Se dice, con razón, que son los equipos más tácticos del mundo. Que con frecuencia aburren a la ovejas, que sus entrenadores intentan programarlo todo, que por este camino llevarán al fútbol a la ruina. Después de ver la semifinal de hoy, parece difícil concebir mejor propaganda que ésta para nuestro deporte. Un partido intenso y duro, como fueron los anteriores desafios continentales de Chelsea y Liverpool, pero mucho más abierto, con las estrellas luciendo, los maravillosos arietes en estado de gracia -Drogba y Torres, cada uno marcando su gol- el fútbol abierto y veloz, por los extremos o por el centro, en corto o en largo. Cuando ha acabado el partido, y todos esperábamos el lógico desplome de ambos conjuntos tras el titánico esfuerzo, ha aparecido el mejor Chelsea de muchas temporadas para firmar quince minutos descomunales, casi imposibles de puro brillante, que han incluido un gol anulado, un penalty a favor y una jugada de tiralíneas en el minuto 105 que pocos equipos del mundo podrían firmar con todos sus jugadores a pleno rendimiento. Todo parecía resuelto y lo estaba, pero el Liverpool lleva tal gen luchador clavado en las venas que, incluso roto y desquiciado, se las ha arreglado para acortar distancias a tres minutos del final –de nuevo Babel, como contra el Arsenal- y caer en el área rival. Como los campeones, como los grandes.
Tras muchos millones de euros invertidos en los últimos años, el Chelsea busca de nuevo la final de la Liga de Campeones. Es su cuarta semifinal en cinco años. En las dos anteriores le dejó fuera el Liverpool, su rival de nuevo esta noche. En el banquillo de los ‘reds’ sigue Rafa Benítez, pero en el londinense ya no está Mourinho. Eso no ha evitado el habitual choque dialéctico. El técnico español se queja de la vena teatral de Drogba (como diría el mismo Mourinho), lamenta la “fortuna” del Chelsea en el partido de ida y Avram Grant, con todo respeto, le recuerda que la eliminatoria está empatada a uno. Tras el resultado de la ida, Abramovich ya vislumbra el final del tunel, en la capital rusa, precisamente, dentro de tres semanas. En su camino, como siempre, se interpone el Liverpool. Hace tres años fue un gol (ilegal) de Luis García; hace uno, las paradas de Reina en la tanda de penaltis; hoy, puede ser Fernando Torres, cuya enorme temporada ha cogido por sorpresa incluso a quienes confiaban plenamente en él.
Se hizo todo lo posible, pero a veces el dos de corazones no sale, por más que barajemos. No es una excusa. Es la realidad de todo juego. A veces se gana mal y otras, como hoy, se pierde bien. Los culés hemos de estar orgullosos del equipo hoy y aplazar para mañana los análisis sobre nuestro futuro. Reconozcamos, pues, a un rival que nos ha ganado jugando bien. No es injusto finalista el Manchester United, ni mucho menos. Aplaudamos a los Red Devils como caballeros y hablemos mañana de lo nuestro. Porque habrá que hablar, y mucho.
El Manchester acaba de firmar su pase a la final de la Champions en un partido épico que tardará tiempo en olvidarse, y en el que el Barça ha muerto como los grandes, en el área contraria. Tiempo habrá de analizar las consecuencias de la eliminación, graves y seguramente estructurales, pero hoy es tiempo de comentar cómo se batió el equipo azulgrana en el más difícil de los territorios, como gente como Deco o Abidal jugaron quizá su mejor partido de la temporada tras meses de desaparición, o como, bueno o malo, el Barça luchó hasta el final con su mejor estilo, mucho más afilado y vertical que en la ida. La grandeza de ese enemigo que luchaba por victoria o muerte hace más valiosa la victoria del United, que algo disminuido por las ausencias de Rooney y Vidic, se agarró al trallazo monumental de Scholes, al desgaste inhumano de Park y Evra, a un cuarto de hora maravilloso en la segunda parte y a una solidez encomiable para luchar por un título de mejor equipo de Europa que, de conseguir, no tendrá nada de oficioso. Por cierto, seguimos esperando a Cristiano en partidos como estos, mientras que Messi confirmó la realidad que es mientras le duró el fuelle; esa batalla menor, al menos, sí la ganó el lado blaugrana. Quizá mereció también el Barcelona la final de Moscú, pero puede que el fútbol decidiera que un sólo partido no basta para redimir los pecados de dos años.
Como el protagonista de la célebre canción de Ariel Rot, el Barça se juega el todo o nada de esta temporada a una sola carta. Supongamos que, como en la canción del ex Tequila, también es el dos de corazones. Ahora bien, como en casi todo juego de naipes, no todo está decidido por las cartas que salen. Sólo quienes no han sabido jugar responsabilizan al azar de su derrota. La suerte está matizada por el factor humano, por los dedos de quien sostiene la baraja.
Estos dedos serán hoy probablemente los mismos que los del partido de ida –con la excepción de Márquez, sancionado, que será sustituido por Puyol-. Hace menos de una semana, el Barça demostró que a pesar de los pesares en los que está convirtiéndose esta temporada aún mantiene algo de aquel juego que hace dos años le hizo proclamarse campeón entre los campeones. Esa demostración debe servir para afrontar el partido con valor, fuerza, optimismo y garantías. No soy de la opinión de los que tiñen la temporada de fracaso aún cuando se venza en Moscú. Todo lo contrario. El Barcelona hoy tiene una oportunidad histórica, nada menos que la de llegar a su segunda final de Champions en tres años. Si se alcanza, la temporada será un fracaso matizado. Si se alcanza y además se gana, el año será, a pesar de todo, exitoso. Si esto sucede, nadie se acordará en tres años de los partidos de Huelva o Sevilla. Nadie sabrá que el Real Madrid profanó el Nou Camp. Nadie recordará que la práctica totalidad de la plantilla blaugrana fue sometida a un juicio con jurado popular en la que salieron declarados culpables. En cuanto a Rijkaard, más de lo mismo. Si se gana en Moscú probablemente, y no es poco decir, será recordado como el mejor entrenador de la centenaria historia del club. Seguir leyendo »
Los grandes resultados obtenidos hasta la fecha por el Manchester United, los registros goleadores de Cristiano Ronaldo o la tremenda ofensividad de un equipo concebido sólo para el ataque, habían trastocado la realidad. La gran mayoría de aficionados que pretendían disfrutar con un partido vistoso, de fútbol alegre y, según los cánones de belleza, una cita entre dos de los equipos más eléctricos del planeta con el balón en los pies, no lo vieron en ningún momento. Quizás por la infinidad de ataques al planteamiento, formación y carácter que se está llevando ahora mismo el United tras el partido de este miércoles, veo necesaria una opinión externa.
Los Red Devils son actualmente líderes de la considerada como mejor liga del mundo y superan a los tres gigantes con los que está compitiendo también en Europa. Si del Liverpool se venera su gran defensa, del Chelsea su pegada y del Arsenal su indudable técnica, el Manchester United ha logrado aunar todas esas cualidades en un equipo que está dejando grandes partidos en la Premier.
Combate nulo el ofrecido esta noche por Barça y Manchester en el Camp Nou (0-0), en un partido que no ha respondido a las expectativas en él depositadas. Puede considerarse el equipo español vencedor a los puntos por su buen primer tiempo –buen toque de balón y control del juego, poca profundidad- pero no sabremos qué hubiera pasado si un discreto Cristiano Ronaldo no hubiera mandado al limbo un penalty a los dos minutos de juego. Confiado en la magia de Old Trafford, Fergie ha buscado el empate, saliendo con un doble pivote Scholes-Carrick, Park más ocupado de la presión que de encarar y Hargreaves de improvisado lateral derecho. El Barça se ha apoyado en el partidazo de Touré, el buen hacer de Iniesta y las arrancadas de Messi, pero no ha sido suficiente para abrir una lata que estaba muy cerrada; en cualquier caso, el experimento de los dos mediocentros potentes, el mencionado Yaya y Deco, debe considerarse exitoso. Con la actitud del ManU y el bajón físico de los azulgrana, gran parte del segundo tiempo ha quedado a beneficio de inventario. No es mal resultado el empate sin goles para el Barça, de todos modos, si el equipo catalán es capaz de llevar el ritmo de la vuelta a los terrenos pausados que le convienen. En seis días, el desenlace.
Calentando motores para el partidazo de esta noche, os ofrecemos una comparación individual (aproximada, como siempre son estas cosas) de los onces que probablemente presentarán Barecelona y Manchester United.
Valdés-Van der Sar X. Podemos considerar a la par el duelo entre el canterano y el holandés. Valdés ha mejorado mucho en los últimos dos años, especialmente erradicando casi en su totalidad esos errores de concentración que solía cometer en el pasado. Van der Sar, a sus 37 años, sigue mostrándose como un portero sobrio cuya baza diferencial es el juego de pies.
Abidal-Evra 2. Sería diferente este pronóstico si hubiera sido realizado en la primera vuelta, cuando el portentoso estado físico del ex-Lyon le convertía en una locomotora en su banda. Su rendimiento ha descendido, mientras que el de Patrice lleva ya tiempo estabilizado en la solvencia. Aseado defensivamente, recorre la banda con criterio y culmina sus llegadas con clase. El lateral izquierdo de Old Trafford es suyo.
Milito-Vidic 1. Dos de los mejores centrales de la actualidad. Gabi ha probado ser el mejor fichaje veraniego del Barça, suena para futuro capitán por su jerarquía y su poderío en el juego aéreo y sentido de la anticipación lo hacen imprescindibles. Estas dos últimas cualidades también adornan a Nemanja, clave en el asentamiento de una defensa frecuentemente discutida antes de su llegada. Sin embargo, los problemas físicos del serbio en las últimas semanas le hacen llegar algo justo al Camp Nou, e inclinan la balanza.
No era mal resultado el 1-0 tal y como se había desarrollado el partido. Con un Liverpool volcado sobre la portería de Cech, el Chelsea conseguía a duras penas mantener a raya al equipo de Benítez e impedir que este profundizara en la herida abierta por Dirk Kuijt. La vuelta en Stamford Bridge se presentaba como una cruenta batalla, supeditada a la obligación para los Blues de hacer al menos dos goles al equipo menos goleado de esta Liga de Campeones.
En un día marcado en rojo en todo calendario del buen hincha Red (debido a la semifinal de Champions contra el Chelsea), donde últimamente aparecen con facilidad fechas para la gloria y el orgullo de la parroquia de Anfield, no está de más echar la vista atrás y observar los pasos que se han seguido para alcanzar este estado de alborozo que genera tantas envidias. La llegada de Rafa Benítez se considera un punto y aparte en la progresión de un equipo que, con el técnico español, cerró 21 años de paciencia por la Copa de Europa y regresó al primer plano mediático en el momento justo del crecimiento en la Premier League.
Casi designado por el caprichoso destino (jamás llueve a gusto de todos) y dentro de la reestructuración que aún hoy se vive en suelo Red (y que incluye un nuevo estadio en camino), la plantilla ha sufrido cambios drásticos para amoldarse a lo que Rafa y su estilo de juego proponen. Muchos vieron un revolucionario táctico, un técnico con un perfil claro de juego y de los jugadores que necesitaba para ello - siendo destacada en este aspecto la llegada de hombres de su confianza como Xabi Alonso, Luis García, Sissoko o Torres - pero también la absoluta desaparición de los canteranos a los que tanto veneraron en The Kop tiempos atrás.
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