Londres. El 12 de agosto de 2012 el Chelsea jugó su primera final de la temporada. Vendría otra más, aunque hasta el día de hoy no ha ganado ninguna. En el banquillo de Wembley, reforzado por el mayor éxito de la historia del club, la anhelada Champions League, se sentaba un Roberto Di Matteo del que ahora casi ni nos acordamos. Esta semana ha sido mencionado para comparar su caso con la destitución de Roberto Mancini, por eso del amor de la gradería hacia el técnico que la junta directiva echa a la calle, pero si en Manchester no hubieran removido su recuerdo, allí se habría quedado, injustamente olvidado.
Aquel día el Chelsea le disputaba la Charity Shield al Manchester City, Di Matteo se sentaba en el banquillo, Terry era el capitán, David Luiz era central, Lampard estaba en el once, los blues perdían por 1 a 3 y Daniel Sturridge salía al rescate para fabricar el dos a tres, asistir a Ryan Bertrand e invitarnos a unos últimos minutos emocionantes, con solo un gol de diferencia.








Escribo de madrugada. Podría decirse que falta un rato para la final. La juegan Atlético de Madrid y Athletic de Bilbao y, si trato de ponerme en su lugar por un instante, en el lugar de cualquiera de los implicados, lo que se me pone a mí de verdad es la piel de gallina. Soy de un equipo tan pequeño que sospecho que moriré sin vivir un momento igual o, como poco, pasarán algunas décadas. Y mira que lo he imaginado veces. En mi anhelo, a menudo febril, solía aparecer una final de Copa y, sin saber muy bien por qué, tenía un hijo que nacía ese mismo día, incluso, en ocasiones e hilando fino, nacía en el minuto exacto del gol de la victoria para convertirse automáticamente en El Elegido, el que guiaría a los suyos, a los míos, a los nuestros, hacia la siguiente final, con el diez en la espalda y dos décadas más tarde.





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