Adiós, Verano

Técnicamente seguimos en verano y aún así os aseguro que cambiaremos de estación de golpe cuando el tren de La Liga arranque puntual esta tarde en San Mamés. Aunque el pitido inicial nos pille despistados, en chanclas o con los hombros embadurnados de after sun, sin duda nos regalará un soplo de aire fresco con el que dejar atrás el limbo al que nos empuja toda pretemporada. Ese pegajoso estado de ánimo que los expertos llaman verano.

Escribe @eballester que «un par de meses sin enfadarte con el fútbol y con tu equipo te dan la perspectiva necesaria para entender qué es de veras importante en la vida: tener una existencia lo suficientemente escasa de problemas como para tener tiempo para poder enfadarte con el fútbol y con tu equipo, para poder prestarle atención, para que todo eso llegue de algún modo a preocuparte».

Pues bien, tras la fisiológica tregua anual que concedemos a nuestros colores estamos listos para volver a enfadarnos con los mismos once cabrones de Toshack y deseosos de que el calendario liguero ordene nuestra vida y viceversa.

Tendemos, eso sí, a arrancar de puntillas. Vamos dando sorbos a la competición con timidez y torpeza como niños que aumentan gradualmente las horas de guardería para suavizar la separación de sus padres. El proceso dura un par de jornadas, no más. Después llega el parón de selecciones y, enfadadísimos, prometemos suspender cualquier atisbo de vida social hasta mayo o junio (dependiendo, claro está, de cómo le vaya a nuestros once cabrones).

Admito no tener ni buenos ni nuevos propósitos para la temporada que hoy zarpa desde La Catedral. Me conformo con que empiece. Sobre todo porque si hago memoria me doy cuenta de no haber cumplido mi único objetivo del pasado curso. Hace un año escribí pomposamente que era necesario un simbólico acto revolucionario de inusitada introspección: cuando el balón eche a rodar, device bajo la almohada.

Quedé como un rey pero no me hice ni caso, lo admito; escondí el móvil en contadas ocasiones como la Redmontada en Anfield, trago amargo que me mandó a la cueva —expresión muy twittera en ligero desuso— en la que sigo metido.

Ay, la Twitter. Para terminar el brillante discurso antropológico de Ballester, resulta que «un par de días sin mirar Twitter te dan la perspectiva necesaria para entender qué es de veras importante en la vida: tener tiempo para poder mirar Twitter». ¿Vosotros habéis sido capaces de desconectar del todo en vacaciones? Porque yo no. 

Soy consciente de que la moda es ir contra el fútbol moderno —es obligatorio decirlo y twittearlo a menudo, que le quede claro a todo el mundo— pero qué queréis que os diga, me siento incapaz de subirme a ese barco; ni siquiera sé cuándo acabó el antiguo y comenzó el moderno, ¿fue acaso el día que Bendtner enseñó sus calzoncillos para hacer publicidad a una casa de apuestas? ¿O fue cuando se permitieron números «altos» en los dorsales? Porque he notado que es un tema que enfada mucho a los defensores del viejo fútbol.

Todos tenemos nuestras pedradas que son personales y a veces intransferibles; por eso el comienzo de La Liga resulta cada año tan terapéutico, porque nos permite avanzar en nuestra cruzada con argumentos que creemos inapelables. Ya se sabe: pero para esto tenemos la maquinita del VAR, pero cómo pone a ese tío de titular, pero con quién ha empatao ese entrenador.

Lo bueno es que esta tarde —os pongáis como os pongáis—  termina el verano. A partir de hoy se gana, se empata o se pierde y poco a poco se irán acabando las mayúsculas, los llamamientos a la C A L M A o las sirenas en los tweets de última hora para dar paso a batallas fútiles, mundanas, acaso algo más tangibles. Jueguen, jueguen. Tampoco pedimos tanto.

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