Questo è Boca

Miren, miren, qué locura. Miren, miren, qué emoción. Este es el famoso tano que viene a la Boca para ser campeón. 

La demografía es lo que tiene, que fluye. La tendencia histórica indica que los (siempre) jóvenes (a veces) talentos sudamericanos suelen emigrar hacia el viejo continente alimentando la clásica morfología de la pirámide poblacional del fútbol, esto es, potenciando los campeonatos europeos en detrimento de las ligas americanas.

Existen ejemplos para todos los gustos. El bestial Ronaldo recaló en Holanda antes de tener la barba cerrada, el irrepetible Messi llegó a Barcelona siendo un pibe, el ahora desorientado Neymar se presentó en el Camp Nou cuando era poco más que un adolescente, Gabriel Jesús y Gabigol aterrizaron en Europa con idéntica precocidad pero suertes dispares —hay apodos que son difíciles de respetar con gabigoles— y más recientemente, los prometedores cariocas Vinícius y Rodrygo fueron presentados en el Bernabéu con expectación A y ficha B.

Pero algo está cambiando, ya digo. El clima, la morfología de las ligas, los flujos migratorios. La distribución del dinero, en suma. Con Gareth Bale on his way to Oriente, donde ya juegan ilustres estrellas venidas a menos (se me ocurre el belga Carrasco) o ídolos en la recta final de sus carreras como Iniesta o David Villa, el tano De Rossi —italiano en jerga porteña— deshojó la margarita de su próxima aventura tras 616 partidos en un club tan sentido y pasional como la Roma, su Roma, y se decantó nada más y nada menos que por Boca.

Questo è Boca, espetó Daniele con inimitable carisma y soltura en su celebrado vídeo de presentación en redes sociales, que a pesar de alguna leve imprecisión en la traducción supo sin duda transmitir la emotividad y repercusión del fichaje.

La globalización era esto, pensamos, dijimos o tweeteamos divertidos ante la romantiquísima unión De Rossi-Boca. Lele, que no tiene cuenta de Twitter ni Instagram, protagoniza así un movimiento icónico e histórico —utilicemos el término de manera apropiada por una vez— que promete revolucionar la alicaída Superliga argentina. Grande uomo antes que gran futbolista, firma por un año sin cláusula de salida. Jugador y club acordaron que su rescisión puede producirse al finalizar la temporada con la posibilidad de extender el compromiso seis meses más. Tampoco su contrato será desorbitado; la prensa argentina informa de que estará entre los seis mejores pagados de la plantilla si bien muy por debajo de lo que percibe Carlitos Tévez. No es, por tanto, una cuestión de dinero sino de estímulos y nuevos retos, de darse el gustazo «de subir las escaleras de la Bombonera».

Cuesta poco imaginar a Daniele mirando a los ojos a su excompañero Burdisso prometiéndose compromiso mutuo, dedicación y respeto. Códigos de vestuario, lo definen algunos. De Rossi llegó, saludó, se entrenó y realizó un pedido de 100 camisetas «para familia y amigos de Italia». No serán las únicas, confieso que será difícil resistirse a adquirir la elástica xeneize del inmenso Capitan Futuro. Un tipo íntegro que, recordemos, se negó a saltar al campo cuando su Italia vivía un momento delicado y vergonzante ante Suecia en San Siro, gesticulando sorprendido y cabreado como toda una nación. No soy yo quien tiene que entrar, cazzo, necesitamos marcar.

De un club pasional a otro, de una tifoseria especial a una hinchada de locura, de la caótica capital italiana a la ardiente Buenos Aires. Campeón del Mundo en 2006 con la azzurra anotando un penal decisivo en la tanda contra Francia, Daniele no acusará ningún tipo de presión, estará en su salsa. No tengo dudas de que se sentirá como en casa. Él tampoco. «¿Cómo me voy a sorprender por este recibimiento? Si yo elegí este lugar.»

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