No fue la última vez que el Rayo visitó el Camp Nou, pero por kafkiana y surrealista, ha resultado de las más difíciles de olvidar. Transcurría la temporada 1996-97, y seguramente, hasta los últimos años, nunca habían dispuesto Madrid y Barça de plantillas tan potentes y tan superiores al resto de los clubes de Primera. Lorenzo Sanz había dado el pistoletazo de salida con los fichajes de Mijatovic y Suker, pero su homólogo barcelonista no le anduvo a la zaga, y acabó completando una plantilla de ensueño en la que refulgían nombres como Figo, Stoichkov, Luis Enrique, Nadal, Giovanni, Popescu o un tal Pep Guardiola; a la cabeza de todos, Ronaldo en su versión extraterrestre, inalcanzable para nadie.
Historia
Un extraño Barça-Rayo |
nov
29 |
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Secciones: Barcelona, Diarios de Futbol, Historia, La Liga, Rayo Vallecano |
Futbolista, héroe, persona |
nov
28 |
El tardío desayuno del domingo veintisiete de noviembre fue algo peculiar. Como cada día, frente a la taza y las galletas abrí la edición online de los periódicos y lo aderecé con la ventana de Twitter. Fue allí donde me enteré. A los 42 años de edad, había fallecido Gary Speed. No voy a engañar a nadie, mi imagen de Gary Speed aparecía borrosa por el paso del tiempo. Sabía de su incorporación hace apenas un año al banquillo de la selección de País de Gales, pero se me perdía en lo más profundo de la memoria su brillante carrera como futbolista. Fueron varios fogonazos en forma de recuerdos: la implacable media del último Leeds campeón (Strachan, Batty, McAllister, Speed), el Newcastle de principios de la pasada década en Liga de Campeones… poco más. Después, con el devenir del tiempo y el ocaso de su carrera, le perdí la pista. Sin embargo y pese a esa lejanía, ayer, cuando empezaron a dispararse los rumores de que Speed había decidido colgar su cuerpo de una cuerda, le sentí cercano.
En los campos de Flandes |
nov
11 |
Al teniente coronel John McCrae se le partió el alma en dos cuando recibió la amarga noticia de que su amigo y exalumno de la academia militar, Alexis Helmer, había caído en el frente de Ypres, en las praderas sembradas de trincheras del oeste de Flandes. Era el 2 de mayo de 1915. La Primera Guerra Mundial no había hecho más que estallar y aún quedarían tres duros y larguísimos años hasta la firma del armisticio. McCrae, a cargo de un hospital de campaña, afrontó con entereza la pérdida de su joven colega. Se dice que fue la tarde del día en el que habían enterrado el cuerpo de Helmer. McCrae, recogido en sí mismo y reflexionando sobre lo que aún estaba por llegar, se sentó en un momento de descanso frente a la campiña que hacía las veces de improvisado cementerio de guerra. Fue allí, observando la monotonía del paisaje que ofrecían las cruces erigidas en memoria de muchos de sus compañeros y amigos, donde observó como la explosiva primavera ofrecía un inoportuno guiño a lo terrible de la situación bélica. Entre aquellas cruces, desafiando al tétrico panorama, asomaban unas manchitas rojas salpicando el verde del prado. Eran amapolas. Inocentes amapolas. Ajenas al drama bélico, las delicadas flores salpicaban de pequeñas gotas rojas hasta allá donde alcanzaba la vista del teniente coronel. No eran pétalos, eran las gotas de la sangre derramada en los campos de Flandes. Así lo entendió McCrae y así lo plasmó en apenas quince versos.
Las cuatro puertas |
nov
10 |
“Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades“.
Patrick Rothfuss
Pasan por la Puerta del Sueño todos los acontecimientos cuya imposibilidad metafísica define al fútbol como onirismo colectivo. No puede ser que un futbolista controle un balón, dé una vuelta de vals en otra dirección y, milagrosamente, se encuentre la bola un año después para ajusticiar a un portero. Ni que el gol que todos hemos ejecutado alguna vez en un sueño, controlando en tu campo a la que no mancha y regateando a un ejército antes de empujar a puerta vacía, lo repitieran idéntico dos tipos a los que une un hilo de plata en tiempos y lugares diferentes. Y mucho menos lo que siempre llevamos en el fondo del corazón, y que repetimos una y otra vez en ese espejo de fantasía que son los videojuegos: tomar el equipo de tu barrio, de tu pueblo o de tu pequeña ciudad, y en un parpadeo hacerlo campeón de Europa. No puede ser. Y si ese tipo seductor se llama Sueño, Morfeo, Oneiros o Sandman, igual podemos conocerlo por Dennis, Armando, Leo o Brian. Qué sabemos nosotros.
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Secciones: Cultural, Diarios de Futbol, Historia |
Andiamo a Berlino |
nov
08 |
Duele confesarlo, pero a veces uno quiere lo que tuvieron sus mayores. Quizá porque no hay nada más evocador que la nostalgia, sobre todo cuando es ajena y selectiva, durante demasiado tiempo, para mí, el Mundial no era tan grande por lo vivido como por lo leído, lo escuchado, lo diferido. No sólo por las ediciones en blanco y negro, prácticamente ciegas en lo televisivo, alimento sencillo de mitos y misterios, también por ese par de décadas previas a los noventa, cuando cada cita dejaba al menos un partidazo memorable. Pienso en el éxtasis de las prórrogas de Francia, de sus cruces con Alemania, o de ésta con Italia, o de la otra con Brasil… Un éxtasis que sólo vi en redifusiones, en vídeos, con el filtro de la retina de mis primos, de mis tíos, de mi padre. Un éxtasis que yo interioricé como el Mundial verdadero, y no encontré en Italia, de refilón, ni en Estados Unidos, el descubrimiento, ni en Francia, la primera gran decepción, ni en Corea y Japón, menos ingenuo. Lo encontré, ese éxtasis, ese vértigo de sentir que el juego se eleva a otra dimensión, en una noche calurosa, en uno de los últimos partidos en el sofá de la casa familiar. Ya ves. Tanto tiempo después. El Mundial puro, desatado, vivero de valientes y épica futbolística. El que sabes que es Historia mientras lo vives en el presente. El que no necesita del pasado, ni de la filia partidista, para resultar trascendental.
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Secciones: Calcio, Historia, Selecciones, Vídeos |
Tony Adams: la gestión de un fracaso |
nov
03 |
Dicen, aunque suene difícil de creer, que todo surgió como consecuencia de un penalti. De un penalti fallado, para ser más precisos. Era la tarde del 26 de junio de 1996. Sobre el césped de Wembley, ante los ojos de millones de europeos y bajo la inquisitoria mirada de una afición sedienta de gloria, Gareth Southgate, el mítico capitán del Aston Villa, encaraba el lanzamiento decisivo de una tanda que debía de llevar a Inglaterra a una final, en este caso de una Eurocopa, treinta años después de la única disputada hasta la fecha por el país de los creadores del fútbol. El tiro fue raso, potente, hacia el costado izquierdo pero quizá demasiado centrado. Andreas Köpke atajó y se llevó por delante el sueño de toda Inglaterra. El sexto penalti alemán, convertido por Andy Möller, terminaba de confirmar la debacle. Alemania estaría en la gran final, en detrimento de la anfitriona.
Sobre aquel mismo césped, a varias decenas de metros de las celebraciones de los alemanes, un hombre, un capitán, se hundía bajo el peso de la palabra ‘DEFEAT’ (derrota). Así, en mayúsculas. Tony Adams (Romford, Essex, 1966) no pudo soportar la presión del fracaso. Las expectativas depositadas por los ingleses sobre aquella ‘su’ Eurocopa eran tan gigantescas que nadie concebía cualquier resultado que no fuese alzarse con el campeonato. Una generación extraordinaria, con futbolistas como Gascoigne, Platt, Shearer, Ince, Sheringham o el propio Adams, sucumbió (una vez más) bajo el implacable rodillo teutón. Nada extraordinario, si nos atenemos a la Historia. Quizá un revés insoportable, para la mentalidad del legendario capitán del Arsenal.
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Secciones: Historia, Personajes, Premier League |
Sobre la muerte de un deportista. Recordando a Hermán Gaviria. |
oct
26 |
Alguien afirmó que la literatura nació el día que se inventó la expresión “mientras tanto, en otro lugar…”. Y en cierto sentido es así: para contar una historia a veces basta con relacionar dos hechos aislados. Hagamos un ejercicio de ese estilo. Viajemos en el tiempo y volvamos, por ejemplo, a las 20:30 horas del 24 de julio de 1992, un día antes de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona y desplacémonos al Estadio de Mestalla, donde las selecciones olímpicas de España y de Colombia juegan su primer partido de los Juegos. Ahí, en el centro del campo, en ese mismo instante, el balón bota y dos jugadores se lo disputan. Uno es Pep Guardiola, un joven centrocampista del FC Barcelona que muchos afirman que hará historia con el cuatro a la espalda (nadie se atreve siquiera a sospechar que una vez cuelgue definitivamente la camiseta comenzará otra historia, aún más grande). El otro es Hermán Gaviria, centrocampista defensivo del Atlético Nacional del que en Colombia hablan maravillas. Ese balón se lo lleva Gaviria, pero tampoco importa demasiado, pues el partido acabará con victoria española por un inapelable 4-0.
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Secciones: Historia |
Un domingo |
oct
19 |
La tristeza llegaba anunciada por los tres pitidos que el árbitro entonaba en el minuto noventa y algo. Cuando después de dar por terminado el encuentro con aquel sonido, el trencilla se giraba y estirando ambos brazos señalaba el túnel de vestuarios y los jugadores lo enfilaban en consecuencia (felices o cabizbajos, dependiendo del resultado), a mi mente acudía la imagen que me esperaba al día siguiente: los niños desfilando por el pasillo a través del cual se accedía al colegio. Entre ellos yo. Pero a diferencia de los jugadores de fútbol, nuestra actitud no dependía del resultado. Los lunes a las ocho de la mañana siempre se estaba derrotado.
De ese modo, en cierto sentido el final del partido en San Mamés anunciaba el regreso inevitable de la rutina del día a día. Era un sentimiento complejo. El camino de ida hacia el estadio, a donde nos llevaba mi abuelo, estaba teñido de alegría absoluta. Mientras subíamos Artxanda y antes de llegar a ver desde allí la panorámica de Bilbao con las luces de San Mamés ya encendidas aitite nos comentaba cómo llegaba el equipo al encuentro, qué nos jugábamos realmente, lo buenos que eran los rivales de ese día (los rivales siempre eran buenos para él), la historia de enfrentamientos históricos que precedía aquel choque. Después, la entrada a San Mamés siempre era mágica. Uno nunca se acostumbraba a ver a sus ídolos tan cerca, allí calentando antes del partido. También ojeábamos a los rivales, intentando adivinar cuál de ellos sería el mejor, el más peligroso, comentábamos la talla del portero, la mirada de los jugadores –si era temerosa o confiada-. Todo ello hasta que se hacía atronadoramente presente el himno de nuestro club, que cantábamos a voz en grito al tiempo que nuestros jugadores emergían al verde prometiendo una tarde épica.
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El método Pentland |
oct
01 |
“Teníamos prohibido gritar un gol de penal porque un gol de penal lo hace cualquiera” Al aparato César Luis Menotti contándonos detalles sobre la finísima filosofía de juego que funcionaba en Rosario Central cuando él comenzaba a dar las primeras patadas como profesional de la pelotita. Si hasta Pelé, que sin embargo no tuvo remilgos en fabricar su milésimo gol desde los once metros, pensaba que marcar de penal era de cobardes… No nos queda otra que asumirlo y el menos hacerlo bonito.
Cruyff y Olsen inventando el circo eficaz en el Ajax de los 80, la paradinha eterna de Antonin Panenka congelando la escena para birlarles a los alemanes la Eurocopa 76. Lo que la mayoría resolvería a base de fuerza y cálculo unos pocos genios se lo ventilaron con sofisticación y estilo. Y entre los que pulieron la suerte del penalti también hay que incluir a un oviedista. En ese saco genial cabe Fred Pentland.
Georges Santos y la batalla de Bramall Lane |
sep
29 |
Esta historia de odio y venganza comienza el 10 de marzo de 2001. El partido de la League One (actual Championship) entre el Sheffield United y Nottingham Forest está sentenciado. 1-3 vencen los visitantes y Bramall Lane, que ha registrado la mejor entrada de la temporada (25.673 espectadores, nada menos) guarda un silencio áspero. En el minuto 85, cuando ya nada relevante había de suceder, el local George Santos y el visitante Andy Johnson disputan un balón aéreo y el codo del segundo impacta en el rostro del primero. El internacional por Cabo Verde se revuelve en el suelo de dolor, con las manos tapándose el rostro.
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