Presión ambiental, pasión, gradas ardiendo (a veces en el sentido literal de la expresión) y ruido, mucho mucho ruido. Es el ABC de un estadio turco. Sea de Estambul, de Bursa o de Trabzon. El aficionado turco no entiende de medir su pasión. Es el plus con el que cuentan los equipos otomanos que no por conocido deja de resultar eficaz en no pocas ocasiones. Juegan con ello. Lo consideran una ventaja y, en cierto modo, lo es.
Conocedora de la situación, consciente de que en las gradas de determinados estadios turcos se juega muchas veces tonteando con los límites de lo razonable y permisible, la UEFA se cruza de brazos. Y no solo eso. No solo adopta una actitud pasiva y permisiva. Es que incluso fomenta esa situación límite… ¿Cómo?









Recordemos, por un momento, el Villarreal de octubre, noviembre, diciembre, o por ahí, en su cenit. El equipo alegre y atrevido de apabullante arsenal ofensivo que se articulaba en torno al ancla inamovible de Bruno Soriano, posiblemente entonces el centrocampista más fiable del campeonato. A su vera, Borja Valero marcaba el tempo de la armoniosa danza de ataque, con Cazorla y Cani mutando y mezclando, de fuera a dentro, de dentro a fuera, en el apoyo y en la ruptura, en el juego de trampas y espejos de la delantera, el puñal silencioso de Nilmar, el mazo inapelable de Rossi, creada la superioridad casi siempre a la espalda de uno de los laterales rivales, previamente arrastrado con sigilo. Recordémoslo y comparémoslo con el equipo pesado, pragmático y avieso que se aferra a la cuarta plaza a base de oficio, retorciéndose quejoso y arañando puntos a la contra, apenas nueve de los últimos treinta, convirtiendo el final de Liga en ejercicio de ahorro y supervivencia. Comparemos y entenderemos, ahora, qué ocurre cuando termina la novedad.





RSS