El VAR está de paso

Existen pocas experiencias tan empobrecedoras para el bolsillo y a la vez tan enriquecedoras para el alma como irse de Erasmus. Aunque la comparación con la mili tenga algo de odiosa y algo de inexacta, reconozco que aquellos meses forjaron mi carácter —qué diablos significa si no esta expresión— y abastecieron de por vida mi anecdotario personal, por lo que para los nacidos alrededor de la segunda mitad de los 80 y primera de los 90 bien se puede considerar un servicio militar sin uniforme, como mucho con algún disfraz festivo y grotesco que en aquel tiempo parecía una buena idea.

En enero de 2006 me mudé a Sheffield arrastrando una maleta de un tamaño que ya no fabrican; como en cada ciudad en la que he vivido, antes de personarme siquiera en la universidad o de tener amigos estaba jugando un partido menos abrigao de lo que el clima del South Yorkshire sugería. Los futboleros traemos de serie la capacidad de socializar con potenciales compañeros; nos presentamos con humildad postiza —juego en un equipo pero no esperéis gran cosa— y garantizamos sincera e inmediata disponibilidad —¿esta tarde? No problem, ¿me podéis recomendar una tienda de deporte, que me he venido sin botas?— para que la rueda, o mejor dicho el balón, empiece a girar cuanto antes en nuestra nueva vida.

En los diez primeros minutos de juego aprendí más de la cultura inglesa que en un semestre académico. Descubrí el peso desproporcionado de la figura del capitán, que dictaba la alineación y un par de apuntes tácticos muy básicos antes de saltar al campo; me beneficié de la por entonces buena prensa del jugador español en las islas británicas (supongo que gracias a los Cesc, Reyes, Xabi Alonso o Luis García) y empecé como titular sin que nadie hubiera visto un vídeo de YouTube con mis skills; probé en mis carnes esa inconfundible physicality típica de la Premier, y es que no sólo sufría faltas (a mi entender latino) flagrantes que el árbitro ignoraba sino que además recibía improperios de los rivales que por suerte sólo alcanzaba a entender en parte. Fuckin’ diver, ¡a mí!

Al descanso ya había adquirido nivel comentarista de la BBC. El césped natural era y estaba rápido por definición, mejor dar un toque de menos que uno de más y si un adversario te presionaba por sorpresa tus compañeros te avisaban gritándote right/left shoulder!, expresión que me hizo comprobar un par de veces no tener algún insecto en el hombro antes de comprender su significado. Aquello era justo como en la tele: el ritmo era alto, la hierba muy verde, el jodido balón no salía nunca del campo para poder respirar, se abusaba del tackle incluso en zonas embarradas y no se protestaba al árbitro o se hacía para tus adentros, lo que me valió alguna yellow card durante aquellos meses cuando lo hice para mis afueras.

El manual para triunfar en el césped y pasarlo bien en el pub tenía las letras gordas. Si perdías el balón por intentar florituras, bronca del capitán y reprimenda de tu portero que ni veías entre la niebla; si fallabas una ocasión pero terminabas jugada evitando así una contra, aplauso general y unlucky boy! de algún compañero. Aprendí que allí había que escenificar el esfuerzo, que pareciera que ibas a mil por hora y de vez en cuando, eligiendo el momento con cuentagotas, sacar un caño de la chistera para trepar por la escalera social del frágil ecosistema universitario.

La vida en Sheffield era costosa, húmeda y sufrida pero a la vez intensa, divertida y simple como el fútbol británico. Me resulta por tanto natural intuir que el VAR no se hará viejo en las islas, donde el público exige que pasen muchas cosas y que pasen a gran velocidad y empieza ya a detestar profundamente esos frecuentes momentos de limbo a los que nos empujan las decisiones de escuadra y cartabón que se cuecen en un sospechoso monitor. La Premier League fue pionera al introducir un avance tecnológico sensato, objetivo y limpio como la goal-line technology, algo tan maravilloso como hacer vibrar (o no) el reloj del árbitro en tiempo real para dilucidar si el esférico ha traspasado por completo la línea de gol. ¿No bastaba con este bendito guiño del futuro?

En las últimas temporadas en Italia y España se ha experimentado un proceso similar de adaptación al VAR: tras semanas utilizando con frecuencia el nuevo juguete y corrigiendo sin titubeos las decisiones arbitrales (fase 1), se llega a un inevitable corporativismo mezclado con miedo a equivocarse en el que se abre un peligroso círculo vicioso de inacción (fase 2), haciendo que el instrumento sea a todas luces inútil y genere mayor controversia de la que causaba el ojo humano, que no era poca. ¿Sucederá este fenómeno tan Mediterráneo en Inglaterra? Está por ver.

Un indicador fiable son los minutos de descuento que se aplican en la Liga y en la Premier. Lo comenté hace tiempo en un tweet: la diferencia entre árbitros españoles e ingleses es sobre todo cultural. Mientras en Inglaterra quieren que sigan pasando cosas, en España se impone el virgencita, que me quede como estoy y el terror a cometer más fallos. 

Medio en broma medio en serio, en mi Erasmus provocaba a mis teammates asegurando que los británicos hacen todo lo posible por desmarcarse de las reglas vigentes en The Continent, como ellos dicen. Por llevar la contraria, vaya. La Premier League tiene ahora una oportunidad de oro para añadir la abolición del VAR a la lista de diferencias culturales con Europa: además de conducir on the wrong side o utilizar una moneda diferente, su liga puede convertirse de verdad en un producto único al eliminar la confusión y —sobre todo— suspensión de emociones que el VAR ha traído bajo el brazo.

Yo estuve allí únicamente de paso pero me atrevo a decir que el VAR no durará en las islas.

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