La cara de Jovic

Para fichar por el Madrid de Bernabéu había que pasar un test llamado “la teoría de la jeta”. Al presidente blanco le bastaban diez minutos cara a cara con un jugador para saber si encajaría en el club. Era un escáner ocular que le servía para ver a la persona que hay detrás de todo profesional y valorar su idoneidad para vestirse de blanco. Si Bernabéu se hubiese sentado con Luka Jovic, habría visto las cicatrices de los orígenes humildes y una insultante confianza en sí mismo. También lo habría fichado.

La cara de Jovic es fría, impenetrable e infalible. La media sonrisa que se permite en las fotos es la expresión más enfadada de otros. Quizás tiene que ver con su origen. Jovic nació en un tiempo convulso (dos años después del final de la guerra de Bosnia) y en una zona históricamente agitada. Se crió entre las ruinas de Batar, un pequeño pueblo de mayoría serbia pero ubicado dentro de las fronteras de Bosnia, a orillas del río Drina, frontera natural entre Serbia y Bosnia pero también entre el mundo occidental y el oriental, donde convivieron a lo largo de los siglos diferentes etnias con sus respectivas religiones: ortodoxos, católicos, musulmanes y algunos judíos. Jovic, como la mayoría de serbios, es ortodoxo.

Sus padres eran propietarios de un supermercado, pero no todos los años podían cubrir los gastos. A veces tenían que pedir un préstamo para poder sacar a la familia adelante. El Estrella Roja de Belgrado, club en el que entró Jovic con siete años, le daba algo de dinero para los gastos de desplazamiento (dos horas y media en coche). La familia siempre se sacrificó por la carrera deportiva de Luka, al que todos veían un futuro prometedor. Cuando tenía nueve años, a su hermana le diagnosticaron leucemia, tenía que pasar largas temporadas en el hospital y su madre dejó de trabajar para cuidarla. El padre y el abuelo de Luka se ocuparon de él, lo siguieron llevando a entrenar y un día llegó el mejor recuerdo de la infancia de Jovic: al volver de jugar un partido en Belgrado se enteró de la curación de su hermana.

La confianza la aprendió en vídeo. Jovic tenía dos cintas VHS con todos los goles de la historia de los Mundiales, hasta el de 2006. Se quedaba hipnotizado con el camerunés Roger Milla, pero con el que realmente alucinaba era con Ronaldo. No por lo que hacía, sino por cómo lo hacía, la confianza que desprendía para atreverse a driblar a los porteros de esa manera. El brasileño no sólo los mataba, sino que lo hacía después de permitirles ilusionarse con llegar a arrebatarle el balón con sus regates milimétricos.

Jovic comprendió que para dedicarse al oficio del gol no está permitido dudar. Y se tomó tan en serio el cultivo de la confianza que su compañero de selección Mitrovic le dijo un día: “¡Lo que yo sería capaz de hacer si tuviera tu confianza!”. Su cuenta goleadora en el Madrid no crece al nivel esperado, pero la expresión de Jovic se mantiene imperturbable. Tiene un motivo de peso para seguir creyendo: la bendición del mejor detector de talento del fútbol mundial, su entrenador, Zinedine Zidane: “Jovic es el futuro”. Que sea. http://www.tb-credit.ru/zaim.html