El País es mi periódico. Comenzó a serlo hace cerca de treinta años, cuando me acerqué por primera vez a él a través de los pasatiempos y del Pequeño País, hoy tristemente desaparecido. De modo natural, andando los años y la llegada de la adolescencia, comenzaron las lecturas de los interesantes reportajes de El País Semanal, y finalmente la ingestión del diario en pleno, un manjar de imposible comparación con el diario regional que se compraba diariamente en casa de mis padres. Según mis convicciones se modelaban, iba quedando patente que era en estas páginas donde se reflejaba con cierta frecuencia –no siempre, por supuesto- mi forma de acercarme a la vida y de relacionarme con el mundo que me rodeaba, cambiaba y evolucionaba a la vez que yo. Aún a pesar de ciertos matices, esto no ha variado.
Andando el tiempo, acabó llegando la época en que Internet nos cambió a muchos el ritmo vital. Y por supuesto, una de las primeras modificaciones que impuso la web en nuestros hábitos fue la posibilidad de asomarnos al mundo en la ventanita del monitor, cada mañana, a través de nuestro periódico favorito. Hablamos del cambio de siglo, y con la lectura diaria imperdonable, descubrimos una preciosa verdad en las páginas de Deportes: otra información deportiva era posible. Había un tal Segurola, que más tarde nos enteraríamos de que era el jefe, que despachaba crónicas y artículos en el justo punto medio entre el mejor periodismo y la buena literatura; por ahí andaba Carlos Arribas, capaz de convertir la más anodina de las carreras en una epopeya homérica; Ramón Besa, una enciclopedia para todo lo referente al barcelonismo; o el gran Enric González, quizá lo más cercano a un oráculo de la sociedad actual, que presentaba oblicuamente las tripas del Calcio con una mezcla de sabiduría e ironía amable cuyo secreto parecía poseer sólo él.













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