Quince días que estremecieron al valencianismo

El 11 de septiembre de 2019 quedará para siempre marcado a fuego en la memoria de los valencianistas como el día de la infamia, la ignominia y la constatación de que su amado club de fútbol es, para Meriton Holdings, el conglomerado que ostenta la mayoría accionarial, y su presidente, Peter Lim, un juguete en el que lo deportivo no importa absolutamente nada.

Alrededor de la una y media del mediodía el Valencia Club de Fútbol lanzaba un comunicado confirmando la noticia que había adelantado el día anterior el contrastado periodista y gran valencianista, por cierto, Paco Lloret. Tres líneas bastaban para desechar al entrenador que había devuelto a una centenaria entidad al lugar que le correspondía. El cuadro dirigido por Marcelino García Toral había ganado la Copa del Rey poco menos de cuatro meses atrás, cortando una sequía de once años y evitando así la primera década sin títulos desde los años 40 del siglo pasado.

En un club sano los meses que siguieran a un hito como este habrían sido una balsa de aceite, una felicidad de liberación prolongada, una sonrisa tonta en la boca que acude al rescate del aficionado en momentos de duda. En la capital del Turia la alegría duró “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”.

Es el de la avenida de Suecia un club tocado de muerte. La vergonzosa obligación de conversión a Sociedad Anónima Deportiva fue el primer síntoma. Por algún extraño motivo no tuvo el club de la capital del Turia la misma suerte que corrieron los que fueron agraciados con un indulto a dedo que debiera avergonzar a los responsables, pero del que, al contrario, estarán orgullosos los villanos.

A partir de ahí, un lento y agónico descenso a los infiernos con repuntes de gloria que han convertido la caída en una montaña rusa de sensaciones encontradas, subidones increíbles y bajones históricos. Es el Poble de Mestalla’ víctima de la ciclotimia. Y, a su vez, es la sociedad civil la que, hasta la fecha, ha sido garante de estoica supervivencia. El resorte que ha aportado la movilización de la gente ha sido lo que ha conseguido mantener a raya a la felonía. Tristemente eso ya no es suficiente.

Paco Roig clavó el aguijón de la ilusión, ese activo variable que, a la larga, adormece porque tan pronto como aparece se esfuma. De militantes a espectadores, de espectadores a clientes. La afición no tiene margen ya de reacción porque tras dos décadas de mal gobierno, de ladrones y usureros sirviéndose del Valencia, en lugar de servir al Valencia, y tras un proceso de venta infame, la entidad cayó en manos del entramado presidido por Lim.

Para recuperarla sería necesaria la unión de todo el valencianismo y que, con la aportación de miles, se pudiera juntar el dinero suficiente para hacer una oferta irrechazable a Meriton. Una utopía, sí, pero lo dijo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

Y por un momento pareció que el valencianismo había despertado y se había echado a andar. El 22 de septiembre, once días tras la desfeta’, el Valencia de Celades, entrenador-pelele que ha firmado Meriton para comerse el marrón de sustituir al comandante de un proyecto que avanzaba hacia la consolidación, jugaba en el feudo de la avenida de Suecia contra el Leganés del Flaco Pellegrino. Fue un partido con tres resultados. Se empató en el campo, se perdió el miedo en las gradas y se ganó el orgullo de la dignidad, de romper el silencio ante la tropelía. O eso parecía aquella calurosa tarde.

Días antes, tras la sorprendente victoria en Stamford Bridge, una pancarta apareció en la valla de Mestalla durante la noche. ‘Lim, vende y vete’. Se estaba generando un caldo de cultivo prerrevolucionario. El domingo hubo protesta fuera y dentro del campo. La de fuera no fue tan numerosa como cabría esperar, aunque es cierto que el horario tampoco acompañaba.

Pero dentro del estadio, en los prolegómenos del partido, se desplegaron hasta cinco pancartas, repartidas por todo el anillo superior, con mensajes contrarios a la propiedad. Gran parte de la afición congregada cantó contra Lim y Anil Murthy a la salida de jugadores y tras el gol de Parejo. Cuando la seguridad privada de Mestalla fue a retirar una de las pancartas y los aficionados se resistieron, los gritos contrarios a este ataque de censura subieron la temperatura. Y durante el ‘cooling break’ el griterío se hizo clamor.

Finalizado el partido, las gorras blancas del no menos infame Tebas sirvieron para ejecutar una suerte de pañolada mayoritaria. Era la primera vez que todo Mestalla se giraba contra el palco. Manolo Mas subió la megafonía a un volumen insano, pero no hay decibelios suficientes para acallar el estrépito de una afición harta de ver cómo el club de sus amores es manejado con mando a distancia y desdén desde la otra parte del globo por unos pirómanos a los que no les importa el devenir deportivo del club, sino solamente sus tejemanejes y negocios.

Pero todo este malestar social se deshinchó, inexplicablemente, tres días después  cuando el equipo se situó 3-1 en el marcador contra el Getafe, tras diez minutos de puro torbellino y vendaval de fútbol ofensivo. En ese momento, Mestalla se relajó y el ambiente se convirtió en triunfal. De repente daba igual todo. Marcelino, Mateu, los negocios, el ser bronco y copero o los ataques a la libertad de expresión en Mestalla. El Valencia mostraba un juego vistoso, despreocupado, y la gente se divertía. Mendes se frotaba las manos, se preveían comisiones jugosas en los tiempos venideros.

La anestesia ha alcanzado a gran parte de la afición. Si la pelota entra, nada más importa. Se ha asumido la cultura del enemigo. El orgullo del esclavo. Inmersos en un vergonzoso síndrome de Estocolmo, asistimos a la lenta agonía del Valencia de nuestros padres y abuelos. No queda nada del Valencia centenario. Esto de ahora no tiene nada que ver con aquella voluntad de llegar. Esto de ahora es una cosa que en su momento ya veremos qué es, pero del Valencia bronco y copero, rebelde, inconformista y sus noches mágicas no quedan más que cenizas. Tristes y grises cenizas. Disfruten lo apoyado.

Foto destacada: Carla Cortés, Plaza Deportiva.

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