Lo Que El Ojo Sí Ve

Los futboleros de mi generación crecimos anhelando la tarde-noche del lunes para paladear uno de los formatos televisivos más brillantes que se recuerdan en parrilla; El Día Después analizaba la jornada liguera con rigor e inusitadas calma y atención por el detalle, además de abrir al espectador las puertas de los estadios a través de reportajes innovadores —un soplo de aire fresco por entonces y, genera no poca nostalgia pensarlo, un producto único también hoy día—.

Un programa tan icónico como para poder arrancar a las 20.05 y relevante hasta el punto de haber introducido el término parabólico, cuyo uso generalizado es ya más peyorativo que descriptivo. Maldini, que en los 90 era un influencer aún sin catalogar, conducía una sección breve y deliciosa en la que disfrutábamos sin parpadear con las diabluras de Le Tissier en el Southampton o con las invenciones de Zola en el Nápoles y el Parma. La parabólica era nuestro Skyscanner futbolístico. El toque de sorna y folclore lo ponía Coros y danzas, el análisis arbitral sin gritos Lo que el árbitro no ve y el momento didáctico llegaba de la mano de Michael Robinson y su Atocha, aquella maqueta que soñábamos tener en nuestra habitación. El programa lo tenía todo, en suma.

Pero la sección estrella era sin duda Lo que el ojo no ve, espacio humorístico que afrontaba con maestría un tema bien serio y de rabiosa actualidad que me vino a la cabeza el otro día en San Siro: ¿cuánto fútbol nos perdemos si consumimos únicamente resúmenes?, me pregunté desde mi asiento. Cuántos detalles se nos escapan al ver los partidos por la tele, seguí pensado, y cuánto cambia nuestra percepción del juego, de un equipo o de un jugador si lo presenciamos en directo comiendo pipas en la grada.

Inter-Barça, o lo que es lo mismo, el equipo del que no elegí ser de pequeño pasó por la ciudad en la que sí elegí vivir de mayor.

Allí estaba yo, integrado en la sociedad italiana y sentado entre interistas sin levantar sospecha alguna pero invadido ya desde el sorteo de grupos por la muy española sensación del esto yo no me lo pierdo —en los 90, cuando se podía bromear sobre casi todo, se solía decir de alguien que “se apunta a un bombardeo”, deduzco que la expresión habrá caído en desuso—. El colpo d’occhio al acceder a un estadio sigue siendo inimitable, no existe realidad virtual o software capaces de recrearlo. Tras un tramo de escaleras ideado para que aumenten las pulsaciones, uno se queda genuinamente boquiabierto al admirar lo que el ojo sí ve, esto es, lo verde que es el verde de un campo de fútbol. Magnético.

En los minutos previos al choque existe una liturgia aceptada universalmente que evoluciona de la mano de la sociedad; nadie resiste a la foto de rigor con su mejor o única sonrisa Instagram y, sobre todo si se trata de un duelo europeo, nadie se olvida de grabar un vídeo —el formato vertical se ha impuesto al horizontal, pero esa es otra stories— mientras retumban los acordes del exitoso himno de la Champions, esa canción que nunca deja de alegrarnos la vida.

Se abre el telón. El árbitro silba enérgicamente para que devolvamos nuestro dispositivo móvil al bolsillo, el balón rueda por el verde magnético y un bambino pregunta extrañado a su padre que si no hay comentarista como en la tele. No, en directo es otra cosa. Sin el filtro amplificador de la realización televisiva —permitidme la contradicción—, la otra noche lo que mis ojos sí vieron fueron menos detalles de lo habitual y a los míos paradójicamente más lejanos a pesar de tenerlos a unos pocos metros. A cambio de cantidad y tamaño, en el Meazza me empapé de sensaciones de calidad; sonidos, silencios, movimientos con y sobre todo sin balón que serían imposibles de percibir ni con las cien parabólicas en casa de Maldini ni con los cien monitores de la sala VAR.

Cuando uno vive el fútbol en la grada acepta no distinguir la bandera de Brasil serigrafiada en el último modelo de botas de Coutinho a cambio de disfrutar en directo de sus quiebros plásticos de baricentro bajo que despistan hasta al realizador; en la grada cambiamos no leer en los labios de Luis Suárez una ristra de improperios uruguayos hacia el colectivo arbitral por presenciar su derroche físico en la presión o su inigualable protección del esférico con el cuerpo. Desde mi asiento numerado admiré la confianza ciega de la defensa culé en su portero rubio, capaz de distribuir el juego con precisión de mediocentro, o la excelsa inteligencia táctica de Rakitic, un croata sevillano con máster en anticipación y doctorado en toma de decisiones en la medular.

Lo que el ojo sí ve es que Arthur tampoco pierde una bola en directo y que Jordi Alba se enfada con sus compañeros cuando no premian una de sus diagonales cuchillo-en-mantequilla al espacio con un pase largo. Busquets, aunque esto se intuye perfectamente por la tele, maneja los tiempos del equipo con el joystick de centrocampista director de orquesta que heredó de Xavi: ahora en corto, ahora también, ahora en largo.

El Barça fluorescente de San Siro fue coral, impreciso en la definición y dominador absoluto. Lo que el ojo sí vio fue que la posesión mareante azulgrana y la inmediata recuperación tras pérdida silenciaron el volumen de la parroquia interista —alguien sentado a mi lado exclamó nada más empezar el partido, medio en broma medio en serio, “¡árbitro, pita ya!”—. El predominio técnico aplacó también cualquier ánimo en los jugadores de Spalletti, conscientes del 1′ al 90′ de que esa noche se jugaría a lo que quisieran los de rosa.

Lo vio todo el mundo.

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