En cierta ocasión, nuestro entrenador nos dejó por un tiempo. Al parecer, trabajaba en una fábrica arreglando los problemas de cierta máquina, y le mandaron un mes a Barcelona, ya que, como nos explicó, él era el mejor experto de toda España en ese modelo. Nos dijo que no nos preocupáramos, que nos dejaría en buenas manos. Durante el tiempo que estuviera fuera, sería su sobrino quien se ocupara de nosotros.
- Sólo espero que cuando regrese sigamos optando al título – dijo en broma, ya que según las tablas que publicaba el periódico local, estábamos en décima posición, a una distancia insalvable de los primeros.




Los entrenamientos con la UDSM tenían para mí algo de oficial, algo de serio que me impedía jugar como sabía. Tampoco es que supiera darle bien al balón, ni que tuviera velocidad o regate, no, no tenía ningún tipo de característica que me hiciera resaltar, aún mínimamente, sobre el resto. Pero yo notaba que cuando me tocaba entrenar no jugaba como en los recreos de clase, ni como cuando un grupo de amigos nos juntábamos en el campo de la parte alta del pueblo, y nos enfrentábamos a los chicos de otros barrios. Entonces, al menos, mis amigos no me miraban con los ojos de medio desprecio, medio pena, con los que mis compañeros observaban cómo en los entrenamientos fallaba cada mínima oportunidad, erraba cada tiro.
Aún hoy me ruborizo recordando la importancia que para mí tenían los partidos con la UDSM.

RSS