En estos días en que el Girondins de Gourcuff, Chamakh y Blanc se ha convertido por derecho propio en una de las sensaciones del fútbol europeo (y ya clasificado, no olvidemos, para octavos de la Champions) es un buen momento para recordar lo que fue el momento más sonado de la historia europea del club bordelés, el partido contra el Milan de cuartos de final de la UEFA del 96.
Hay que recordar que la UEFA en aquella época no era el torneo descafeinado de la actualidad: en aquellos cuartos estaban además equipos como Bayern, Barcelona, PSV o Roma, habituales participantes de la actual Champions. El Girondins venía de eliminar a un buen Betis, en una eliminatoria que siempre se recordará por el gol que marcó desde su propio campo un joven y desconocido centrocampista llamado Zinedine Zidane. Alrededor del que luego sería el gran mago del cambio de siglo, nombres que después cincelaron una buena carrera como Dugarry o Lizarazu, y algunos viejos conocidos de la afición española, como Dutuel, que jugó en el Celta (no confundir con el ex del Barça Dutruel) o el guardameta Gaetan Huard, de presencia efímera en el Hércules.
Alemania conmemoró el pasado lunes el 20 aniversario de la caída del muro de Berlín. En DDF nos sumamos al festejo ofreciéndoos la historia de uno de los más apasionados hinchas que jamás haya creado el fútbol alemán. Espero que la disfrutéis.
Helmut Klopfleisch es un berlinés enfermo del fútbol y desde que era un crío su corazón late acompasado al ritmo que imponen los goles del Hertha y del Bayern Munich. Su habitación, empapelada de arriba a abajo con fotografías y recortes de periódico que narran las hazañas de sus equipos favoritos, es un fiel reflejo de la pasión que siente por este asunto de la pelotita. Además Klopfleisch es de los que no se arruga a la hora viajar para apoyar al equipo. Ya en 1960 comienzó a desplazarse por toda Europa para animar a dos de los clubes más populares de la República Federal Alemana (RFA). Como un hincha normal. La sutil diferencia es que vivía en la zona este de Berlín, era un ciudadano de aquella República socialista que la Stasi fiscalizaba con exhaustiva y cruel dedicación.
A mediados de los 60 el joven Helmut era popular en los vestuarios del Hertha y del Bayern Munich. Acudía a muchos de los partidos y se hacía notar. Todo un personaje, incluso confeccionaba sus propias camisetas del Hertha a partir de las elásticas, también azules y blancas, de la Juventud Libre Alemana; la organización juvenil en la que era recomendable perder el tiempo durante el régimen socialista de la República Democrática Alemana para evitarse problemas. Sin embargo, tuvo que pagar un precio muy alto por ser fiel a su pasatiempo favorito. Helmut Klopfleisch, nacido en 1948 al este de Berlín, sufrió la exclusión social e incluso la cárcel tan sólo por llevar hasta las últimas consecuencias su amor incondicional por el fútbol de Alemania Occidental.
Fundado por un vicario en 1874 bajo el muy pío y bizarro nombre de Christ Church Football Club, el Bolton Wanderers deambuló por el país durante sus siete primeros años de existencia sin disfrutar de un campo de fútbol al que poder llamar propiamente casa. Wanderers, que en inglés quiere decir vagabundos, es un apelativo que el clubno adoptó por pura casualidad. Pero como no hay tormenta que no acabe por amainar, en la temporada 1894-95 y tras varias mudanzas, el Bolton estrenaba hogar propio: Burnden Park. El campo fue el escenario de los éxitos y fracasos de los Trotters durante los ciento dos años siguientes hasta que su decadencia y las dificultades que ocasionaba su adecuación a las nuevas normativas de seguridad aconsejaron el traslado al moderno Reebok Stadium.
La imagen que presentaba Burnden Park en sus albores era tan miserable como plato común en las ciudades industriales de la Inglaterra victoriana. Encajonado entre las vías del tren y los vertederos de basuras industriales de la zona, Burnden era un estadio de cinco estrellas en cuanto a escasez de facilidades. Incluso el terreno de juego estuvo inclinado durante años debido a la mala calidad de las tierras donde se levantó el campo. Sin embargo, en aquellas tribunas de madera se fraguó una de las historias más curiosas que jamás nos haya brindado esa delicia en forma de competición que es la FA Cup. No brotó de las botas de un futbolista aunque no por ello es menos memorable.
Pocas veces en un partido de la Copa de Europa parecía decidirse tanto. No era sólo el puesto en la final –seguramente ante un equipo inferior- ni la satisfacción de tumbar a otro histórico, ni la victoria en una de los enfrentamientos de mayor tronío que pueden verse en el continente. No. Era, sencilla y claramente, un combate singular por el trono del equipo de la década, y un lugar en el Gotha de las mejores escuadras de la historia, esas que se recuerdan de padres a hijos, y que para contarlas sobran dedos en las manos.
Si a principios de los ochenta a Luther Blisset, delantero inglés de origen jamaicano, le dicen que en unos años su nombre sería uno de los pocos vínculos reales entre los mundos del fútbol y el arte contemporáneo, sin que él, además, hiciera nada para ello, el bueno de Luther Blisset pensaría, sin duda, que a su interlocutor le faltaba un tornillo. Y sin embargo, la profecía se habría cumplido.
Luther Blisset ingresó en la historia del fútbol inglés por ser el primer jugador negro que marcó un gol con la selección Inglesa, al firmar en 1982 un hat-trick en un encuentro que finalizó con un 9-0 frente a Luxemburgo. También es una leyenda del Watford, equipo con el que disputó 415 partidos y anotó 158 goles, en las trece temporadas que vistió los colores de los hornets. Durante la temporada 1983/84, jugó en el Milan, en un año que supuso su mayor fracaso profesional: el Milan terminó octavo, Luther Blisset regresó al Watford habiendo marcado cinco goles en todo un año y la hinchada rossonera –que le silbó de lo lindo en cada partido- le recordaría a partir de ese día y para siempre como uno de los peores jugadores en vestir su camiseta. Y sin embargo, aquel año hizo que, involuntariamente, su nombre comenzara a aparecer, años después, en ensayos sobre arte y comunicación, ingresando así también en la historia del arte. ¿Qué sucedió? Seguir leyendo »
Ocurrió en la Copa del Rey de 1934 aunque el torneo aun se denominada Copa de la República. El Oviedo, descapullado de toda realeza incluso en el escudo por exigencias del nuevo régimen, se enfrentaba al Valencia en semifinales. Los azules venían como una auténtica centella y habían despachado en octavos de final y en cuartos respectivamente, al Donostia -actual Real Sociedad- y al Español de Barcelona. El buen momento que atravesaba el conjunto ché les hacía recibir al Oviedo con una esperanza tan sólo empañada por el recuerdo del siete a cero encajado en su anterior visita a Buenavista. La memoria de la escabechina pretérita convertía el desplazamiento, a los ojos de la expedición carbayona, en poco más que un delicioso viaje a la playa.
Eran tiempos de goleadas de escándalo en la capital de Asturias gracias a la voracidad de la segunda delantera eléctrica: Casuco, Gallart, Lángara, Herrerita y Emilín. Para cuando terminabas de decir los cinco nombres ya te habían vacunado cinco veces. El olfato de Isidro Lángara (81 goles en tres temporadas) y el arte de Herrerita (desequilibrante extremo que para muchos fue el mejor futbolista asturiano de la época) encontraban un complemento devastador en la finura de Emilín y en el la aportación anotadora de Casuco y Gallart. Las opciones de los levantinos, según las crónicas de la época, oscilaban entre las escasas o ninguna ante tal panorama.
Hay clubes a lo largo y ancho del mundo a los que, probablemente, nunca veremos jugar. Eso no significa que, por los motivos que fueren, no se les pueda coger cariño o cierta sensación de aprecio. Me cuesta imaginar que algún día pueda ver en directo algún partido del Hibernian Football Club. Seguramente no sea lo primero que quiera hacer cuando viaje a Edimburgo. Pero tiene algo ese club, tiene algo ese nombre, que hace que, incluso desde la lejanía, se haga irresistible su llamada.
Lo primero que conviene especificar es que estamos hablando del Hibernian escocés, no del Hibernians maltés. Porque nunca una simple letra implicó tanta diferencia, en lo futbolístico y en lo geográfico, en un club de fútbol. Hecha la pertinente aclaración, conviene retrotraerse en el tiempo hasta mediados del siglo XIX.
A finales de los años veinte, y en los albores de los treinta, Uruguay y Argentina pugnaban por la supremacía del fútbol mundial. Los uruguayos, que ya habían campeonado en los Juegos Olímpicos del 24 goleando a Suiza en París, repitieron éxito en el 28 al doblegar a sus vecinos del otro lado del río de la Plata, en Amsterdam, tras un desempate agónico. Dos años más tarde, en el recién estrenado Centenario de Montevideo, Uruguay y Argentina cruzaban de nuevo sus destinos en la final de la primera edición de la Copa del Mundo.
El partido, la final, es uno de los más recordados de la historia del balompié. Casi ochenta años después, las anécdotas y las leyendas en torno a la batalla, se acumulan. Por ejemplo, es sabido que las dos selecciones deseaban jugar con su pelota, por lo que se decidió que cada una de las mitades se disputase con una distinta. Con la suya, los argentinos se marcharon al vestuario uno a dos, ganando. Con la propia, los uruguayos remontaron en el segundo acto, hasta el cuatro a dos definitivo. Seguir leyendo »
Cuando el 1 de enero de 1993 la República Checa y la República Eslovaca decidieron tomar caminos paralelos, tras la caída del comunismo con la Revolución de Terciopelo, una pequeña lágrima de nostalgia recorrió las mejillas de más de un futbolero mitómano. El fin de Checoslovaquia, tal y como habíamos conocido al país centroeuropeo durante la práctica totalidad del siglo XX, suponía asimismo el fin de una selección histórica en el orden futbolístico mundial. Subcampeona del mundo en el 34 (en la Italia musssoliniana y ante la anfitriona) y en el 62 (ante el Brasil de Pelé) y campeona de Europa, Panenka mediante, en el 76, la selección checoslovaca será siempre recordada con idéntica nostalgia con la que se rememora a la de las extintas URSS o Yugoslavia.
Desde su pacífica disolución de Chequia, Eslovaquia sólo había podido mirar con envidia, sana envidia, a su vecino del noroeste. La selección checa consiguió, en relativamente poco tiempo, agrupar una extraordinaria generación de futbolistas que le auparon hasta el subcampeonato europeo en el 96, torneo en el que también alcanzarían las semifinales en el año 2000. Los Karel Poborsky, Pavel Nedved o Tomas Skuhravy convirtieron a la joven selección checa en un rival potente, con un juego romántico apoyado en las bandas y una concepción del fútbol radicalmente opuesta al de potencias europeas dominantes, como Alemania o Italia. Y mientras los checos disfrutaban de Eurocopas e incluso del Mundial de 2006, Eslovaquia, con sus poco más de cinco millones de habitantes, soñaba con poder emular los éxitos de sus ex compatriotas, mientras se entretenían con el hockey hielo, deporte nacional, y lloraba la pérdida de uno de los mejores futbolistas de su corta historia, Peter Dubovsky.
La noche de Halloween. Estoy seguro de que si a cualquier aficionado español, mayor de quince años, se le pregunta por Benjamín Zarandona, el primer recuerdo que le vendría a la mente, la primera referencia que le saldría sobre el centrocampista ecuatoguineano, sería la famosa ‘aventura’ vivida aquella recordada noche del jueves 1 de noviembre del año 2001, en cuyo relato, las palabras ‘mujeres’ y ‘borrachos’ aparecían frecuentemente, aderezadas incluso con la expresión ’saltar por la ventana’. La que debió de liar Don Manuel la noche de autos…
Aquel episodio, que supuso el principio de la cuesta abajo para el bueno del Titi, marcó de manera indeleble la carrera futbolística de quien había llegado a ser una de las mayores promesas de nuestro fútbol. Su irrupción entre los grandes, con la camiseta del Real Valladolid en la temporada 1994/95 y de la mano de Vicente Cantatore, pronto lo catapultó al reconocimiento. Tenía sólo 19 años. En aquel Valladolid, en el que contribuyó a firmar una de las mejores temporadas de la historia del club blanquivioleta terminando en séptima posición en y jugando la Copa de la UEFA, permaneció durante tres temporadas más.
Patricioz136 en ¿Quien se esta reforzando mejor? Me doy cuenta que no, saben apreciar lo bueno,EL ZARAGOZA sin ninguna duda el mejor refuerzo de todos es aquel que tacharo...
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