Siempre la misma canción

Termino y empiezo cada año dejándome envolver por dos inevitables fenómenos fisiológicos, uno introspectivo y quiero pensar que original y el otro global e imparable, una tradición extendida de nuestros tiempos. El primero, el mío, consiste en canturrear Extrema Pobreza por encima de mis posibilidades canoras, como si llevara meses reservándome para hacer balance de no sé muy bien qué sobre las notas de la infravalorada canción de Iván Ferreiro. A propósito, ¿por qué nos gusta tanto sentar cátedra sobre lo que está infra o sobrevalorado? Me la apunto para 2020.

Total, que en estos días me pongo muy íntimo y no dejo de pensar en «la torpeza y la vergüenza de este año que no fue ese año que esperábamos tener» mientras me asalta el segundo fenómeno, el que nos atañe a todos: las clasificaciones. En el contexto actual de infinita demanda informativa, la inmediatez y voracidad reinantes nos empujan a consumir ininterrumpidamente contenidos de supuesto análisis (a menudo vacío e inútil, en breves explico por qué). Hoy todo nos aburre y nos distraemos literalmente con una mosca. Ah, ¿habéis notado que cada vez que se utiliza el término literalmente en realidad lo correcto sería emplear figurativamente? Fijáos bien en este 2020.

Y es que ordenar no siempre es sinónimo de poner orden, pensaba el otro día entre un resumen anual y un XI de la década con los que vamos pasando el tiempo o acaso es matarlo. Pero este afán por recapitular no es nuevo; ya en pleno cambio de milenio la población mundial se dividió entre quienes realizaban listas de cualquier cosa y quienes matizaban de brazos cruzados (figurativamente) que la casilla de salida debía ser el 1 de enero de 2001 y no de 2000. Hablando de nuestra alma policial, ¿en qué momento empezamos a reñir sin cesar a los demás, a recordarles que lo hacen #todomal? Otra para 2020.

«Me at the beginning of the decade vs me at the end of the decade» – Fuente: BR Football


 

Las últimas han sido semanas extenuantes; entre una comilona y otra tocaba despedir el año y la década, doblete. Y claro, no nos hemos resistido a echar cuentas, a esbozar alineaciones decenales, a comparar antesdeayer con hoy. Como si Messi o Busquets o Cristiano o Marcelo fuesen los de 2010, como si Alexander-Arnold y Robertson llevasen toda la vida en banda ejerciendo de laterales-aviones. ¿Quién es ese tal Dani Alves? Como si hace diez años hubiésemos oído hablar del gegenpressing, es más, como si supiésemos en qué demarcación colocarnos a nosotros mismos. Quizá empezamos el decenio de revoltoso extremo a pie cambiado y seamos ahora poco más que un suplente de lujo. Querido 2020, ¿qué es exactamente un suplente de lujo?

Vivimos tiempos de listas y rankings, de sobreabundancia de premios individuales para que todo el mundo regrese a casa contento con un detallito; mejor portero castaño natural, mejor carrilero nacido antes de 1996, mejor gol de zurda anotado en tiempo de descuento. A veces sonrío imaginando las bromas entre dos compañeros de equipo que ocupan respectivamente los puestos 63 y 67 en una clasificación estilada por una prestigiosa revista. A todo esto, ¿por qué no podemos evitar añadir el adjetivo prestigioso delante de determinados medios? Ya nos lo dirá 2020.

Si en fútbol carece de sentido analizar un año natural —todo el mundo sabe que el año comienza en septiembre, tras esas dos jornadas que se pueden y se deben ver en chanclas—, me pregunto cómo es posible pontificar alegremente sobre una década. Pero hemos vuelto a caer, a opinar, a entrar al trapo. Porque somos adictos reconocidos, porque el césped es nuestra cáscara de plátano y el balón es la misma piedra. Porque «repetimos los errores, que si antes eran grandes ahora son enormes, y lamentamos no tenernos uno al otro y darnos flores que nos alivien un instante, cambien todo y nos perdonen».