Multifútbol

A pesar de la ola de calor con la que nos han rebautizado al verano de toda la vida, la ancestral “teoría de la manta” sigue representando un pilar filosófico fundamental para descifrar hacia dónde se dirige la sociedad y —entrando en materia— el aficionado al fútbol, a quien urge considerar in primis un consumidor. Hace tiempo que el multitasking llegó para quedarse y desterró el anticuado dogma de que no se pueden hacer dos cosas a la vez; hoy día lo cierto es que somos incapaces de concentrarnos en una sola y convendría aceptar cuanto antes que hemos firmado un pacto con Chronos, dios del tiempo, que implica sacrificar calidad a cambio de cantidad.

 

Es en este escenario de distracciones, notificaciones y doble pantalla donde entra en juego la popular teoría, eficaz gracias a su potente simplicidad: si me tapo la cabeza descubro los pies y viceversa. Indiscutible. Cada vez llenamos nuestros días de un mayor número de acciones que son breves por definición —en la letra pequeña del contrato, Chronos nos recuerda la inexorabilidad del paso del tiempo— y que realizamos, guste o no admitirlo, con menor atención de la que prestábamos por ejemplo al hacer un examen en la universidad, cuando el 100% de nuestro espacio y tiempo estaban dedicados a alcanzar un único objetivo: aprobar.

En términos de concentración, por tanto, se antoja casi imposible replicar un contexto similar a la hora de consumir un partido de fútbol. Pero, ¿por qué ya no sabemos aislarnos? Si nos detenemos a analizarlo desde un punto de vista práctico —o acaso hedonista—, resulta incomprensible no disfrutar sin distracciones de los 90′ que llevamos esperando toda una semana en la que además hemos invertido tiempo devorando información (¿cuántas horas al día buceamos en Twitter?) y a menudo dinero en productos relacionados (¿cuánto nos cuesta nuestra pasión considerando camisetas, viajes, entradas o abonos de tv?).

El consumidor ha evolucionado hasta un punto en que, sobreinformado y por lo general consciente del gasto económico y energético que le supone sumergirse en el universo fútbol, raramente quiere o puede entregarse en cuerpo y alma a un partido. Con el nuevo curso a las puertas os invito a una reflexión en bañador: ¿cuántos partidos de la 2018/19 viviremos con el móvil escondido bajo la almohada para evitar tentaciones luminosas en forma de notificación?

Me aventuro a pronosticar un máximo de cinco. Eso si tenemos la suerte de que a nuestro equipo del alma —ésa que no entregamos durante 90′, quizá habría que revisar la expresión— le vaya bien o muy bien durante el año. O si tenemos la fortuna aún mayor de presenciar algún choque en directo; y es que me gusta pensar que no es pura casualidad que en los estadios no suela funcionar bien la red de nuestros móviles, siempre me ha resultado una especie de invitación sutil a concentrarnos en el juego y dejar para más tarde los highlights en HD que devoraremos en YouTube, donde nos parecerá estar viendo un partido diferente al que hemos, cómo decirlo, vivido.

No me atrevo a juzgar el desgaste emocional que supone seguir de cerca el maravilloso reality que es el fútbol ni pretendo nadar contracorriente en el océano de notificaciones que hemos elegido que nos desborden. Propongo sólo un simbólico acto revolucionario de inusitada introspección: cuando el balón eche a rodar, device bajo la almohada. En la carrera los profesores nos instaban a apagar los móviles con semblante más serio e institucional pero al fin y al cabo el mensaje que nos manda el fútbol es el mismo: concéntrate.

 

Foto: @Parejista__

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