Ramón Flores
Sale hoy alguna estadística donde dice que, contando enfrentamientos oficiales y amistosos, España no tiene un mal balance contra Francia. Pocas veces el arriba firmante se ha reído te modo tan amargo ante un frío dato, pues en los últimos años –muchos ya- encontrarnos con los galos donde realmente importa no ha sido sino sinónimo de decepción, inferioridad y valle de lágrimas. Hagamos un pequeño repaso de estos partidos, con la esperanza de no tener que escribir una segunda parte de esta entrada en un futuro próximo.
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Ramón Flores
Desgraciadamente no es novedad. Estos días ha saltado la noticia de que Paul Gascoigne se encuentra viviendo en la calle, y que muchos de sus conocidos creen que no aguantará mucho más. Así, desde la tristeza y, a pesar de todo, un poco de esperanza, lanzamos este post como pequeño homenaje al que fue, pese a todo, un maravilloso futbolista.
Gascoigne nació en 1967 en Gateshead, en el seno de una familia desestructurada. Obsesionado desde pequeño por el fútbol, se pasaba el día en la calle dando patadas a los balones, y se cuenta que un día su profesor le pilló ensayando autógrafos, “para el día en que fuera un futbolista famoso”. Aunque desde pequeño ya destacó en su deporte, su infancia no fue nada fácil, con crecientes cambios de domicilio, la muerte de un amigo atropellado de la que fue testigo, y también la de su padre tras una penosa enfermedad. Todos estos incidentes, sumados a su inestable personalidad, le llevaron a sus primeros problemas con el alcohol, y también con la ley en forma de pequeños hurtos.
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Ramón Flores
A algunos nos resultan especialmente llamativas las abreviaturas que dan nombre o acompañan a los de algunos equipos (la Eredivisie es especialmente pródiga en ellos). Uno de los más clásicos es el identificador del rival del Sevilla de hoy, el ya celebérrimo CSKA de Moscú. Las siglas acortan la expresión rusa Centralnii Sportivnii Klub Armii, lo cual se puede traducir al castellano como Club Central de Deportes del Ejército. Ya nos contaba Dadan Narval en su momento cómo, durante la época soviética, el CSKA podía llevarse a cualquier futbolista de otro club bajo el pretexto de llamarlo a filas, lo cual, evidentemente, no redundaba en la competitividad de la liga.
Varias historias interesantes pueden contarse alrededor del club y de su nombre. En primer lugar, se trata de un club polideportivo, con secciones gloriosas en baloncesto, hockey hielo y voleibol. Curiosamente, durante los años 80 abundaron las grafías TSKA y TSSKA para referirse al equipo de básket, y de este modo se creó una dicotomía artificial, dado que todos los nombres significan lo mismo y los cambios proceden de diferentes transcripciones de la letra rusa “Tse”, que se escribe como una “U” cuadrada con un rabito a la derecha. La diferencia entre las secciones las imponen las letras previas a CSKA en el nombre completo, que son, por ejemplo, PFC para el fútbol, PBC para el baloncesto; aquí la “P” y la “C” vienen de “profesional” y “club”, respectivamente. Por otro lado, es curioso constatar que el club no se llamó siempre así, sino que ha sido conocido por bastantes nombres diferentes, como OLLS, OPPV, CDKA o CDSA.
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Ramón Flores
En medio de la polvareda por la despedida de Mendilibar, ha pasado casi desapercibida la personalidad del sustituto del entrenador vasco. Quizá para las nuevas generaciones el nombre de Onésimo Sánchez no signifique nada, o tal vez sólo se asocie a un entrenador de carrera meritoria pero aún corta en Segunda B, pero lo cierto es que el pucelano fue, durante muchos años, uno de los clásicos de la Liga, y seguramente uno de los mejores dribladores puros que jamás haya dado el fútbol español.
Onésimo empezó su carrera en los juveniles del Valladolid, y pronto su fútbol eléctrico y diferente lo llevó al primer equipo de la capital castellana. Una gran actuación contra el Barça llevó a Cruyff a fijarse en él y a llevarse a Cataluña al joven extremo; antes, un año en el mítico Cádiz del milagro anual, y una sociedad con Mágico González para el recuerdo, dos diablos dentro y fuera del campo. En esa época comenzó a forjarse una fama de juerguista y amante de la noche que le persiguió durante toda su carrera, aunque él siempre negase la mayor parte de las historias que circulaban sobre él.
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Borja Barba
La Segunda Guerra Mundial dejó tras de sí millones de víctimas, países enteros completamente asolados y, sobre todo, varias generaciones de europeos marcadas de por vida. Tanto en uno, como en otro bando. Además, el final del gran conflicto bélico del siglo XX sacó a la luz un sinfín de historias de héroes anónimos que fueron alimentando su particular leyenda entre las llanuras nevadas del frente del Este, en las ciudades centroeuropeas ocupadas o en los continuos bombardeos áereos cruzados.
La vida de Bernhard Bert Carl Trautmann dio muchas vueltas en aquella primera mitad de la década de los 40. Nacido en Bremen en el 23, Trautmann, como muchos otros jóvenes de su generación afines a la ideología nacionalsocialista (en su adolescencia había formado parte de las Juventudes Hitlerianas), se alistó en la Luftwaffe para ayudar a la que él consideraba una causa justa. Los primeros años de servicio pasaron sin excesivo problema, desempeñándose como operador de radio en la Polonia ocupada. Más tarde, el destino le llevó a combatir, reubicado como paracaidista, en el frente del Este, debiendo combatir contra el Ejército soviético y contra el duro invierno del 41 y sobreviviendo a la cruenta lucha y siendo ascendido y condecorado por sus méritos en el campo de batalla. Posteriormente, Trautmann sobreviviría a los implacables bombardeos aliados en la ciudad fronteriza alemana de Kleve, aunque la fortuna no le terminase de sonreir de manera definitiva. A los pocos días, y con Kleve derruida en un 90%, Trautmann fue hecho prisionero por dos soldados norteamericanos, de los que conseguiría escapar… para volver a caer de nuevo, indefenso, ante un pelotón británico que, esta vez sí, lo trasladó hasta el campo de prisioneros de Ostende (Bélgica).
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Borja Barba
La mirada futbolística del aficionado español tiene sus límites. Casi infranqueables. Allá donde el río Duero serpentea incansable con rumbo al oeste, cerca ya de su epitafio portugués donde sus aguas nutren fértiles vegas a lo largo de sus dos márgenes, ofreciendo pequeños oasis de verdor en mitad de un océano de aridez y sequedad, allí, tan lejos de Bernabéu y Camp Nou, el fútbol también se manifiesta.
En mitad de este paisaje, y a menos de una decena de kilómetros de la capital de la provincia, Villaralbo, pequeña localidad de poco más de 1.800 habitantes, lucha por hacerse un hueco en el panorama futbolístico de nuestro país. Lejos de todos los centros de influencia, el nombre de la pequeña localidad zamorana está empezando a sonar de manera habitual, al menos, y de momento, a nivel regional.
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Borja Barba
Cuando ayer hablábamos sobre la carrera futbolística de Rafael Martín Vázquez, y hacíamos especial referencia a su tormentoso paso por el Torino, una de nuestras comentaristas, Ana, nos recordó a una de las principales figuras del fútbol italiano en la década de los 90. Gianluigi Lentini vio su carrera futbolística marcada por dos hechos no estrictamente futbolísticos. Por un lado, su fichaje multimillonario por el Milan, previo pago de 4.000 millones de pesetas al Torino, convirtiéndose así en el fichaje más caro del calcio. Por otro, el gravísimo accidente de tráfico sufrido en el verano de 1993, ya como jugador milanista, cuando un reventón hizo que su Porsche diera varias vueltas de campana en la autopista camino de Turín. La investigación confirmó que el vehículo llevaba instalada una rueda de repuesto de velocidad limitada. Gigi Lentini conducía a más de 200 kilómetros por hora.
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Borja Barba

Cuando, tiempo atrás, en los albores de la pasión futbolera, uno se ponía a recitar de carrerilla los integrantes de la recordada Quinta del Buitre, los tres primeros nombres le salían sin dudar. Butragueño, Míchel, Sanchís… había una pequeña pausa, y soltabas el nombre de Miguel Pardeza. Sabías que eran cinco los integrantes, pero para el quinto siempre surgían las dudas. A Rafael Martín Vázquez (Madrid, 1965) la historia le reservó el papel del incomprendido, el rebelde, el olvidado. El más joven de los cinco integrantes siempre pareció ir contracorriente.
Al contrario que a Miguel Pardeza, al que su nivel futbolístico y la durísima competencia en la vanguardia madridista colocaran en el Real Zaragoza, a Rafa Martín Vázquez su fútbol le sirvió para abrirse fronteras, para comprobar que había vida futbolística más allá del Santiago Bernabéu. Su paso por el Castilla fue efímero, con 18 años ya formaba parte de la primera plantilla madridista.
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Borja Barba
Fue el último club en entrar en la elitista nómina de ganadores de la Copa de Europa. Quizá por eso muchos tendremos para siempre en el recuerdo al Borussia Dortmund. A fuerza de vivir noches europeas, durante aquella temporada 1996/97, con el fulgor del amarillo chillón como paisaje de fondo, a uno se le quedaron fijados de forma y manera indeleble los Stefan Klos, Andy Möller, Jürgen Kohler, Matthias Sammer, Lars Ricken o Stéphane Chapuisat.
Aquel formidable equipo que consiguiera, contra todo pronóstico, imponerse a la Juventus de Zidane, Vieri o Deschamps en la recordada final del Olympiastadion muniqués, fue flor de un día. Su efímero éxito pronto derivó en un gris peregrinar por la Bundesliga que, salvo ocasiones puntuales, como el campeonato de 2001 o el subcampeonato de la Copa de la UEFA de 2002, apenas ha tenido momentos destacables. Lo que parecía ser el principio de un reinado, el advenimiento de un nuevo club dentro del club de los poderosos europeos, quedó finalmente en un feliz capítulo inconcluso y sin continuidad.
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Enrique Ballester
Lejos de los emblemas de postal y de la manada de negocios y turistas, en South Norwood, donde no llega el metro, en la parte meridional del gran Londres, se alza medio de incógnito, con esas paredes de ladrillo oscuro y pesado, el estadio del Crystal Palace. Para entrar en Selhurst Park, ese templete añejo de esquinas abiertas, hay que cruzar unos tornos claustrofóbicos, en fila de a uno, antes de tomar asiento y oler la hierba, cuidadísima, y disfrutar de los sonidos del fútbol gracias a la privilegiada acústica que encierran las tribunas acolumnadas.
En Selhurst Park, vistiendo de rojo y azul y celebrando goles en los dos fondos, se presentó al mundo Ian Edward Wright, exuberante centrodelantero. Londinense, hijo de un matrimonio de inmigrantes jamaicanos, su padre abandonó a la familia cuando el pequeño Ian, el tercer hermano, tenía cuatro años. Tras crecer en las barriadas, dejó la escuela a los dieciséis y trabajó de albañil unas veces, y de escayolista, otras, para orgullo de su madre Nesta. Por contra, incluso pasó una semana en la cárcel de Chelmsford, para preocupación de su madre Nesta.
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