Ayer, en una de esas noches de radio, cuando el sueño no termina de llegar y nos dejamos atrapar por los programas deportivos, escuché al guardameta Cobeño explicar la situación de su equipo. No diré que me emocionó, siempre miro los problemas económicos de los futbolistas profesionales con cierta distancia, pero me hizo darle vueltas a la situación del fútbol como negocio. En esa extraña mezcla de aficionados, espectáculo y pura especulación inversora. Esto es más antiguo que el propio deporte, claro, y el caso del Rayo Vallecano se ha visto en otros equipos con una particularidad: los vallecanos son líderes de su categoría y tras su reciente victoria ante el Betis tienen todas consigo para subir, por fin, a Primera División.
La familia Ruiz Mateos lleva meses sin pagar a la plantilla y sólo una venta del club, inmediata además, puede solventar el problema de los pagos. Inyectando dinero antes, si es posible, para aliviar la situación de los afectados. La sensación, tras escuchar al portero, es que sólo su pundonor los hace salir al campo. Ante las preguntas de algunos periodistas, diciéndole que su buena racha era la consecuencia de querer subir cuanto antes para garantizarse un comprador, Cobeño fue sensato: somos líderes a seis puntos del tercero y la gente no hace cola para comprar al Rayo.





Cuando uno ha probado un baño de miel, retozar en el barro apenas tiene gracia. José Mari (10-12-1978) debutó en Primera siendo adolescente, con el Sevilla, y enseguida firmó dos contratos de ésos que te resuelven la vida. Uno con el Atlético, y otro con el Milan. No cuajó su aventura en el Calcio, ni su carrera en la selección, y a la vuelta tenía todas las papeletas para convertirse en un juguete roto. Veterano antes de tiempo, más en sensación que en edad real, tuvo un papel complementario en el Villarreal (provocó el penalti que falló Riquelme, la noche en la que Lehmann se tiró a la izquierda -
A falta de una sola jornada para la conclusión de la temporada en Segunda División, Real Sociedad y Levante UD confirmaron ayer su regreso a la categoría de elite con sendas victorias en sus propios estadios.
Ni se construye ni se remodela, sólo cambia de ambiente. El Estadio José Rico Pérez huele a fútbol de los setenta. Escalones altos, ventanas de madera y aseos resbaladizos. Un mantenimiento descuidado desluce su capacidad interior y el bonito de su césped. En la retina, su estreno en 1974 ante el Barça de Cruyff y el honor de albergar una de las sedes del Mundial ’82. En el horizonte, dos realidades opuestas que dividen sus fines de semana. Una primera versión que denota la tristeza actual del Alicante F.C y una segunda que envuelve las opciones de ascenso del Hércules a Primera División.
A finales de junio, cuando la mayoría andemos envueltos en la excepcional locura del Mundial de Sudáfrica, un puñado de aficiones vivirán, al límite, emociones de andar por casa, pero igual de intensas y verdaderas. Pocos resultados se celebran más entre los pobres del fútbol que un ascenso de categoría, porque el logro encierra un segundo premio, aplazado en el tiempo. No sólo es subir, la fiesta del momento, también se trata de soñar, en el curso siguiente, con lo máximo, viendo desfilar por tu estadio a los mejores clubes del país, a sus mejores jugadores, bajo los focos más ilustres. Justo, mientras España, Brasil, Argentina, Italia e Inglaterra, y los demás, arranquen su escalada hacia el trofeo de la Copa del Mundo, Real Sociedad, Levante, Hércules, Cartagena y Real Betis, con permiso de Elche y Numancia, se jugarán su presencia futura en Primera División, Liga BBVA, para más señas.
Me resulta muy extraño sentarme aquí a explicar qué ocurre con el CD Castellón. Lo suelo hacer en mi trabajo, al menos una vez por semana, de eso vivo. Y lo suelo hacer a diario, con quien me cruzo, porque el Castellón es el equipo de mi ciudad, y soy abonado, accionista e hincha antes que nada. También me incomoda, por cierto, teclear esta entrada ahora que García Osuna, uno de los máximos accionistas de la entidad y responsable de la parcela deportiva del club, apesta a leña de árbol caído, y quienes hace nada estiraban chaquetas se apuntan últimamente, oportunistas, a la corriente inevitable pero, bueno, ahí están las hemerotecas para que nadie se confunda. En realidad, lo que hoy escribo en Diarios de Fútbol no es nuevo, es una historia contada a tiempo real
La mirada futbolística del aficionado español tiene sus límites. Casi infranqueables. Allá donde el río Duero serpentea incansable con rumbo al oeste, cerca ya de su epitafio portugués donde sus aguas nutren fértiles vegas a lo largo de sus dos márgenes, ofreciendo pequeños oasis de verdor en mitad de un océano de aridez y sequedad, allí, tan lejos de Bernabéu y Camp Nou, el fútbol también se manifiesta.

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