- ‘Hemos sido un equipo confundido‘
- ‘La actuación no fue buena, las dudas son justificadas‘
- ‘El equipo no funcionó colectivamente‘
- ‘Nos faltó llegada y contundencia‘
A Marcelo Bielsa (Rosario, Argentina, 1955) jamás se le agotan las palabras. Con un tono monocorde, casi cansino, el técnico del Athletic Club siempre tiene una respuesta para cada pregunta. Y, en un gesto que es de agradecer, jamás pierde la compostura, ni ante las cuestiones con mayor inquina. Desgrana el juego de los suyos en un análisis quirúrgico de lo que ha visto y jamás, hasta el momento, se ha escondido en excusas o en argumentos extemporáneos. Es honrado. Pero su Athletic no funciona. Son ya cuatro jornadas de Liga, y los bilbaínos apenas suman un punto (el que les dio su sufridísimo empate ante el Rayo Vallecano en la primera jornada) de doce posibles. Sin embargo, y pese a lo que pudiera parecer, lo que más preocupada tiene a la afición rojiblanca no son los resultados. Se entiende que estos, tarde o temprano, aparecerán. Lo que de verdad preocupa a la parroquia de San Mamés es algo intangible y difícil de explicar: las sensaciones.








Como si de dos equipos distintos en una misma temporada se tratase, el Villarreal mostró dos caras opuestas a lo largo del pasado curso. El juego alegre y festivo de la primera vuelta, la de los récords batidos, la de la fortaleza de El Madrigal, la de la máquina de sumar puntos sin tregua y la del infinito catálogo de recursos ofensivos, de entrada; y la del elogio del ahorro y el pragmatismo de la segunda, la de la pesadilla de los tres centrales ajenos, en la que sólo el Almería marcó menos goles que el Villarreal, que se reinventó con Marchena en el medio para sobrevivir, braceando con oficio para llegar hasta la orilla con el objetivo de la cuarta plaza logrado, después.
Recordemos, por un momento, el Villarreal de octubre, noviembre, diciembre, o por ahí, en su cenit. El equipo alegre y atrevido de apabullante arsenal ofensivo que se articulaba en torno al ancla inamovible de Bruno Soriano, posiblemente entonces el centrocampista más fiable del campeonato. A su vera, Borja Valero marcaba el tempo de la armoniosa danza de ataque, con Cazorla y Cani mutando y mezclando, de fuera a dentro, de dentro a fuera, en el apoyo y en la ruptura, en el juego de trampas y espejos de la delantera, el puñal silencioso de Nilmar, el mazo inapelable de Rossi, creada la superioridad casi siempre a la espalda de uno de los laterales rivales, previamente arrastrado con sigilo. Recordémoslo y comparémoslo con el equipo pesado, pragmático y avieso que se aferra a la cuarta plaza a base de oficio, retorciéndose quejoso y arañando puntos a la contra, apenas nueve de los últimos treinta, convirtiendo el final de Liga en ejercicio de ahorro y supervivencia. Comparemos y entenderemos, ahora, qué ocurre cuando termina la novedad.
Cada semana, y de la mano de 


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