Cuando Diego Pablo Simeone regresó en enero al Manzanares, el Atlético de Madrid no había ganado un solo partido a domicilio en todo el torneo liguero, lo había eliminado un Segunda B de la Copa del Rey y sólo sumaba tres victorias en los últimos doce partidos. Además, la grada clamaba en contra de la dirigencia y el aire que todo lo empapaba era el conocido, por repetido. El enredo destructivo. Manzano se perdía en un mar de excusas y la temporada se añadía a la retahíla de sinsabores de una entidad herida de muerte por un mal estructural: la familia Gil, sus satélites y las cicatrices sin cerrar.
En ese paisaje, el fichaje de Simeone alumbró una primera y fácil interpretación. La del gesto populista. La del rescate del ídolo del doblete que apaciguara los ánimos de la masa enfurecida. Y quizá fuera así, en el fondo, un despeje angustioso del consejo de administración, pero la jugada ha nacido con un éxito tan inesperado como superlativo.
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