Ganó el Real Madrid seis a dos al Villarreal CF, en el estadio Santiago Bernabéu, para situarse de nuevo tras la estela del Barcelona, a dos puntos del liderato. Ganó el Madrid fácil y bien, y a Cristiano Ronaldo, que marcó un golazo, sumó dos asistencias, construyó la jugada de otro tanto y provocó una pena máxima, le preguntaron tras el partido, en la zona mixta, rodeado de micrófonos, por si todavía no se había dado cuenta de cómo funcionan las cosas por aquí, por qué no había celebrado el sexto tanto de su equipo, tras el penalti que ejecutó dos veces con temple y puntería, el tolosarra Xabi Alonso.
Cristiano caminó entre las preguntas de la prensa, terreno minado, con más tiento que entre la blandita zaga del Villarreal. Para el portugués, a menudo, los peligros aparecen sin la pelota en los pies. En el verde, lejos de parecerse al futbolista caprichoso de noches como la del Almería, se asemejó al incansable competidor que hizo campeón de todo el Manchester United. Extrañamente, hasta ayer, sólo llevaba una asistencia en el torneo. Pobre dato para quien es mucho más que un simple goleador. Nadie duda que Cristiano terminará el curso con unos números individuales imponentes (ha marcado 18 goles en 19 partidos con el Real) pero, si algo distinguió su paso de promesa a estrella en el United, fue su capacidad para mejorar a los demás, y liderar al colectivo hacia el título. Esa virtud solidaria, por fin, parece que comenzó a recuperar ayer.
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Basta ver al filial amarillo. Prohibido el pelotazo, obsesión por el toque. En torno al ancla de Marcos Gullón, la pausa y el dominio de Matilla, las diagonales de Cristóbal y Jefferson Montero, el control de la situación a base de abusar de la pelota, el juego entre líneas de aroma clásico, y nueve en el que todo termina, Marco Ruben, y que casi todo lo emboca. Basta verlo, para definir el sello amarillo, el que se perdió, contra pronóstico con los nuevos mecanismos que chirriaron con Valverde, el que antes se gestó, en parte, en la cantera que dirigió Juan Carlos Garrido, hasta dedicarse de pleno al Villarreal B, y bañarlo de plata, y colocarse en la lanzadera a la aristocracia de los entrenadores de fútbol. Baste verlo en un rato, apenas, para comprender la apuesta de Fernando Roig, que se sinceró ante el micro de Canal+, aún caliente en el palco de Mestalla tras la derrota, siempre dolorosa ante el rival: “así no juega el Villarreal”, la frase, la sentencia definitiva para Valverde, de hace un par de semanas.
Ayer domingo fue un día histórico en Jerez de la Frontera. El equipo local, el Xerez Deportivo, consiguió, siete partidos después de su debut en la categoría, su primera victoria de la historia en Primera división. Hasta ahí, todo relativamente normal. Un tiempo de aclimatación, y primera victoria xerecista. Lo que ya no entra tan sencillamente dentro de la normalidad es el rival ante el que se produjo la primera victoria de los de Ziganda.
El Barça desafía y el Real, en construcción, responde. Con todo a favor, un gol en el primer suspiro y la expulsión de Gonzalo Rodríguez antes del descanso, al Real Madrid le costó imponerse a un Villarreal que se ancla en la zona baja del torneo, aún sin conocer la victoria en las cuatro jornadas del campeonato disputadas.
Sin apenas tiempo para



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