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	<title>Diarios de Futbol &#187; El Fútbol y yo</title>
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	<description>&#34;Los delanteros ganan partidos. Las defensas ganan campeonatos&#34; (John Gregory)</description>
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		<title>El derbi de Tel-Aviv. Sobre el fútbol en Israel</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Nov 2007 16:47:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
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		<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>
		<category><![CDATA[Premier League]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy a las nueve menos diez de la tarde, se enfrentan el Bloomfield Stadium (15.700 espectadores) de Tel-Aviv los dos grandes equipos de la ciudad, el Hapoel y el Maccabi. Se trata también de los dos equipos históricamente más fuertes de la liga israelí (dieciocho títulos del Maccabi por trece del Hapoel), cuyo enfrentamiento es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href='http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/11/hapoeltelaviv.jpg' title='hapoeltelaviv.jpg'><img src='http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/11/hapoeltelaviv.jpg' alt='hapoeltelaviv.jpg' class="izquierda_sinmarco" /></a>Hoy a las nueve menos diez de la tarde, se enfrentan el <strong>Bloomfield Stadium</strong> (15.700 espectadores) de <strong>Tel-Aviv</strong> los dos grandes equipos de la ciudad, el <strong>Hapoel</strong> y el <strong>Maccabi</strong>. Se trata también de los dos equipos históricamente más fuertes de la liga israelí (dieciocho títulos del Maccabi por trece del Hapoel), cuyo enfrentamiento es conocido como “el gran derbi de Israel”. Aprovechamos, pues, la fecha para hablar un poco del derbi, así como del contexto del fútbol israelí.</p>
<p>Paradójicamente, el derbi de hoy será apasionante por razones atípicas, pues ambos clubes ocupan actualmente los dos últimos puestos de la clasificación. Tras ocho jornadas disputas, el Hapoel es el colista de la liga –con sólo tres puntos logrados en sendos empates-, mientras que el Maccabi tiene un punto más. Por ello, el derbi, que generalmente sirve para decidir los puestos más altos de la clasificación, se tiñe de un inhabitual color de urgencia.</p>
<p>El Hapoel afronta el partido, además, tras dos derrotas consecutivas en su grupo de la Copa de la <strong>UEFA</strong>, el grupo G, el mismo que el del <strong>Getafe</strong>, a pesar de que se podía prever que el equipo israelí sería una de las posibles sorpresas de la competición. Plantilla, en todo caso, no le falta. En sus filas destaca el centrocampista arabe-isralí <strong>Walid Batir</strong>, cerebro y capitán del equipo que saltó a la fama por un gol marcado a Francia en los últimos minutos de un partido de clasificación a Alemania 2006 y, en menor medida, por ser la pareja en el centro del campo de aquel fantástico <strong>Maccabi Haifa</strong> junto a <strong>Benayuoun</strong> – y en el que también estaban, entre otros, el actual portero del <strong>Deportivo, Dudú Aouate</strong>, y el delantero nigeriano, ahora en el <strong>Everton</strong>, <strong>Yakubu Aiyegbeni</strong>-. Quizá el mejor jugador del Hapoel, sin embargo, sea el diminuto y rapidísmo delantero israelí de origen etíope <strong>Baruch Dego</strong>, que sonó en el mercado de invierno de 2003 para el Espanyol junto a Ben Haim, actualmente en el Chelsea. También hay que destacar, sin duda, al portero internacional con Nigeria <strong>Vincent Enyeama</strong>, probablemente el mejor portero actual de África que, incomprensiblemente, no ha gozado de la oportunidad de demostrar sus innegables cualidades bajo los palos en una liga de primer nivel mundial. Finalmente, en las filas del Hapoel nos encontramos con el delantero brasileño <strong>Fabio Junior</strong>, ex de la Roma y del Bochum, entre otros. </p>
<p>De la plantilla del Maccabi destacaremos a cuatro hombres. El primero, el portero <strong>Dragoslav Jevric</strong>, internacional con serbia, y ex del <strong>Vitesse</strong>, que llegó a Israel tras un breve periplo en el fútbol turco. También es un jugador a tener en cuenta el delantero tunecino <strong>Rudy Haddad</strong>, ex del <strong>PSG</strong>. Dos nombres conocidos para la afición española juegan también en el equipo macabeo. Se trata de <strong>Avi Nimmi</strong>, aquel mediapunta israelí  que llegó con la vitola de estrella al <strong>Atlético de Madrid</strong> y salió por la puerta de atrás y de <strong>Milan Martinovic</strong>, central serbio que jugó en el último <strong>Oviedo</strong> en Primera entrenado por <strong>Ratomir Antic</strong>.</p>
<p><em><strong>De Hapoels, Maccabis y Beitars</strong></em></p>
<p>La fecha, sin embargo, nos sirve para ir un poco más allá y hacer un pequeño repaso por lo que supone el fútbol en Israel. </p>
<p>El pueblo hebreo es uno de los más antiguos del mundo y, consecuentemente, uno de los pueblos con un mayor sustrato cultural. En este sentido, el fútbol no podía ser menos que otros órdenes de la vida, y en Israel se ve teñido de las diferentes visiones del mundo que conviven en la rica y plural cultura judía. Así, el fútbol israelí está dividido en tres grandes grupos de equipos de fútbol cuyo origen y el sesgo de sus hinchas responden a diferentes visiones del mundo que conviven dentro de una misma comunidad, por otro lado, fuertemente unida. Es un caso complejo, cuyos símbolos se desenvuelven a medio camino entre las identidades grupales de comunidad y clase, por cuanto está articulado a través del enfrentamiento simbólico de distintas visones del mundo y de la política que son herederas de movimientos judíos preexistentes a los equipos. Es el caso de los clubes con nombre Maccabi, Hapoel y Beitar.  </p>
<p>El nombre de Maccabi tiene la traducción en castellano de “macabeo”, que es el nombre que se le da a los judíos que se rebelaron contra las intenciones del gobernador griego <strong>Antíoco IV Epífanes</strong>, rey de Siria, de helenizar el pueblo judío, entre los años 175 y 135 antes de Cristo. En hebreo, macabeo es sinónimo de coraje, éxito y victoria. Por ello, parte de los clubes deportivos judíos llevan el nombre de Maccabi, una manera de intentar cultivar en el campo de juego una cultura de la victoria por encima de la adversidad. Ejemplos de esto son los clubes del <strong>Maccabi Haifa o el Maccabi Tel Aviv</strong>, pero también los hay por todo el mundo –París, Bruselas, Berlín, etcéter-, donde representan a la comunidad judía en distintas ciudades. Los equipos israelíes que llevan el nombre de Maccabi generalmente son asociados con el centro político.  </p>
<p>En Israel, varios equipos se llaman Hapoel, como <strong>Hapoel Tel Aviv</strong>, el <strong>Hapoel Petah Tikva</strong>, o el <strong>Hapoel Be&#8217;er Sheva</strong>. “Hapoel” quiere decir en hebreo “trabajador”. Los equipos que así se llaman deben su procedencia al sindicato “Histadrut” -en hebreo, “federación”-, históricamente vinculado a la lucha por los logros sociales en Israel. De ahí que los Hapoel suelan ser equipos asociados a tendencias de izquierda. Los escudos de estos equipos suelen ser modificaciones del símbolo de la Histradut, de ahí que en los mismos no sea difícil encontrar el símbolo de la hoz y el martillo. </p>
<p><a href='http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/11/beitarjerusalem.GIF' title='beitarjerusalem.GIF'><img src='http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/11/beitarjerusalem.GIF' alt='beitarjerusalem.GIF' class=derecha /></a>Finalmente, los <strong>Beitar</strong> son equipos cercanos a la derecha política. Beitar, es el nombre que tiene el movimiento juvenil de la organización revisionista sionista, un movimiento liberal nacionalista muy vinculado a la creación del estado de Israel. De hecho, en el escudo del Beitar de Jersualen, del que hablaremos un poco más adelante, se reproduce el símbolo de la &#8220;<strong>menorah</strong>&#8220;, uno de los más antiguos del judaísmo, un candelabro de siete brazos que es también símbolo oficial del estado de Israel. </p>
<p>Los enfrentamientos entre los distintos Beitar y Hapoel son en muchas ocasiones escenificaciones de los diferentes modos de ver la realidad política en Israel, no sólo en lo relativo a derechas/izquierdas, sino también en lo referente al más urgente asunto político de Israel, el tema árabe. Por ejemplo, los aficionados del Beitar de Jerusalem suelen entonar cánticos contra los jugadores árabes que defienden la camiseta de los Hapoel o Maccabi, mucho más abiertos en este sentido, lo que les ha costado más de una sanción por parte de la Federación Israelí de Fútbol.</p>
<p>De los Beitar sobresale el de <strong>Jerusalem</strong>, actual dominador de la liga israelí debido a la inversión de dinero que el multimillonario <strong>Arcadi Gaydamak</strong> (padre del dueño del <strong>Portsmouth</strong>, <strong>Alexandre Gaydamak</strong>, que en julio del año pasado se quedó con el club anteriormente de <strong>Milan Mandaric</strong>) ha realizado en el equipo. Gaydamak quien se hizo rico en los años setenta y ochenta con negocios turbios como el tráfico de armas, y que es muy conocido en Israel debido a sus múltiples donaciones benéficas, actualmente, tiene también un partido político: “Justicia Social”. En lo relativo al fútbol, el multimillonario también donó 400.000 dólares al equipo <strong>Bnei Sakhnin</strong>, un auténtico ejemplo de convivencia entre las comunidades judía y palestina. El mismo, que puede ser llamado tanto en hebreo (Ihoud Bnei Sahnin) como en árabe (Ittihad Bnei Sahnin), es un club en el que juegan jugadores de las dos comunidades y que tiene hinchas también de ambas. Fue famoso porque en <strong>2004</strong> venció la copa, produciéndose un debate en torno a lo que el equipo significaba. Mientras algunos celebraban su carácter de unión entre dos pueblos enfrentados, otros lo censuraban precisamente por ese carácter. Por ejemplo, un grupo de hinchas del Beitar Jerusalem publicó al día siguiente de la final de copa vencida por el Bnei Sahnin un obtuario en el que decían que el fútbol israelí había muerto. </p>
<p>Igualmente, cuando el central arabe-israelí <strong>Abbas Suan</strong>, jugador formado en ese equipo, debutó con la selección absoluta israelí se encontró tanto con aquellos que celebraban este hecho como un paso importante en la necesaria convivencia dentro de Israel, como con aquellos árabes y judíos que tomaron este hecho como una ofensa. Cuando marcó un gol en el último minuto del clasificatorio a Alemania 2006 en casa frente a Irlanda, que suponía poder seguir luchando por estar en el Mundial, Suan fue calificado por algunos periódicos como “gibor yisrael”, esto es, “héroe de Israel”. Él usó su caso para erigirse en ejemplo del millón doscientos mil árabe-israelitas que viven dentro de las fronteras de Israel, algo menos de un sexto de la población total, un ejemplo de la posible convivencia de los árabes dentro del sistema israelí. Sin embargo, pronto se encontró con la cruda realidad de determinados sectores que no le aceptaban. La jornada siguiente a su gol frente a Irlanda, los hinchas del Beitar de Jerusalem, equipo al que se enfrentaba el Bnei Sahnin, le recibieron con una pancarta que rezaba “no nos representas”. </p>
<p>En resumen, el del fútbol israelí es un interesante ejemplo de cómo las distintas visiones culturales y también las tensiones políticas tienen un marco de expresión ideal en el deporte del balón. Un deporte que en Israel cada día tiene más tirón en los aficionados, lo que se está traduciendo en un auge tanto del nivel de sus equipos como de su seleccionado. Algo que, desgraciadamente, también deja entrever el siempre presente antisemitismo que se trasluce en algunos discursos. Las censuras al jugador ghanés <strong>John Pantsil</strong>, entonces jugador del Hapoel Tel-Aviv tras mostrar una bandera de Israel tras el gol de su selección frente a la República Checa en el Mundial de Alemania o la reciente negativa del jugador alemán de ascendencia iraní <strong>Ashkan Dejagah</strong> a jugar contra la selección de Israel sub-21 –afortunadamente matizada después por parte del jugador, como un modo de evitar posibles represalias contra su familia en Irán- son dos de los últimos episodios de uno de los históricos males endémicos de la humanidad: el odio injustificado hacia uno de los pueblos que más ha aportado, sin duda, a la riqueza cultural de nuestra civilización. </p>
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		<title>El fútbol y yo (XI): Ángel</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Jul 2007 09:28:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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		<description><![CDATA[No decir que jugaba como Maradona, o más bien en su posición, me apartó, pues, de jugar en el MCF. Durante toda aquella temporada, o año escolar, que para el caso venía a ser lo mismo, estuve sin equipo. La falta de entrenamientos “oficiales” no me alejó, sin embargo, del fútbol. Todo lo contrario. Con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href='http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/07/krstajic.jpg' title='krstajic.jpg'><img src='http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/07/krstajic.jpg' alt='krstajic.jpg' class=derecha /></a>No decir que jugaba como Maradona, o más bien en su posición, me apartó, pues, de jugar en el MCF. Durante toda aquella temporada, o año escolar, que para el caso venía a ser lo mismo, estuve sin equipo. La falta de entrenamientos “oficiales” no me alejó, sin embargo, del fútbol. Todo lo contrario. Con la confianza de tener un nuevo equipo el siguiente septiembre, comencé a tomar más en serio el mejorar mi juego y entrenaba casi a diario, junto con Schuster –que seguía en su particular cruzada contra el balón-, Juan y algún amigo ocasional que de vez en cuando se acercaba a nuestro jardín. La flamante portería que mi padre nos había instalado, servía de aliciente para no dejar de soñar. Cómo me emocionaba cuando algún balón terminaba en la red, después de una elaborada jugada individual, provocando con su golpe en ella que se sacudiera en un movimiento ondulante que desbordaba belleza; también cuando, sin pensarlo –porque las mejores jugadas en fútbol no son fruto de la razón, sino de la pulsión- alcanzaba de volea un balón y éste, luego de una parábola prodigiosa, golpeaba contra el larguero, o, en el colmo de la perfección, contra la escuadra. Esta es una jugada que siempre me ha parecido violentamente bella. El balón se dirige a gol, el portero surca el aire en un salto enorme, pero no lo alcanza, y, cuando todo el estadio –el real o el que yo soñaba en mis juegos- contiene la respiración, unos esperando que vaya fuera y otros que termine en gol, la pelota, caprichosa, va a dar con el palo, mera línea de madera, sin otro objetivo que delimitar la portería, sin protagonismo ninguno reservado en el juego, pero que se erige entonces en el más claro símbolo de lo que pudo ser y no fue.    </p>
<p>Qué habitaba mi mente en aquellos partidos de niñez, qué forma tenían entonces mis sueños, las maravillosas jugadas que me imaginaba realizando a partir de lo que en realidad sucedía sobre el césped del jardín, en los partidos junto a mi hermano, algún amigo y mi perro, es algo que hoy soy incapaz de reconstruir. Sólo una mente infantil, para la que la realidad es algo impreciso, que no se somete a normas implacables, que no es inamovible y no golpea, es capaz de convertir una vivencia nimia, como sin duda lo eran aquellos partidos, en una experiencia extraordinaria. Es la magia de la niñez, momento de nuestras vidas en el que, precisamente por desconocer qué es exactamente lo real, todo lo que nos rodea tiene sentido preciso, un sentido donado por nosotros. El mundo entero, el universo, adopta la apariencia de un lugar en cuyo seno tenemos razón de ser. En esa etapa de nuestras vidas, la creación se muestra como un lugar al que llegamos en bienvenida, y que está entera pensada para que en ella cumplamos sueños y expectativas. Todo tiene sentido, sí. Un diente cae para que llegue un ratón y te deje una moneda bajo la almohada. En navidades, unos seres fantásticos te dejan regalos bajo el árbol, solo por el mero hecho de que eres, de que existes, algo que hay que celebrar. La naturaleza, además, tiene un componente mágico que hace que cada pequeña cosa tenga un sentido en el conjunto del todo. Las ramas de los árboles, la lluvia, la grandeza de las montañas, lo inabarcable del mar, la furia de las tormentas, la nieve… todo tiene su origen razonable, humano, abarcable, comprensible. Pero he aquí que crecemos y, en este movimiento imparable, ante el que nada podemos hacer, el sentido de todo va gradualmente perdiéndose, quedando atrás, irrecuperablemente, en la infancia. Creer en fantasías, nos dicen, es un síntoma de falta de madurez. Hemos de aceptar que la vida es dura, hemos de acatar que el universo real, el mundo, la tierra, es un entorno hostil, al que llegamos por una casualidad genética producida en lo que Cioran definía como “una gimnástica coronada con un gruñido”. Y nada más. Después, la probabilística se encarga de enterrar nuestros sueños. A ellos acceden pocos, muy pocos. La mayoría, nosotros, nos hemos de conformar con que éstos no sean motivo de amargor. Hemos de aprender a convivir con nuestros sueños frustrados, al menos, mientras olvidarlos se nos ocurra imposible. </p>
<p>Pero en aquel momento aún mantenía la vaga esperanza de alcanzar, algún día, el sueño de jugar en un estadio abarrotado, que cantara mi nombre al unísono. Al menos, de vivirlo desde el banquillo, pues ya sospechaba, desde tiempo atrás, que si algún día era un jugador de fútbol, sería cualquier cosa menos una estrella. Esta esperanza, como he dicho, me llevaba a entrenarme casi a diario.</p>
<p>El curso escolar pasó. Por primera vez llegué a verano con asignaturas suspendidas. Mucho tenía que ver en ello el hecho de que hubiera pasado clases y clases diseñando una nueva equipación para el Lagun-Bi por cada campeonato de papel que comenzaba. Cada liga ganada por mi equipo soñado, me temo, equivalía a nota en rojo en mi cuartilla. Por ello, aquel verano tuvo algo de amargo. Mientras mis amigos jugaban en la piscina, o disputaban partidos de fútbol después de comer, yo debía acudir a clases particulares, en un frío y oscuro cuarto de una academia de verano, frío y oscuro, al menos, en contraste con el calor y la luz que, tras las rendijas de la persiana bajada, podía intuir que habitaba la calle. Academia de verano. Aquel nombre, que aprendí ese año me acompañaría desgraciadamente muchos veranos más. </p>
<p>El primer día de septiembre, de vuelta ya en nuestra casa tras las vacaciones, mi padre me dejó sobre la mesilla de mi cuarto un cartel recogido de una pared del pueblo en el que aparecía la típica imagen de reclutamiento del ejército estadounidense, en la que un hombre de pelo blanco coronado con un sombrero con los colores de la bandera norteamericana señala con el dedo al espectador diciendo que los Estados Unidos le necesitan. La única diferencia con el original era que en este cartel los colores del sombrero eran verdes y blancos, y en lugar del ejército de los Estados Unidos, quien requería los servicios del lector para la casa era un equipo de fútbol llamado Unión Deportiva Laukariz. Era el equipo de un diminuto pueblo cercano al nuestro. </p>
<p>- Qué, ¿probamos? – me preguntó mi padre al verme con el cartel en la mano, sentado en mi cama. </p>
<p>- Probamos –respondí-. Al menos, el cartel es gracioso…</p>
<p>Y probamos. Resultó que “la Unión”, como pronto sabría que se conocía al club, era un equipo de nueva formación y que ese año debutarían en categorías inferiores. Por ello, todos los jugadores éramos nuevos. Fui inmediatamente admitido, sin prueba ninguna. </p>
<p>- No estamos para descartar a nadie –nos explicó el presidente del club.</p>
<p>Al ser todos rebotados de otros clubes, nuestros primeros entrenamientos fueron para conocernos. El entrenador puso como norma que cada día, tres de los dieciocho niños que formábamos la plantilla, narraran a los demás su particular historia, por qué le gustaba el fútbol, en qué otros equipos había militado, cuál había sido su experiencia en los mismos, y, finalmente, por qué quería jugar en la Unión. Esto sirvió para que cada uno nos hiciéramos una idea de cómo eran los que iban a ser nuestros compañeros a partir de ese momento. </p>
<p>Desde los primeros días sentí una especial simpatía por uno de ellos, Ángel. Nuestra amistad comenzó después de uno de los entrenamientos, en el que Ángel comentó en voz alta que ese año el Málaga seguro que se salvaba del descenso porque había fichado a Lauridsen. La mayoría de nuestros compañeros miraron a Ángel como si hubiera pronunciado unas palabras indescifrables. Sin embargo, yo estaba casi emocionado, creo que era el primer chico de mi edad al que oía hablar de Lauridsen, un jugador que me encantaba, lo cual para mí, futbolero empedernido, eran palabras mayores. Al salir del vestuario, me acerqué a él y me atreví a decirle que estaba de acuerdo con lo de Lauridsen, y, casi con miedo de parecer un bicho raro, lancé dos o tres nombres más en la conversación. </p>
<p>- ¿Qué tal será el portero yugoslavo que ha fichado el Valladolid? Mauro Ravnic, creo que se llama…-dije.</p>
<p>- No sé, la verdad. Con los porteros del este nunca se sabe. También han fichado un delantero del mismo país, Janko Jankovic, que dicen que es buenísimo. El domingo metió dos charros y los pucelanos ganaron tres cero –me respondió Ángel con absoluta naturalidad, como si este tipo de conversación fuera habitual en él.   </p>
<p>- Al Elche, sí. Vi los goles en Estudio Estadio –añadí intentando demostrar que yo también sabía de lo que hablábamos-… por cierto, me encanta la camiseta del Elche</p>
<p>- Sí, a mí también. A ver cómo es la de la Unión. Aún no han tenido el detalle de enseñárnosla… </p>
<p>Caminábamos juntos hacia la parada del autobús. Pateando de vez en cuando alguna piedra, intentando meter gol en las alcantarillas. Me dijo que él también era de M., pero que nunca me había visto por el pueblo. Le dije que vivía en las afueras, en un chalet, y que no tenía vecinos, que este pueblo, al que había llegado el año anterior, no me gustaba nada. Me preguntó donde estudiaba, y yo le expliqué mi terrible desazón porque en mi colegio no jugaban a fútbol. Dijo que comprendía lo que decía, y añadió, como dando trascendencia a la conversación, que él no podría vivir sin el fútbol. Yo le escuchaba y le miraba con una mezcla de admiración y alegría. Admiración, porque demostraba que sabía muchísimo de fútbol, más que nadie a quien yo conociera. Cada poco, aún cuando no venía a cuento, nombraba un jugador que me decía que tenía que ver porque “era buenísimo”, subrayando sus palabras con un movimiento de las manos, para que quedaran muy claras. Habló de Chilavert, un portero paraguayo que acababa de llegar al Zaragoza, de Iskrenov, del mismo equipo. También de Zoltan Maric, del Celta, del que dijo que el año pasado no demostró casi nada, pero que seguro que este año “se saldría”. Y también le escuchaba contento, porque por primera vez estaba ante alguien que parecía tan loco por el fútbol como yo, y porque de vez en cuando Ángel hablaba de un jugador al que sí había visto jugar, sí lo conocía, y, entonces, yo podía demostrar ante mi nuevo amigo que yo también sabía de lo que hablaba. Cuando esto sucedía, cuando Ángel nombraba un jugador también por mí conocido, sentía algo parecido a cuando alguien nos habla de un familiar lejano al que hace tiempo que no ves pero por el que guardas especial cariño, o cuando oyes nombrar a un amigo de la infancia. </p>
<p>Así, pasamos un buen rato en la parada lanzando nombres al viento. Finalmente, mi autobús llegó. No nos despedimos, porque sabíamos que nos veríamos en el siguiente entrenamiento. Cuando estaba pagando al conductor, que aún mantenía la puerta abierta, Ángel me llamó. Al darme la vuelta me dijo:</p>
<p>- Casi se me olvida… Kevin Moran, un central irlandés que ha fichado por el Sporting… ¡Buenísimo! Apúntate ese nombre. Ha llegado nada menos que del Manchester United. </p>
<p>El conductor cerró la puerta sin darme tiempo a contestar. Por la ventana, con el autobús ya en marcha, le mostré a mi nuevo amigo el pulgar el alto, en gesto de complicidad. Tomé asiento. “Kevin Moran”, pensé, e intenté hacerme una imagen de cómo sería ese fantástico central irlandés que viene “nada menos que del Manchester United”.  </p>
<p>Ángel y yo fuimos amigos durante años, una amistad teñida siempre de fútbol, como contaré más adelante. Pero no fue el único amigo que hice compartiendo la afición por el fútbol comentado, por los nombres exóticos y extraños de clubes de fútbol de países lejanos, de jugadores por los que hacemos una apuesta personas, que “se van a salir”, como solía decir Ángel. Al contrario, han sido muchas las ocasiones en las que una duradera amistad ha comenzado con una conversación sobre la Camerún de 1990, sobre la defensa de aquel Arsenal formada por Dixon, Adams, Keown y Winterburn, sobre la genialidad intermitente de Ian Wright, en aquel mismo equipo, sobre el gol de Owairan a Bélgica en 1994 y qué habría sido de aquel jugador si no fuera por su nacionalidad o sobre Kalusha Bwalya, aquel delantero de Zambia que triunfó en México, pero que nunca jugó en Europa. La pasión por el fútbol, por sus recovecos más desconocidos por el público general, por desvelar sus secretos, ha sido siempre en mi caso un modo de conocer personas con las que comparto una probablemente absurda, pero sin duda, maravillosa pasión. De hecho, como escribió Nicolai Berdiaff en su caso con Dostoievski, creo que divido las personas entre dos tipos, las que saben quienes son Okocha, Mladen Krstajic o Jermaine Jenas, y las que no. </p>
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		<title>El fútbol y yo (X): Fútbol de papel (y bolígrafo)</title>
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		<pubDate>Tue, 29 May 2007 17:02:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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		<description><![CDATA[Tras la decepcionante experiencia de mi primer y único entrenamiento con el MCF, me encontré, por primera vez en mi vida, sin equipo. Este hecho suponía, a todas luces, un paso atrás en mi carrera. No sólo en la real, sino también en la soñada. A pesar de que me costó lo mío, porque hacerlo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href='http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/05/lagun.jpg' title='lagun.jpg'><img src='http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/05/lagun.jpg' alt='lagun.jpg' class= derecha /></a>Tras la decepcionante experiencia de mi primer y único entrenamiento con el MCF, me encontré, por primera vez en mi vida, sin equipo. Este hecho suponía, a todas luces, un paso atrás en mi carrera. No sólo en la real, sino también en la soñada. A pesar de que me costó lo mío, porque hacerlo era como oficializar un hecho que me resistía a asumir, terminé por reflejar, en la entrada que había añadido con mi nombre en la enciclopedia del fútbol, de manera escueta, esta funesta situación:</p>
<p>“La temporada 1986/87 Gerardo Apellániz la pasó en blanco, sin equipo, debido a las lesiones”. </p>
<p>Al hecho de carecer de un club con el que, al menos, entrenar martes y jueves, se sumó otro aún más grave. Los chicos de mi nuevo colegio se empeñaban en seguir jugando durante los recreos a eso que llamaban “esku pilota”, mientras yo insistía, cada día, en llevar bajo el brazo el balón de fútbol en torno al que anhelaba organizar, aunque solo fuera de vez en cuando, algún partido. Sin embargo, cada recreo, invariablemente, terminaba jugando sólo, golpeando la pelota sobra la pared lateral del frontón, compañera de juego que pronto terminó por aburrirme.</p>
<p>Casi sin darme cuenta, me convertí en un marginado. No conseguía congeniar con ninguno de los grupos de chavales que ya estaban establecidos cuando yo me incorporé al colegio. De vez en cuando compartía un rato con algunos de ellos, en un juego organizado por los profesores, en alguna clase de gimnasia, en algún recreo suelto, pero siempre me dominaba la sensación de que entre aquellos chavales, yo era uno menos. Nunca uno más. De este modo, poco a poco me fui retrayendo, hasta que, un día me percaté de que mi nombre se había convertido en mi nuevo colegio en sinónimo de “bicho raro”. Era algo nuevo, extraño y desagradable para mí. Llegó un momento en el que pasaba los recreos en una parte apartada del patio, donde lloraba sólo, con la mirada fija en mi balón, al que, junto con la pared lateral del frontón, ya consideraba como mi único amigo. Me lamentaba por la suerte de haber cambiado de pueblo, y echaba profundamente de menos a los amigos que habían quedado definitivamente atrás. </p>
<p>Por las tardes seguía jugando a fútbol con mi hermano Juan -y la presencia siempre amenazadora de Schuster-, en la portería que mi padre nos había regalado. Pero aquellos momentos aislados de correr bajo la lluvia, de ensuciarnos con el barro del jardín, aquellos goles, espectaculares en nuestra imaginación, aquellos partidos uno a uno, que hoy recuerdo con un especial cariño y que fueron cimentando la amistad que hoy tenemos mi hermano y yo, no satisfacían mi necesidad de fútbol. Yo quería más. Quería resultados, clasificaciones, ligas, campeonatos, finales de liga de infarto, títulos perdidos o ganados en el último partido… tenía un hambre voraz de fútbol.</p>
<p>Quizá por ello –digo “quizá” porque no lo sé con propiedad- decidí crear, con papel y bolígrafo, mi propio universo futbolístico, con sus ligas, Copas de Europa y Mundiales. En ella, yo jugaba, junto mi hermano y mis primos, en el flamante club que habíamos creado en verano: el Lagun-Bi FC., con su precioso traje de camiseta naranja y pantalón negro. Inventé quienes serían los equipos rivales. Éstos estaban relacionados de alguna manera con la realidad. Así, creé equipos para toda la geografía española. Son nombres hoy olvidados, pero recuerdo, por ejemplo, el Cepsa Tenerife (en aquellos años el Tenerife lucía en su camiseta publicidad de esta empresa), el Expo 92 de Sevilla, el Racing de Madrid, el At. Barcelona o el FK 30 de Logroño (ignoro de dónde saqué este nombre).</p>
<p>Diseñé equipaciones para cada uno de aquellos equipos. En las habituales compras de principio de curso, había convencido a mi madre para que me regalara un bolígrafo de esos que tenían diez colores, y a buena fe que le saqué el máximo rendimiento. El Racing de Madrid tenía los colores del Real Madrid, excepto que su pantalón era morado. El Cepsa Tenerife lucía una camiseta a rayas azules y blancas, con el pantalón del último color. El FK 30 llevaba los colores del Athletic de Bilbao. Así hasta más de cincuenta equipos españoles, más otros tantos internacionales, para la creación de cuyos nombres utilicé un Atlas en el que localizaba ciudades con nombres dignos de tener un gran equipo de fútbol -Eskisehir en Turquía, o Cheliabinsk en Rusia, por ejemplo-, conformaban el universo futbolístico paralelo en el que yo estaba llamado a ser una gran estrella.</p>
<p>Aquel año, completé decenas de temporadas. Desplegaba, en varias hojas, el calendario completo de la primera y segunda divisiones, que, por cierto, me costaba horrores diseñar de tal modo que no se repitiera ningún partido, y después, una vez decidido el orden de los enfrentamientos, iba resolviendo el resultado de los mismos, uno a uno, tirando unos dados. El seis del dado equivalía a un cero en el marcador del equipo de turno, y los demás números, del uno al cinco, se mantenían igual. Para evitar, no obstante, la recurrencia de resultados abultados que quitara realismo a mi mundo soñado, en la mayoría de las ocasiones restaba algunos goles manteniendo la diferencia en el marcador. De ese modo, un 4-5 se convertía en un 0-1 ó 1-2, y un 3-5 en un 0-2 ó 1-3. </p>
<p>Después de completar la temporada, calculaba la clasificación final, con los positivos y negativos -aquella absurdidad de las clasificaciones de fútbol de los años ochenta- y, la llevaba al papel, acompañando el nombre de cada club con su bandera, al estilo de como hacían en aquellos años en Estudio Estadio. Tras ello, creaba una ficha de cada equipo. Dibujaba su traje, inventaba una plantilla completa, con nombres elaborados a partir de apellidos que sacaba del listín telefónico y otros, los de los extranjeros, inventados de tal modo que parecieran reales (los yugoslavos terminado en “vic” y los rusos en “ov”, por ejemplo), y repartía los goles logrados con los dados por cada equipo entre los integrantes de los mismos. Cuando tocaba el turno al Lagun-Bi, cuidaba mucho de repartir los méritos de nuestro equipo más o menos equitativamente entre mi hermano, mis primos y yo, de tal manera que todos éramos figuras de aquel mundo soñado. </p>
<p>Excepto, claro está, cuando los dados decidían que el Lagun-Bi sufriera una mala temporada. En ese caso, me imaginaba, el público se nos echaba encima. Era comprensible. </p>
<p>Entre temporada y temporada, decidía traspasos, creaba jugadores nuevos que llegaban a mi liga, procedentes de países exóticos e, incluso, realizaba modificaciones puntuales en las camisetas de algunos equipos como, por ejemplo, en aquellas de quienes tenían un “nuevo patrocinador”.</p>
<p>Lo que comenzó como un juego para llenar momentos de aburrimiento, poco a poco fue ocupando más y más tiempo, hasta el punto de que pasaba clases y recreos enteros ocupado en la tarea de dibujar fichas de partidos históricos de la Copa de Europa de mis sueños, con los esquemas tácticos de los contendientes, su disposición en el campo y los precedentes históricos de esos partidos. Del mismo modo, dedicaba las horas de estudio, necesarias al menos para terminar los deberes, a transcribir las clasificaciones, sortear las rondas de copa, etcétera. </p>
<p>Mis notas comenzaron a resentirse. Nunca había suspendido ninguna asignatura, hasta aquel año. Mis padres no acertaban a encontrar razón alguna para mi bajo rendimiento. Tampoco mis profesores, que comentaban asombrados que no levantaba la vista del cuaderno y que no entendían cómo un alumno hasta entonces aplicado, había podido cambiar tan drásticamente sus calificaciones. Claro, que no sospechaban que en mis cuadernos ya no había lugar para las matemáticas, la lengua o el inglés, sino que todo esto había sido desplazado por algo mucho más importante: trascendentales partidos, campeonatos enteros, disputados por equipos que nunca existieron.</p>
<p>…</p>
<p>Aquel mundo de ensueño futbolístico, de papel y bolígrafo, lejos de disolverse al pasar la crisis infantil de aquel tiempo, permaneció conmigo, en mayor o menor medida, durante años. Aún con trece, catorce, dieciséis años, a pesar del descubrimiento de nuevas experiencias, como en todo adolescente algunas ciertamente traumáticas –el amor, ay, sobre todo- , que habrían de ocupar casi por completo mi mente, cada cierto tiempo sentía la necesidad de reeditar alguna liga con el Lagun-Bi.</p>
<p>Además, la tecnología hizo que ese mundo soñado también evolucionara. La máquina de escribir, por ejemplo, me permitió durante un tiempo hacer clasificaciones absolutamente pulcras, que daba gusto leer. Pero, sobre todo, fue el ordenador lo que revolucionó mi mundo soñado. Mi tío Carlos me regaló el primero que tuve, un flamante MSX y un juego de fútbol que se llamaba “Match Day 2”. En aquel juego se podían editar los nombres de los equipos y, en cuanto lo supe, el Lagun-Bi tuvo su referente virtual. Dejé de lado los dados, pues, para adoptar la tecnología de los nuevos tiempos. Los partidos ya no se decidían por el capricho de los dados, sino que se disputaban en el terreno de juego de lo virtual.</p>
<p>Después, tras el MSX vinieron consecutivamente otros ordenadores –Spectrum, Amiga, PC-, con otros juegos de fútbol, cada vez mejor realizados, en los que, invariablemente, acababa creando mi equipo de ensueño y reeditando en ellos duelos ya clásicos frente a otros equipos soñados.  </p>
<p>Así hasta hoy, cuando aún, de vez en cuando, me aborda la tentación de coger la Playstation y, en ella, crear el Lagun-Bi, conmigo convertido en una veterana estrella ya en el ocaso de su carrera. Tentación en la que todavía no he caído –quizá por la vergüenza propia de comprobar que aún no me he librado del todo de los sueños de infancia-, pero en la que sé que caeré tarde o temprano. </p>
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		<title>El fútbol y yo (IX): Un problema terminológico</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Apr 2007 15:33:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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		<description><![CDATA[Terminó el verano. La rutina que nos espera cada fin de vacaciones, ese año no llegó. Hasta el momento en que entramos todos juntos, mis padres, mi hermano y yo, en la nueva casa, aún vacía, sin muebles, no me di cuenta de que ese lugar, desconocido para mí, sería el espacio en el que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image1907" src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/04/beckenbauer.jpg" alt="beckenbauer.jpg" class="derecha" />Terminó el verano. La rutina que nos espera cada fin de vacaciones, ese año no llegó. Hasta el momento en que entramos todos juntos, mis padres, mi hermano y yo, en la nueva casa, aún vacía, sin muebles, no me di cuenta de que ese lugar, desconocido para mí, sería el espacio en el que desarrollaría toda mi vida. Atrás habían quedado el que durante toda la vida había llamado mi pueblo, la UDSM, mis amigos, el colegio en el que siempre había estudiado…, en fin, todo lo que conocía.</p>
<p>Nuestra nueva casa estaba en una pequeña urbanización las afueras de la localidad de M.. Era un caserío antiguo, que mis padres habían rehabilitado, y en el que depositaban la esperanza de que su sueño, vivir en el campo, alejados de las fábricas y ruidos de nuestra anterior casa. Su ilusión, aquella tarde en la que entramos por primera vez en nuestro nuevo hogar, contrastaba con mi ansiedad, al darme cuenta de la importancia de aquel cambio. </p>
<p>Recuerdo como si fuera hoy la primera noche que pasamos en nuestra nueva casa. Aún no teníamos más muebles que las camas, por lo que tuvimos que cenar –leche con Cola-Cao y galletas-, sentados en las escaleras que daban al piso de arriba. Mis padres nos hablaban excitados, explicándonos a mi hermano y a mí lo maravilloso que iba a resultar vivir allí. Después, salimos todos al jardín. Aquella noche, de principios de septiembre, era particularmente despejada, y en el cielo, sin la contaminación de las luces de la ciudad, se podían ver incontables estrellas que jamás podría haber contemplado en nuestro anterior pueblo. La vista del firmamento, insondable, enorme, desconocido, no hizo sino aumentar mi ansiedad ante la incógnita de los tiempos que venían. </p>
<p>Las dos primeras semanas en nuestra nueva casa no estuvieron acompañadas, por suerte, por la obligación de ir al colegio. De ese modo, mi hermano y yo tuvimos tiempo de sobra para explorar los alrededores. Nuestra casa estaba más o menos aislada. La más cercana a la nuestra, era un moderno chalet que situado a unos doscientos metros de nuestra puerta. Estaba inhabitado, presentaba ciertos síntomas de abandono –pintura descascarillada, persianas rotas- y tenía una enorme valla que lo rodeaba, coronada por cristales de botellas rotas para intimidar a los ladrones. Como no podía ser de otra manera dado nuestro carácter, mi hermano y yo no tardamos en saltar aquella valla que, al ser un símbolo de prohibición –subrayado por un cartel que rezaba “propiedad privada, no pasar”, se nos antojaba un umbral tras el cual descubriríamos grandes secretos -un cadáver, un fantasma, una asociación oculta que conspiraba contra la paz mundial, quién sabía-. Saltar aquella valla era a nuestros ojos, un paso para vivir fantásticas aventuras. </p>
<p>Nada más lejos, como es de suponer, de la realidad. Sólo encontramos una piscina llena de un agua verduzca y repugnante, en la que flotaba el cuerpo de una enorme rata ahogada. Un cadáver, sí, pero muy diferente del que nuestra imaginación nos había hecho prever. </p>
<p>Frente a nuestra casa, se abría un pequeño bosque, que ocupaba las parcelas entonces no edificadas –hoy sí- de la urbanización. Allí encontramos especies nuevas para sumar a nuestro pequeño Museo de Ciencia Natural, y que archivamos consecuentemente en la caja de muestras que nos habíamos traído de Haro. Serpientes enormes, brillantes escarabajos de formas redondeadas, arañas de todo tipo y tamaño, fueron completando nuestra colección. En el bosque también construimos nuestra nueva caseta, que amueblamos con una mesa, unas sillas y una destartalada televisión que encontramos en una vieja casa abandonada, bastante lejana a la nuestra y que transportamos hasta allí a duras penas sobre nuestras espaldas y, sobre todo, aterrorizados por ser cazados in fraganti por la policía o, lo que sería peor, por nuestro padres. </p>
<p>Sin embargo, no teníamos un lugar en el que jugar a fútbol. El jardín estuvo durante las primeras semanas sin hierba. Habían removido la tierra para plantar un nuevo césped y sobre nosotros pesaba la prohibición expresa de nuestro padre de pisar el jardín hasta nuevo aviso. Sólo una vez nos saltamos aquel mandato. Durante las obras, uno de los obreros, amigo de mi padre, que trabajaba en metal, nos regaló dos enormes espadas que había realizado en el taller. Tenían un flamante mango de cuero, y, aunque los filos estaban redondeados para evitar riesgos innecesarios, a nosotros se nos antojaban con la misma Excalibur, sobre todo después de que mi padre grabara en ellas con un buril nuestros nombres, acompañados de maravillosas celosías. Cuando decidimos desobedecer la prohibición de no pisar el jardín hasta que surgiera el césped, fue para enterrar las espadas. No sé porqué lo hicimos. Quizá porque pensábamos que espadas como aquellas eran dignas de ser encontradas por arqueólogos del futuro. Quizá porque simplemente nos cansamos de jugar con ellas, y enterrarlas se nos ocurría un juego mejor que seguir imaginando que éramos caballeros de la Mesa Redonda en busca del Santo Grial. El caso es que ahora, cada vez que visito a mis padres, que siguen viviendo en esa casa, cuando estoy en el jardín intento localizar el lugar exacto en que enterramos las espadas, probablemente perdidas para siempre. He hablado innumerables veces con mi hermano del tema, y ambos hemos trazado un plan para intentar recuperarlas, para lo cual habremos de plantear toda una excavación. Al final, los arqueólogos del futuro con los que soñábamos de niños, seremos nosotros mismos. Seguro que nadie, por otro lado, apreciará más el descubrimiento de las espadas que aquellos que las enterramos. </p>
<p>El caso es que no podíamos jugar a fútbol en el jardín. Tampoco los terrenos cercanos eran propicios para ello, ya que eran parcelas sin limpiar, llenas de zarzas y hierbas salvajes. Durante semanas, cada mañana nos asomábamos a la ventana para ver si el jardín era ya propicio para ser el escenario de nuestros partidos. En balde, nunca sospeché que el césped tardara tanto tiempo en salir y durante todo ese incalculable tiempo, nos tuvimos que conformar con jugar en el pasillo de casa con una pelota de trapo. </p>
<p>Por fin, comenzaron las clases. En mi anterior colegio, todos los años llegaban uno o dos niños nuevos a nuestra clase, pero nunca me había imaginado que algún día yo tendría que cumplir ese papel. Es algo desagradable. Llegas el primer día, sin conocer a nadie, y mientras los demás se saludan y se dan la mano contentos de volver a verse, se cuentan unos a otros lo que han hecho el verano y hacen planes para el nuevo curso, tú estás en una esquina, educadamente apartado, y triste, pensando en que la misma escena se está desarrollando en tu anterior colegio, pero sin ti. Pensando que eres uno menos en ambos lugares, el anterior colegio y el nuevo. No te atreves a acercarte a los demás, a no ser que te insten a ello, y sabes que el primer grupo con el que te juntes será decisivo, pues hay muchas probabilidades de que esos sean tus amigos para los próximos años. </p>
<p>Por suerte, alguien inventó el balón. El balón en esos momentos sirve de elemento de unión. Basta que lleves el primer día de clase uno, para que en el recreo se forme todo un grupo de chavales dispuestos a montar un partido. Yo lo sabía bien, y, tras las tres primeras horas de clase, que se me hicieron eternas, llegado el recreo saqué de mi mochila el fantástico Tango que mi abuelo había donado en verano al Lagun-Bi. Salí al patio con él bajo el brazo, esperando que en minutos, de la nada, surgiera toda una final, un partido digno de ser jugado. Pero, ay, no podía imaginarme que el fútbol no era el juego al que se dedicaban los chavales de aquel colegio de pueblo. En su lugar, en el frontón del centro se formaron varios partidos de pelota-mano. Nadie quería jugar, pues, conmigo, y allí, solo en una esquina del frontón, la pared fue la única que devolvía mis pases. Creo que aquel fue uno de los peores momentos de mi vida hasta entonces, nunca me había sentido tan solo.</p>
<p>Cuando volví a casa, entre lágrimas, pregunté a mi padre qué clase de pueblo era aquel al que nos habían llevado, en el que los niños preferían darle con la mano a una pelota que parecía una piedra, antes que jugar al mejor deporte que existía. </p>
<p>Quizá por mis quejas, unos días después, mi padre tuvo una de las ideas más brillantes de cuantas ha tenido en su vida: instalar en el jardín una portería. El encargo de su fabricación recayó en el carpintero que había colaborado en la rehabilitación de la casa. Sin previo aviso a quienes iba destinado tan hermoso regalo, una mañana, precisamente en la que se nos levantó la prohibición de pisar el jardín, llegó a la puerta de nuestra casa un camión. Dos hombres bajaron del mismo la portería, y siguiendo las indicaciones de mi padre, la instalaron en la parte más plana del jardín, un lugar idóneo para jugar a fútbol. Mi hermano y yo dábamos botes de alegría, mientras ellos realizaban su trabajo. Cuando se marcharon, mi padre nos dio una brocha a cada uno de nosotros y nos encargó pintar la parte de los postes hasta la que llegábamos. Él hizo lo propio con el larguero y con la parte más alta de los palos. Por la tarde, pintamos la base de los postes de negro, tal y como se estilaba en las porterías de los años ochenta. </p>
<p>Al día siguiente, después de que mi padre nos diera una nueva sorpresa instalando una red en la portería –toda portería que se precie ha de tener su red-, por fin estrenamos el regalo. Después, durante días, nada más llegar del colegio, mi hermano y yo nos vestíamos con nuestras camisetas del Lagun-Bi para y pasábamos las tardes enteras, hasta que anochecía y ya no veíamos el balón, jugando en ella, imaginando partidos, campeonatos enteros. Los fines de semana, además, recibíamos la visita de nuestros primos. Cuando venían, jugábamos partidos de dos contra dos a una sola, flamante, hermosa, portería. </p>
<p>¡Qué fantásticas jugadas hacía entonces! ¡Qué golazos marcaba! Lástima que no hubiera un ojeador en mi jardín que tomara buena nota de ello.  </p>
<p>Por otro lado, cuando estrenamos la casa, mi abuelo regaló a mi padre un perro, un cachorro de pastor alemán, negro. En la reunión familiar para decidir el nombre, a pesar de las reticencias para con el mismo de mi madre, se decidió llamarlo Schuster. </p>
<p>- ¿No es alemán? Pues no conozco alemán más célebre por aquí que él –dijo mi padre.</p>
<p>Al principio Schuster fue un convidado de piedra a los rondos que mi hermano y yo hacíamos con él. Era tan pequeño que le costaba correr detrás del balón, y cuando conseguía alcanzarlo, su diminuta boca no le daba para hacerse con él. Sin embargo, pronto creció, y con ello, se convirtió en un implacable defensa que frustraba nuestros ataques con una táctica defensiva infalible: pinchar el balón. Para nuestra desgracia, la primera víctima de sus dientes fue el Tango propiedad del Lagun-Bi. La tarde que cayó en sus fauces mi hermano y yo lloramos una vez más por cuestiones relacionadas con un balón, aunque esta vez, mi padre se mostró más comprensivo, y no nos regañó por ello. No sería, por otro lado, la primera vez que lloraríamos por un balón pinchado, ya que durante años, Schuster fue evolucionando su técnica, hasta convertirse en un auténtico genocida de balones. La pregunta de cuántos balones habrán caído ante la potencia de sus dientes no tiene respuesta, como tampoco la tiene la cuestión de cuántos hombres han muerto en guerras desde el comienzo de la historia: tan implacable se mostraba. </p>
<p>Pronto el jardín, a pesar de la hermosa portería, se me quedó pequeño. Yo ansiaba recomenzar mi carrera deportiva en un nuevo equipo, y así se lo hice ver a mi madre. Decidimos ir una tarde al campo del equipo del pueblo, el MCF, para hablar con uno de los entrenadores. Cuando llegamos, un montón de chavales de mi edad corrían en torno al campo –que para mi felicidad, era de hierba-, mientras un hombre de unos cuarenta años, situaba conos en el centro del mismo. Mi madre se acercó, conmigo de la mano y preguntó a aquel hombre con quien habíamos de hablar para que yo me incorporara al equipo. Al ver que los chicos del mismo miraban hacia nosotros, instintivamente, solté la mano de mi madre.</p>
<p>- Pues conmigo, creo –respondió sonriente aquel hombre, mientras me daba una palmada en la cabeza.</p>
<p>Después, nos dijo que no había problemas en que entrenara con ellos, pero que como la temporada ya estaba comenzada, probablemente no podría jugar partidos oficiales durante algún tiempo. </p>
<p>- Nunca se ha sumado un nuevo con la liga comenzada –razonó-, así que no sé si podremos inscribirle con ficha.</p>
<p>Mi madre contestó por mí, diciendo que no había problema y que en el próximo entrenamiento allí estaría. Mientras volvíamos en coche hacia casa, me sermoneó diciendo que, en todo caso, lo importante de estas cosas era hacer deporte, nunca competir y que me hiciera a la idea de que no pasaría nada si de mayor no conseguía ser un futbolista profesional.  </p>
<p>El martes siguiente fue mi primer entrenamiento con mi nuevo club. Durante los días precedentes, como siempre que se acercaba alguna fecha señalada por lo futbolístico, mi mundo imaginario se puso a rotar. Soñé que iba a estar a prueba en un nuevo club, que quería hacerse con mis servicios después de mi frustrante salida de la UDSM y mis éxitos con el Lagun-Bi. Me imaginé también que las palabras de mi madre con el entrenador eran las negociaciones de mi representante con uno de tantos equipos que estaban detrás de mí. Una vez allí, todo me recordaba a la UDSM. El vestuario me resultaba familiar y las conversaciones en el mismo reproducían exactamente las que teníamos en el de la UDSM, excepto que yo aún no me atrevía a sumarme a ellas. </p>
<p>Cuando salimos al campo, el entrenador nos obsequió con un regalo: </p>
<p>- Hoy, tras sólo cuatro vueltas al terreno, a modo de calentamiento –nos dijo-, echaremos un partidillo.</p>
<p>Pensé que librarme el primer día de entrenamiento físico era algo fantástico. Sin duda, una buena señal. Mientras cumplíamos con las cuatro vueltas al campo, algunos de mis nuevos compañeros me preguntaron quién era, dónde vivía, si antes había jugado, etcétera. Hablé con ellos, explicándoles todo, especialmente mi frustración por haber caído en un colegio en el que en los recreos no se juega  a fútbol. Todos rieron, comprendiendo mi mala suerte. Yo era feliz. Parecía que todo estaba de nuevo en marcha y que pronto sería uno más entre ellos. </p>
<p>Antes de comenzar el partidillo, el entrenador me presentó oficialmente a los demás. Dijo que era nuevo en el pueblo y que esperaba que todos me trataran bien, ayudándome en lo que necesitara. Explicó algo que yo ya sabía: que cambiar de vivienda no era fácil y que había que hacerse al nuevo lugar, y lograr nuevos amigos. Después, delante de todos, me preguntó de qué jugaba.</p>
<p>Yo dudé antes de responder. Siempre había sido delantero, pero, no sé por qué, quizá porque todos los niños querían jugar arriba, me resultaba un descaro llegar nuevo al equipo y pretender ocupar una plaza en la delantera. En el momento pensé que ser delantero del equipo era algo que había que ganarse entrenamiento a entrenamiento. Por ello, sin saber muy bien qué responder, dije, con voz entrecortada y lleno de vergüenza, que jugaba “de libre”, queriendo decir con ello que me movía en el campo por donde me daba la santísima gana. </p>
<p>- Bien, perfecto. Es precisamente un libre lo que necesita nuestro equipo ahora –fue la respuesta del entrenador, que me llenó de alegría.</p>
<p>Sin embargo, antes de comenzar el partido, y también delante de todos los demás, me dijo que me situara detrás de los defensas centrales y que tuviera especial cuidado en ayudarles ante las entradas al área de Lander, señalando con el dedo a un tipo enorme que parecía que me llevaba treinta años.</p>
<p>Fue el partido más desagradable que nunca haya jugado. No tenía ni idea de qué hacer ahí, siendo el último en la defensa. Lander se movió por el área como Pedro por su casa e hizo nada menos que cuatro goles, tres en jugadas a balón parado en las que se suponía que yo tenía que ayudar y en las que, sencillamente, no sabía donde meterme. Perdimos seis a uno y, por sus miradas en el vestuario, comprendí que todos los de mi equipo coincidían en hacerme el principal responsable de tan abultada derrota.</p>
<p>Arrastrando la mochila, regresé a casa. Estaba profundamente enfadado con el entrenador, que me había hecho jugar de último defensa cuando yo fui claro al hablar de mi posición: libre. Pensaba que sin duda era un cabrón y que el hacerme jugar ahí respondía solo a una estrategia suya para humillarme. Me dije que, mientras él entrenara al equipo, lo mejor era no volver, a pesar de que la perspectiva de estar otra vez sin club me llenaba de tristeza.</p>
<p>Y nunca volví.</p>
<p>…</p>
<p>Durante mucho tiempo, años quizá, estuve convencido de que el entrenador de aquel equipo me había jugado una mala pasada. Solo cuando fui un poco más mayor, supe que “libre” o “líbero” es aquel jugador que hace de cierre en las defensas de algunos equipos y que nada tiene que ver el significado del término con el que yo creí que tenía. Un problema terminológico, pues, que hizo que estuviera un año entero sin equipo, que solo jugara al fútbol, mi vida, mi pasión, en el ámbito privado del jardín de mi casa. </p>
<p>Como me dijo un amigo tiempo después, cuando le conté aquel episodio: ¡Con lo fácil que te habría resultado decir que eras Maradona, no Beckenbauer!</p>
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		<title>El fútbol y yo (VIII): El Lagun Bi</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Apr 2007 17:45:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image1790" height=200 alt=lagunbi.jpg src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/04/lagunbi.jpg" class= "derecha" />No volví a entrenar más con la UDSM. Quería seguir con todo mi ser, pero un sabor amargo me dominaba cada vez que pensaba en el equipo, en mi primer gol, y en la vergüenza de saber que, en el fondo, mis propios compañeros de equipo se reían de mí. Muchos me insistieron en los recreos del colegio para que volviera. Pero era en vano. Tampoco respondía a las preguntas de porqué lo dejaba, ni siquiera a las más insistentes de aquellos que, como verdaderos amigos que eran, no se rieron de mí en aquel funesto partido.</p>
<p>A las preguntas de mi padre, y las de Juan, también contestaba con silencios. Sin embargo ellos no insistieron mucho. Tal fue la impresión que debió de darles verme llegar aquel día y asistir, desde el otro lado de la puerta de mi cuarto, a mi desgarrado llanto. Aquel día mi padre intentó hablar conmigo, sin lograrlo. La mañana siguiente, hizo un segundo y último intento. Mientras desayunábamos juntos, al ver que ni siquiera le miraba a la cara mientras me cuestionaba por lo sucedido el día anterior, se limitó a decir:</p>
<p>- Nunca me cansaré de insistirte en que el fútbol se inventó para disfrutar, no para sufrir.</p>
<p>Para poder llevar mejor mi tiempo <em>apartado de los terrenos de juego</em>, me imaginaba que en aquel último partido con la UDSM había sufrido una terrible lesión de rodilla que me mantendría fuera del equipo durante los siguientes meses. Por otro lado, mis padres, aquel año nos habían anunciado a mi hermano y a mí que tras el verano nos iríamos a vivir a otra casa, a otro pueblo, al campo. Así que, unido a la lesión imaginaria, soñé también con un cambio de equipo. Los periódicos de mi mundo futbolístico imaginario decían con grandes titulares “Gerardo no seguirá en la UDSM”. “-No es por culpa del entrenador, simplemente necesito nuevos retos- ha afirmado el jugador”. </p>
<p>De esa manera, soñando, conseguí que el dejar el equipo no fuera tan duro para mí.<br />
Por suerte, además, pronto llegó el verano y con él olvidé, como cada año durante tres meses, las cuestiones que llenaban mi cabeza en tiempo de rutina.   </p>
<p>Todos los años veraneábamos en la Rioja, en un pequeño pueblo llamado Haro. Mi abuelo tenía allí una casa, en la que nos recibía a nosotros y a varios de mis tíos y primos. Así, a la alegría de la llegada de las vacaciones se sumaba la de poder pasarlas con mis primos, en especial con Ander. </p>
<p>¿Por qué los mejores recuerdos de niñez están asociados con el verano? Es algo curioso. Las vacaciones de verano duran un mes, a lo sumo, dos, y sin embargo, a medida que pasa el tiempo y crecemos, los recuerdos asociados a ellas ocupan cada vez más espacio en nuestra mente, como si nuestra vida se concentrara en esas fechas. Hace poco, desempolvando mi bicicleta, que hacía años que no tocaba, me sorprendí a mí mismo jugando en los caminos de gravilla que rodean mi casa, jugando a pisar con la rueda delantera las piedras, bolsas de pipas o envoltorios de chicle, que iba encontrando a mi paso. Tal y como hacía cuando era niño, tal y como hacía aquellos veranos. Fue algo reflejo, de lo que sólo me di cuenta una vez que bajé de la bici y me senté a descansar y a fumar un cigarro en un banco del camino. </p>
<p>En otras ocasiones, cuando llueve después de un día caluroso, el olor de la tierra mojada me lleva, como el sabor de las magdalenas en el té de Marcel Proust, sin que pueda evitarlo, a rememorar los tiempos en los que vivía en traje de baño, y corría de un lado a otro con mis amigos, descubriendo el mundo que se abría ante nosotros, un mundo lleno de ilusiones, sueños imprecisos y magia. En esos momentos siento una terrible nostalgia, y me llena de tristeza pensar que todo aquello es irrecuperable, está perdido en el tiempo, el único torrente contra el que es vano nadar. </p>
<p>¡Qué maldición es crecer!</p>
<p>La casa de mi abuelo se llamaba “Lagun Bi”. Era un adosado que mi abuelo había construido junto a un amigo, para pasar los veranos uno cerca del otro. De ahí el nombre, que en euskera significa “Dos Amigos”. Aquel verano estábamos allí todos los primos. Ander y yo éramos de la misma edad, y cuatro años menores que nosotros eran Juan, mi hermano, y David e Iker. Disfrutábamos muchísimo juntos. Hacíamos excursiones al río, donde nos bañábamos y jugábamos a construirnos casetas que eran los centros de operaciones en los que planeábamos nuestras gamberradas. También teníamos una colección enorme de bichos que encontrábamos por ahí, escarabajos, arañas, lagartijas, culebras, etcétera, que guardábamos en el pequeño museo de nuestra caseta. Y sobre todo, jugábamos al fútbol. Cada día, disputábamos, entre nosotros o junto a otros niños, tres, cuatro, cinco partidos distintos. Por eso, cuando Ander, en una de nuestras reuniones en la caseta, tuvo la idea de que creáramos nuestro propio equipo, la idea nos fascinó a todos. </p>
<p>¡Nuestro propio equipo! Esa sería la oportunidad perfecta para organizar partidos, liguillas, campeonatos&#8230; </p>
<p>Lo primero a decidir fue el nombre. Tenía que ser alguno que resumiera aquello que nos unía a los cinco. Como poner nuestro apellido común como nombre del equipo nos parecía una idea horrible, decidimos llamarlo “Lagun Bi”, como la casa. Ahora, necesitábamos un traje. No hay equipo en el mundo sin unos colores. </p>
<p>Ander sugirió que nuestros colores fueran el rojo y el blanco, como los del Athletic. Todos teníamos una gran pasión por aquel Athletic campeón, por lo que su sugerencia (como casi todas las que hacía, pues era el mayor y más fuerte de nosotros) fue aceptada. Volvimos a casa, no sin antes cerrar bien la improvisada puerta de nuestro refugio, y allí cada uno cogió una camiseta blanca de su armario. En el jardín, y entre baño y baño en la  piscina –la casa de mi abuelo tenía una flamante piscina en la que disfrutábamos horas y horas-, coloreamos con rotuladores y como pudimos nuestras camisetas. El resultado fue desolador. En nada se parecían aquellas franjas más rosáceas que rojizas a las de nuestro Athletic. Además cada camiseta resultó desconcertantemente diferente a las demás, por lo que menos un equipo conjuntado, parecíamos cualquier cosa. Pero no podíamos aspirar a más, y ese era el fruto de nuestro trabajo, por lo que las asumimos con orgullo. Después, en un cuaderno de mis deberes de verano –aún tengo pesadillas al recordarlos-, yo dibujé un escudo. Era como el del FC Barcelona. Cuatro espacios entre los cuales había un balón del tipo antiguo, y en los que dibujé banderas con nuestros colores. Bajo el mismo, puse, con la mejor caligrafía de la que era capaz, el nombre de nuestro equipo: “FC Lagun Bi”.</p>
<p>Nombre, escudo y camisetas, no necesitábamos más. Ya éramos un equipo, el FC Lagun Bi.<br />
Cuando llegó la hora de cenar, los cinco aparecimos en la mesa con nuestras camisetas. Mis padres, mis tíos y mis abuelos, se rieron de lo lindo mientras nosotros les contábamos que habíamos creado un equipo de fútbol con el nombre de la casa y que íbamos a organizar ligas y copas con otros chavales. Ligas y copas que, como no podía ser de otra manera, íbamos a ganar. </p>
<p>- Pero necesitaréis un presidente –dijo mi abuelo sonriendo-. No hay equipo sin presidente. </p>
<p>Después, él mismo se ofreció para ocupar el cargo. Dijo que correría con los gastos de nuestro equipo y que, aunque nuestras camisetas eran muy bonitas, al día siguiente a primera hora iríamos con él al pueblo a comprar equipación completa para el Lagun Bi, incluido un balón de reglamento. </p>
<p>Y cumplió su promesa. La mañana siguiente nos despertó a cada uno y nos sorprendió con un enorme desayuno que él mismo había preparado. Mientras lo devorábamos con toda la prisa del mundo –ya que se interponía entre nosotros y nuestras futuras nuevas camisetas- afirmó solemnemente que ahora que éramos un equipo y él nuestro presidente, se encargaría de cuidar nuestra alimentación y entrenamiento.</p>
<p>- Ahora vamos a por el equipamiento, pero luego os espera una sesión de entrenamiento de lo más dura –concluyó.</p>
<p>Yo era feliz viendo que mi abuelo jugaba con nosotros a eso del nuevo equipo.<br />
En la tienda nos llevamos una terrible decepción. No tenían camisetas rojiblancas. Sólo había camisetas de un color, con una franja blanca en las mangas. Había, por supuesto, casimetas del Real Madrid o del Barcelona, pero no cinco de nuestras pequeñas tallas. Mi abuelo pidió cinco camisetas naranjas, y cinco pantalones negros. Los analizó detenidamente y nos los ofreció. Como no nos vio muy decididos a aceptar sin más el cambio de colores, decidió convencernos de la grandeza del naranja, y para ello, habló de nombres que nosotros nunca habíamos escuchado antes, pero que a nuestros oídos sonaban como los de míticos guerreros de tiempos pasados.</p>
<p>- De naranja jugó uno de los mejores equipos que nunca he visto –nos dijo con el tono solemne de aquel que narra hechos extraordinarios-. Estaba formado por jugadores como Cruyff, Rensembrink, Rep, Neeskens, Krol… y les apodaban “La naranja mecánica”. Eran tan Buenos que sus rivales temblaban sólo de pensar que se tenían que enfrentar a ellos…</p>
<p>Y así siguió, un buen rato, contándonos las victorias y las injustas derrotas que en los mundiales recibió aquel equipo. Nos dijo, y lo subrayó varias veces, que para nosotros había de ser un honor que nuestro equipo compartiera colores con uno como aquel. </p>
<p>- Posiblemente, el mejor de todos los tiempos –concluyó.</p>
<p>Un rato después, estábamos en el jardín de casa los cinco vestidos con camiseta naranja y pantalón negro, corriendo anárquicamente detrás del flamante Adidas Tango con el que nuestro abuelo puso la guinda al pastel que suponían para nosotros nuestras nuevas camisetas. El jugaba a darnos órdenes como si fuera nuestro entrenador. Nos mandaba correr un rato, después chutar a puerta –dos jerseys en el suelo-, después hacer flexiones. </p>
<p>Pronto llegó el momento de decidir la estructura de nuestro equipo. Tras largas conversaciones, llegamos a un acuerdo. Ander, el mayor, sería el portero y el capitán. Tenía camiseta naranja como todos, pero mientras jugara de portero usaría la de Zubizarreta –negra y verde-, que su padre le había regalado en su cumpleaños. Yo sería el delantero. Juan, David e Iker serían defensas-mediocampistas. El concepto era extraño, pero lo tuvimos que acuñar para poder cubrir ambas posiciones. Al fin y al cabo, nuestro equipo lo componían sólo cinco jugadores. Cuando Ander quisiera salir de la portería, en ella le sustituiría David. En ese caso, Juan e Iker serían defensas, Ander centrocampista y yo delantero. La jerarquía quedó, pues, definitivamente establecida.  </p>
<p>Pronto jugamos nuestro primer partido oficial como Lagun Bi. Fue frente a un grupo de chicos de Haro a los que, como si de un duelo entre caballeros se tratase, retamos pomposamente. Los vimos jugando en una de las plazas del pueblo y como nos parecieron rivales dignos –esto es, ni demasiado pequeños, ni enormes- Ander y yo nos acercamos a ellos y les dijimos que teníamos un equipo y que estábamos buscando rivales del pueblo para jugar partidos. Al principio se negaron, pero terminaron afirmando que nos iban a dar una tremenda paliza, después de que Ander les preguntara si su negativa respondía a que nos tenían miedo. Finalmente, quedamos al día siguiente, a las once, en el campo de futbito de una urbanización cercana a nuestra casa.<br />
Con una puntualidad religiosa, allí fuimos. Para nuestra decepción, el campo estaba ocupado por unos chavales mayores que, además, al vernos llegar con nuestros flamantes nuevos uniformes, se rieron a carcajada limpia de nosotros. Por suerte, nuestros rivales conocían un campo cercano, en el que pudimos disputar nuestro partido sin injerencias. </p>
<p>Antes de comenzar, les preguntamos cómo se llamaba su equipo. Sorprendidos, nos contestaron que no tenían nombre, pero tras afirmar nosotros que “lo que no tiene nombre no es” –un dicho que mi abuela repetía constantemente-, decidieron que se llamarían “Los Leones”. Al parecer, ellos, a pesar de ser de Haro, también eran del Athletic.</p>
<p>Les destrozamos. El partido, como no podía ser de otra manera, terminó con un resultado abultadísimo en goles para cada equipo. No recuerdo exactamente cuál fue el resultado exacto, pero sé que yo marqué nada menos que veinte fantásticos tantos en un solo partido. Nunca había sido tan feliz. </p>
<p>La razón de que recuerde mi número de goles después de tantos años es que tengo un documento que lo corrobora. Lo tengo ahora mismo en mis manos. Se trata de un diccionario-enciclopedia de fútbol que se había editado con motivo del Mundial 82 y que mis padres me habían regalado hace tiempo, intentando así saciar mi sed por saber más y más cosas relacionadas con el fútbol. Se titula “Fútbol de la A a la Z” y en ella, junto a las reglas, hay entradas ordenadas alfabéticamente, en las que se realizan descripciones biográficas de los más grandes jugadores de la historia. Ahí estan Platini, Tigana, Peter Shilton, Maradona, Kempes, Pelé, Garrincha, Cruyff, Di Stéfano, Kubala, y un larguísimo etcétera de jugadores que yo conocí por primera vez gracias a aquel libro. Aquel verano, cuando mis padres al comienzo del mismo nos dijeron que nos lleváramos un libro para leer, yo no lo dudé y cogí ese. Aquella noche, tras el partido frente a los leones, escribí, en la primera página del libro, el comienzo de mi biografía como jugador, que posteriormente continuaría en varias entregas, con bolígrafos diferentes, en años diferentes. Lo escrito aquella noche, rezaba así: </p>
<p><em>“Gerardo Apellániz (Bilbao, 1975). Delantero centro de gran habilidad que comenzó su carrera en la UDSM. Tras varias temporadas en el equipo blaugrana, fichó en el verano de 1986 por el Lagun Bi, en el que permaneció unos meses. En su primer partido con la camiseta naranja marcó nada menos que veinte goles frente a Los Leones de Haro.”</em></p>
<p>Tengo el libro entre mis manos, y no puedo evitar que en mi rostro aparezca una sonrisa amarga. Siento una extraña mezcla de fascinación y de tristeza evocando aquel niño que fui, recordando ahora su sueño de ser un gran jugador de fútbol, digno de aparecer en esta enciclopedia. Escritas con la ilusión y la letra de un niño de diez, de once años, esas líneas son probablemente, de las cosas más sinceras que nunca haya escrito. Dicen tanto de mí incluso a mí mismo… </p>
<p>En cuanto al Lagun Bi, a veces cuando ahora, ya mayores, nos juntamos los cinco primos, aparece en nuestras conversaciones, teñidas de nostalgia. Cuando eso sucede, nos reímos de la ilusión de aquel verano, de cómo jugábamos a ser un equipo (disputamos con nuestra camiseta naranja muchos partidos), y recordamos con cariño la actitud que con nosotros tenía nuestro abuelo, del que los cinco guardamos maravillosos recuerdos.  </p>
<p>Lo que no les cuento a mis primos es que, el Lagun Bi siguió vivo durante muchos años, pero en mis sueños. Fue un equipo soñado al que di vida cuando comencé a tener la afición de crear, con papel, bolígrafo y rotuladores, ligas y torneos internacionales, plantillas con traspasos millonarios. Un mundo entero del fútbol que sólo respondía a mi imaginación y a la soledad de mi cuarto. Pero esa es otra historia, y será contada más adelante, a su debido tiempo. </p>
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		<title>El fútbol y yo (VII): Mi primer gol</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Feb 2007 13:05:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image1484" height=180 alt=camiseta.jpg src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/02/camiseta.jpg" class="derecha" />Llegó el minuto ochenta y cinco del partido frente al RDS. Sé que era el ochenta y cinco porque cuando comenzábamos cada encuentro, ponía el cronómetro de mi flamante reloj digital para saber, con precisión, en qué momento exacto del partido nos encontrábamos. El RDS era un equipo menor. Una panda a la que, como era de prever, les estábamos pasando por encima. Seis a cero, y porque tuvieron suerte. Yo calentaba en la banda desde hacía ya un buen rato. Lo hacía de modo serio, científico, aplicado, como si fuera un profesional a punto de salir al campo en los últimos minutos de una final con empate en el marcador. Como si fuera uno de mis ídolos, interesados no sólo en realizar los ejercicios bien para evitar lesiones, sino en que se vea que, efectivamente, lo dan todo, incluso en la banda.  </p>
<p>De pronto, mi entrenador me llamó. Iba a salir. Sonreí.</p>
<p>Por cierto, el lector atento habrá caído en la cuenta que hasta el momento no he dicho el nombre de mi entrenador, pero es que lo he olvidado. Es curioso cómo funciona la mente en estos casos. Alguien que fue tan importante para mí, en aquellos años, primero para bien, porque fue un hombre amable que supo lidiar con mi timidez y falta de valentía en el campo y vestuario, y posteriormente para mal, por los hechos que narraré en las líneas que siguen, y su nombre ha quedado perdido en mi memoria, sepultado por otros nombres, otros recuerdos. En realidad, empero, poco importa. Para mí, él siempre será “mi entrenador”, una figura que se me antojaba en aquel tiempo tan importante como la de mi padre, o mi profesor y cuyos recuerdos, que ahora convierto en relato, aún están teñidos para mí con el color de lo trascendente. Era, en fin, alguien de quien dependían mis más valiosos sueños, de cuyo comportamiento dependía que me acostara, cada noche, con lágrimas en los ojos o, por el contrario, con la sonrisa que la esperanza de jugar el domingo siguiente dibujaba en mi rostro.</p>
<p>Me quité el chándal con movimientos ansiosos. Poco importaba que, una vez más, la falta de confianza en mi juego por parte de mi entrenador me confinara a los minutos de la basura. Íbamos seis a cero, pero si lograra, al fin, marcar mi primer gol con la UDSM, éste sería tan importante para mí, como si fuera el gol de la victoria, un gol definitivo, único, el del último segundo de una final de la Copa de Europa. </p>
<p>Mi entrenador reclamó la atención del árbitro a gritos. </p>
<p>- ¡Cambio! ¡Arbitro, cambio! –repetía sin cesar, hasta que éste se percató y dio permiso<br />
para realizar la sustitución. En consecuencia, mi entrenador cambió su canción por el nombre de Eduardo, el sustituido, a quien llamaba a gritos con la misma intensidad que antes al árbitro.</p>
<p>Éste respondió a la insistencia del entrenador con un gesto de desaprobación. Se acercó andando despacio a los banquillos, arrastrando sus piernas como si hubiera recorrido a pie todo el desierto del Sahara, o si sus pasos le condujeran a la meta menos deseada de todas las posibles. Cuando estuvo a mi altura, le ofrecí la mano para “chocarla”, como había visto tantas veces en televisión que hacían los profesionales, pero él, que había marcado dos goles en aquel partido, me miró con desprecio, esbozando media sonrisa, y pasó de mi gesto. </p>
<p>Eso me entristeció. Eduardo era, sin duda, el mejor jugador de nuestro equipo. Con Azibar, que jugaba en punta, formaba la pareja letal que hacía que ganáramos nuestros partidos, cuando los ganábamos. Igualmente, cuando alguno de los dos no estaba, perdíamos irremediablemente. Eran el alma y los pies de la UDSM. Sin embargo, las virtudes que Eduardo demostraba sobre el campo contrastaban con las que carecía fuera de él. Era un niño mimado, malo, arrogante. Un crío de esos que ha sido educado bajo la premisa de que el mundo todo le pertenecía, de que los millones de personas que estamos con él, en la misma gigante bola que gira y gira, estamos aquí para servirle, adorarle, amarle. En resumen, un imbécil, que además, se empeñaba en demostrarlo en cada acción para con sus compañeros de equipo. En aquellos años, él estaba tan convencido de que algún día sería el cerebro del Athletic que intentar matizar su sueño era casi insultarle. A nosotros nos decía que no éramos malos, en general, pero que como mucho podríamos aspirar a jugar en Tercera o Segunda B. Él no, él estaba destinado a la gloria.</p>
<p>Entré en el campo con el miedo habitual. Como siempre, mientras lo hacía, con la cabeza gacha, observaba mi camiseta. Mi entrenador me dijo mil una veces que no la mirara, que la camiseta era para identificarme ante los demás, no para mí. Pero yo no podía evitarlo. Me gustaba jugar con camiseta, porque podía imaginarme que era un profesional, que jugaba en San Mamés o en el Nou Camp, o en el Bernabéu. También, al correr miraba mis rodillas, llenas de heridas causadas por las piedras que habitaban en nuestro campo de arena, y mis piernas, tan delgadas, tan tristes. Y me daba vergüenza verlas.   </p>
<p>Nada más entrar yo al campo, Joseba sacó de banda hacia Azibar, que intentó irse del lateral izquierdo, pero éste consiguió tocar el balón. Córner. El mismo Azibar se dispuso a sacar. Mi entrenador nos dijo que “todos arriba”. Ahí, en el área, nos reunimos todos los jugadores, de los dos equipos, excepto Miguel, uno de nuestros laterales.</p>
<p>Qué mundo, el area. Nunca supe muy bien cómo moverme en ella. Nunca supe muy bien si quería estar cerca del balón, de su trayectoria, o lo más lejos posible del mismo, en ese espacio en el que lo que uno haga es intrascendente, allí donde nadie mira. </p>
<p>Me peleaba con el defensa que me marcaba, que me sacaba una cabeza, como poco. Tal y como nos había enseñado mi entrenador, me movía de un lado a otro, intentando que él perdiera la marca. Pero era imposible, por más que lo intentaba él estaba siempre pegado a mí. Al fin, Azibar sacó. Colgó el balón al primer palo, lejos de mí. Un defensa despejó la pelota de cabeza, y Gorka la golpeó al vuelo desde fuera del área. La pelota dibujó una extraña trayectoria en el aire, yendo a parar, perra ella, a mi cara. Caí al suelo, fulminado, mientras mis compañeros de equipo gritaban felices. </p>
<p>¡Gol! </p>
<p>Lo que ocurrió después quedó registrado en mi memoria a fuego.</p>
<p>Todos se echaron encima de mí, cantando el gol, riendo<br />
- ¡Ha metido Gerardo! ¡Ha metido Gerardo! Repetían una y otra vez. Y se reían. Se carcajeaban.</p>
<p>Me levanté del suelo. La cara me abrasaba. Tenía unas terribles ganas de llorar, pero a pesar de estar a punto de hacerlo, de romper en llanto desgarrado, me contuve, pensando en que si lloraba, todos reirían con más ganas, con más motivo, con más fuerza. </p>
<p>Mientras todos me abrazaban, burlándose, mi mirada buscó, instintiva, a mi entrenador. Entre los huecos que dejaban los brazos de mis compañeros, sus cuerpos, pude verle en la distancia. Como todos, reía. Sus brazos se apoyaban en el techo del banquillo, y su cabeza descansaba entre ellos, de donde solo se levantaba, de vez en cuando, para mirar hacia donde yo me encontraba. Reía y volvía a ocultar su risa entre los brazos, una y otra vez. Sin descanso. </p>
<p>Al verlo, creo que sollocé, pero mis compañeros no se dieron cuenta. </p>
<p>Me dirigí, andando, arrastrando mis pies, hacia el centro del campo, con la vista en el suelo, pensando si algún día se levantaría de ahí. Los oídos me silbaban, por el impacto del balón. La cara me abrasaba. Me acaricié, suavemente, la parte del rostro donde este me golpeó y me miré instintivamente la mano, para ver si había sangre. Obviamente no la había, pero por un momento deseé que no fuera así. Deseé haber caído muerto, fulminado por el impacto del balón, y que las risas de mis compañeros se ahogaran al constatar que nunca me levantaría. </p>
<p>Dos de ellos me adelantaron en el camino al centro del campo, y me dieron una toba medio amistosa, medio burlesca.</p>
<p>- ¡Figura!</p>
<p>- ¡Maradona!</p>
<p>Yo seguía sin quitar la mirada del suelo. No lo haría por nada del mundo. Ya no me miraba la camiseta. Solo las rodillas, que se me antojaban más enclenques que nunca.<br />
Me situé al lado del círculo central. Los otros sacaron. Corrí un poco detrás del balón, sin ganas, sin ánimo, hasta que el árbitro pitó el final del partido. </p>
<p>En el vestuario el entrenador nos felicitó. </p>
<p>- Si mete hasta Gerardo, muy bien hemos debido de jugar –dijo, guiñándome el ojo, quizá pensando que no le había visto carcajearse de mí, quizá pensando que todo aquello no me dolía.</p>
<p>Algunos rieron. </p>
<p>Decidí que ya me ducharía en casa. Me puse el chándal, me cambié las botas por playeras y me fui, sin mirar atrás.</p>
<p>- Hasta el martes –dije, con voz baja, con miedo, y casi seguro de que el martes no iría a entrenar, tampoco el jueves. Ya sabía, creo, que nunca más pisaría aquel vestuario</p>
<p>- Hasta el martes, figura –dijo alguno.</p>
<p>- ¡Maradona! –añadió otro.</p>
<p>Todos rieron, a mis espaldas.</p>
<p>Salí del vestuario. Seguí con la vista en el suelo, a pesar de que ya no había riesgo ninguno de que mi mirada se cruzara con la de alguien del público que se fuera a reír de mí, de mi incapacidad. Caminé despacio hacia casa, más despacio que nunca. No tenía prisa por llegar. No tenía prisa porque mi hermano me preguntara qué tal el partido, a ver si había jugado y, como siempre, a ver si había marcado, como siempre hacía, indefectiblemente, aunque ya supiera de antemano que el partido habrá ido mal, que no habría jugado y, por supuesto, que no habría marcado.</p>
<p>Pero esta vez, había marcado, y eso me dolía aún más. </p>
<p>Iba pateando piedras, pero aquel día no me apetecía tirar hacia las alcantarillas, imaginándome que eran porterías, soñando con goles marcados por mí en San Mamés. En un momento dado, me senté en la acera. Cogí un palo del suelo y jugué durante un rato a hacer dibujos en la gravilla, mientras pensaba.</p>
<p>Pensaba que tenía solo once años y que ya sabía que nunca sería lo que quería ser. ¿Qué equipo querría tener un delantero como yo? Pensé también que ojalá que Eduardo nunca jugara en el Athletic. Azibar no me importaría, pero Eduardo&#8230; Pensaba en por qué los peores niños, los más malos, son siempre los que mejor juegan dentro del campo. Sentía vergüenza por dentro, una mezcla entre la ansiedad del llanto y la rabia, que me ardía. Aún me dolía, además, la cara. Mis labios estaban curvados hacia abajo como nunca antes lo habían estado. Con un nudo en el estómago, me preguntaba:</p>
<p>¿Por qué demonios me gusta el fútbol? ¿Por qué lo siento tanto? ¿Por qué es tan importante?</p>
<p>Y después pensé que ojalá me dejara de gustar y que nunca más quisiera jugar, nunca más. Pero sabía que era imposible. </p>
<p>Me levanté. Mejor que fuera a casa, llevaba ahí un buen rato y mis padres estarían preocupados.  </p>
<p>Mi mirada continuaba en el suelo.</p>
<p>Había soñado mil y una veces con marcar un gol con la camiseta de la UDSM, pero nunca había imaginado que pudiera ser algo humillante.</p>
<p>Llegué a casa. Juan corrió a recibirme, y, como todos los días, me hizo la pregunta. Aquella que esa mañana esperaba, vanamente, que no me hiciera. Le miré, triste, y le di una palmada en la cabeza, sin contestarle.  </p>
<p>Entré en mi cuarto, saqué la camiseta y las botas de la bolsa de deporte y estuve mirándolas no sé cuánto rato. Después, me tumbé en la cama, y con mi rostro apretado en la almohada, rompí en un desgarrador llanto que aún, hoy, tantos años después, resuena, a veces, en mi cabeza. </p>
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		<title>El fútbol y yo (VI): el gol es sentimiento</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Jan 2007 17:12:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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		<description><![CDATA[El gol es sentimiento. Puede ser de felicidad, si lo marca nuestro equipo, nosotros, o de tristeza, si por el contrario, en lugar de marcarlo, lo encajamos. Es la base sobre la que se sustenta el fútbol. Puede haber un partido enorme, precioso, sin goles. Pero no lo habrá, nunca, sin intención decidida de marcarlos. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image1205" src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/01/goal_rvn.jpg" alt="goal_rvn.jpg" class="izquierda" />El gol es sentimiento. Puede ser de felicidad, si lo marca nuestro equipo, nosotros, o de tristeza, si por el contrario, en lugar de marcarlo, lo encajamos. Es la base sobre la que se sustenta el fútbol. Puede haber un partido enorme, precioso, sin goles. Pero no lo habrá, nunca, sin intención decidida de marcarlos. A quienes nos apasiona este deporte, soñamos con goles. Sueños bellos, si en ellos los goles los realizamos nosotros, o pesadillas, sin somos los que los encajamos. Esto es algo que los profanos a este deporte no pueden comprender. ¿Cómo puede alguien sufrir o alegrarse por algo tan trivial como un balón que choca con una red?</p>
<p>Sin embargo, ¿qué es lo importante y qué es lo fútil en una vida humana?</p>
<p>El antropólogo Nigel Barley escribió, en el libro “Bailando sobre la tumba”, que conocía el caso de una mujer que estuvo varios meses de luto por la muerte en un culebrón televisivo de su personaje favorito. Barley subrayó que, cuando era niño, aquello le impresionó terriblemente: “toda su conducta era de un dolor tan hondo, que hay pocas razones para suponer que no lo sintiera realmente”.</p>
<p>Para muchos, la actitud de esta señora es poco comprensible. Mientras que el dolor por la muerte de una persona real, la conozcamos o no, es algo que nos ennoblece, sentir tristeza por la desaparición de alguien que no existe, es poco menos que risible. Quienes así piensan distinguen los sentimientos por las razones que los causan. Un sentimiento es noble si nace de causas reales. Por el contrario, los sentimientos producidos por causas aparentes, fútiles o anecdóticas, suelen ser vilipendiados. </p>
<p>Siendo niños se nos enseña esta diferencia, en una lección que hemos de guardar para toda la vida. Cuando lloramos viendo una película, cuando tenemos miedo a lo que se esconde dentro del armario por la noche o cuando desbordamos felicidad por algo soñado, nuestros padres nos advierten de la irrealidad de lo que origina nuestros sentimientos. En este sentido, poco a poco, a medida que crecemos, comenzamos a distinguir entre emociones que, a ojos de los demás, nos ennoblecen o nos degradan, hasta el punto de que, a pesar de sentir ciertas emociones en lo más profundo de nuestro ser, las ocultamos a la mirada de los demás. Sentimos verdadera vergüenza de las mismas.</p>
<p>De hecho, el grado de madurez de una persona se evalúa según este criterio. Una persona adulta es aquella cuyos sentimientos nacen de lo real. Una persona adulta se alegra por cosas tangibles, como un aumento de sueldo, un coche nuevo, y se entristece por la pérdida, también, de las mismas cosas tangibles. Por el contrario, un hombre inmaduro es aquel cuya alegría y tristeza proviene de cosas sin importancia, <em>irreales</em>, que no se pueden calibrar, tocar, palpar. Para quienes así piensan, la alegría o tristeza por el gol, pertenece a la categoría de sentimientos ridículos. </p>
<p>Hay pensadores, por el contrario, que se han rebelado contra esta dualidad. Jean Amery, por ejemplo, en su defensa filosófica del suicidio, ese paso “del absurdo de la existencia al absurdo de la nada”, duda de esta distinción, navegando por aguas oscuras. Para él no hay diferencia entre el hombre que se quita la vida, o que la mantiene, lo mismo da, por causas <em>tangibles</em> –la ruina económica, la muerte de todos los seres amados-, o incluso <em>nobles</em> –honor, el romántico amor del poeta-, y aquel que lo hace por algo que, a ojos de los demás, es una nimiedad, una nadería –un suspenso en bachiller, un amorío infantil, qué se yo-. “Es el autor quien decide lo que ha de ser vodevil y lo que ha de ser tragedia”, escribe Amery. Quien decide quitarse la vida está sólo ante sí mismo, y sólo él sabe del tono, del color, que, en lo más profundo de su corazón, distingue lo nimio de lo trascendente. Como anotó Kierkegaard en sus diarios, “no se hallará entre los repliegues de mi alma el texto que todo lo explica y que a menudo convierte en acontecimientos de enorme importancia las que son para el mundo simples bagatelas y que yo mismo considero fútiles si les quito la nota secreta que es su clave”.</p>
<p>Ante quien, con su muerte voluntaria, grita “no puedo más”, pregunta Amery, “¿se atreve alguien a esbozar una sonrisa irónica o una palabra erudita?”. Ante la muerte de alguien para quien el mundo todo, lo real, tomó el cariz de lo hostil, por una causa dada, ¿quién osa trazar la línea que separa lo importante y lo fútil?</p>
<p>Algunos sentimos el fútbol como algo <em>importante</em> porque en nosotros genera sentimientos. Cuando mi padre me decía que un gol no es un gol hasta que no lo cantan cuarenta mil gargantas, se refería precisamente a esto. El gol no es tanto el balón que cruza la línea de la portería, sino la felicidad o la tristeza que genera en las personas que lo contemplan. Quienes no gustan del fútbol, es porque no comprenden las reacciones del público en el campo. Umberto Eco, por ejemplo, escribió que la primera vez que sufrió la sombría sensación del absurdo de la vida fue en un campo de fútbol.</p>
<p>A mí, que sin embargo adoro el fútbol, me ha ocurrido lo mismo muchas veces, en el mismo escenario. Estoy en un estadio, sufriendo lo inenarrable por el destino de la pelota, mordiéndome las uñas ansioso de que ese trozo de cuero relleno de aire entre en la portería, y cuando le da por hacerlo –a veces sospecho que el balón se tiene consciencia y se ríe de nosotros cada vez que da en un poste-, mientras levanto las manos al cielo, dando gracias a quién sabe quién, o me las llevo a la cabeza, entre lamentos, pienso: “¿pero qué estoy haciendo?”. Entonces contemplo a las miles de personas que, conmigo en el estadio, celebran o lloran lo sucedido, y me aborda una terrible angustia. </p>
<p>La imagen es desoladora. Yo, entre tantos otros, celebrando o lamentando la nada: una esfera rellena de aire que cruza una línea marcada en el suelo. </p>
<p>En esos momentos, recae sobre mi alma el peso de la trascendencia. Pienso en toda la historia de la humanidad, en el ser humano, en la muerte, el amor a la vida, el apego a las cosas. Todo se me antoja un absurdo, y veo a toda la humanidad como una colección de seres imperfectos, “hijos de un dios malvado o subnormal”, como escribió Emile Cioran, una especie de subproducto que espera que pase la vida, o que llegue la muerte, lo mismo da, y que necesita en ese suspiro que va del nacimiento a la muerte, del ser al no-ser, simular una trascendencia para el mundo, que en realidad no tiene. No sólo el fútbol, sino la vida toda, se me antoja como un mero entretenerse a la espera de la muerte; una manera de matar el tiempo, un juego grotesco que necesita de una importancia simulada para no ser insoportable. <em>Nada más</em>. </p>
<p>Sí, estas cuestiones también se piensan en un estadio.</p>
<p>En otras ocasiones, sin embargo, estoy menos sensible. No miro al cielo, y sólo llego a cavilar si tendrán razón aquellos para los que la vida es algo importante sólo si sabemos diferenciar, como personas adultas, entre las cosas que de verdad le dotan de importancia y de las que no, diferenciar entre el gol, absurdo, y lo material, real. En estas ocasiones, muy a mi pesar, sin embargo, nunca termino de ver el supuesto contraste entre unas cosas –las relevantes- y las otras –las anecdóticas-. Tiendo a confundir ambas, y pienso que, una de dos, o nada importa, o todo tiene valor. </p>
<p>Milan Kundera se cuestionaba, en “La insoportable levedad del ser” por estos asuntos. ¿Importan objetivamente los miles de muertos de una guerra acaecida en el siglo XIV entre dos estados africanos, o el paso del tiempo los ha convertido en nada?-  y enlazaba sus reflexiones con el mito del eterno retorno, formulado por Friedrich Nietzsche. Quizá, como apuntaba el alemán, nada importa si no se repite infinitas veces. Quizá el viento del tiempo no se lleva sólo las palabras, sino también la vida de los hombres y todo lo que a ellas, a cada una de ellas, dio aparentemente sentido. </p>
<p>Nada será de nosotros, de aquello que hoy ilumina o nubla nuestras mentes, en cien años. Las lágrimas de Jerjes estaban fundamentadas.  </p>
<p>Pero, si nada en el fondo importa, todo puede ser igualmente celebrado. Por ello, y a pesar de que parezca contradictorio con lo hasta ahora escrito, para mí el gol es algo maravilloso. Es un estado en el que la felicidad y la tragedia, esas cuestiones que parecen dar sentido al todo, se concentran. Lo hacen, igualmente, sin motivo <em>real</em>, pero lo hacen. El gol no es nada, es cierto, pero la vida tampoco, y aún así ambas provocan felicidad o tristeza. El gol es un estado momentáneo, inmediato, efímero. Nada si lo comparamos con una vida entera. Pero también una vida entera no es más que un instante en el tiempo del universo e igualmente, la felicidad de una vida plena o la tristeza de una vida errada, empequeñecen hasta no ser nada, si las comparamos con la inmensidad del universo. Todo el destino de los hombres, el ser de la humanidad, carece de relevancia ninguna en la escala universal.</p>
<p>Si podemos elaborar metáforas que den sentido a la vida -“el bien más preciado”, se suele decir-, y que de ese modo la hagan soportable, también podemos hacer lo mismo con cada segundo que compone una existencia. Entre los millones de ellos, hay algunos, sueltos, perdidos en un océano de tiempo, en los que la felicidad o la desdicha se hacen manifiestas, ocultando así la nada de la existencia. A este tipo de momentos corresponden los goles. </p>
<p>Quizá desvarie, pero creo que el gol no es nada sólo si la vida entera tampoco lo es. </p>
<p>Igualmente, el gol es importante sólo si la vida entera es importante. Somos nosotros, como bien razonó Jean Amery, que estamos solos ante nosotros mismos, a quienes nos corresponde dotar o no de relevancia, de sentido, a todo lo que nos rodea. </p>
<p>Pero, quizá mi visión de la importancia o futilidad del gol esté determinada por aquel que conseguí con la UDSM, mi primer gol, tan ansiado, que habitó durante tanto tiempo mis sueños y que, cuando acaeció me llenó de tristeza, y comenzó a matar los mismos.  </p>
<p>Quizá por aquella experiencia, por lo vivido entonces, crea hoy que el gol lo es todo, a la vez que no es nada… </p>
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		<title>El fútbol y yo (V): la visita a San Mamés (2)</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Jan 2007 10:44:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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		<description><![CDATA[2. El sábado por la mañana, nada más despertarme, corrí al salón. Mi padre desayunaba ya, como solía hacer, mientras leía el periódico. Me senté a su lado, y comencé a intentar ojear la sección de deportes, abriendo el periódico por la parte central, mientras él leía el principio. Como le estaba molestando, protestó y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>2.</strong><br />
<img id="image1159" height=100 alt=sola.jpg src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/01/sola.jpg" class= "derecha" />El sábado por la mañana, nada más despertarme, corrí al salón. Mi padre desayunaba ya, como solía hacer, mientras leía el periódico. Me senté a su lado, y comencé a intentar ojear la sección de deportes, abriendo el periódico por la parte central, mientras él leía el principio. Como le estaba molestando, protestó y me preguntó a ver que quería.</p>
<p>- Deportes –contesté escuetamente. No estaba para conversaciones. Quería ver quién formaría por la tarde y, sobre todo, si al final jugaría Schuster, quien, como habían dicho el día anterior por televisión, era duda para el partido. </p>
<p>Mi padre suspiró. Dividió el periódico en dos partes y me alcanzó la que recogía la información previa del partido. </p>
<p>- Anda, desayuna algo antes, que no es bueno leer en ayunas –me dijo.</p>
<p>Con el desayuno ya en la mesa (mi madre me obligó a tomarme un zumo de naranja bajo la amenaza de no dejarme leer), pude por fin estudiar lo que El Correo escribía aquella mañana del gran partido. </p>
<p>El titular era escueto, pero directo: “<em>Schuster no viajó</em>”. </p>
<p>Me decepcioné bastante, hay que decirlo, no sólo por la baja del alemán, sino porque el diario afirmaba que tampoco jugaría Archibald, ese delantero escocés, bajito y rapidísimo, que tenía un nombre que a mí me sonaba a Caballero de la Mesa Redonda.<br />
Pero, como bien me recordó mi padre tras comentarle mi decepción por las ausencias blaugranas, no iba a San Mamés a ver al Barcelona, sino al Athletic, así que centré mi atención en los rojiblancos. </p>
<p>En aquel entonces al Athletic lo entrenaba Javier Clemente, que había conseguido en los años anteriores dos ligas y una copa. Era la quinta jornada, y el equipo se encontraba segundo en la tabla, empatado a siete puntos con el Real Madrid, mientras que el Barcelona, que el año anterior había sido campeón de liga, estaba el octavo, a tres puntos de nosotros. Si ganábamos, serían ya cinco los puntos que les llevaríamos. Clemente, según ponía en el periódico, nunca daba las alineaciones, por lo que lo único seguro es que jugarían Zubizarreta en la portería, Goikoetxea y De Andrés en defensa, y Argote en la banda. Los demás, podían ser cualquiera. Yo pregunté a mi padre por lo que acababa de leer.</p>
<p>- Bueno, no sé –respondió mientras daba un trago al café-, seguro que juegan también Sarabia y Dani, ¿no? –y siguió leyendo.<br />
Yo hice lo propio. El periódico no daba la lista completa de convocados, pero sí incluía información sobre otro partido que ese mismo día se disputaba, el Osasuna-Cádiz. En el equipo navarro jugaría, según el diario, Miguel Sola, un excelente interior zurdo que había pertenecido al Athletic de las dos ligas de Clemente, y que aquel verano había sido traspasado al club rojillo. Esto me llenó de pena. Yo tenía un cariño especial por aquel jugador, y al ver que ahora estaba en otro equipo sentí una nostalgia parecida  ala que hoy siento cuando recuerdo a un amigo o familiar que reside en la lejanía y al que añoro. </p>
<p>En aquellos años, cuando jugábamos fútbol en el recreo y  nos pedíamos los jugadores que seríamos durante el partido –no sé si los niños de hoy mantienen aquella costumbre-, yo nunca tenía conflicto con aquellos que se pegaban por ver quién se había pedido antes ser Argote, Sarabia o Dani, porque siempre elegía el mismo: Miguel Sola. Mi idolatría por el rubio interior zurdo comenzó, quizá como todos los grandes amores, de la manera más circunstancial. Yo tendría siete u ocho años. En aquella época no había comedor en mi escuela, por lo que volvíamos a casa a comer, antes de las clases de la tarde. En mi casa casi siempre comíamos con el telediario puesto. Un día, durante los deportes, pusieron un gol de Sola de falta directa. Al verlo en la tele, sin demasiado interés, mi padre dijo para sí “este Sola es el puto amo”, sin reparar en que aquellas palabras tuvieron en mi un efecto inmediato. A partir de ese día, siempre que los niños de mi clase discutíamos sobre quién era el mejor jugador del Athletic, yo afirmaba que, sin duda, Miguel Sola. Mi argumento era definitivo y de autoridad: “es el puto amo”.</p>
<p>Leyendo la alineación posible que Osasuna sacaría aquella tarde, al ver el nombre de mi ídolo en otro equipo, recordé la mañana del anterior verano en la que, mientras desayunábamos en la cocina con la radio puesta, el boletín de noticias terminó con un repaso al mercado de fichajes de la liga en el que dijeron que el Athletic había vendido a Sola a Osasuna. Fue tal el disgusto que me llevé en aquel momento, tal el amargor que se alojó en mi garganta, que no pude seguir desayunando y me fui al baño a llorar desconsoladamente. Mis padres, al escuchar mi llanto, tocaron a la puerta y me obligaron a salir. Allí me encontré, frente a ellos, con la cara llena de lágrimas que me llenaban de vergüenza. Cuando me preguntaron amorosamente, preocupados por mi desgarro, qué es lo que me sucedía,  decidí mentir. Les hablé de una pelea con mis amigos que nunca ocurrió y, de ese modo, salvé la vergüenza que me dominaba por llorar por cosas que, como siempre me repetía mi padre, “no tienen ninguna importancia”.  </p>
<p><strong>3.</strong><br />
<img id="image1160" height=100 alt=sanmamesss.jpg src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/01/sanmamesss.jpg" class= "derecha" />El día se me hizo eterno. Nada conseguía centrar mi atención. Fuimos todos, mis padres, mi hermano y yo, a dar un paseo, como hacíamos siempre los sábados y domingos por la mañana. Aunque siempre me divertía en esas ocasiones –de hecho, mis mejores recuerdos de infancia residen en aquellas excursiones que organizaban mis padres-, aquel día mi atención estaba centrada exclusivamente en lo que sucedería por la tarde. Ninguna otra cosa lograba centrar mi atención, y en mi mente recreaba posibles escenarios que sucederían en el campo por la tarde. ¿Y si el Athletic llega al descanso con tres a cero? ¿Y si el Barcelona resulta que juega como el año pasado y nos mete un saco de goles? ¿Cómo responderá hoy Zubizarreta?</p>
<p>Cuando regresamos a casa, después de comer, la situación tampoco varió. No conseguía dotar a mis juegos del punto de imaginación necesaria para que se puedan disfrutar. Me veía como un niño al que ya no le atraían los juguetes que tenía de pequeño, así que aparté la fantástica reproducción del Halcón Milenario –la nave de Han Solo en la Guerra de las Galaxias- que mi padre me había regalado por mi cumpleaños, y con la que tantas y tantas aventuras había recreado en mi cuarto, y me tumbé en la cama, a la espera de la gran hora. Durante qué sé yo cuanto tiempo –quizá minutos, pero fueron horas para mí- me dediqué, como un viejo insomne, a mirar al techo e, intranquilo, a dar vueltas y más vueltas en la cama.  Así estuve hasta que, por fin, llegó el momento esperado.</p>
<p>Mi madre tocó en la puerta.</p>
<p>- Gerardo, tienes visita.</p>
<p>Abrí ansioso, esperando encontrarme a mi abuelo, pero en lugar de él, allí estaba mi primo Ander. </p>
<p>- Hola – me dijo sonriendo-. Yo también voy.</p>
<p>Ander era de mi misma edad, sólo seis meses mayor que yo. En aquel entonces aquella diferencia, ahora ridícula, era enorme, y para mí, él era poco menos que la voz de la experiencia, una especie de guía en la vida al que creía cada palabra, seguía en cada gesto. Cuando él hablaba, yo le escuchaba como lo hace el alumno a su maestro, creyendo a pies juntillas cada una de sus lecciones, que hacía mías. Además, era más fuerte y más hábil que yo, y a sus lecciones teóricas añadía otras prácticas, de gran utilidad en aquella época de nuestras vidas, como por ejemplo, cómo saltar una valla en dos movimientos, o cómo trepar a un árbol con un trozo de cuerda como ayuda. </p>
<p>Era mucho más que mi mejor amigo. Nos conocíamos desde que nacimos, veraneábamos juntos, pasábamos mucho tiempo uno en casa del otro, y juntos habíamos vivido las pocas pero intensas experiencias que con nuestros diez años de vida teníamos en nuestro bagaje. De hecho eso es algo que con el paso de los años no ha variado. Hoy, que lo vivido ya comienza a ser algo, quizá aún poco, pero lo suficiente para que la realidad se imponga a los sueños y para que la vida nos haya llevado por caminos diferentes, aún cuando nos vemos –cosa que sucede raramente- tenemos la capacidad de trascender todas las diferencias que nos separan para mantener esa amistad nacida en aquellos años. Tras unos instantes en los que nos observamos el uno al otro, y nos realizamos preguntas simples que sólo requieren monosílabos para ser respondidas, pronto volvemos al estado de plena confianza en el que ambos sentimos que podemos abrir nuestra alma a la visión del otro, que jamás nos juzgará, sino que comprenderá hasta nuestras manchas más impuras. Entonces la conversación fluye desde los temas más triviales, hasta las cuestiones más íntimas, esas de las que sólo somos capaces de hablar el uno con el otro. Qué se yo, el sentido de nuestra vida, la felicidad que pareces asir con una mano, pero huye, volátil… </p>
<p>En estos treinta años con los que ambos contamos ahora, han sido muchas las experiencias que juntos hemos vivido y que han ido tejiendo entre nosotros una red, invisible para los demás, que nos une más allá de todo lo que pueda suceder. De entre todas ellas, quizá, sobre las demás, la muerte de mi abuelo, aquel que en vida nos unía, y cuyo acontecer nos mostró cuando aún éramos unos niños –a pesar de que ya nos empeñábamos en no serlo- que hay cosas en este mundo que escapan a todo sentido y toda lógica, y que abren heridas que jamás se superan. </p>
<p>Pero esa es otra cuestión de la que quizá hablaré más adelante.</p>
<p>El caso es que a la alegría de ir a San Mamés aquella tarde de sábado se unía la de hacerlo acompañado de mi primo. Ahí estaba él, con su camiseta del Athletic bien visible bajo la cazadora, sonriendo. Hice lo propio y vestí la mía, que los Reyes Magos, que ya sabía inexistentes, pero seguían teniendo para mí la misma magia de cuando aún era más niño, me habían dejado bajo el árbol las navidades anteriores, y acompañado de Ander fui a la cocina, donde mis padres preparaban café mientras hablaban con mi abuelo. </p>
<p>- ¡Aitite! –grité con todas mis fuerzas, y le di un enorme abrazo. </p>
<p>Mi abuelo se reía en alto. </p>
<p>- Vaya, vaya, ya veo que estás hecho todo un león, como tu primo –dijo, al ver que yo también me había puesto la camiseta del Athletic. </p>
<p>Y mirando a mis padres, añadió:</p>
<p>- A ver qué tal se portan estos dos <em>lagurrios</em> hoy.</p>
<p><em>Lagurrio</em>. Creo que esta palabra no está recogida en ningún diccionario. Además, creo que nadie, excepto mi abuelo cuando se refería a nosotros, sus nietos, la ha usado nunca. Desconozco absolutamente de dónde procede, cuál es su génesis, su historia, cómo llegó a su boca. De hecho, tras la muerte de mi abuelo, nunca más la he oído pronunciada, ni siquiera por parte de mis padres o tíos, quienes, quizá por respeto, porque les evoca la imagen de una persona amada y desaparecida, o quizá simplemente porque la han olvidado, nunca la usan. Alguna vez he indagado la cuestión, comentado de pasada el caso con amigos escritores, o con gente que sabe euskera, porque sospechaba que quizá provenía de ese idioma. Todos me han contestado que la palabra, simplemente, “no existe”. Pero, ¿de verdad no existe? ¿Acaso no basta con que alguien pronuncie una serie de sonidos, y los dote de algún significado, para que nazca una palabra? Para mí, “lagurrio” es una palabra que existe, es, y con más intensidad, seguro, que cientos de palabras recogidas en cientos de libros y diccionarios, que jamás usaré, y cuyo significado nunca se abrirá a mi mente. Esa palabra inventada, por el contrario, a pesar de que sólo haya sido usada en un tiempo, y por una sola persona, tiene entidad suficiente, para mí, que me dedico precisamente a coleccionar y combinar palabras, como para ocupar un lugar bien alto en lugar donde residen las mismas. </p>
<p>Cuando mi abuelo terminó de tomar el café, salimos de casa –no sin antes tener una pequeña pelea con mi madre, que me obligó a tapar mi querida camiseta del Athletic con una burda chamarra. Aparcado bajo el enorme edificio en el que vivíamos –que en mi pueblo se le llamaba “el rascacielos”- estaba su flamante nuevo coche esperándonos para conducirnos al paraíso del fútbol. Era un BMW 528i. El único coche del que he recordado el modelo. Incluso, cuando a mis amigos les dio por coleccionar cromos de automóviles, mientras yo lo seguía haciendo de futbolistas, llegué a cambiar uno en el que aparecía una foto y las especificaciones técnicas de aquel coche, por dos de mis queridos futbolistas. Cuando ya estábamos rumbo a Bilbao, mi abuelo puso una cinta en la que sonaba el himno del Athletic, y los tres cantamos con todas nuestras fuerzas.</p>
<p>- ¡Athleeeeeeetic! ¡Eup!</p>
<p>Mi primo y yo no cabíamos en nosotros de felicidad. Mi abuelo lo sabía y reía en alto cuando, a través del espejo retrovisor, veía nuestras sonrisas. Nos animaba  a gritar más y más alto, ya que en San Mamés, si queríamos que nuestros ánimos lleguen a los jugadores, así deberíamos hacerlo.  </p>
<p>Después, apagó la cinta y nos contó que quizá hoy no fuera un gran día para nuestro equipo. Nos dijo que había una leyenda, una regla no escrita, que decía que cuando llovía suavemente –lo que en Bilbao se llama “sirimiri”-, el Athletic goleaba. Pero aquella tarde era soleada y calurosa, algo raro en septiembre y en Bilbao. </p>
<p>- Aunque todo se puede solucionar con uno de los famosos manguerazos de Clemente –matizó.</p>
<p>Cuando nos acercábamos al campo, buscando aparcamiento, mi primo y yo nos pegamos a las ventanas del coche, contemplando absortos el mundo que a través de ellas se abría. Todas las calles cercanas al estadio estaban abarrotadas de gente vestida con la camiseta del Athletic o llevando banderas rojiblancas, algunas enormes. La gente sonreía, y se abrazaban unos a otros, como si se tratara de una enorme fiesta en la que todos participaban. El ver a todas aquellas personas, a mí, que vivía en un pueblo y que no estaba acostumbrado a ver grandes grupos de gente, me impresionó sobremanera. Se lo comenté a mi abuelo, y él, siempre sonriendo, me dio un dato que hizo que aún me sobrecogiera más: en San Mamés cabían cuatro veces más personas de las que vivían en mi pueblo.  </p>
<p>¡Cuatro veces más! Mi mente no podía concebir tal número.</p>
<p>Una vez aparcamos, como aún había tiempo, mi abuelo nos llevó a un bar en el que él saludó a sus amigos con los que habitualmente acudía al estadio, y nos sacó unas coca-colas. Al llegar, uno de los amigos de mi abuelo reparó en nosotros, y dijo:</p>
<p>- Aquí está el futuro del Athletic –dándonos unas palmadas en la espalda a los dos.</p>
<p>- No lo dudes –respondió mi abuelo, y todos rieron. </p>
<p>En ese momento, Ander y yo nos miramos. No dijimos nada, pero sé que ambos soñamos por unos instantes en el día en el que él fuera Zubizarreta y yo Sarabia y que juntos levantáramos una nueva copa del Rey y la pasearíamos por la ría con la Gabarra.<br />
Después, los mayores se enzarzaron en conversaciones en torno al partido, que nosotros escuchábamos ávidamente, intentando prever en sus sabias palabras cuál sería el resultado del mismo. Hablaron de la posible alineación –desdiciendo, por cierto a mi padre, que por la mañana afirmó que iban a jugar Dani y Sarabia-, y también de los últimos enfrentamientos que el Barcelona y el Athletic habían tenido esos últimos años. Escuchándolos, supe que el Barcelona, que a mí siempre me había sido simpático, en aquellos años no estaba nada bien visto en Bilbao, debido a una pelea que hubo entre los jugadores de ambos equipos en una final de copa anterior –y que yo recordaba vagamente-, y a cierta sanción que cayó sobre Goikoetxea por una terrible entrada que hizo a Maradona. Algunos decían que se la tenía merecida, y otros afirmaban que aquello no iba con el espíritu del club, palabras estas últimas de las que yo desconocía el significado. Por otro lado, en aquel tiempo se comenzaba a gestar una polémica entre Sarabia, el mejor delantero del equipo y Clemente, el entrenador, que meses después, dividiría a los seguidores del Athletic en dos bandos. En aquella conversación yo supe que mi abuelo iba con Sarabia, algo que desconocía hasta el momento. Obvia decir, que sólo por ello, y sin necesidad de más argumento ninguno, yo a partir de ese momento también estaría siempre a favor del delantero rojiblanco.   </p>
<p>Mi abuelo se despidió de sus amigos, y nos dijo que ya era hora de ir al estadio. Los nervios, siempre presentes en aquella tarde, se dispararon, y yo sonreía alelado, dominado por las sensaciones, que procuraba registrar adecuadamente, para después recordar siempre. Caminamos cogidos de la mano por la Gran Vía, donde la gente rojiblanca se agolpaba. Varios policías dirigían un tráfico completamente colapsado, mientras los peatones se colaban entre los huecos de los coches, para desesperación de los guardias, que hacían aspavientos con las manos y se dejaban sus pulmones en tremendos silbidos que se imponían al sonido de fondo de miles de conversaciones en torno a lo que nos esperaba en el estadio. </p>
<p>Mi abuelo nos advirtió entonces que saldríamos de San Mamés cinco minutos antes del final del partido, porque si no el tráfico que nos encontraríamos sería terrible. Eso me entristeció un poco -¿cómo íbamos a perdernos el final del partido?- y le pregunté que si iban empate también saldríamos antes. Me miró sonriendo, siempre sonriendo, y me dijo:</p>
<p>- Si el partido es bueno y nos lo estamos pasando muy bien, entonces el atasco de después merecerá la pena –y con esas palabras volví a recuperar el ánimo.</p>
<p>En la parte exterior del estadio, entre los ríos de personas que se formaban en las puertas del mismo, había una serie de puestos en los que se vendían pipas, chuchearías y banderas y bufandas de ambos equipos. Nos detuvimos ante uno de esos puestos y mi abuelo nos dijo que nos compraría una bandera a cada uno si le prometíamos que no dejaríamos de animar al Athletic por nada del mundo.</p>
<p>- Aunque vaya perdiendo cuatro a cero, ¿eh? –nos advirtió.</p>
<p>Así lo hicimos, y entramos al estadio más felices si cabe, con nuestras flamantes banderas rojiblancas, con la intención de ondearlas con tal fuerza, que nuestro equipo se contagiara de nuestro ánimo y goleara sin piedad al rival. Mi abuelo localizó los asientos que nos correspondían, al lado justo del que, cada domingo ocupaba él. Ander y yo nos sentamos, mientras él se daba la mano y saludaba a todos los que le rodeaban y les explicaba que éramos sus nietos, “auténticos leones, que algún día tú y yo veremos golear desde aquí”. </p>
<p>De pronto, cuando las bocas de entrada al estadio aún goteaban espectadores rezagados, los jugadores del Barcelona saltaron al campo, y desde el centro del mismo, levantaron sus brazos, dando palmadas en alto, saludando al público. Todo el murmullo de voces que hasta ese momento dominaba el estadio, se convirtió de pronto en una tremenda pitada de desaprobación, de tal intensidad, que tuve que taparme los oídos. Miré a mi abuelo, a ver si el también silbaba, pero contrastando con las personas que nos rodeaban, que abucheaban al rival y proferían insultos que no puedo reproducir aquí –pero que sí lo hice, días después en mis discusiones de recreo-, él sonreía, como durante toda la tarde, como durante toda su vida, y nos dijo:</p>
<p>- Chicos, comienza lo bueno.</p>
<p>Los silbidos dieron paso al aplauso general, cuando mientras salían al campo los jugadores del Athletic, por megafonía comenzó a sonar el himno del club. Después, los tres “Athletic” que abren el himno fueron escuchados en un silencio respetuoso, pero cada vez que el cantante terminaba uno de ellos, todo el estadio entonaba un tremendo “¡Eup!”. Ander y yo agitábamos con fuerza nuestras banderas, que sólo eran dos entre cientos y cientos que habitaban las gradas. Sabíamos que eso no les restaba importancia, sino al contrario, que las banderas de fútbol nacieron para ser ondeadas en grandes grupos. Finalmente, los jugadores del Athletic saludaron también desde el centro del campo, y éstos fueron aplaudidos a rabiar por todos los presentes, nosotros incluidos.</p>
<p>- Administrar los aplausos –nos dijo mi abuelo con un guiño-, que creo que esta tarde va a ser rica en ellos.</p>
<p>Los capitanes de cada equipo se reunieron en el centro del campo, para sortear balón y portería. En ese momento, mi abuelo nos explicó a Ander y a mí que las porterías de San Mamés tienen nombre. Una se llama “portería de ingenieros”, porque detrás está la facultad de la universidad donde se estudia esa carrera, y la otra se llama “portería de la misericordia”, porque tras ella se encuentra la calle de ese mismo nombre. Nos dijo que el Athletic tiene la costumbre de empezar atacando la portería de ingenieros, y que algunos equipos, que saben de esa costumbre, suelen elegir ese campo para atacar durante la primera parte, con la intención de fastidiar a los rojiblancos. De todas maneras, nos precisó que él, que había visto cientos de partidos en San Mamés, a veces prefería que el equipo rival pinchara un poco de ese modo a los jugadores del Athletic, para que éstos comenzaran el partido un poco más encendidos.</p>
<p>- A veces salen demasiado dormidos –concluyó.</p>
<p>Tras la entrega de un premio al centrocampista del Athletic Urtubi –de quien mi abuelo nos dijo que era capaz de romper las redes de la portería de un disparo desde fuera del área-, por fin, el partido comenzó. Desde el primer minuto se vio que el Barcelona y el Athletic en aquellos años eran dos equipos que no se guardaban mutua simpatía. Hubo varias entradas duras, y cada vez que tocaba el balón alguno de los jugadores del Barcelona, que yo no llegaba a identificar, el público silbaba al unísono. No habían transcurrido ni diez minutos, cuando la tensión devino violencia. En un corner a favor del Barcelona, y tras una jugada embarullada, Goikoetxea cayó al suelo llevándose las manos a la garganta. El balón fue despejado y la jugada siguió, a pesar de los gestos de atención hacia al árbitro que realizaba Zubizarreta. Cuando el juego se paró, los jugadores de uno y otro equipo se acercaron al defensa rojiblanco, que seguía en el suelo, revolviéndose de dolor, y se montó una pequeña tangana. El público rugía. Todo el estadio estaba de pie, protestando. Algunos decían que había sido una agresión clara de Migueli.</p>
<p>- ¡Un codazo tremendo! ¡Un codazo tremendo! –repetía una y otra vez, gritando hacia el campo, un señor que se situaba dos asientos a mi derecha.</p>
<p>Otros gritaban que había sido Amarilla –un jugador paraguayo del Barcelona-, e incluso creo algún aficionado rencoroso y perdido dijo que seguro que había sido Schuster, aunque el alemán no viajó a Bilbao con el resto del equipo.<br />
En esos momentos, yo no alcanzaba a ver bien el campo, entre las espaldas de todos los que se pusieron de pie delante de mí, y preguntaba ansiosamente a mi abuelo qué es lo que había sucedido. Me dijo que no lo sabía, que no había visto nada, porque él había seguido el balón. </p>
<p>Las protestas del público siguieron aumentando mientras el árbitro consultaba a uno de sus linieres lo sucedido, y se transformaron finalmente en un atronador grito de júbilo cuando el de negro mostró la tarjeta roja directa a Amarilla. La gente que estaba a nuestro alrededor aplaudía la decisión. Esto me dejó atónito. Yo no sabía que la expulsión de un rival se celebraba como si se tratara de un gol, y aunque aplaudía, siguiendo a todos los demás, no entendía muy bien porqué lo hacía. La ovación, no obstante, terminó pronto, y fue sustituida de nuevo por silbidos, justo cuando Amarilla enfilaba el túnel de vestuarios.<br />
La euforia se adueñó durante unos minutos de la grada. Según nos explicó mi abuelo, el jugar desde el minuto diez con un jugador más siempre se nota en el desarrollo del partido, y eso suponía una gran ventaja para los nuestros. Quizá por ello, el señor que antes clamaba ante el codazo que él había visto de modo claro y diáfano a tanta distancia, ahora se frotaba nerviosamente las manos, mientras entonaba otras palabras.</p>
<p>- ¡Se puede!, ¡Se puede!</p>
<p>Sobre la mitad de la primera parte, y con el Athletic volcado en la portería blaugrana, De Andrés –aquel magnífico jugador que vio truncada su carrera por una desgraciada lesión y de quien mi abuelo nos dijo en aquel partido que era el mejor defensa que había visto nunca- lanzó un increíble disparo desde fuera del área que Urruti, el portero del Barcelona, sólo pudo despejar a un lado. Ahí, Sarabia –que acababa de sustituir a De la Fuente- recogió el balón y, driblando a Urruti, se lo dejó en bandeja a Noriega que sólo tuvo que empujarla, de cabeza al fondo de la red.</p>
<p>- ¡Gol!</p>
<p>San Mamés se venía abajo. Mi padre me había hablado muchas veces de que para que un gol fuera de verdad un gol, miles de personas debían cantarlo, que un gol no es sólo un balón entrando en una portería, sino mucho más, algo mucho más grande e importante. Yo no supe del significado de aquellas palabras hasta ese preciso momento. La gente saltaba de alegría, se abrazaba –yo me fundí en un enorme abrazo con Ander-, mostraba su euforia. San Mamés empezó a corear el nombre del equipo, y las banderas, también las nuestras, volvieron a ondear. </p>
<p>Si en ese momento me hubieran preguntado qué significaba para mí la felicidad, sin duda hubiera contestado que aquello que en ese momento estaba viviendo.</p>
<p><strong>4. </strong><br />
El descanso llegó, y con él el tiempo del puro. Todos los estadios en España huelen a puro, y San Mamés no es menos. Mi abuelo colaboró con la humareda general, encendiendo un enorme Habano. Como Ander y yo le observábamos detenidamente –nunca antes le habíamos visto fumar-, dijo:</p>
<p>- Este en honor a Sarabia –y nos guiñó el ojo.</p>
<p>El tiempo de descanso lo aprovechamos Ander y yo para ponernos al día de las trayectorias de nuestros respectivos equipos. Ander era portero del Baskonia, uno de los mejores equipos de la zona, pero rara vez era titular. A pesar de ello, yo tenía plena confianza en sus posibilidades, y siempre pensé que algún día llegaría lejos en el mundo del fútbol. Probablemente eso era más debido a mi amistad, rayana en la idolatría, hacia él, mi primo seis meses mayor que yo, que a sus posibilidades reales. Una prueba de ello, es que él también confiaba en mí.</p>
<p>- Tienes que mejorar la posición en el área, pero por lo demás, yo que te conozco bien, sé que eres un buen delantero – me decía, y eso me llenaba de ánimo. </p>
<p>Estábamos comentando que ojalá que la UDSM subiera de división para poder enfrentarnos algún día –el Baskonia estaba en una división superior-, cuando comenzó la segunda parte. </p>
<p>El Barcelona, a pesar de jugar con uno menos, se hizo inmediatamente con el partido. Empató nada más reanudarse el juego, en una jugada a balón parado desde un corner. El Athletic, a partir de ese momento, se dedicó a defenderse como podía. Por unos minutos, San Mamés se vio dominado por un silencio desolador. El hombre sentado dos asientos a mi derecha se lamentaba ahora en alto –“son buenos, joder, son muy buenos”-, y me contagiaba con su desánimo. Miré a mi abuelo, buscando con mi mirada una respuesta a lo que sucedía.</p>
<p>- Tiempo al tiempo, Gerardo –me tranquilizó-. Sarabia aún ha de sacar otra jugada de su sombrero.</p>
<p>Sin embargo, los minutos continuaban sucediéndose con el dominio blaugrana. Así, el Barcelona dispuso de alguna oportunidad clara para adelantarse en el marcador, cada una de las cuales fue acompañada con un vuelco de mi corazón. También el Athletic pudo marcar, pero el desánimo de la grada, debido al inesperado empate de los culés, parecía haber dominado asimismo a los jugadores. Nadie creía la victoria, quizá solamente Ander y yo.</p>
<p>Al menos así se lo hicimos ver a nuestro abuelo cuando el marcador electrónico marcó el minuto cuarenta de la segunda parte, y él nos preguntó si nos íbamos ya, para evitar el atasco. Le rogamos con todo nuestro ser que nos dejara ver el final. Él protesto un poco, pero no quería desilusionarnos, y se arriesgó a un horrible atasco por no quitarnos la ilusión.<br />
De este modo, llegó el último minuto, cuando Sarabia intentó driblar a Migueli pegado a la línea de fondo y el balón salió a corner. Argote se dispuso a sacarlo. Todo el estadio, de pronto, resucitó y comenzó a jalear a los leones ante esa última jugada. </p>
<p>- Aquí viene –nos dijo mi abuelo sonriendo-. ¡Un corner en San Mamés es medio gol!</p>
<p>Yo me frotaba las manos. Si mi abuelo decía que iba a ser gol, seguro que lo sería. El extremo rojiblanco lanzó el balón, largo, al segundo palo. Allí, Goikoetxea saltó por encima de su marcador y la bola se dirigió con fuerza hacia la portería. Urruti, sin embargo, estaba bien situado, y el balón parecía ir directo a sus manos. Sin embargo, en ese momento, de la muchedumbre de jugadores, surgió, inesperada, la figura de Sarabia. Dio un paso al frente, y antes de que el meta blaugrana agarrara aquella bola, que era suya, el espigado delantero del Athletic cambió su rumbo, cabeceándolo al fondo de la red. </p>
<p>- ¡Gooooool! </p>
<p>Lo de la primera parte no fue nada, nada, en comparación con esto. Ahora sí que sabía lo que era un verdadero gol. Ahora sí que sabía lo que era la verdadera y plena felicidad.  </p>
<p>Las gargantas de San Mamés se rasgaban manteniendo alta la nota musical que celebraba aquel magnífico gol. Mi abuelo, Ander y yo, abrazados, saltábamos locos de alegría, como, por lo demás, hacían todos los que estaban a nuestro alrededor.<br />
Cuando el árbitro entonó los tres pitidos que significaban el final del partido, el rugido de la catedral aún sonó más vivo. Mientras los jugadores del Barcelona abandonaban el campo cabizbajos, y los del Athletic se abrazaban y saludaban al público desde el centro del campo, una sola palabra brotaba, repetida, de las bocas de los presentes: ¡Athletic! ¡Athletic! ¡Athletic!<br />
En el viaje de vuelta a casa nos mantuvimos los tres en silencio. Habíamos atendido a una experiencia tan grande, tan enorme, que nuestras mentes preferían respetarla no lanzando palabras a nuestras bocas. Escuchábamos la radio, en la que los comentaristas hablaban de una “noche mágica en San Mamés” y yo pensaba en que algún día, como había dicho mi abuelo, sería yo quien marcara en el último minuto frente al Barcelona o el Real Madrid. </p>
<p>Después de dejar a Ander en su casa, mi abuelo me llevó a la mía. Como no había sitio donde aparcar el coche, paró frente al portal y tocó al portero automático para que mi padre o mi madre bajaran a buscarme. Mientras esperábamos, ahí, los dos en silencio, me preguntó si me lo había pasado bien. </p>
<p>- Muy bien –respondí.</p>
<p>Pero eso era decir muy poco. Me faltaban palabras para poder describir las sensaciones que me habían dominado durante la tarde. No sólo por el partido, el ambiente, las banderas, sino por haber pasado esas horas con mi abuelo, y haber comprobado cómo se alegraba sólo por vernos a Ander y a mí felices. </p>
<p>- Habrá que repetirlo, entonces –sonrió mi abuelo, justo en el momento en el que mi padre abrió el ascensor. </p>
<p>Y así fue. Esa sólo lo fue la primera de muchas, muchas, tardes de alegría compartida en un estadio –y muchas también de pena-, de las que viví con él. </p>
<p>Entrega anterior: <a href="http://www.diariosdefutbol.com/2007/01/02/el-futbol-y-yo-v-la-visita-a-san-mames-1/">El fútbol y yo (V): la visita a San Mamés (1)</a></p>
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		<title>El fútbol y yo (V): la visita a San Mamés (1)</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Jan 2007 12:31:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta quinta entrega de &#8220;El fútbol y yo&#8221;, dada su extensión, la dividimos en dos partes. Mañana publicamos la continuación. 1. Un viernes por la noche, mientras veíamos la tele, telefoneó mi abuelo. Mi padre estuvo un buen rato colgado al teléfono. Asentía con la cabeza, y respondía a lo que decía mi abuelo con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Esta quinta entrega de &#8220;El fútbol y yo&#8221;, dada su extensión, la dividimos en dos partes. Mañana publicamos la continuación.</em> </p>
<p>1.<br />
<img id="image1147" height=175 alt=tigana.jpg src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2007/01/tigana.jpg" class = "derecha" />Un viernes por la noche, mientras veíamos la tele, telefoneó mi abuelo. Mi padre estuvo un buen rato colgado al teléfono. Asentía con la cabeza, y respondía a lo que decía mi abuelo con monosílabos, y con algún que otro “bien”. Mientras tanto, jugaba con los dedos de la mano izquierda con el cable bucleado que unía el auricular al teléfono, y de vez en cuando me miraba sonriendo y guiñándome el ojo. Yo sabía que hablaban de algo bueno, primero porque era mi abuelo el que estaba al otro lado, y luego porque siempre que mi padre sonreía de esa manera, después de su boca salía alguna frase que me alegraba.<br />
No me equivocaba: </p>
<p>- Mañana vas a San Mamés a ver el Athletic-Barcelona con aitite –me dijo mi padre en cuanto terminó la llamada. </p>
<p>Casi di un bote en el sofá. A partir de ese momento, todo lo que me rodeaba –el programa que estábamos viendo en televisión, mi preocupación por una tremenda discusión que había tenido con Roberto, un amigo de clase, en el recreo, las anginas de mi hermano pequeño-, todo, perdió importancia para mí. Sólo una cosa ocuparía mis pensamientos durante los dos siguientes días: el partido en San Mamés.  </p>
<p>No era la primera vez que iba a un gran estadio de fútbol, tampoco la primera que iba a San Mamés. El primer partido que recuerdo que había visto fue un Francia-Inglaterra del Mundial 82 que se disputó en Bilbao. Mi abuelo nos regaló entradas para toda la familia, y fui con mis padres y mi hermano. Entonces yo tenía siete años, y Juan sólo tres. Recuerdo que por aquel entonces, una caja de ahorros regalaba camisetas de los equipos que participaron en el Mundial y que yo tenía la de Inglaterra, una preciosa camiseta blanca con dos franjas, una azul grande, y otra roja más pequeña, en la parte superior. Por ello, por tener su camiseta, fui al partido queriendo que gane Inglaterra. Pero después, poco a poco me fui decantando por Francia. En primer lugar, porque en la parte de exterior del estadio los hinchas ingleses montaron una tremenda bronca. Antes, cuando pasamos en coche en dirección al estadio, les habíamos visto bañándose en las fuentes de la Plaza de España y de la Plaza Elíptica, y ya en los alrededores de San Mamés, hubo varias peleas contra la policía y los hinchas franceses. Había furgones policiales, y tanquetas, y  mi madre incluso comentó la posibilidad de volvernos a casa, porque decía que ese no era ambiente para niños. </p>
<p>- No pasa nada, cariño –le respondió mi padre-. Sólo hay que tener un poco de cuidado.</p>
<p>Yo iba con la camiseta de Inglaterra, y varios ingleses que se cruzaban con nosotros me sonreían, guiñándome el ojo, o mostrándome el pulgar en alto, pero eso no quitaba la imagen que yo ya me había hecho de ellos. ¡Habían estado a punto de dejarme sin partido! Ya dentro del campo, una vez empezado el juego, la policía cargó contra los hinchas ingleses que iban con ganas de pelea, y éstos derribaron varias vallas, lo que hizo que mi madre lo pasara aún peor.</p>
<p>Siempre se ha dicho que el fútbol en Bilbao tiene mucho de inglés. San Mamés es un estadio de estilo británico, e incluso el modo de juego del Athletic se ha relacionado con el de las islas. En aquel partido, sin embargo, el comportamiento de los hooligans  hizo que todos los presentes, excepto los ingleses, fueran con Francia. A mí me sucedió lo mismo, pero no sólo por su comportamiento, sino porque, para mi sorpresa, mi padre, al que no le gustaba demasiado el fútbol, declaró su admiración por el juego de los azules. Me dijo que en Inglaterra jugaba uno de los mejores porteros del mundo, Peter Shilton, y que también eran muy buenos Trevor Francis, Brian Robson y, sobre todo, Kevin Keegan, aunque este estaba en el banquillo. Pero sobre todo habló bien de los franceses. Dijo que ojalá que ganaran el Mundial, porque junto a la Brasil de Sócrates y Zico (¡qué pena que no jugaran aquí!) eran los que mejor fútbol iban a hacer, seguro. Mientras me señalaba con el dedo de quién se trataba, hablaba con emoción de los Michel Platini, -“el número 10, el de pelo rizado, el jugador más elegante del mundo”-, Alain Giresse –“mira, ese bajito que tiene ahora la bola, el número 12, parece poca cosa, pero es capaz de poner la pelota en la escuadra cuando quiere y desde donde quiere, y no para de correr”, o Marius Tresor –“aquel, el negro, el del número ocho; es defensa, un muro por el que no pasa nadie, que además sabe jugar la pelota desde atrás con una clase increíble”. Aunque, decía, el mejor estaba en el banquillo.</p>
<p>- Se llama Jean Tigana –me explicaba-. No sé porqué no juega hoy, pero ojalá que salga, porque nunca veremos mejor jugador en este campo. </p>
<p>La admiración que mi padre me transmitía por el equipo francés, a pesar de que iban perdiendo por 1-0 desde el primer minuto, hizo mella en mí de tal manera que a medida que me explicaba las maravillas del juego de aquel equipo, su formación en el campo, y me describía la habilidad de sus jugadores, yo sentía cada vez con más intensidad que Francia tenía que ganar. Por ello, celebré el gol que Gerard Soler marcó en el minuto veinticuatro como si yo mismo hubiera empujado el balón. Salté emocionado de mi asiento, a pesar de que no vi la jugada, porque justo en ese instante observaba el rostro de preocupación con que mi madre contemplaba la grada en la que los hinchas ingleses realizaban su particular espectáculo. </p>
<p>El descanso llegó con empate. Mi hermano pequeño se había quedado dormido –esto es algo que, en nuestras conversaciones actuales sobre fútbol siempre le recuerdo- y mi madre lo tenía en brazos, sin retirar en ningún momento su mirada de la zona donde loso ingleses coreaban, aun en el descanso, sus cánticos ininteligibles. Creo que nunca antes alguien había estado en un estadio de fútbol sin poner tan poca atención en el juego. Mi padre, mientras tanto, me seguía describiendo el partido. Me dijo que era posible que el mister francés diera entrada a Tigana para ordenar el juego de los galos, que había sido un tanto anárquico. Me dijo también que el empate era bueno para las dos selecciones, porque la primera ronda era una liguilla y los otros dos rivales del grupo eran Kuwait y Checoslovaquia, y que ninguno de ellos llegaba al nivel de Francia o Inglaterra. Me habló de Antonin Panenka, un jugador checoslovaco que tiraba los penaltis suavecitos, por encima del portero, que se tiraba al suelo antes incluso de que él hubiera golpeado la bola. Me dijo que ese era probablemente el mejor jugador de los checoeslovacos, pero que ya estaba un poco mayor.</p>
<p>Yo registraba cada palabra suya como si se trataran de lecciones importantísimas para la vida. Nunca había visto a mi padre vivir tanto un partido, y notaba que disfrutaba abriéndome a los conocimientos sobre fútbol. Yo, por mi parte, estaba feliz, viendo como en aquel escenario, mi padre mostraba una pasión por el fútbol, algo que era tan importante para mí, que nunca antes me había mostrado. Además, alucinaba con sus conocimientos sobre jugadores y tácticas, que parecía que había guardado durante todos estos años, a la espera de un acontecimiento como este para donármelos. </p>
<p>Sobre la mitad de la segunda parte, Inglaterra se adelantó de nuevo en el marcador.</p>
<p>- Me temo que ya está todo perdido- me dijo mi padre, sonriendo y enseñándome el pulgar hacia abajo.</p>
<p>Justo después del gol, el entrenador francés dio entrada a Didier Six. El estadio aplaudía al jugador que abandonaba el campo mientras mi padre se acercaba a mi oído para decirme que Six era delantero, que no era malo ni mucho menos, pero que o el entrenador daba entrada a Tigana para que pusiera un poco de orden en el juego francés o no había nada que hacer.<br />
Yo no comprendía la actitud del entrenador del equipo de Francia. Si mi padre decía que tenía que jugar Tigana, es que tenía que jugar. Las palabras de admiración de mi padre por aquel jugador francés, del que yo nunca antes había oído hablar, hicieron que en mi mente se formara una imagen del mismo absolutamente mítica. Me imaginé a Tigana saliendo al campo, recibiendo el primer balón y tumbando regate tras regate a todos los jugadores ingleses, hasta llegar a la portería contraria y marcar por toda la escuadra. </p>
<p>De pronto, mi padre me dio un toque en el brazo, exigiendo mi atención:</p>
<p>- Mira, Gerardo, ahí está. Ya sale.</p>
<p>En la banda, pegado al centro del campo, un jugador francés, negro, delgado y de pelo rizado, a la espera de que el balón saliera fuera para poder él sustituir a un compañero, daba pequeños saltos y realizaba calentamientos de piernas y cintura, acompañado de un hombre vestido con chándal que le hablaba al oído. Cuando se paró el juego y Tigana entró en el campo, todo el estadio rompió a aplaudir. Mi padre, que aplaudía de pie, sonriendo, me animó a que hiciera lo mismo. </p>
<p>- Aplaude, Gerardo, que es el gran Tigana.</p>
<p>Creo que fue la primera vez que de mis manos salió el reconocimiento hacia un jugador de fútbol. Mirando intermitentemente al campo y a mi padre, aplaudía con todas mis fuerzas, quizá no tanto al Tigana real como a la imagen que de él me había hecho a través de las palabras de mi padre, pero tanto da. En realidad, poco importa la base de realidad sobre la que se cimientan los sentimientos. Desde ese momento, he sentido siempre una tremenda admiración por el genio francés del centro del campo. Cada vez que, muchos años después, le he visto jugar o dirigir a un equipo desde el banquillo –Mónaco, Fulham, Besiktas- he recordado aquel momento en el que le aplaudí con toda la fuerza de mi ser, antes incluso de verle jugar. Y cada vez que eso ha ocurrido, he sabido que mi admiración por él es heredera de mi amor por mi padre. </p>
<p>Poco más recuerdo de aquel partido. Sé que después Inglaterra terminó con nuestras esperanzas, con un tercer gol y que mientras volvíamos en coche, mi padre dijo que si Tigana hubiera jugado desde el primer minuto el resultado habría sido completamente diferente. También recuerdo que, al día siguiente en el recreo, yo narré el partido a mis compañeros de clase. Les conté las peleas que había visto fuera de San Mamés, lo terriblemente buenos que eran Platini, Tresor y Giresse y sobre todos, Tigana. Les dije que aunque Francia había perdido no estaba eliminada porque era una liguilla –esto también me lo explicó mi padre-, y terminé mi descripción del partido diciendo que “si Tigana hubiera jugado desde el primer minuto, seguro que los franceses habrían ganado”. </p>
<p>Aquel Mundial fue la primera competición de la que tengo recuerdos, aunque, exceptuando el partido al que me llevó mi padre, el resto son borrosos, vagos. Recuerdo que tenía unos muñecos Airgamboys que reproducían jugadores de las selecciones que participaron. Yo pasaba horas en las que me imaginaba que la alfombra del salón de mi casa, rectangular, era el césped de un estadio de fútbol, y allí escenificaba partidos imaginarios en los que el resultado era increíble (5-4, 6-5), que se resolvían todos con jugadas de ensueño en el último minuto. En papel escribía las eliminatorias, que después se resolvían en la alfombra. Era mi Mundial soñado. </p>
<p>También recuerdo que vi la semifinal Alemania-Francia en la localidad en la que veraneábamos, en una pequeña tele en blanco y negro, junto con mi padre. Como no podía ser de otra manera, los dos íbamos con Francia, con Tigana. Recuerdo la increíble derrota en aquel partido de los franceses, y aquella violenta entrada que el portero alemán, Schumacher, realizó contra Battiston. Sé que aquella tarde me puse muy triste y que incluso llegué a derramar alguna lágrima. Mi padre me explicó –lo tuvo que hacer muchas veces después- que no merecía la pena llorar por el resultado de un partido de fútbol, que el fútbol era para disfrutar, no para pasarlo mal.  </p>
<p><em>Continúa&#8230;</em></p>
<p>Entrega anterior: <a href="http://www.diariosdefutbol.com/2006/11/16/el-futbol-y-yo-iv-trampas/">El fútbol y yo (IV): trampas</a></p>
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		<title>El fútbol y yo (IV): trampas</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Nov 2006 09:14:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La suerte quiso que el primer partido con nuestro nuevo entrenador fuera en nuestro campo frente a nuestros eternos rivales, por la cercanía de nuestras ciudades, del Sporting de B.. El jueves previo al partido, que era en sábado, el entrenador nos dijo que repartiría las camisetas y daría la alineación en la caseta, el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image786" height=150 alt=pilota.jpg src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2006/11/pilota.jpg" class= "derecha" />La suerte quiso que el primer partido con nuestro nuevo entrenador fuera en nuestro campo frente a nuestros eternos rivales, por la cercanía de nuestras ciudades, del Sporting de B.. El jueves previo al partido, que era en sábado, el entrenador nos dijo que repartiría las camisetas y daría la alineación en la caseta, el mismo día del encuentro. </p>
<p>- Haré cambios con respecto a lo que suele plantear mi tío – advirtió.</p>
<p>La frase a mí me llenó de esperanza. Aquella noche casi no duermo pensando en que quizá, por primera vez, podría vestir desde el inicio la camiseta de la UDSM. En clase, como era habitual, dibujé en mis cuadernos una alineación de nuestro equipo conmigo como referencia en ataque, sólo que ésta vez, al hacerlo, sentía algo en el estómago pensado en que, a diferencia de otras ocasiones, ahora todo podía ser real. En casa me mantuve en silencio, en un estado de concentración plena, hasta que, durante la cena del viernes, no pude callar más y comenté a mi padre que quizá a la mañana siguiente fuera titular. </p>
<p>- Creo que el nuevo entrenador me va a poner de delantero centro desde el principio –dije.</p>
<p>Mi padre sonrió y me felicitó. Dijo que pensaba que podía hacer un gran papel, siempre y cuando mis nervios no me vencieran. </p>
<p>- Tienes que pensar que en realidad no te juegas nada –añadió-. Sólo así te saldrán las cosas bien. La presión no es buena. </p>
<p>Después, me dijo que, por desgracia, él no podría ir al partido porque tenía trabajo al día siguiente, pero que estaba convencido de que a pesar de que él no estaría allí, lo haría muy bien y me dio una palmada de ánimo en la espalda. A mí en parte me entristeció saber que mi padre no estaría el día de mi posible debut como titular, pero por otro lado, me sentí aliviado, porque sabía que si el me estaba viendo, mis nervios serían aún mayores.</p>
<p>Tras la cena, mi padre nos mandó pronto a la cama, con la excusa de que al día siguiente yo tenía una cita importante y que debía descansar. En aquellos años, compartía habitación con mi hermano pequeño. Teníamos dos camas, entre las cuales estaba un póster del Athletic de Bilbao que nos había regalado mi tío Pablo, y varias fotos de futbolistas recortadas de las revistas de fútbol que, muy de vez en cuando, me compraba con mi paga. Mientras me estaba poniendo el pijama, miraba el póster y me preguntaba si Sola, Argote, Sarabia o De Andrés, cuando eran pequeños como yo lo era, se sintieron nerviosos, como antes de su primer partido de titulares. Me convencí de que seguro que sí, que cuando ellos vivieron el momento que yo estaba viviendo, habrían tenido los mismos sentimientos mitad de inquietud mitad de esperanza que ahora me dominaban a mí. Ya en la cama, sin poder dormir, dominado por oscuras visiones de lo que podía pasar al día siguiente (oportunidades falladas, no saber dónde situarme en un corner, el maldito fuera de juego, que yo no sabía muy bien en aquel entonces en qué consistía) me convencía de que seguro que también alguno de aquellos enormes jugadores habría tenido un debut horrible con su equipo, y que eso no había impedido que ahora estuvieran donde estaban, defendiendo la camiseta de aquel invencible Athletic. Así estaba, dando vueltas en la cama, con mi mente empeñándose en no pensar en otra cosa que en qué sucedería la mañana del día siguiente, con especial regocijo en los aspectos más negativos posibles, cuando, desde la oscuridad del cuarto, me llegó la voz de mi hermano, que me preguntaba en susurros a ver si estaba dormido. Le dije que no, pero que casi. Después se hizo un silencio, y J. añadió:</p>
<p>- Es que estaba pensando que ojalá que mañana metas un gol. </p>
<p>Ahora, que lo recuerdo en la distancia, las palabras de mi hermano me suenan tan simples como cargadas de sentido. En el momento me hicieron sentir bien. Recuerdo que todos mis pensamientos negativos se disiparon, y que me dormí feliz de tenerle como hermano, de que estuviera ahí, en la cama de al lado, sin poder conciliar el sueño, deseoso como yo de que todo fuera bien al día siguiente. Recuerdo también que pensé que si metía un gol al día siguiente, al llegar a casa, le diría a J. que había sido gracias a él, a los ánimos que me había dado. Pero por el momento, sólo le dije que no se preocupara, que se durmiera, y – esto se lo decía a él intentando convencerme a la vez a mí mismo- que en realidad no era nada realmente importante, sólo un partido de barrio. </p>
<p>Al fin llegó el gran día.</p>
<p>Habitualmente nuestro entrenador decía quién iba a jugar en el último entrenamiento antes del partido, y consecuentemente repartía las camisetas. Después, nosotros las devolvíamos en el entrenamiento del martes, limpiadas en nuestras casas. Sin embargo, en esta ocasión, como el nuevo entrenador había decidido dar el equipo titular minutos antes del partido, no había sido así. Por ello, al hacer la bolsa en casa solo metí las botas y la toalla y el jabón para la ducha, convencido de que todo iría bien (si no era así, me ducharía, como casi siempre, en casa). Creo que en ese momento fue la primera vez en que eché de menos los ritos que componen la rutina de la vida, y que tan importante son a veces. Echaba en falta el doblar con cariño la camiseta blaugrana de la UDSM, antes de meterla a la bolsa, con el escudo de tal manera que se viera cuando después abriera la bolsa en el vestuario, ocultando, además, el número quince o catorce, que siempre me tocaba y que siempre me recordaba mi eterna suplencia. </p>
<p>Como era de esperar, el nuevo entrenador llegó tarde. Estábamos todos ya en el vestuario, temerosos de que no llegara, cuando entró, con su tradicional cigarrillo en la boca, jadeando. </p>
<p>- Casi no llego. Me he quedado dormido- se excusó, encorvándose y agarrándose las rodillas en señal de fatiga.</p>
<p>Yo miré el reloj. Eran las doce menos cinco. En cinco minutos teníamos que estar en el campo y aún no sabíamos siquiera quién iba a jugar. El entrenador sacó las camisetas de una gran bolsa y comenzó a señalarnos diciendo “tú”, ya que no sabía cómo nos llamábamos. Cuando llegó mi turno, sin embargo, me llamó por mi nombre, lo que me llenó de alegría, porque lo entendí como un buen síntoma. Me acerqué a él, nervioso, y me pasó la camiseta, hecha una bola. Me senté en el banco y la desplegué. ¡Era el número ocho! Eso significaba que iba a ser titular, además, con mi número favorito. No cabía en mí de alegría y nerviosismo. Si alguno de mis compañeros se hubiera fijado, me habría visto tan excitado como  lo debe de estar el profesional antes de una final de la Copa de Europa. </p>
<p>Mientras nos cambiábamos, el entrenador comenzó a señalar a los titulares:</p>
<p>- Tú, tú, tú y tú, vais a jugar en defensa. Vosotros dos de centrales, y tú de lateral derecho. Tú de izquierdo y no subas mucho la banda, que no tienes fondo. </p>
<p>Así siguió hasta completar un once en el que, a pesar de mi camiseta, yo no estaba. Tampoco estaba Alberto, al que, sin embargo, le había dado el número seis. </p>
<p>Cuando salíamos del vestuario, temerosos de su reacción, Alberto y yo le dijimos al entrenador que nos había dado camisetas de titulares, pero que sin embargo no nos había nombrado en la alineación.</p>
<p>- Ya lo sé –dijo-. Sé lo que hago. Esperar aquí, calentar un poco, y luego venís al banquillo- nos respondió mientras encendía otro cigarro.</p>
<p>Todos salieron de la caseta, menos Alberto y yo. Alberto era un chico que destacaba entre todos nosotros por su sentido del humor. Era un compañero al que todos teníamos en estima porque nos hacía reír, siempre empeñado en hacer bromas, siempre buscando la palabra que provocara nuestras sonrisas. Justo cuando el entrenador cerró la puerta de la caseta, dijo:</p>
<p>- Va a calentar tu puta madre – y, enseñando el dedo corazón a la puerta que se acababa de cerrar, rompió a reír.</p>
<p>Yo al principio me puse un poco nervioso pensando en que le habría oído, pero la puerta no se volvió a abrir, así que pronto se me pasó y comencé a reír con él. Después, sentados en el banco, haciendo caso omiso a lo que nos había mandado el entrenador, comentamos atropelladamente que este hombre estaba poco menos que loco e intentábamos adivinar por qué nos había dado las camisetas con esos números, sin acertar siquiera a sospechar cuáles eran sus planes.</p>
<p>Pasados quince minutos, más o menos, oímos fuera de la caseta gritos de júbilo que entendimos por un gol, sin llegar a saber si nuestro o de los rivales. Poco después, salimos de la caseta y nos dirigimos al banquillo. En el campo el partido parecía disputado. Los del Sporting de B. al parecer estrenaban camiseta, ya que el año pasado jugaron frente a nosotros los dos partidos con un traje completamente rojo, pero esta vez vestían de blanco. Reconocí algunas caras entre ellos, de anteriores enfrentamientos, y me fijé en que esta temporada tenían a dos nuevos centrales particularmente grandes. Casi me alegré de no haber salido de titular. ¿Qué iba a hacer yo entre esas dos montañas?</p>
<p>No había casi gente viendo el partido. Era habitual que entre padres de jugadores y algunos jubilados que siempre venían –y que por cierto eran francamente desagradables, con sus comentarios despectivos y quejas constantes al árbitro-, se formaran en torno al campo dos o tres corros de unas veinte o treinta personas cada uno, divididos en sus simpatías por uno y otro equipo. Sin embargo, hoy no habría más de quince o veinte personas viendo el juego.</p>
<p>Cuando llegamos al banquillo y nos sentamos con nuestros compañeros, preguntamos cómo íbamos. </p>
<p>- Uno cero perdiendo –respondió el entrenador, sin dejar de mirar el partido. Acto seguido nos preguntó  si habíamos calentado. </p>
<p>- Concienzudamente- respondió Alberto haciéndome un guiño.</p>
<p>- Bien –contestó el entrenador-. Gerardo quítate el chándal –me dijo.  </p>
<p>Yo me quedé de piedra. No habían pasado ni quince minutos y ya me iba a sacar al terreno de juego. ¿Tan mal lo estaban haciendo Azibar e Iñaki en punta?<br />
Obedecí. Dejé mi chándal en el banco, me metí la camiseta dentro del pantalón –tal y como siempre insistía nuestro entrenador habitual-, y me puse a su lado, saltando y haciendo los calentamientos. Estaba radiante de alegría por salir a jugar. No había sido titular, pero salir en el minuto quince o veinte era casi serlo. </p>
<p>- No, no, estate sentado hasta que yo te diga –me ordenó el nuevo mister mientras tiraba su cigarro al suelo. </p>
<p>En ese momento, recordé que tenía el ocho a la espalda, igual que David, que estaba en el campo. Ese hecho, sumado a la orden de mantenerme sentado en el banquillo, con el uniforme puesto, hasta que él me lo dijera me tenía desconcertado. Me senté, y me tapé las piernas con el chándal. Hacía frío.</p>
<p>Al de unos minutos, cerca del corner del campo donde atacábamos, un jugador del Sporting de B. hizo una fuerte entrada a Azibar, que se quedó dolorido en el suelo. El árbitro y casi todos los jugadores, nuestros y del rival, se acercaron a la zona donde se había producido el incidente, pendientes de que nada grave hubiera pasado. En ese momento, cuando todas las miradas estaban en aquella parte del campo, tan lejana al banquillo, el entrenador me hizo un gesto y me dijo:</p>
<p>- Sal.</p>
<p>Yo me quedé de piedra. ¿Cómo que saliera? ¿Así, sin más? ¿Sin sustitución ninguna?. </p>
<p>El entrenador, visiblemente enfadado porque yo seguía sentado, insistió:</p>
<p>- ¡Que salgas, coño! – dijo, haciendo un gesto con la mano como de empujarme. </p>
<p>No supe, o no me atreví, a decirle que no. Entrando al campo, miré aterrado a la zona donde estaban los pocos espectadores que habían acudido el partido, pensando en que alguno de ellos se percataría de mi entrada fugitiva al campo, y que consecuentemente advertiría al árbitro. Pero todos miraban hacia la zona donde Azibar se retorcía de dolor. El partido se reanudó poco después, y nadie cayó en la cuenta de que estábamos jugando con doce. La trampa, pues, funcionaba.</p>
<p>Pero eso no eliminaba la espantosa sensación de estar haciendo algo terrible que me acongojaba hasta el punto de que cada balón que se acercaba a mí, mi corazón estaba a punto de explotar. Además, algunos de mis compañeros sí se dieron cuenta de que había saltado ilícitamente al campo, y se dirigían a mí, cuando el árbitro no miraba, para increparme.</p>
<p>- ¿Pero qué demonios haces? –me decían entre susurros para que nadie más escuchara el reproche.</p>
<p>Yo les contestaba que estaba ahí por orden del entrenador, y que no podía hacer nada al respecto.</p>
<p>Así transcurrieron varios minutos. A pesar de la ilegal superioridad numérica, no conseguíamos marcar, y el partido continuaba 0 a 1. Yo intentaba quitar de mi mente los pensamientos que me decían que no debía estar en el campo y, cuando el balón me llegaba, procuraba hacerlo lo mejor posible. Al mismo tiempo, me alejaba en la medida de lo posible de David, ya que él tenía el mismo número en la camiseta que yo, y si el árbitro nos veía juntos, caería en que estábamos haciendo trampas.</p>
<p>Cuando faltaba ya poco para terminar el primer tiempo, Azibar recibió un balón de espaldas a la portería, Lo controló perfectamente, a pesar de la presencia de dos defensas, y me lo pasó a mí. Yo estaba al borde del área. Paré el balón y levanté la cabeza hacia la parte derecha del campo, esperando que el interior derecho se ofreciera para recibir en banda. Vi que allí llegaba un compañero y le pasé la bola. Cuando éste la recibió me quedé pálido. ¡Era Alberto! </p>
<p>¡Si no había habido cambios! Eso quería decir que estábamos jugando ya trece contra once. ¿Cuándo había saltado al campo? Como en mi caso, nadie se percató de ello, nadie se dio cuenta de que nuestro entrenador había introducido un nuevo jugador sin sustituir a nadie.</p>
<p>Alberto recogió el balón, y lo colgó al área. Allí, Azibar, que había comenzado la jugada, remató con la punta de la bota ante la presencia de dos defensas, el balón superó al portero, y entró lentamente en la portería. </p>
<p>Empate a uno. La alegría del momento hizo que por unos instantes me olvidara de que habíamos empatado de manera fraudulenta y, feliz por haber participado en la jugada del gol, corrí a abrazarme a mis compañeros. Regresamos a nuestro campo contentos, felicitándonos unos a otros por la gran jugada que habíamos trenzado.</p>
<p>Fue cuando el Sporting de B. se disponía a sacar de centro que uno de sus jugadores empezó a gritar. </p>
<p>- ¡Ehhh!, ¡Ehhh! ¡Que son más! –y nos señalaba a todos con la mano. </p>
<p>Al parecer, estado todos en nuestro campo, la trampa se hacía patente. Otros jugadores se sumaron a la protesta. El árbitro, que era un chico de unos veinte años, instigado por los jugadores del Sporting de B., empezó a contarnos. Uno, dos, tres… Hubiera dado cualquier cosa por no estar ahí en ese momento. Miré al banquillo buscando la mirada de mi entrenador, un gesto de apoyo, lo que sea, pero él encendía otro cigarro, uno más, y su cara estaba tapada con la mano que evitaba que el mechero se apagara por el viento.</p>
<p>- … diez, once, doce, ¡Trece!, ¿Pero qué es esto? –preguntó el árbitro.</p>
<p>Todos callábamos. Ante nuestro silencio, se dirigió a nuestro entrenador, mientras el del Sporting de B. protestaba airadamente. Entonces, nuestro entrenador, haciendo caso omiso al árbitro, al que no dedicó siquiera una mirada, empezó a gritarnos a Alberto y a mí que qué demonios hacíamos en el campo, cuando él nos había mandado calentar. Hacía gestos al cielo, teatralizaba cada movimiento, y a mí me dio la sensación que en más de un momento estuvo a punto de echarse a reír. </p>
<p>En medio de la bronca, Alberto y yo salimos del campo y nos sentamos de nuevo en el banquillo. Nuestro entrenador discutía ahora con el de los rivales y con el árbitro diciendo que, en todo caso, el gol era legal, porque el error había sido, textualmente, “de estos putos niños”, y nos señalaba.</p>
<p>Yo estaba a punto de echarme a llorar, y empezaba a odiar a aquel hombre que nos utilizaba de aquella manera. Tan lejana estaba ya la simpática imagen que días antes, me había hecho de él cuando me concedió un protagonismo en el equipo que nunca antes había tenido. Finalmente, el entrenador rival y el árbitro accedieron a que el gol fuera legal, probablemente porque nuestro entrenador gritaba más que ellos.</p>
<p>- Pero a la próxima suspendo el partido –advirtió el de negro.</p>
<p>El juego se reanudó. Nuestro entrenador se sentó por un momento en el banquillo, entre Alberto y yo. Nos dijo:</p>
<p>- Bien, bien. Lo habéis hecho muy bien. Este partido no se nos escapa.</p>
<p>El descanso llegó con el empate a uno. Al contrario que en otras ocasiones, no hubo charla. Nuestro entrenador se limitó a dibujar muñecotes en la pizarra que simulaba el campo, incluyendo uno ahorcado al que añadió las palabras “hoy tú de negro, mañana tu familia”. </p>
<p>- Ya vais a ver cuando el árbitro vea esto –nos dijo-. Pienso sacar la pizarra al pasillo después del partido –y rompió a reír. Rió él solo porque a nosotros el chiste no nos hizo gracia ninguna. Estábamos pensando en el feo asunto de la trampa.</p>
<p>La segunda parte comenzó de la peor manera para nosotros. No dábamos una, y el Sporting no sólo se adelantó en el marcadore nada más reanudarse el juego, sino que se nos marcó un tercero en la siguiente jugada. Los minutos pasaban y no conseguíamos acercarnos con peligro a su portería. Nuestro entrenador protestaba en alto cada jugada, gritaba a Azibar constantemente, diciéndole que no fuera tan vago y que corriera, recriminándole no llegar a balones a los que ni el mismísimo Steve Archibald habría llegado. Encendió un cigarro tras otro, mostrándose ostensiblemente nervioso. Se diría que le iba la vida en la victoria, a pesar de que, como bien había demostrado, nosotros se la traíamos al pairo. </p>
<p>Cuando faltaban unos quince minutos para el final, mandó calentar a Alberto y a otro compañero del que, a pesar de que mantengo una viva imagen, por lo alto que era y su pelo extremadamente rubio, no consigo recordar el nombre. Después, mandó acercarse a Miguel, que jugaba de lateral derecho. Le susurró unas palabras al oído, que no pude oír, pero que temí terriblemente, por la cara que ponía mi compañero. Tras ello, se dio la vuelta y me dijo:</p>
<p>- Gerardo, quítate el chándal, y cuando te haga un gesto, sales al campo. </p>
<p>Yo no me lo podía creer. ¿No había tenido suficiente que quería repetir la trampa? ¿O de verdad me iba a sacar al campo legalmente? No, legalmente no podía ser, porque yo seguía teniendo la camiseta con el número ocho. ¿Y por qué me volvía a elegir a mí de entre todos los que estábamos en el banquillo?</p>
<p>Miguel se alejó a la otra punta del campo, lo más lejos de los banquillos. En cuanto cogió el primer balón y un jugador del Sporting de B. se le acercó, se tiró descaradamente al suelo, fingiendo que se había llevado un golpe y gritando de un modo que resultaba francamente exagerado. Cuando, de nuevo todas las miradas estaban en otro lugar, mi entrenador me ordenó que saliera. </p>
<p>- No –respondí temerosamente. Si la palabra hubiera tenido más sílabas, sin duda alguna habría tartamudeado.</p>
<p>Él se giró y me dirigió una mirada que me congeló la sangre.</p>
<p>- ¿Qué? –preguntó incrédulo.</p>
<p>- Que no salgo –le dije más temerosamente aún que en la primera negativa.</p>
<p>Mi respuesta hizo que se encendiera. Me cogió del brazo, hasta hacerme daño, y me dijo que saliera, aliñando la frase con varios tacos que no voy a repetir ahora. </p>
<p>- Y tú también, con él –añadió señalando a Gabriel, que estaba en el banquillo.</p>
<p>Aterrorizados, ambos obedecimos y salimos a jugar, sin que, de nuevo nadie se percatara de ello.</p>
<p>Pero esta vez la trampa no duró mucho. En el siguiente corner que tuvimos a favor, el entrenador nos mandó subir a todos al remate, y nuestra superioridad numérica se hizo evidente. Los jugadores del Sporting no tardaron en reaccionar protestando, y el árbitro paró de nuevo el partido. Nos contó a los trece, uno a uno, y, dadas las protestas del entrenador rival y que el nuestro se puso hecho una furia y a gritarnos a nosotros, comenzando de nuevo la escenificación del primer tiempo, decidió dar el partido por terminado.  </p>
<p>- ¡Todos a la caseta! –gritó, como el policía grita eso de “todos a comisaría”. </p>
<p>En el vestuario nuestro entrenador estaba visiblemente enfadado. Mascullaba entre dientes y tachaba con rabia los muñecos que en el descanso había dibujado en la pizarra, ensañándose especialmente con el que representaba al árbitro. </p>
<p>Yo cogí mis cosas rápidamente, me cambié las botas por zapatillas y me dispuse a irme. Me despedí en alto de todos y abrí la puerta del vestuario. En ese momento, el entrenador me llamó. Me giré y me dijo, en alto, para que todos lo oyeran, que si habíamos perdido fue por mi culpa, por no saber pasar desapercibido. No contesté. Sonreí, porque Alberto hacía muecas a la espalda del entrenador y me fui.</p>
<p>El lunes, Miguel llevó a clase la página del periódico local en la que, donde debería de figurar el resultado de nuestro partido ponía “SUSPENDIDO”. Recuerdo que en aquel momento pensé en lo ambiguo de la palabra. “Suspendido” podía ser que había llovido a cántaros y los charcos que se solían formar en nuestro campo habían devenido mares. “Suspendido” podía querer decir que varios de nosotros teníamos gripe y no podíamos acudir a jugar. “Suspendido” podía decir muchas cosas. Por ello, cogí la hoja del periódico que había llevado a clase Miguel, y con bolígrafo rojo añadí “…por tramposos”, y todos reímos después recordando lo mal que nos lo hizo pasar el impresentable de nuestro nuevo entrenador. Mientras hacíamos bromas a su costa, alguien recordó que aún no sabíamos ni su nombre. </p>
<p>- Ojalá nunca lo sepamos –añadió Miguel.</p>
<p>Efectivamente, nunca lo supimos. Lo sucedido en nuestro partido llegó a los oídos del presidente de la UDSM (probablemente fue la primera vez que tuvo noticia de un partido nuestro) y al parecer “cesaron” a nuestro nuevo entrenador fulminantemente. El siguiente entreno lo dirigió el padre de uno de nuestros compañeros y, el del jueves siguiente, nuestro habitual entrenador, que había regresado antes de lo previsto de Barcelona. </p>
<p>Todos lo recibimos rebosantes de alegría. Le preguntamos por su sobrino, pero se negó en rotundo a decir nada, sólo que sentía lo ocurrido.</p>
<p>Nunca más volví a saber de nuestro nuevo y fugaz entrenador. Una vez, muchos, muchos, años después, creí reconocer su imagen una noche en la que acudí a un garito de mala muerte a ver un concierto. Ahí estaba, apoyado en la pared, con su eterno cigarro, con su pose de malote de película. Pero quien se parecía tanto a él, me dijo que jamás entrenó a un equipo de niños. Le conté mi historia, se rió, y me dijo que probablemente él habría hecho las mismas trampas que aquel del que le hablaba. </p>
<p>- Debe estar escrito en el alma de rockero –le dije, y levanté mi vaso para brindar por la memoria del que fuera mi “nuevo entrenador”.</p>
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		<title>El fútbol y yo (III): el nuevo entrenador</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Oct 2006 09:27:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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		<description><![CDATA[En cierta ocasión, nuestro entrenador nos dejó por un tiempo. Al parecer, trabajaba en una fábrica arreglando los problemas de cierta máquina, y le mandaron un mes a Barcelona, ya que, como nos explicó, él era el mejor experto de toda España en ese modelo. Nos dijo que no nos preocupáramos, que nos dejaría en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image663" height=150 alt=entreno.jpg src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2006/10/entreno.jpg" class= "derecha" /> En cierta ocasión, nuestro entrenador nos dejó por un tiempo. Al parecer, trabajaba en una fábrica arreglando los problemas de cierta máquina, y le mandaron un mes a Barcelona, ya que, como nos explicó, él era el mejor experto de toda España en ese modelo. Nos dijo que no nos preocupáramos, que nos dejaría en buenas manos. Durante el tiempo que estuviera fuera, sería su sobrino quien se ocupara de nosotros. </p>
<p>- Sólo espero que cuando regrese sigamos optando al título – dijo en broma, ya que según las tablas que publicaba el periódico local, estábamos en décima posición, a una distancia insalvable de los primeros.</p>
<p>Durante los dos días que había entre entrenamiento y entrenamiento, yo me construí mi particular historia, imaginando que la prensa daba la noticia del fulminante cese del entrenador de la UDSM, debido a los malos resultados. “Un equipo que quiere aspirar al título no puede conformarse con una mediocre décima posición” decía la noticia en mi mente. “Además, el entrenador ha insistido en mantener en el banquillo a la estrella local, Gerardo, muy a pesar de la opinión de la grada, que cada partido protestaba por la no presencia de éste en las alineaciones titulares”. En mi imaginado mundo del fútbol, nuestro nuevo entrenador sería  extranjero, un yugoslavo de reconocida fama, que llegaba una UDSM en crisis, para salvar lo que queda de temporada.</p>
<p>A través de esta fantasía, me convencía a mí mismo de que el cambio temporal de entrenador, que en realidad me entristecía, era una oportunidad para empezar de cero. Quizá nuestro entrenador no había hablado a su sobrino de mis repetidas desastrosas actuaciones, y consiguiera que éste se hiciera en los entrenamientos una buena imagen de mí. </p>
<p>La mañana del primer entrenamiento con el nuevo mister, hice la bolsa con particular ilusión. Dejé todo ordenado, e incluso di betún a las botas, para que parecieran más nuevas. Durante las horas de clase, como casi siempre, no pude concentrarme más que en la gran cita de la tarde. La noticia seguía desarrollándose en mi mente: “Hoy primer entrenamiento del nuevo mister de la UDSM, el reconocido entrenador yugoslavo Jovan Milovanovic. La gran estrella del equipo blaugrana, Gerardo, ha declarado que el equipo se encuentra unido y con ganas de demostrar que pueden cambiar la situación en la tabla”. </p>
<p>Quince minutos antes de que comenzara el entrenamiento, yo ya estaba sobre el campo. Me había cambiado antes que mis compañeros, con la esperanza de que al verme el primero sobre el campo, nuestro nuevo entrenador se diera cuenta de las ganas que tenía de jugar, de mi implicación con el equipo. Allí, sólo, mientras mis compañeros estaban aún en el vestuario, decidí comenzar a hacer calentamientos, y, después, dar unas cuantas vueltas corriendo al campo. Si el nuevo mister llegaba y me veía así, de seguro que se llevaba la mejor impresión de mí. Mientras corría, oteaba continuamente a la entrada de vestuarios y a los alrededores del campo, a ver si conseguía descubrir quién de quienes por ahí rondaban era el nuevo entrenador. Así seguí, durante veinte interminables minutos, corriendo y vigilando, hasta que, finalmente, mis compañeros salieron del vestuario. Medio frustrado porque mi estrategia no había surtido efecto, medio contento por poder dejar de correr –estaba agotado-, me acerqué a ellos.  Comentaban, extrañados, que el nuevo mister aún no había llegado. </p>
<p>Era algo inhabitual. Nuestro entrenador siempre llegaba antes que nosotros al campo, y disponía todo para el entrenamiento. Para cuando nosotros nos habíamos cambiado, él llevaba ya rato sobre el terreno de juego y había dispuesto los balones, conos, porterías pequeñas y demás parafernalia en torno a la cual organizaba el entreno. Siempre había sido así, y nuestra rutina nos indicaba que así debía ser. Por eso, nuestro ánimo se debatía entre la indignación y la preocupación. ¿Le habría sucedido algo o simplemente pasaba de nosotros? Los niños no están hechos para la espera, y, al poco tiempo, uno de nosotros respondió a nuestra impaciencia sacando uno de los balones de la caseta de vestuarios. Esto es algo que nuestro mister nos tenía terminantemente prohibido. Los balones tenían una tendencia extraña a extraviarse y aparecer después en casas ajenas, nos explicó, y por ello, sólo él podía cogerlos de donde estaban almacenados. Pero en esta ocasión la impaciencia nos pudo, y todos estábamos contentos de que uno de nosotros se atreviera a romper, por una vez, la regla establecida. Al fin y al cabo, no éramos nosotros los primeros que nos saltábamos una norma aquella tarde.   </p>
<p>Improvisamos dos equipos, y comenzamos a jugar un partidillo a lo ancho del campo. Como en el patio del colegio, ahí estábamos todos gritando y corriendo caóticamente tras el balón; uno de esos partidos que, en definitiva, a mí me encantaban. No habíamos abierto aún el marcador, cuando, de repente, nos detuvimos, al oír un estruendoso silbido, al que le siguió esta frase, entonada con el tono de quien está a punto de echarse a reír:</p>
<p>- Así que vosotros sois la panda de “mataos”, ¿eh?</p>
<p>Nos giramos todos a la vez. Ante nosotros había un chico que no debía de tener más de veinte años. Vestía con chaqueta de cuero, con los cuellos levantados, y fumaba un cigarro. Nos dedicó una mirada a mitad de camino entre el desprecio y la burla y añadió:</p>
<p>- ¡Pues sí que estamos jodidos!- y prorrumpió en una carcajada tremenda. Escupió al suelo el cigarro y añadió, dibujando un círculo en el aire con el dedo índice de su mano derecha: </p>
<p>- ¡Hala!, veinte vueltas al campo, que estáis hechos unos mierdas.</p>
<p>Todos obedecimos. Yo estaba aterrado. Nuestro entrenador de siempre era un hombre simpático, que habitualmente nos hacía reír y que siempre era amable en el trato. Pero éste, éste era un monstruo que nada más llegar había mostrado un total desprecio por nosotros. ¡Ni siquiera nos había dicho su nombre!</p>
<p>Generalmente -menos los días que llovía, cuando era casi obligado mirar al suelo para que la lluvia que se acumulaba en el pelo no se deslizara directamente por la cara-, mientras dábamos vueltas al campo, hablábamos de nuestras cosas. El entrenador nos mandaba callar, diciendo que quien corre y habla poco deportista es, pero lo hacía de modo cariñoso, a sabiendas, además, de que no le haríamos demasiado caso. Así,  en esas carreras al trote que hacíamos en torno al campo eran cuando uno conocía a sus compañeros. El que era bromista, dejaba relucir su espíritu en esas ocasiones, y los que nos gustaba seguir el fútbol por televisión, comentábamos en esos momentos los goles de nuestros ídolos, o las decisiones arbitrales polémicas del pasado domingo o miércoles. </p>
<p>Esta vez, sin embargo, había un silencio atroz en el grupo. Uno de esos silencios que indican en las películas que algo no va bien. Las pisadas en la arena se dejaban oír, y sólo algunos se atrevían a intentar romper la tensión del momento con alguna mirada burlesca, que era respondida por una carcajada ahogada de algún otro. Yo temía que el nuevo mister oyera que alguien se estaba burlando, y que sacara una navaja o algo así, o se liara a puñetazos con todos nosotros. Tal era la imagen que de él había creado mi infantil mente. </p>
<p>Al fin, uno de nosotros se dio cuenta de que el entrenador no estaba en el campo. </p>
<p>- ¡Se ha pirado! – gritó. Paramos de correr y todos comenzamos a comentar en alto que ese tío estaba loco y que cómo pasaba de nosotros para irse a mitad de entrenamiento. Algunos incluso insinuaron que seguro que ese no era el nuevo entrenador, y que era alguien que se había reído a nuestra costa. </p>
<p>Qué hacer era ahora la cuestión. Unos abogaban por irnos todos a casa y no volver hasta que regresara nuestro entrenador habitual, o, tal vez quejarnos a nuestros padres. Otros decían que lo mejor era seguir corriendo, no fuera a ser que regresara y nos pegara o algo peor –yo me incluía entre estos, aunque no participé de la discusión-. Otros querían rescatar el balón del vestuario y continuar nuestro partido. </p>
<p>Nos encontrábamos dilucidando esta cuestión, cuando Gabriel, un compañero que se había subido al techo de la caseta del vestuario para ver fuera de la valla que delimitaba el campo, empezó a hacernos gestos de que el nuevo entrenador volvía. Después saltó de la caseta y continuó con las vueltas al campo. Cuando estuvo a nuestra altura, todos nos unimos a él.<br />
El nuevo mister se puso en el centro del campo, y nos llamó con un silbido y con un gesto con la mano. Dejamos la carrera, y nos acercamos a él. Mientras llegábamos, encendió un cigarro, en una pose ensayada, como de malo de película. Cuando estuvimos a su altura, nos miró durante un rato, con una sonrisa burlona, y finalmente, nos preguntó a ver si nos creíamos que él era tonto. Dijo que sabía que habíamos parado de correr mientras él se había ido a por tabaco, y que, por eso, nos castigaba con diez vueltas más al campo.</p>
<p>No le discutimos. Nadie se atrevió a hacerlo. Además, quizá por miedo, el ritmo con el que comenzamos a correr en torno al campo, era muy fuerte. Yo, que de por mí ya era de los más débiles físicamente del grupo, comencé a sentir que no podía más. Había corrido durante veinte minutos antes del entrenamiento, y mi cuerpo me decía basta. Muy a pesar mío, poco a poco, comencé a quedarme rezagado. Intenté con toda mi alma seguir a mis compañeros, pero no podía. Después, traté de mantener la distancia, que no se ampliara demasiado. Imposible. Al poco, me rendí a que mis compañeros me doblaran, para intentar, habiendo recuperado parte de mis fuerzas, seguir su ritmo, confiando, por otro lado, en que en nuevo mister no me hiciera recuperar la vuelta perdida después, yo solo. </p>
<p>Sin embargo, estaba roto. Ni siquiera pude unirme al grupo cuando éste me dobló. Hubo un momento en que creía que podría, pero no. Como el soldado que se entrega al fatal destino que le espera, resignado a lo peor, dejé de correr y seguí andando. Mis compañeros me doblaron otras dos veces, antes de terminar las vueltas ordenadas. Yo dudé. No sabía si retirarme con ellos o dar yo solo las tres vueltas que me faltaban para llegar al número que el nuevo entrenador había impuesto. Decidí seguir, y así lo hice, andando alrededor del campo. Cada cierto tiempo, intentaba retomar la carrera. Lo hacía durante unos segundos, pero de nuevo mi cuerpo, a través de un pinchazo en el costado derecho, me decía que no siguiera. </p>
<p>Seguí en esta dinámica hasta que, al de un rato, me di cuenta de que todo el grupo, que estaba en el centro del campo, rodeando al entrenador, me miraba. El mister estaba diciendo algo señalándome, y mis compañeros se reían. Me sentí humillado. Dejé definitivamente de correr. No sabía qué hacer. ¿Ir hacia ellos? ¿Intentar seguir corriendo? ¿Marcharme?<br />
Opté por esta última opción., Como suelen decir los periodistas, enfilé el túnel de vestuarios. Mientras me iba, el entrenador me llamaba. Alguno de mis compañeros le habría dicho cuál era mi nombre. Hice caso omiso, sin siquiera dedicarle una mirada y seguí hacia la caseta. Vivía muy cerca de donde nos entrenábamos, así que casi siempre me duchaba en casa. Aquella tarde tenía pensado hacerlo en el campo, para no perderme las impresiones de mis compañeros sobre el nuevo entrenador, pero ya no tenía ganas de permanecer allí por más tiempo. Así que me puse el chándal, cogí la bolsa y salí de nuevo del vestuario.<br />
En la puerta, esperándome, estaba el nuevo entrenador, encendiendo otro nuevo cigarro. Me detuvo con su mano en mi hombro.<br />
- ¿Pero qué te pasa, chico? – me dijo en un tono suave, que me sorprendió, sonriendo, como si nada hubiera pasado, con los brazos abiertos en señal de reconciliación- No decíamos nada malo de ti… -añadió.</p>
<p>Yo respiraba fuerte. Estaba nervioso. Dudaba sobre qué decirle, sobre cómo reaccionaría si me enfrentaba a él, sobre si me marginaría todo el mes por lo ocurrido. Dudaba incluso de ir a los entrenamientos durante el mes que nuestro entrenador estaría ausente. Al fin, me armé de fuerzas y dije, sin mirarle a la cara, con la mirada fija en el suelo:</p>
<p>- De mí no se ríe nadie -, y dándole la espalda me fui. </p>
<p>Él no dijo nada. </p>
<p>Durante todo el camino a casa estuve a punto de echarme a llorar. Pensaba en mis ilusiones en torno a que nos entrenara alguien nuevo, que se hiciera una imagen distinta de mí, y en cómo había resultado todo. Estaba claro que al nuevo entrenador le importábamos bien poco y, además, que no contaría conmigo para nada. Haberme enfrentado a él era firmar mi sentencia de muerte en el equipo. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¿Callarme y seguir entrenando después de que se hubiera reído de mí? Tal era mi estado de ánimo, que ni siquiera tenía ganas de construirme una historia sobre el hecho, no sé, de pensar que el nuevo entrenador yugoslavo me había apartado del equipo por discrepancias, tal y como había leído que le había sucedido a un jugador muy famoso hacía unas semanas. </p>
<p>Sin embargo, a veces la vida le depara a uno sorpresas inimaginables. Yo ya había tomado la decisión de no ir más a entrenar hasta que regresara nuestro entrenador habitual, cuando, al día siguiente, en el recreo de clase se acercó a mí uno de los compañeros del equipo. Me contó que el día anterior tras el entreno, en los vestuarios, el nuevo entrenador me puso a los demás como ejemplo a seguir. Había dicho que yo era el único que había demostrado cierto carácter, al rebelarme ante él. Dijo que nos había castigado a dar más vueltas con la esperanza de que alguno de nosotros dijera que no corría, y así el poder ver quién tenía carácter ganador. Mientras mi compañero me contaba todo esto, yo no podía esconder mi sonrisa. Creo que fue la primera vez que alguien hablaba así de mí, y eso me llenaba de orgullo.</p>
<p>Al siguiente entreno fui de nuevo con ganas renovadas. Al salir al campo, allí estaba el nuevo entrenador –esta vez no llegó tarde-, con balones dispuestos para jugar, después, según nos prometió, de sólo un pequeño calentamiento. </p>
<p>- Hoy no corremos –añadió sonriendo-, no vaya a ser que Gerardo decida marcharse otra vez – y me hizo un guiño. </p>
<p>Después, rompió a reír. Mis compañeros, al pasar a mi lado me palmeaban la espalda. “Rebelde”, me decían. Yo miraba al nuevo entrenador, sonriendo también. Sentía que, a pesar de su siempre presente cigarro en la boca, esa imagen de macarra barato y de que, probablemente, pasaba de nosotros, le estaba cogiendo cariño. Al fin y al cabo, me había dado un protagonismo que nunca había tenido en el tiempo que llevaba en la UDSM. </p>
<p>Sin embargo, ay, aquella buena imagen que comenzaba a hacerme de él desaparecía poco después definitivamente. No hubo que esperar mucho. Fue en el primer partido, y último, que nos dirigió. </p>
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		<title>El fútbol y yo (II): los entrenamientos con la UDSM</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Oct 2006 18:06:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image558" height=175 alt=entrenamiento.jpg src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2006/10/entrenamiento.jpg" class= "derecha" /> Los entrenamientos con la UDSM tenían para mí algo de oficial, algo de serio que me impedía jugar como sabía. Tampoco es que supiera darle bien al balón, ni que tuviera velocidad o regate, no, no tenía ningún tipo de característica que me hiciera resaltar, aún mínimamente, sobre el resto. Pero yo notaba que cuando me tocaba entrenar no jugaba como en los recreos de clase, ni como cuando un grupo de amigos nos juntábamos en el campo de la parte alta del pueblo, y nos enfrentábamos a los chicos de otros barrios. Entonces, al menos, mis amigos no me miraban con los ojos de medio desprecio, medio pena, con los que mis compañeros observaban cómo en los entrenamientos fallaba cada mínima oportunidad, erraba cada tiro. </p>
<p>En los partidos con los amigos no. Ahí, de vez en cuando marcaba un golazo de vaselina, o estrellaba un terrible disparo en toda la cruceta. En esos partidos, a veces, me salía un regate que no sabía acertar cómo lo había hecho y que sería incapaz de repetir, que provocaba los aplausos de mis amigos. En esos partidos, en fin, me lo pasaba en grande y quizá por ello, jugaba, alguna vez, incluso bien. </p>
<p>Pero los entrenamientos se me atascaban. Como he dicho, era ese algo de oficialidad que inundaba todo en ellos, lo que hacía que me pusiera nervioso. En los entrenamientos, el mister nos observaba, y a partir de lo que hiciéramos, tomaría la decisión de si jugábamos el siguiente sábado o no. El saber que de mí dependía jugar con la camiseta de la UDSM, se calvaba en mi alma como una espina, con tal intensidad, que sentía que cada balón que me llegaba era un nuevo y terrible examen. </p>
<p>Acudía a los entrenos con la misma concentración con la que los jugadores profesionales saltan al campo, convencido de mis posibilidades de hacerlo bien, pero bastaba un solo primer error para que toda mi fuerza de voluntad se desplomara, como un castillo de cartas con el mínimo viento. Día sí y otro también, se repetía la dinámica. Desde la mañana misma, me juraba a mí mismo que esa tarde sería diferente. Preparaba la bolsa con mimo, ordenaba cada cosa en ella como si de aquel orden dependiera el resultado del entrenamiento. Pero una vez de regreso en casa, mientras limpiaba las botas como bien nos había enseñado nuestro entrenador, cada tarde, me preguntaba qué había fallado. Repasaba cada jugada, y mi mente fantaseaba con qué habría pasado si  hubiera metido aquel gol, si hubiera conseguido mandar bien aquel pase y, finalmente, me juraba, sin creérmelo realmente, que en el próximo entreno todo cambiaría.</p>
<p>Los días de partido era aún  peor. Nunca jugaba. Sólo, muy de vez en cuando, lo que se llama “los minutos de la basura”, es decir, aquellos en los que es imposible ya perder un partido o remontarlo. Pero cada vez que mi entrenador me mandaba calentar en la banda, y, sobre todo, cada vez que me llamaba para entrar en el campo, era para mí, una puerta abierta a la posibilidad de que todo cambiara de una vez por todas. </p>
<p>Cuando eso sucedía, me decía a mí mismo que todo iría bien. Me lo repetía mil veces, como intentando convencerme a mí mismo, sin darme cuenta de que lo que hacía era ponerme aún más nervioso de lo que ya estaba. Miraba a la grada, y sonreía a mi padre, o a mis hermanos, con un gesto mezcla de inmensa alegría e inaguantable nerviosismo. Me daba igual que el partido estuviera perdido o ganado. Si entraba en el campo y perdíamos, habríamos perdido “nosotros”, y si ganábamos, la victoria sería en parte mía.</p>
<p>El momento más tenso era cuando el entrenador llamaba al sustituido, y me daba una palmada en la espalda. </p>
<p>- Ánimo, Gerardo- me decía- demuestra lo que sabes-. Y yo, aunque sabía que mi entrenador era perfectamente consciente de mi total limitación con el balón, pensaba que realmente confiaba en mí y que, por tanto, de lo que hiciera en el campo dependía que en el próximo partido saliera como titular, que en mí estaba el que en el próximo domingo mis compañeros quisieran que también jugara.</p>
<p>Pero una vez en el campo, ya no sabía qué hacer. No sabía cuándo acercarme a la jugada, cuándo desmarcarme a un espacio vacío. No sabía si debía entrar al suelo o mantener la posición; tampoco qué lugar ocupar en un corner, ni hacia donde correr cuando el balón era despejado. No me atrevía a entrar al choque en un balón dividido, ni a parar el juego cuando tenía que ser parado. Cada vez que el balón se acercaba a mí, mi corazón daba un vuelco, y me temo que muy a pesar mío, me limitaba a quitármelo de encima en cuanto tenía oportunidad.</p>
<p>Así, cuando no tenía el balón en mis pies, soñaba con tenerlo. Pero cuando llegaba, lo temía. Esta dinámica se repetía una y otra vez. Mis compañeros evitaban pasarme –era evidente-, pero de vez en cuando me llegaba un balón. Corría a él insuflándome ánimos que, en cuanto lo tenía ya cerca, se convertían en un vuelco al corazón. </p>
<p>Años después, viendo un partido en San Mamés con mi abuelo, un señor que se sentaba al lado mío gritó hacia el campo que no pasaran el balón a determinado jugador, que “se moriría del susto”. Recuerdo que en ese momento, a mi memoria acudieron mis sensaciones de cuando jugaba en la UDSM –esa era precisamente la sensación que sufría cuando me venía un balón: me daba un susto- y que desde ese instante, sólo por las palabras de aquel aficionado, sentí siempre un particular cariño por ese jugador. </p>
<p>Cada sábado o domingo que jugaba, en cuanto el árbitro pitaba el final, sentía en lo más hondo mi penosa actuación. Hubiéramos ganado o perdido, siempre caminaba hacia la caseta con la cabeza gacha, mirada fija en la arena del terreno de juego, evitando a toda costa mirar a la grada, culpándome por cada jugada realizada. </p>
<p>Me cambiaba lo antes posible y huía de los comentarios de mis compañeros, yendo lo antes posible a casa cuando jugábamos en nuestro campo, o al coche de mi padre cuando lo hacíamos fuera. Daba igual que nuestro entrenador nos invitara a todos a una Coca-Cola cuando ganábamos. Yo nunca iba con el resto. Me limitaba a echarme a un lado.  </p>
<p>Mi padre me iba a ver todos los partidos que jugábamos fuera, y me temo que para él tuvo que ser una experiencia de lo más aburrida, ver allí siempre sentado en el banquillo a su hijo, sonriente cuando calentaba en la banda, y triste, muy triste, cuando terminaba el partido. Cuando volvíamos en coche, al principio siempre procuraba darme ánimos, comentando algo que había sucedido en el campo y diciéndome que no me torturara, que no lo había hecho tan mal. Pero al comprobar que era un muro de silencio –yo seguía dando vueltas en la cabeza a todos mis errores en el campo-, inmediatamente cambiaba de tema, o ponía la música a tope y se ponía a cantar a voz en grito, haciendo muecas y dándome palmadas en el hombro para animarme. A mí, a pesar de la tristeza del momento, a pesar de sentir que defraudaba a mi padre con cada balón que tocaba, me hacía mucha gracia verle haciendo el tonto para mí, y pronto recuperaba el ánimo. Me hacía reír, y gracias a ello, hoy recuerdo con cariño aquellos momentos con mi padre.</p>
<p>A veces nos acompañaba también mi hermano pequeño, Juan. </p>
<p>Juan tiene cuatro años menos que yo. Cuando venía con nosotros, para él era como acudir a un gran estadio a ver a los jugadores de verdad. Supongo que esa era la imagen que nosotros, con nueve o diez años, le dábamos entonces. Cuando venía, yo siempre dedicaba un tiempo a mirarle desde el campo, incluso a saludarle, porque cuando lo hacía, él se ponía increíblemente contento, y yo lo sabía. Después, en el coche, él se reía conmigo de las tonterías que mi padre hacía para alegrarme el ánimo, y tampoco comentaba nada del partido. </p>
<p>Pero, cuando no venía, ay, entonces, sabía que en cuanto entrara a casa pasaría el peor momento del día. Si no había venido al campo, mi hermano esperaba paciente a que mi padre y yo regresáramos del campo. En cuanto oía que se abría la puerta, corría a recibirnos y siempre, cada sábado o domingo, me hacía la misma pregunta con una enorme sonrisa ilusionada:</p>
<p>- ¿Cuántos goles has metido hoy?</p>
<p>Pregunta que, cada sábado o domingo, recibía la misma respuesta. Respuesta que a él no sé, pero a mí me entristecía un poco más cada vez que tenía que darla, porque cada vez que decía “ninguno”, sentía que mis sueños se evaporaban un poco más. </p>
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		<title>El fútbol y yo (I)</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Oct 2006 11:43:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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		<description><![CDATA[Aún hoy me ruborizo recordando la importancia que para mí tenían los partidos con la UDSM. Los veía todos desde el banquillo, casi siempre sentado, al contrario de mis compañeros, que lo hacían de pie, jaleando a los que jugaban, profiriendo unos gritos que de mi garganta nunca salían, debido a mi carácter tímido, casi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image513" height=175 alt=everton_rapid_1985.jpg src="http://www.diariosdefutbol.com/images/2006/10/everton_rapid_1985.jpg" class= "derecha" />Aún hoy me ruborizo recordando la importancia que para mí tenían los partidos con la UDSM.</p>
<p>Los veía todos desde el banquillo, casi siempre sentado, al contrario de mis compañeros, que lo hacían de pie, jaleando a los que jugaban, profiriendo unos gritos que de mi garganta nunca salían, debido a mi carácter tímido, casi cobarde. Desde ahí, entre las espaldas de los suplentes, veía a mi equipo jugar y desde ahí, desde el banquillo de un equipo infantil de barrio, mi mente comenzó a soñar con los grandes momentos que algún día viviría como futbolista. Para poder hacerlo, para que mis sueños no se tornaran dolorosamente imposibles, debía comenzar por justificar mi suplencia en la UDSM. Así, me imaginaba que era un jugador recién llegado de otro equipo, una figura internacional, pero que necesitaba “tiempo de adaptación”, como había leído que decían los comentaristas deportivos en la tele. Cuando me adaptara al nuevo entorno, a la nueva ciudad –no me costaba imaginar esto, aunque llevaba toda la vida viviendo allí-, sin duda, comenzaría a marcar goles y callaría las bocas de los que dudaban de mí. </p>
<p>En ese mundo mío, cada hecho real tenía una justificación fantástica. Por ejemplo, una tarde que no podía acudir a un entrenamiento por tener deberes acumulados, se convertía en mi mente, en una ausencia debida a una lesión menor, una contractura, por ejemplo –aunque no sabía el significado exacto de esta palabra-. Así, mezclando realidad y sueño, poco a poco, los partidos de la UDSM se fueron apoderando de mí.</p>
<p>Desde que terminaba un partido, pasaba toda la semana pensando en el choque del siguiente fin de semana, convenciéndome de que en el próximo choque todo cambiaría. Seguro que el próximo partido jugaría, y marcaría el gol de la victoria. Ese era mi sueño, que dominaba todo lo que hacía durante la semana. Pasaba las horas de clase pensando en ello, en lo que debía y no debía hacer. Dibujaba en los cuadernos de deberes alineaciones en las que aparecía junto a mis compañeros, llevando el número ocho, y tácticas que acompañaba con un dibujo de la camiseta blaugrana de la UDSM.</p>
<p>- “4-4-2 conmigo y Azibar en punta. No puede fallar”, me decía, y miraba al techo de clase, pensando en el golazo que el sábado o domingo seguro que marcaría. </p>
<p>El siguiente partido, sin embargo, volvía a estar en el banquillo.</p>
<p>Poco a poco, de modo casi imperceptible, lo soñado comenzó a imponerse a lo real. Era difícil imaginarse un futuro de gran estrella del fútbol si estaba todo el día en el banquillo, y yo necesitaba de partidos memorables en mi haber, para mantener mis sueños de futuro intactos. Comencé, así, a jugar a imaginarme más partidos para la UDSM. Cuando veía en la tele los resúmenes de primera división con mi padre, me decía: “el próximo equipo que juegue en casa somos nosotros, y el otro, los rivales del sábado”. El resultado que saldría sería el que el que ante ellos conseguiríamos, y si marcaba el número ocho, sería yo el que marcara en ese partido.</p>
<p>Así, cuando el resumen daba una goleada para el equipo local, desbordaba de alegría, pero cuando, por el contrario, era un 1-4 encajado por los de casa, entonces, la tristeza se apoderaba de mí hasta el punto de casi hacerme derramar lágrimas. En esos momentos, mi padre me miraba con gesto extrañado, y me decía en un reproche: “¿pero qué te importará a ti que pierda el Cádiz?”.</p>
<p>Podía ver cualquier partido, fuera el que fuera, soñando que era la UDSM la que estaba en el campo, y yo uno de sus jugadores. Siempre recordaré, por el ejemplo, la final de la Recopa de Europa de 1985, que enfrentó al Everton con el Rapid de Viena. Puse la televisión sin saber siquiera que había partido, ni, obviamente, quiénes eran los equipos que jugaban. Pero ví que daban una final, y eso me bastaba para poder imaginar que yo jugaba allí y que defendía los colores de la USDM. Como la camiseta de ninguno de los dos equipos coincidía con la nuestra, elegí de los dos el que llevaba la más bonita. De este modo, decidí que seríamos el Rapid de Viena, con ese precioso uniforme de rayas verticales verdes y blancas, pantalón blanco y medias de rayas horizontales. Sólo me faltaba elegir quién de los jugadores del Rapid encarnaría mi papel en el próximo partido. Después de quince minutos, ya tenía la decisión: sería Hans Krankl.</p>
<p>Yo entonces no sabía que Krankl apuraba sus últimos años de magnífico fútbol en el equipo vienés, después de haber sustituido con éxito a Johan Cruyff en el Barcelona –es decir, con todo el éxito con el que se puede sustituir al mayor símbolo de la historia culé-. Sin embargo, me decidí por él ya que me impresionaba su porte, y porque, por su bigote, podía distinguir mejor quién iba a ser yo en el partido de mi imaginación. El partido real fue tenso y aburrido como la mayoría de las finales, pero yo, a mis diez años, botaba en el sillón de casa cada vez que el Rapid se acercaba con peligro a la portería inglesa, y agarraba con tensa fuerza un cojín cuando eran los toffees los que estaban a punto de marcar. </p>
<p>En el minuto 57 Andy Gray adelantó al Everton, y en el 72 Trevor Steven sentenciaba el partido tras un corner. Yo estaba demolido, casi a punto de llorar en el sofá cuando entró mi madre en el salón. Se sentó a mi lado, miró con desdén durante un rato la televisión, después a mí, después de nuevo a la pantalla y me dijo:</p>
<p>- Pero cariño, ¿tanto te gusta el fútbol?</p>
<p>En ese momento me sentí mal. Era aún un niño, pero ya había comprendido que había lágrimas de las que uno se podía sentir orgulloso y otras que, por no tener sentido o por que hablaban mal de uno, eran vergonzantes. Sentía que aquellas que estaban a punto de partir de mis ojos harían que mi madre, a la que el fútbol le era totalmente indiferente, me viera como un tonto que se apenaba de algo en lo que nada le iba, de algo en lo que nada se jugaba. Si al menos fuera el Athletic, el equipo de mi ciudad, el que disputaba el partido, mi tristeza sería compartida por otros, y así, disuelta en el grupo, acompañada por la de los demás, parecería menos absurda. Pero no, eran dos equipos extranjeros los que juzgaban, dos equipos, que además, yo hasta el momento de poner la televisión ni siquiera sabía que existían. Efectivamente, ¿qué me importaba a mí este partido?</p>
<p>Y, sin embargo, me importaba. </p>
<p>Intenté no mostrarme triste, pero me era imposible. Seguía viendo el partido, ahora acompañado de mi madre, con una tensión que rozaba la locura. Aún creía que el Rapid podría hacer algo, y aunque me afanaba por mostrar la misma indiferencia de mi madre, no pude. Menos aún cuando, a siete minutos para el final, Krankl, yo, batió al portero inglés, Southall, y dio esperanzas a los hinchas austriacos y a mí, de que aún se podía hacer algo.</p>
<p>Salté del sofá de un brinco y me puse a gritar como un poseso. Mi madre se reía ahora, y yo con ella. Poco a poco, parece que mi tristeza fue un argumento que hizo que ella también fuera con el Rapid. Le di un abrazo enorme, y le dije que yo me había pedido ese jugador, que era el mejor y que yo de mayor jugaría como él. No terminé, sin embargo, de explicarle que aún podíamos ganar, cuando un tal Sheedy lanzó un disparo tremendo desde veinticinco metros ante el que Konsel nada pudo hacer. Ver el balón alojado de nuevo en la portería del Rapid hundió definitivamente mis esperanzas, las de toda Austria y las mi madre.</p>
<p>Cuando el partido terminó, mi madre me dijo que no pasaba nada, que era un partido cualquiera y que el sábado habría otro en la tele, y que seguro que en ese ganaría el equipo que yo eligiera. Me explicó que, de todas maneras, el fútbol se había inventado para disfrutar, jugándolo o viéndolo, pero nunca para pasarlo mal. </p>
<p>A pesar de que sabía que mi madre tenía razón, aquella noche casi no dormí. Creo que fue la primera noche que pasé medio en vela en toda mi vida. Daba vueltas en mi cabeza a todas las jugadas que recordaba del partido, y me empeñaba en imaginar qué habría sido si tal balón hubiera entrado, qué habría pasado si Konsel hubiera despejado el tiro de Sheedy… </p>
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		<title>El fútbol y yo (Introducción)</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Oct 2006 11:36:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Dadan Narval</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Fútbol y yo]]></category>

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		<description><![CDATA[Comenzamos hoy, con la publicación de la introducción y el primer relato, una serie de relatos de Dadan Narval sobre la relación de un niño con el fútbol titulada &#8220;El fútbol y yo&#8221;. Éstos mantienen una coherencia cronológica, por lo que, a pesar de que pueden ser leídos individualmente, componen en conjunto una única historia. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Comenzamos hoy, con la publicación de la introducción y el primer relato, una serie de relatos de Dadan Narval sobre la relación de un niño con el fútbol titulada &#8220;El fútbol y yo&#8221;. Éstos mantienen una coherencia cronológica, por lo que, a pesar de que pueden ser leídos individualmente, componen en conjunto una única historia. La serie aún está abierta, por lo que no sabemos la cantidad de capítulos que la compondrán. Iremos publlicándolos paulatinamente, a medida que vayan siendo escritos. Esperemos que esta nueva sección de Diarios de Fútbol sea de vuestro agrado.</em></p>
<p>Gran parte de mis recuerdos de infancia, de aquellos que por ser más relevantes, por tener algún significado –aún a veces oculto- han resistido al tamiz del tiempo, están relacionados con el fútbol, con el balón, y con los anhelos que de niño canalizaba a través de él. En ocasiones, mientras paseo sin destino ninguno por la ciudad, pensando, o mientras fumo un cigarro en el balcón de mi casa, mi mente comienza una cadena de asociaciones que termina haciéndome evocar los tiempos en los que jugaba con la camiseta de la UDSM, el equipo del barrio en el que de niño vivía, mis primeras visitas a San Mamés, acompañado de mi abuelo, o cuando mis primos y yo formamos nuestro nuevo equipo, con nuestras flamantes camisetas naranjas, como las de Holanda. </p>
<p>Cuando eso sucede, me doy cuenta de que, a pesar del paso de los años, recuerdo aquellas vivencias como si entre entonces y hoy no mediara un abismo de tiempo, como si entre aquel niño enclenque de piernas delgadas e imaginación desbordada que soñaba con ser algún día futbolista, y lo que hoy soy, no se interpusiera toda una vida, un conjunto tal de experiencias, sueños rotos y nuevos anhelos, que deberían hacer de él y yo personas radicalmente diferentes. </p>
<p>Al contrario, recuerdo todo aquello teñido con el color con el que nuestra mente subraya las cosas importantes. No he conseguido, pues, aún, establecer distancia crítica con aquellas vivencias relacionadas con el balón. No he podido todavía, marcar la distancia que me permita pensar en todo ello sin que de mi corazón se apodere la sensación de que me enfrento a algo relevante. Intento convencerme de la futilidad de todo aquello, de que sólo eran “cosas de niño”, pero el recuerdo de mi inocencia sigue presentándose ante mí, doloroso, inmediato. </p>
<p>En este sentido, no sé a ciencia cierta si comienzo esta serie de relatos con la esperanza de librarme definitivamente de quien fui de niño –compartiendo mis recuerdos con otras personas para relativizarlos-, o si lo hago para dejar testimonio escrito de aquellas vivencia, antes de que el inevitable olvido borre algún día definitivamente todo rastro de ellas en mí. </p>
<p>Al menos, espero que, en conjunto, estos recuerdos construyan un fragmentado mosaico que me permita comprender mejor cómo era yo entonces, y qué importancia tenía para mí el balón, y de este modo, quizá entender cómo soy ahora, y por qué todo aquello sigue acudiendo a mí, exigiendo mi atención, hasta el punto de devenir en una serie de relatos. </p>
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