Es posible que Héctor Raúl Cúper (Chabás, Santa Fe, Argentina, 1955) no sea un Barraquero en sentido estricto. De algún modo, en la encrucijada que representaban, a uno y otro lado, Menotti y Bilardo, eligió la llamada tercera vía, heredero del maestro Griguol. Pero, con todo, Cúper cabe en esta serie por méritos propios. Sólo él fue capaz de sentar a Ronaldo, al Ronaldo original, cuando le urgía alcanzar el gol durante un partido decisivo. Era el último del campeonato italiano, con el Scudetto en juego, y aquel cambio provocó una catarsis. El Inter perdió, Ronaldo estalló y planteó un ultimátum. Moratti se alineó con su entrenador, y el Madrid pescó en aguas revueltas. Cúper sobrevivió a un verano que fue un punto de inflexión y, al volver, sabía que no le iba a valer nada que no fuera ser campeón. No lo fue, y su carrera en los banquillos, que hasta entonces había sido un firme y seguro escalar, entró en un declive lánguido y continuado.
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Barraqueros del Mundo
Barraqueros del Mundo. Hoy: Héctor Cúper |
ene
17 |
Barraqueros del Mundo. Hoy: Nereo Rocco |
oct
26 |
Hablamos de mayo de 1968. El Milan, lejos de la excitante agitación primaveral parisina, se jugaba la Recopa ante el Hamburgo de Uwe Seeler. La tarde previa al encuentro, la expedición italiana decidió liberar la tensión con un paseo por las calles de Rotterdam, donde se topó con unos folletos anunciadores de la final, que incluían las alineaciones previstas por ambos equipos. El entrenador milanista, Nereo Rocco (Trieste, 1912-1979), se guardó uno de ellos y después de la cena, justo antes de que los futbolistas se retirasen a sus habitaciones, convocó una reunión imprescindible con un objetivo principal: asignar las marcas defensivas. Rocco sacó el folleto y empezó a repartir misiones. Anquiletti, Rosato, Scala… todos retenían en la memoria el nombre de su par. Tachando cruces, el entrenador se quedó sin peones antes de tiempo y, extrañado, preguntó: “Y a éste, ¿quién lo marca?”. Sobraba libre un contrario y Rocco no daba crédito. Angustiado, volvió a repasar la táctica. Y Anquiletti, Rosato, Scala… todos retenían en la memoria el nombre de su par. Pero tachando cruces, el entrenador se quedó, de nuevo, sin suficientes peones. Cuando bordeaba la desesperación, el portero Cudicini se atrevió a terciar, escueto: “Por favor, que alguien le diga que scheidsrechter, en holandés, significa árbitro”.
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Barraqueros del Mundo. Hoy: Otto Rehhagel |
oct
18 |
Una de las mayores fuentes de gozo de un barraquero radica en la posibilidad de aferrarse, de un modo legítimo, al papel de víctima. Sintiéndose débil sin objeciones, la precaución y el elogio defensivo es un camino a elegir sin rubor. Además, en estos casos, siempre queda a mano la réplica clásica: “Si tuviéramos a Xavi o a Iniesta jugaríamos de otra manera…” Y, bueno, aunque todo el mundo parezca estar de acuerdo, permítanme que mantenga la duda.
Sea como fuere, Otto Rehhagel no tenía en la Eurocopa de 2004 ni a Xavi, ni a Iniesta, ni a Zidane, ni a Cassano, ni a Figo. Tampoco los echó de menos. Quizá un poco, en un momento de debilidad, rozando las seis de la tarde del 16 de junio, cuando Raúl robó astuto un balón en el área y lo cedió de tacón a Morientes, que batió a Nikopolidis. España caminaba confiada hacia la clasificación, con las caritas iluminadas al sol de la ilusión, hasta que a la Grecia imborrable del orden espartano, la guerra de guerrillas y el mazo a balón parado la rescató la zurda del único heleno capaz de saltarse el guión. La fábula del bloque sobre las estrellas fue posible, y no está de más recordarlo, por un arrebato de genio talentoso. Tsartas golpeó seco una pelota que planeó tensa con precisión cirujana, entre la formación de zagueros españoles, hasta plantar a Charisteas frente a Casillas. Grecia empató, y custodió ese punto como el tesoro que realmente era. A la larga, ni más ni menos, un billete a la gloria.
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Barraqueros del mundo. Hoy: Trapattoni |
oct
10 |
Es algo que, posiblemente, sea inherente a la condición humana. Al miedo a perder responden los instintos buscando protección y, aferrándose a ese mismo pavor a la derrota, hay quienes han sembrado un gran prado de triunfos como negación del fracaso, esquivando las caídas en la paradoja. El deseo más importante no es el que empuja a ganar sino a no perder y, partiendo de esa premisa, abundando en el sentido de supervivencia, de atrás hacia adelante (“una defensa de hierro”), se construyen los equipos de Giovanni Trapattoni, uno de los técnicos más laureados de la historia del fútbol mundial.
Vestido de corto. Antes de convertirse mito en los banquillos, Trapattoni firmó una destacada trayectoria como zaguero central. Durante casi tres lustros defendió la elástica del Milan, con el que ganó dos Copas de Europa, dos Scudettos, una Coppa, una Recopa y una Intercontinental. En la ida del otro cetro mundial, que perdió, sufrió ante la habilidad de Pelé. El brasileño marcó los dos tantos del Santos, en Italia, antes de caer lesionado por una entrada de Trapattoni, que limitó territorio y dejó su sello. Pelé se perdió la vuelta, pero aún así el Santos se proclamó campeón en el desempate. En aquel Milan la estrella era Rivera pero il Trap, al igual que Cesare Maldini, era uno de los favoritos del entrenador, Nereo Rocco, considerado el introductor del catenaccio en el Calcio, y el inventor del juego “a la italiana”. Con maestros así, no sorprende que el discípulo heredase la fórmula (orden y trabajo, poderío físico y mental, prioridad defensiva y agonía competitiva), cimentando la tradición, y aumentando la leyenda.
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Barraqueros del mundo. Hoy: Maguregui |
oct
03 |
Si empezamos la serie con el capricho local de Luiche, hoy la continuamos con el mayor icono del fútbol defensivo español. Cuando alguien dice “Maguregui”, el cerebro futbolero responde: “autobús”. No en vano, de su nombre deriva el término “amarrategui”, sinónimo de excesiva precaución y falta de atrevimiento. Repasamos, a base de distintos retales, la trayectoria de un mito de los banquillos. José María Maguregui (Miravalles, Vizcaya, 1934).
Manguerazos y marcajes individuales. Imprescindible para comprender el fútbol patrio de los años setenta y ochenta, Maguregui se manejaba con tanta personalidad en la pizarra como en el circo que la rodea. Uno de sus recursos favoritos, especialmente cuando dirigía al Racing de Santander, era echar mano de la manguera. No había llovido en Cantabria en toda la semana pero, por arte de magia, El Sardinero era un barrizal a los cinco minutos de juego. Menguando la capacidad técnica del rival, los equipos de Maguregui podían explotar su principal virtud: el poderío físico. Para completar el plan, era habitual el marcaje individual sobre la estrella creativa del adversario. Y en ocasiones, la marca personalizada se extendía por todo el campo. Sin rubor, y sin complejos.
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Amarrateguis del mundo. Hoy: Luiche |
sep
26 |

Arrancamos una nueva serie en Diarios de Fútbol. Algo contracorriente, todavía presente el triunfo en el Mundial de la Selección Española enarbolando las banderas del toque, la posesión y la calidad técnica, rescataremos aquí a varios entrenadores que se caracterizan, o se han caracterizado, por todo lo contrario. Poco a poco, presentaremos a los Amarrateguis del mundo, los entrenadores más defensivos de la historia del fútbol.
Y empezamos, a modo de introducción, con uno semidesconocido. Pido comprensión, para mí, con Luis García “Luiche” comenzó todo. Porque andábamos revoltosos en el inicio del curso 89-90 en mi colegio. Y no sólo porque pasábamos a la parte de los “mayores”, al empezar 1º de EGB, sino porque el Castellón había subido a Primera, y se estrenaba, nada más y nada menos, que contra el Real Madrid de la Quinta del Buitre, que esa misma temporada lograría el récord de goles de la Liga. Pero en aquella tarde en Castalia de fútbol con mi padre, el resultado, contra pronóstico y Luiche mediante, pese a un susto inicial en forma de remate de Hugo Sánchez al larguero, fue de empate a cero.
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