Hoy a las nueve menos diez de la tarde, se enfrentan el Bloomfield Stadium (15.700 espectadores) de Tel-Aviv los dos grandes equipos de la ciudad, el Hapoel y el Maccabi. Se trata también de los dos equipos históricamente más fuertes de la liga israelí (dieciocho títulos del Maccabi por trece del Hapoel), cuyo enfrentamiento es conocido como “el gran derbi de Israel”. Aprovechamos, pues, la fecha para hablar un poco del derbi, así como del contexto del fútbol israelí.
Paradójicamente, el derbi de hoy será apasionante por razones atípicas, pues ambos clubes ocupan actualmente los dos últimos puestos de la clasificación. Tras ocho jornadas disputas, el Hapoel es el colista de la liga –con sólo tres puntos logrados en sendos empates-, mientras que el Maccabi tiene un punto más. Por ello, el derbi, que generalmente sirve para decidir los puestos más altos de la clasificación, se tiñe de un inhabitual color de urgencia.
Seguir leyendo »






Terminó el verano. La rutina que nos espera cada fin de vacaciones, ese año no llegó. Hasta el momento en que entramos todos juntos, mis padres, mi hermano y yo, en la nueva casa, aún vacía, sin muebles, no me di cuenta de que ese lugar, desconocido para mí, sería el espacio en el que desarrollaría toda mi vida. Atrás habían quedado el que durante toda la vida había llamado mi pueblo, la UDSM, mis amigos, el colegio en el que siempre había estudiado…, en fin, todo lo que conocía.
No volví a entrenar más con la UDSM. Quería seguir con todo mi ser, pero un sabor amargo me dominaba cada vez que pensaba en el equipo, en mi primer gol, y en la vergüenza de saber que, en el fondo, mis propios compañeros de equipo se reían de mí. Muchos me insistieron en los recreos del colegio para que volviera. Pero era en vano. Tampoco respondía a las preguntas de porqué lo dejaba, ni siquiera a las más insistentes de aquellos que, como verdaderos amigos que eran, no se rieron de mí en aquel funesto partido.
Llegó el minuto ochenta y cinco del partido frente al RDS. Sé que era el ochenta y cinco porque cuando comenzábamos cada encuentro, ponía el cronómetro de mi flamante reloj digital para saber, con precisión, en qué momento exacto del partido nos encontrábamos. El RDS era un equipo menor. Una panda a la que, como era de prever, les estábamos pasando por encima. Seis a cero, y porque tuvieron suerte. Yo calentaba en la banda desde hacía ya un buen rato. Lo hacía de modo serio, científico, aplicado, como si fuera un profesional a punto de salir al campo en los últimos minutos de una final con empate en el marcador. Como si fuera uno de mis ídolos, interesados no sólo en realizar los ejercicios bien para evitar lesiones, sino en que se vea que, efectivamente, lo dan todo, incluso en la banda.
El gol es sentimiento. Puede ser de felicidad, si lo marca nuestro equipo, nosotros, o de tristeza, si por el contrario, en lugar de marcarlo, lo encajamos. Es la base sobre la que se sustenta el fútbol. Puede haber un partido enorme, precioso, sin goles. Pero no lo habrá, nunca, sin intención decidida de marcarlos. A quienes nos apasiona este deporte, soñamos con goles. Sueños bellos, si en ellos los goles los realizamos nosotros, o pesadillas, sin somos los que los encajamos. Esto es algo que los profanos a este deporte no pueden comprender. ¿Cómo puede alguien sufrir o alegrarse por algo tan trivial como un balón que choca con una red?
El sábado por la mañana, nada más despertarme, corrí al salón. Mi padre desayunaba ya, como solía hacer, mientras leía el periódico. Me senté a su lado, y comencé a intentar ojear la sección de deportes, abriendo el periódico por la parte central, mientras él leía el principio. Como le estaba molestando, protestó y me preguntó a ver que quería.
Un viernes por la noche, mientras veíamos la tele, telefoneó mi abuelo. Mi padre estuvo un buen rato colgado al teléfono. Asentía con la cabeza, y respondía a lo que decía mi abuelo con monosílabos, y con algún que otro “bien”. Mientras tanto, jugaba con los dedos de la mano izquierda con el cable bucleado que unía el auricular al teléfono, y de vez en cuando me miraba sonriendo y guiñándome el ojo. Yo sabía que hablaban de algo bueno, primero porque era mi abuelo el que estaba al otro lado, y luego porque siempre que mi padre sonreía de esa manera, después de su boca salía alguna frase que me alegraba.
La suerte quiso que el primer partido con nuestro nuevo entrenador fuera en nuestro campo frente a nuestros eternos rivales, por la cercanía de nuestras ciudades, del Sporting de B.. El jueves previo al partido, que era en sábado, el entrenador nos dijo que repartiría las camisetas y daría la alineación en la caseta, el mismo día del encuentro. 

RSS