La fábrica de chocolate. Hubo un tiempo en que la Masía era conocida como factoría de medios centros a nivel planetario. Salvo con algunas excepciones como el gran Puyol, alguien en la cartera barcelonista tiraba de varita e implementaba en el cerebro de los chavales las variables necesarias para dirigir el juego, bien desde la calma (Milla), la sobriedad (Busquets), el primer toque (Pep) o el pase corto (Xavi). Como muy bien nos cuenta el amigo Martí Perarnau “en Senda de campeones”, la producción blaugrana se ha diversificado, y quizá no ande lejos el día soñado por la culerada de alinear once canteranos. El último que se ha puesto de largo ha sido el joven Isaac Cuenca, que en su alternativa como titular ha mostrado lo punzante y hermoso del oficio de extremo, además de adornar su debut con un golazo que no olvidará. Y Tintín Deulofeu, en la recámara.
La esmeralda oculta. Amenaza el avispero que rodea el Manzanares con llevarse por delante las posibilidades de la plantilla de este Atlético, que son muchas y buenas. A Diego, Falcao y Arda los protege su nombre internacional, más allá de puntuales rendimientos o estados de forma, y el conflicto de Reyes parece más personal con Manzano que deportivo; sin embargo Adrián, con sus 23 años, su currículum por construir y su aspecto indefenso y frágil, huele a carnaza en medio del huracán que agitan una directiva impresentable, un entrenador perdido y una afición tan desencantada como ardiente. Y es una pena, porque el asturiano parece uno de los más firmes valores en que podría apoyarse el futuro colchonero, un delantero moderno, fino y técnico, que de vez en cuando sacar recursos que firmaría el más potente de los nueves. Servidor creyó ayer que era el Tigre, y no él, quien dibujó el cabezazo inapelable que reventó el marcador del Calderón.












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