El dolor es invisible. Despliega su funesto manto sin alardes, con frialdad, sin fuegos artificiales, con severa e inevitable precisión. Ensombrece los rostros, empuja las lágrimas, convierte en plomo la liviandad de la existencia, nos ancla al suelo. La matemática oposición del vuelo anímico que nos regala el entusiasmo, el revés de ese momento mágico, por ejemplo, cuando gritamos gol solos pero placenteramente acompañados en las gradas del estadio. El dolor es eso que pasa cuando tu equipo desciende. Así de sencillo. Y es difícil aligerar las dudas, hacer breves las sospechas y seguir regalando tiempo, alegría y dinero a un club del que creemos que ya no nos merece.
Estuve en A Coruña hace unos días. Era día de partido. En la calle había gente, camisetas listadas de azul y blanco, alcohol en las terrazas y bufandas colgando de los cochecitos de bebé, pero algo olía a cerrado en la calle. Como un baúl que esconde las miserias familiares, como un diario que convierte al héroe en mezquino, al bueno en malo. La ciudad gallega está acostumbrada a la alegría, o al menos, la vacuna Djukic los inmunizó para el sufrimiento doméstico. Estar a punto de bajar era mucho menos dañoso que perder aquella liga. Con eso el Depor ha estado años alternando la gloria con la vulgaridad, pero siempre en un ambiente fértil, despreocupado, confiado y permisivo con la actitud –puntualmente indefendible- de Lendoiro y el desfile de entrenadores y jugadores que han convertido al SuperDepor en un equipo de media tabla con una historia breve en la élite breve pero maravillosa.







En DDF no queremos permanecer ajenos a la emoción del ascenso. Si esta mañana, el colega Chimo nos explicó el punto de vista del Elche, ahora Javi Martín, responsable del blog 




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