Las edades de Ney

El 18 de diciembre de 2011 el Barça bailó al Santos del Ney imberbe en la final del Mundial de Clubes firmando una actuación que los fanáticos del estilo aún recuerdan y tuitean; aquel día Guardiola escenificó su apuesta por el hoy tan debatido juego de posición alineando el mayor número de centrocampistas que recuerdo. Fue una especie de carta de despedida de Pep, cuya consciente exageración táctica aturdió por completo a los brasileños, incapaces de contrarrestar el tráfico en la zona ancha que generaba aquel provocador 3-7-0 de los entonces maestros de la posesión con sentido. Después del choque se produjo un emblemático encuentro que marcaría las carreras de Messi y Neymar; un saludo breve, una bendición urbi et orbi del argentino al brasileño —ambos aún sin muchos tatuajes—, que parecieron citarse para hacer diabluras juntos.

El Ney joven aceptó la invitación y acudió a la fiesta del fútbol europeo sin pasar por ningún equipo trampolín, su meteórica carrera no lo necesitaba. De precoz emblema del Santos al Camp Nou, un triple salto mortal que no asustó a un predestinado cuyo aterrizaje en can Barça estuvo marcado por una —por qué no decirlo— sorprendente humildad. Y eso que antes de su llegada el añorado Johan había arqueado las cejas con una metáfora marca de la casa: «yo no pondría dos gallos en un mismo corral», aconsejó Cruyff. Casualmente, el joven brasileño eligió un look sin cresta para su multitudinaria presentación.

Los gallos quitaron la razón a Johan y convivieron felizmente durante cuatro temporadas altisonantes en las que Neymar no paró de crecer —por qué no decirlo— a la sombra de un Messi en plenitud. Leo y Ney no tardaron en entenderse en el campo y en hacerse amigos fuera de él, especialmente tras la llegada de Luis Suárez, otro gallito cómplice que completaría el mejor y más vistoso tridente que recordamos (lo sé, no el más laureado). El argentino y el brasileño nunca dejaron de buscarse y siempre se encontraron con el balón. Nunca percibimos que uno eclipsase al otro, hasta que…

El 8 de marzo de 2017 se vivió una de las noches más vibrantes y emotivas de la historia azulgrana. No se ganó un título pero se tocó la fibra del aficionado tras escalar una montaña cuya cumbre se antojaba inalcanzable. Los de Luis Enrique fueron exactamente lo que se había vendido como idea de Barça moderno: un equipo competitivo, voraz y con argumentos futbolísticos más allá de Leo Messi. El Ney maduro protagonizó en primera persona «la madre de todas las remontadas», terremoto emocional que ha marcado las últimas ediciones de la Champions en las que gracias al 6-1 del Barça (o acaso por su culpa) las montañas dejaron de parecer inasequibles.

En la era de las redes sociales, el Ney orgulloso pareció no digerir el hecho de (literalmente) no salir en la foto de aquel hito histórico que será recordado por muchas cosas pero sobre todo y para su desgracia por la icónica imagen de Leo entre la masa enloquecida. Pero si lo de hoy ha sido gracias a mí, debió decirse Ney aquella noche y repetirse durante los meses previos a su turbulenta salida. Asesorado por su entorno, o craque tomó una decisión impulsiva de la que parecía arrepentirse incluso antes de poner pie en París, donde llegó para ser el número uno y —por qué no decirlo— ganar más dinero. Dos temporadas más tarde, es sensato afirmar que ha conseguido sólo lo segundo.

Después de una primera parte de carrera admirable, calculada y exitosa en la que acarició por méritos propios el cetro del fútbol mundial, el Ney desorientado del PSG dura ya dos largos años en los que ha acumulado episodios desafortunados y elecciones poco acertadas. Su trayectoria se ha torcido, la parábola desciende pero todavía es posible arreglar las piezas del jarrón de su compleja vida. Un consejo, Ney, apúntate a clases de Kintsugi.

Últimamente he escuchado a menudo una discutible teoría según la cual el fútbol le debe no sé qué título a no sé cuál jugador; con Ney la sensación es que es el astro brasileño quien nos debe actuaciones portentosas y victorias a sus seguidores y al deporte rey. Estás a tiempo.

Y entonces qué. La solución para reconducir su carrera es tan compleja como obvia: volver al Barça cuanto antes y —por qué no decirlo— relanzarse al cobijo de su amigo e ídolo Messi. Regresar a Barcelona tras el Erasmus movidito en París, recuperar sensaciones y galones, recomponer con humildad y ambición el rompecabezas desde el césped. Algunos (no muchos) aún creemos que es posible volver a ver al Ney centrado. Vuelve y serás imparable.

1 Comentario

  1. Kurono

    19 de junio de 2019 a las 5:32 am

    Pues el mejor Neymar no es el de la remontada del penal resbaladizo, sino el del 2015. Aquel jugador fue único, porque se compenetraba bien con los dos monstruos de ataque y apoyaba al mediocampo (a su manera, claro) durante TODO UN AÑO. Desde entonces, cada vez más va hacia el centro y es más irregular. Que sí, mucha remontada, y tal, pero se ganó una Copa del Rey y gracias, y Neymar tuvo una última temporada que dejó muchos clarooscuros. Si regresa, a lo mejor un año está bien, y luego se desmadra, porque es de los que piden «cariño» cada dos por tres y aparte, con 27 años y varios vicios más pronunciados, hay mejores jugadores en el mercado para el futuro, aunque «Ney» es un gran presente.