Para muchos aficionados la Segunda División es el restaurante de kebabs que nunca cierra. Me explico. Cuando salimos tarde y estamos hambrientos y todos los bares están cerrados, de repente hay una luz brillando y una cola de gente que esperan la carne troceada y el chorreón de salsa sin pensar demasiado en qué van a comerse. Como este fin de semana, en el que hay poco fútbol por los compromisos de las selecciones nacionales y en algún lugar de la televisión ponen esos partidos que habitualmente olvidamos a lo largo del año. Eso a lo que llaman pozo. Equipos históricos venidos a menos y equipos humildes venidos a más. Todo mezclado casi al azar, como el maíz, la remolacha y la lechuga de un shawarma.
Deportivo y Hércules son dos de los favoritos para subir. No es matemática aquella regla por la que los recién descendidos de Primera tienen mayores posibilidades de subir de nuevo a la máxima categoría. Lejos, el Atleti puede explicárnoslo, o el Betis hace menos, o el Tenerife hace nada. Pero tanto coruñeses como alicantinos tienen algunos argumentos a favor. Ninguno ha destrozado del todo su equipo. Han arreglado algunas cosas y, sobre todo el Hércules, se han deshecho de algunos fichajes de relumbrón –Trezeguet, Valdez, en menor medida Lopo o Adrián- que no están para jugar en la plata de nuestro fútbol. Son dos clubes con una capacidad económica por encima de la media de la categoría, obviando a los filiales, los gallegos tienen el mayor presupuesto y los valencianos el séptimo del global. Y por último, su fútbol en los primeros compases los hacen, sino brillantes, al menos eficaces. Está unánimemente admitido que para subir en la Liga Adelante no es necesario tanto hilvanar fútbol como solventar encuentros por la vía rudimentaria. Es una categoría larga, estresante, caprichosa y traicionera y aquí valen más las botas bien atadas que las botas bien limpias.










Difuminado bajo el espesor del humo de las ramificaciones futbolísticas del 

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