Inexplicable

Aunque los árbitros lleven ahora pinganillo y un reloj que vibra cuando el balón traspasa la línea de gol o puedan consultar un monitor a pie de campo con puntos de fuga y líneas paralelas, lo cierto es que en este fútbol televisado aún sobrevive un poderoso sentido de justicia que quizá determine en mayor medida el resultado final que cualquier variable tecnológica. Lo analógico decanta más la balanza que lo digital.

Me explico. Las competiciones nacionales —mientras duren— se basan en un todos contra todos con primera y segunda vuelta, en los torneos con eliminatorias se disputa un encuentro en casa y otro fuera y, llevándolo al extremo más práctico, en cada partido se sortea el saque inicial ¡con una moneda al aire! y se cambia de campo al descanso para atacar donde se ha defendido y viceversa. Estas normas salomónicas, arcaicas y aparentemente indiscutibles inciden en el desenlace más de lo que creemos, más que cualquier decisión controvertida del VAR, que por cierto ha observado en saludable segundo plano la semana grande de la Champions League más loca que recordamos.

Esa justicia super partes tan arraigada en las reglas del juego —al espectador-consumidor le cuesta percibirla porque se da por descontada— explicaría la tendencia hegemónica de las grandes ligas europeas en la última década; el Barça se ha apuntado 8 de los últimos 11 títulos, el PSG 6 de 8, el Bayern acaricia su séptima bundes consecutiva y la Juve acumula 8 scudetti di fila sin que se atisbe el fin de la racha. La normativa premia a los equipos más regulares y fiables, que dominan el torneo «con más valor» según voces autorizadas como las de Guardiola o Zidane. Pero entonces, ¿por qué las ligas ya no bastan al aficionado?

La Champions, caprichosa e irracional, es hoy la niña bonita de las competiciones. Lo doméstico no es suficiente cuando eres una multinacional y los tambores de Superliga empiezan a sonar con fuerza. Valverde, Tuchel, Kovac o Allegri se reunirán con sus presidentes no para hablar de trofeos conquistados sino para analizar lo (no) acaecido en Europa. A Zizou tres orejonas consecutivas le otorgaron crédito eterno en la Casa Blanca —algo que ni 10 Ligas le hubieran proporcionado, él lo sabe— y a Pep le recordarán más su incapacidad para brillar en Champions fuera del Barça que una Premier maratoniana lograda en el foto finish con Klopp.

Sólo el enérgico alemán parece librarse de esta urgencia histórica que invade a los grandes clubes y ha encontrado en Liverpool un oasis donde la identidad y la intensidad prevalecen sobre la histeria. Que los reds son una institución especial y que la atmósfera de Anfield es inigualable lo sabíamos todos menos los jugadores del Barça, reincidentes sin justificación en otra noche convulsa que ha de alterar jerarquías. Volviendo al tema de la justicia analógica, algo tan antiguo como el factor campo determinó un guión tétrico para los azulgranas —quienes además vivieron una insoportable secuela de Roma— y épico para los de Jürgen, que por inercia hubieran anotado cuantos goles fuesen necesarios para clasificarse.

En la otra semifinal se midieron dos equipos con menor exigencia presupuestaria y deportiva, y el desenlace resultó aún más inexplicable que el de la noche anterior. Porque el derrumbe de los cariacontecidos culés lo intuíamos ya en el minuto 10 del choque en Liverpool, pero en Amsterdam se llegó al descanso con un 2-0 parcial y 3-0 global que hubiesen hecho reservar vuelo y hotel en Madrid al más prudente de los holandeses. En un segundo acto caótico, Llorente y Moura fueron Origi y Wijnaldum y el empuje pudo con la lógica. De nuevo el factor campo se erigió en protagonista, esta vez a la inversa y con mayor crueldad, impidiendo al Ajax sellar el pase a la final delante de los suyos. O acaso ocurrió precisamente por eso, por encontrarse por primera vez en la tesitura de gobernar tanto el juego como el marcador y tener que pararse a pensar, a gestionar un resultado. Vértigo.

Barça y Ajax cayeron por el mismo motivo: se alejaron de un estilo que teóricamente comparten. Los de Valverde siguen sumidos en un exceso de veteranía y pragmatismo que dura ya dos cursos y no se sostiene, mientras los imberbes de ten Hag pagaron caro un error de juventud que duró 45 minutos, un lapsus que como aficionado al fútbol estoy dispuesto a perdonar a un equipo inolvidable. Quiero, por contra, olvidar cuanto antes la inexplicable redmontada que debería desembocar en una revolución que nunca parece completarse en can Barça.

Eliminatorias de difícil diagnóstico o análisis, competición embrujada. En estos días de luto me ha sido inevitable anhelar decisiones en caliente —aunque tienen mala fama suelen representar una oportunidad inmejorable de reconstrucción— y buscar explicaciones a lo acontecido en una semana frenética. Hasta que leí al siempre lúcido Jorge Valdano: «no gastemos tiempo buscando razones porque hay mil y no hay ninguna. Sólo dos estados de ánimo opuestos pueden explicar lo inexplicable. Y hasta ahí no llegan ni los algoritmos». Por eso nos apasiona la Champions, emocionante y digitalizada pero analógicamente inexplicable.

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