La era de la información es así: en ella cabe todo, pero a velocidad de F1. No hay tiempo para seguir una historia. Las noticias no tienen principio, nudo y fin, sino sólo principio. Son un instante. No tienen vida.
Es la McNoticia, información hecha rápidamente para degustar rápidamente. Y después, a otra cosa. Así, un día algo se escribe con enormes letras negras y una semana después ninguno de los miles de medios de comunicación que llenan cada día de millones de imágenes, letras y sonidos tiene siquiera un segundo para hablar de aquello que siete días antes debías de saber sí o sí.
Sin embargo, las historias que están detrás de las noticias, no son de esa misma naturaleza. No se cierran rápido, no concluyen con el último párrafo escrito sobre las mismas. Un pequeño titular de periódico, unos segundos o minutos de televisión o radio no agotan una vida, no abarcan una historia.
Si os decimos el nombre de Kodjovi Obilale, probablemente ninguno de vosotros sepáis a quién nos estamos refiriendo. Si decimos, por el contrario, que hablamos del portero suplente de Togo que fue alcanzado por las balas en el tiroteo que la selección togolesa sufrió el pasado enero en Angola, días antes de la Copa de África, sin duda a la mente de todos regresará aquel episodio que parecía cerrado. Quizá ya no es “noticia”: la CAN terminó, Adebayor regresó a Inglaterra y vuelve a hacer goles con el City, y la vida, como debe ser, sigue su curso.
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Marcó ayer Adebayor, en su primer partido con el Manchester City tras la tragedia sufrida por su selección. Marcó, por cierto, un golazo, reventando el balón con toda la rabia acumulada en las últimas semanas. Marcó, pero en lugar de celebrarlo como es costumbre en él –diciendo al mundo que se detenga, que aquí estoy yo-, quedó inmóvil y en su rostro emergió un gesto de insondable tristeza. Parecía como si fuera a echarse a llorar. Sus compañeros se dieron cuenta, todo el City of Manchester se dio cuenta.
8 Junio de 1990, estadio Giuseppe Meazza. Argentina, campeona del Mundo, comienza el camino para intentar revalidar su título en el Mundial de Italia. En el grupo que le ha tocado en suerte tiene dos rivales de entidad, la Unión Soviética y Rumanía. Por eso, es importante comenzar con buen pie en el partido inaugural del Mundial, que le enfrenta a una desconocida selección africana de un país llamado Camerún del que Maradona, Caniggia, Pumpido, Ruggeri, Sensini, Balbo, Batista y compañía no han oído hablar nunca. El mundo tiene hambre de fútbol. Cuatro años sin un Mundial son muchos años. Los dos equipos salen al campo. Los espectadores del estadio de Milán animan a Camerún, pues en Argentina juega Maradona, del odiado Nápoles. Pero lo hacen más como anécdota que con fe en un tropiezo de los argentinos. Comienza a rodar el balón. Se hacen apuestas en torno a cuántos goles será capaz Argentina de endosar a los pobres africanos.
Comencemos el repaso a la selección de Gabón con una anécdota, más que probablemente falsa. En Euskadi se suele contar la historia de cierto lingüista vasco de principios del s.XX que viajó a este territorio, entonces parte del África Ecuatorial Francesa, en busca de los orígenes del euskera. La razón: que “gabon” en euskera –pronunciado igual que el nombre del país- quiere decir “buenas noches”. Se dice que allí se perdió y que, probablemente, haya en aquel país algún poblado en el que al menos parte del mismo habla el idioma de los vascos.
Lo reconocemos: desconocemos absolutamente todo de la selección de fútbol de Mozambique. La primera vez que realmente estuvimos atentos a un partido de este seleccionado fue el pasado mes de noviembre, cuando Nigeria y Túnez se jugaban el pase al Mundial de Sudáfrica en el último partido del Grupo B de la CAF. Entonces, Túnez solamente tenía que vencer a la débil Mozambique para estar en la fase final de un Mundial por cuarta vez consecutiva y dejar fuera, de nuevo, a Nigeria. Y he aquí que, contra todo pronóstico, Túnez perdió. O lo que es lo mismo: Mozambique ganó.
La de este año será la tercera aparición en la ronda final de la Copa de África para el modesto equipo de Benín, después de su participación en Túnez 2004 y Ghana 2008, en las que fue apeada en la primera ronda. Sin embargo, sí queda la impresión de que Benín ha crecido algo en los dos años precedentes. Si entonces reseñábamos cómo sólo dos meses antes de la CAN de 2008 los dirigentes futbolísticos de Benín realizaron una búsqueda de ascendentes benineses en jugadores de otras nacionalidades, para poderles ofrecer jugar con ellos la fase final celebrada en Ghana –lo intentaron, entre otros, con Serge Gakpe y Razack Boukary-, en este año de 2010 parece que no han tenido al menos tantos problemas para realizar la convocatoria.
Desde 1994 Nigeria se ha convertido en el gran referente, con el permiso de Camerún, del fútbol africano. Aquel año, tras proclamarse campeones por segunda vez de la Copa de África (la anterior había sido en 1980), las entonces absolutamente desconocidas Águilas Verdes desplegaron en el Mundial de Estados Unidos un juego ofensivo que deslumbró a todo el mundo. Cuando en 1996 se hicieron con la Medalla de Oro de los Juegos Olímpicos de Atlanta, eliminando a Brasil en semifinales y ganando a Argentina en la final, muchos vieron en aquel triunfo el pistoletazo de salida del fútbol de todo el continente. Tras aquella proeza, un tal Pelé, que de esto sabe algo, vaticinó que antes de final de siglo un equipo africano vencería un Mundial. Sin embargo, aquella generación de jugadores, entre los que se encontraban nombres que han pasado a la Historia del fútbol de este continente como Uche Okwechukwu, Taribo West, Emmanuel Amunike, Rashidi Yekini, Finidi George, Jay-Jay Okocha, Sunday Oliseh o Nwankwo Kanu, estuvo marcada
Ha querido el sorteo que el equipo burkinés –“burkinabe” está calcado del francés, y ya no se dice eso de “voltense”, por sus tintes colonialistas- tenga que enfrentarse en la presente CAN a tres vecinos: Togo, Ghana y Costa de Marfil. Además de temibles en lo futbolístico, dos de ellos –Costa de Marfil y sobre todo Ghana-, son destinos habituales de los emigrantes burkineses, que huyen de la pobreza del campo, cuando no de la represión del gobierno del impresentable de Blaise Compaoré, quien derrocó en un Golpe de Estado en 1987 al no más amigable Thomas Sankara. Por ello, esta CAN para Burkina Faso tiene color de revancha. Para hacernos una idea, diremos que para muchos de los burkineses, cada uno de los enfrentamientos de su grupo serán como para los temporeros españoles de los sesenta un España-Francia: la ocasión de una revancha simbólica ante un país que les acoge, pero que, de alguna manera, sienten que les mira por encima del hombro.
Si alguien nos cuestionara en estos momentos por cuál es el mejor equipo de África, más que probablemente nuestra respuesta fuera “Costa de Marfil”. Analizadas las plantillas de los grandes africanos –Nigeria, Ghana, Egipto, Camerún…- todas tienen a priori importantes carencias que hacen dudar de su solvencia en los momentos más duros de una competición. No sucede así con Costa de Marfil, capaz de presentar una lista de veintitrés jugadores que ya quisieran para sí otros países del mundo con mucha más tradición futbolística sobre el papel.
Históricamente, y a pesar de la emergencia a partir de los años noventa de Camerún y Nigeria, Ghana ha sido considerada como la mejor selección del África negra. Desde los comienzos del fútbol africano, las “estrellas negras” han sido dominadoras del arte del balón en esta parte del mundo. Buena parte de ello se debe al empeño que en ello puso el primer presidente de la Ghana independiente, Kwame Nkrumah, quien, entre otras medidas, firmó acuerdos de colaboración con Alemania del Este para la formación de jugadores y entrenadores en Europa –a través de ellos el jugador Charles Gyamfi llegó al Fortuna de Dusseldorf– e incluso llevó a jugar a Accra al Real Madrid de las cinco Copas de Europa un partido amistoso en 1960, que concluyó con un 3-3 que fue celebrado en todo el país. Para Nkrumah, uno de aquellos líderes postcoloniales de un África que entonces miraba el futuro con optimismo, el fútbol había de servir para demostrar al mundo el poder de los africanos en general, y de los ghaneses en particular.

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