Sin capacidad de reacción. Como el reo que se dirige cabizbajo hacia el cadalso, consciente de su final, la UD Almería acató su temprana sentencia de muerte con dignidad pero quizá de manera demasiado anticipada. Con un par de jornadas de respiro (la 15ª y la 16ª), el conjunto almeriense no consiguió sacar la cabeza de las posiciones de descenso desde la derrota (1-0) en San Mamés, en la jornada 11ª. Vivir cinco meses y medio con la presión en el pecho y la angustia de saber que te vas directo al agujero no debe ser sencillo. Los nervios atenazan, los resultados no terminan de llegar, el ambiente se enrarece y la confianza decrece. En semejante clima, la catarsis colectiva era la única tabla de salvación posible.
Entendió la directiva andaluza que la reacción pasaba por un cambio en el banquillo. A Lillo se le iba la fuerza como a una gaseosa abierta. La decisión estaba tomada desde tiempo atrás, pero el sangrante 0-8 encajado en la visita del FC Barcelona sirvió de espoleta. Juanma Lillo fue destituido fulminantemente. Quedaba tiempo para reaccionar. Pero quizá se hubiera necesitado algo más que tiempo.







Si empezamos la serie con el capricho local de 




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