La broma infinita: Tanzania Dreamin’

Que somos un país profundamente tradicional se nota, por encima de todo, en lo mucho que nos duran algunos chistes. Se dice que en España no hay memoria histórica, y por desgracia es cierto para cosas que no son ni mucho menos de risa, pero sí la hay, para lo que nos da la gana, claro. Todavía nos estamos acordando de la teta de Sabrina, de los highlights de Gil y Ruiz-Mateos, de las empanadillas de Martes y Trece o del parentesco entre el asturiano Luis Enrique Martínez y el nigeriano Emmanuel Amunike. Ni siquiera hace falta haber estado presente cuando todo aquello sucedía: a la perpetuación de estas maravillas en el imaginario colectivo han contribuido enormemente los programas popurrí de Nochevieja, algunos capítulos de Cuéntame o fenómenos como el anuncio aquel de Renault que deleitaba a los telespectadores con un saque de banda eterno de Amunike. Con ayuda intencionada o sin ella, hay bromas que no nos abandonan. Toda esa chavalería que ya no ha llegado a ver jugar a Lucho ni a Emmanuel sabe identificar perfectamente quién es el padre de quién. Es un patrimonio inmaterial de tradición oral que ya ha experimentado su primer trasvase desde una generación hacia la inmediatamente posterior. Tan interiorizada está la broma que el ex-futbolista nigeriano fue uno de los primeros interpelados por los medios españoles para conocer su opinión acerca del nombramiento de su hijo –je je, somos la hostia, señores– como seleccionador nacional. Y la cuadratura del círculo llegó unas semanas después, cuando fue esta vez don Emmanuel quien asumió el cargo de seleccionador de otro país y el titular Amunike sigue los pasos de Luis Enrique –je je, lo que yo os decía, la hostia, la hostia somos– dio un nuevo paso más, de los infinitos que van, en la sublimación e institucionalización de la broma. “La broma infinita” se publicó en 1996, el mismo año en que Amunike ganó el oro olímpico en Atlanta y fichó por el Barcelona, porque debía ser así, porque Dios tiene un plan y no da puntada sin hilo, el cabrón.

Imagen: Penguin Random House

Libre y sin banquillo tras abandonar el del Al Khartoum S.C. sudanés después de dos meses sin cobrar, Emmanuel Amunike fue reclutado por la Federación de Fútbol de Tanzania para conducir a los Taifa Stars a la fase final de la Copa Africana de Naciones de Camerún, competición que no disputan desde 1980, hace casi 20 ediciones. Encuadrado en el grupo L de la fase clasificatoria junto a Uganda, Lesotho y Cabo Verde, el combinado tanzano había comenzado la liguilla en junio firmando un empate a uno contra Lesotho en el Estadio Nacional de Dar es-Salaam. Tras el adiós del seleccionador Salum Mayanga, la era Amunike al frente de los Taifa Stars arrancó como terminó la de su predecesor, con tablas en Kampala frente a Uganda, el rival más duro del grupo. En el parón de selecciones de octubre, Tanzania se enfrentaría por partida doble a su rival directo por el pase, Cabo Verde, en sendos duelos vitales. La antigua colonia portuguesa golpeó primero en Praia y derrotó con un contundente 3-0 a los de Amunike. Cuatro días más tarde, Dar es-Salaam celebraba la primera victoria tanzana en la liguilla; el 2-0 final devolvía el puñetazo a Cabo Verde y la segunda plaza del grupo a los Taifa Stars. Con dos jornadas todavía por delante, el equipo de Amunike depende de sí mismo para conseguir su objetivo y regresar a una fase final de la CAN. El 18 de noviembre viajará a Maseru para medirse a Lesotho en un partido crucial y en marzo de 2019 recibirá la visita de las grullas ugandesas. Los números de Amunike, una de cal, otra de arena y otra de agua, no son gran cosa, pero mantienen viva la llama de la ilusión en un país tan grande como pobre que no ha disfrutado jamás de un Mundial de fútbol y lleva casi 40 años sin saborear una Copa de África. Si finalmente lo consigue, el Estadio Nacional de Dar es-Salaam coreará en suajili el nombre de Emmanuel Amunike, y no para recordarle a nadie quién es su padre. Eso les sonará como mucho a cosa de Star Wars.

Cuando Philippe Coutinho fichó por el Barcelona, el medio nigeriano BRILA alumbró un titular glorioso con el que di por casualidad: Coutinho escoge el número 14. Amunike vistió el mismo en Barcelona. Y en efecto, después de lucir el 17, lució el 14 durante la era Van Gaal: Supercopa, ida y vuelta de ronda previa de Champions contra el Skonto letón y un duelo de liguilla en Newcastle. Cuatro partidos en el verano del 97. El 14, como los grandes jugadores. Sus últimos partidos en España los disputó con la 10 del Albacete Balompié, como los más grandes jugadores (aunque sólo fuese en teoría). Luego el futbolista murió del todo y en España se quedó el meme. El chiste. La broma infinita. El saque de banda en bucle, la prueba de ADN, la página del Alba en el Extra de la Liga de Don Balón donde me topé con su cara por primera vez. Ojalá ser redactor de BRILA y recordar al mundo que Amunike vistió el mismo dorsal en Barcelona cada vez que un jugador culé escoja el número 14, el de los grandes. Ojalá leer algún día a David Foster Wallace en suajili en una playa blanca bañada por el Índico mientras, a lo lejos, muere en una radio esa final de la Copa de África que no tendrá sentido porque, aunque jugase la Tanzania de Amunike, ya nunca la jugará el Gabón de Camacho.

Imagen: FIFA

Submeseta Sur, finales del II milenio d.C. Zurdo cerrado. One club man, aunque bastante paquete. Colé un gol fantasma en mi último partido. Fracasado en todo lo demás.

2 Comments

  1. jose

    27 de noviembre de 2018 a las 10:58 pm

    Gran artículo!! un placer leerte

  2. Luis

    27 de noviembre de 2018 a las 11:03 pm

    Muy buen artículo Alejandro, hay que concienciar a la gente que hay que ir a los de fútbol, sino este deporte acabará muriendo, para ello es principal que bajen los precios de las entradas y que se “invierta” en que la gente y sobre todo las familias vayan al futbol.

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