un 2-0 que uno podría calificar tranquilamente de kafkiano si su realidad no fuera tan inquietante. Sólo una ración de la tan denostada furia –personificada curiosamente en Iniesta, el más fino de los futbolistas- y la salida de David Silva evitaron males mayores, al menos en el luminoso.
Sin embargo, da la impresión que para un número no despreciable de aficionados el campeón de Europa y del Mundo, no conviene olvidarlo, se encuentra bajo sospecha. Las sucesivas decepciones de los amistosos, la discutida necesidad del doble pivote, la elección del nueve y ese ritmo parsimonioso, falto de profundidad y chispa, con el que España nos ha torturado en algunos momentos, están produciendo reacciones entre la afición que en algunas ocasiones llevan directamente a la boutade, tipo pedir la dimisión de Del Bosque. Parte del público se ha acostumbrado tanto a ganar que una mínima curva descendente semeja una hecatombe, y todo lo que no sea abrumar al contrario con una catarata de goles y ocasiones da lugar a que se cuestione hasta al que vende las almohadillas, mucho más el modelo. Una manera de jugar de la cual no puede discutirse que, guste más o menos, ha garantizado competitividad y copas donde hay que mostrarlo, en los grandes torneos. Y ojo, que España ha ganado todos los partidos de la fase de clasificación, algo que no se consigue ni con la plasta controlada de Londres ni con el horror anárquico sobre el patatal centroamericano. El modelo es la base, la arcilla, y el fuego del horno lo brinda la motivación, algo que sin duda ha escaseado en los últimos diez días. Si ya las fases previas no son en absoluto indicador de lo que ocurre cuando realmente llega lo importante –pregunten a Clemente y a sus récords- imagínense un par de amistosos a destiempo. Mandarlo todo por la borda entra en el terreno del nonsense.




Hay un momento en la vida, mientras creces, y si te lo pasas demasiado bien, que deseas un poco de sufrimiento. Es un anhelo inconsciente y falto de perspectiva pero es, creo, un impulso relativamente habitual en la adolescencia. Escuchas, por concretar, multitud de canciones que hablan de cosas que todavía no te han pasado, unas buenas, otras malas, y te gana el ansia de correr hacia adelante, quemar etapas y vivir todas esas experiencias que te cuentan los versos libres de las letras: amores, desamores, drogas, vida interior, revoluciones colectivas, viajes, sexo y demás. Uno quiere ser mayor, viejo, gordo incluso, y durante el camino busca cicatrices que le recuerden que sigue respirando. Cuando termina, cuando conoce ese millón de mundos por descubrir, se mira las manos, cuenta los dedos y reconoce: igual no era para tanto. Entonces, lo que desea es volver al cobijo del útero, sin más. Pero ya es tarde. A veces.








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