
Una cosa estaba clara, la impecable racha liguera del Barcelona podía alegrar mucho a la afición culé pero restaba interés a la competición. Veintitrés partidos sin perder era una trayectoria difícilmente igualable, parecía que el campeón estaba decidido y ya no sólo por la diferencia de puntos sino por la solvencia del equipo de Guardiola en los pocos escollos que le han salido al paso en lo que va de temporada. Sin embargo anoche en el Calderón el Atlético hizo lo que mejor sabe hacer, protagonizar actos inesperados. Un gol de Forlán y otro de Simao tumbaron al favorito. Tiene justificación: el equipo estaba muy mermado por las bajas. La defensa contaba con un improvisado lateral como Jeffren y a eso se sumó la prematura lesión, ya en juego, de Keita. Pero no estaría bien restarle méritos al equipo colchonero, no es mi intención. El enfermo de Quique ya tiene el alta médica, la final de copa alcanzada el jueves y esta victoria –que tiene mucho de psicológico- son elementos más que suficientes para confiar en un bloque disperso pero voluntarioso. El resumen es sencillo, un Madrid entonado se coloca a dos puntos del, hasta ayer, intocable Barça. Hay liga, dicen los entendidos.
Basta ver al filial amarillo. Prohibido el pelotazo, obsesión por el toque. En torno al ancla de Marcos Gullón, la pausa y el dominio de Matilla, las diagonales de Cristóbal y Jefferson Montero, el control de la situación a base de abusar de la pelota, el juego entre líneas de aroma clásico, y nueve en el que todo termina, Marco Ruben, y que casi todo lo emboca. Basta verlo, para definir el sello amarillo, el que se perdió, contra pronóstico con los nuevos mecanismos que chirriaron con Valverde, el que antes se gestó, en parte, en la cantera que dirigió Juan Carlos Garrido, hasta dedicarse de pleno al Villarreal B, y bañarlo de plata, y colocarse en la lanzadera a la aristocracia de los entrenadores de fútbol. Baste verlo en un rato, apenas, para comprender la apuesta de Fernando Roig, que se sinceró ante el micro de Canal+, aún caliente en el palco de Mestalla tras la derrota, siempre dolorosa ante el rival: “así no juega el Villarreal”, la frase, la sentencia definitiva para Valverde, de hace un par de semanas.
Anda el personal un tanto revolucionado ante la realidad de la vuelta a los partidos televisados los lunes, y quizá también un tanto por la barrera psicológica que se salta al programar fútbol hasta el viernes, día habitualmente intocable por lo que ha tenido siempre de vísperas del ritual balompédico finisemanal. Hoy mismo publica Relaño
[Antonio Agredano] Lotina. Ha estrujado su plantilla consiguiendo situarse arriba en la tabla, puntuando en campos dificiles, estirando la calidad de sus jugadores hasta conseguir un juego aseado y fluído. Huir de las apreturas de las últimas temporadas con un equipo modesto es una labor meritoria, y desde luego, él lo ha conseguido este año.
Vaya por delante mi admiración absoluta por el Andrés Palop futbolista. Incansable y tenaz luchador en sus años como portero del Valencia, relegado a un desagradable rol de eterno suplente, Palop miraba la vida pasar mientras los (supuestamente) mejores años de su carrera deportiva pasaban sin miramientos ante sus ojos, excepción hecha de dos buenas temporadas cedido en un Villarreal que no terminaba de arrancar. La oportunidad del Sevilla, un equipo en construcción pero con hechuras de grande, llegó como llovida del cielo. Andrés tuvo que bajar la cabeza y aceptar que su única salida profesional era el destierro.



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