El fútbol le debe un Mundial a Gabón

Imagen: ABC

La tragedia empezó con una diarrea. Aquella diarrea lo cambió todo: los jugadores gaboneses se fueron por la pata abajo y sus opciones de disputar la fase final del Mundial se fueron para siempre. Camacho debió viajar a Rusia enfundado en un chándal Adidas de Gabón pero lo hizo embutido en una camisa blanca de Mediaset. El fútbol ya le debía una copa dorada a Camacho, ahora le debe dos. Y nosotros metiéndonos con él sin tregua ni piedad, con un poquito más de mala leche en cada nuevo partido que comentaba para la televisión. Dejemos en paz a Camacho: él debía estar en uno de los banquillos del estadio de Luzhniki tocando el cielo con su Gabón, acaso rozándolo con la yema de los dedos, no siendo la piñata de las mofas de las dos Españas. Jamás una diarrea tuvo consecuencias tan devastadoras.

Cada vez que un Mundial termina descubrimos que en realidad lo había hecho mucho tiempo antes. Sesenta y cuatro partidos en un mes son demasiados, incluso para nosotros. Sé de lo que hablo: en Albacete la Feria dura diez días. Nadie se atreve a decirlo en voz alta, pero quienes la agarran desde el principio con la furia del ejército de Pancho Villa sólo pueden afrontar su recta final con la inercia resignada y dolorosa de los politoxicómanos. Lo mejor de nuestras vidas siempre pasa antes de darnos cuenta. Supongo que ahí reside la clave de la felicidad: en la volatilidad gaseosa de las nubes, en la total inconsciencia de serlo hasta que un día despiertas y su carril de la cama ha quedado desierto, las obligaciones han asesinado los veranos en pandilla, Iniesta se ha marchado para siempre como todos los demás, Chicharito ha desistido de imaginar cosas chingonas, Japón ha perdido como siempre después de jugar como nunca y tú, sin enterarte, te has hartado del Mundial. Después de todo, la fase de grupos de la vida era la mejor; para colmo, ni siquiera una de cada treinta y dos personas alcanza el éxito cuando todo se vuelve serio, gris, terriblemente adulto.

Yo me alegro sobre todo por Mandanda. Es el jugador predilecto de un amigo de Santurtzi que siempre soñó con verlo ganar una final de Copa defendiendo la portería del Athletic. Entiendo que podrá conformarse con verlo como campeón del mundo. Al fin y al cabo, Francia es su segundo país favorito después del vasco. Nunca se ha quejado por haber perdido las dos finales de Copa que vivió. Sabe que merecer es un verbo vacío, fuera de lugar si se trata de fútbol. Una burla a la realidad. El Mundial se apaga y afloran por doquier cientos de cobradores del frac, o de la camiseta thai, dispuestos a recordar hasta la náusea la lista de deudas acumuladas por el maldito fútbol. El fútbol le debe unos octavos de final a Aliou Cissé. Le debe un poco de picardía a Japón. A Granqvist le debe pelo y a Inglaterra le debe nadie sabe muy bien qué, pero algo le debe. El fútbol le sigue debiendo a España una roja para Tassotti y una jubilación anticipada para Zidane.

Por si fuera poco, ahora el fútbol le debe un Mundial a Croacia además de, no lo olvidemos, una Champions a Buffon. El fútbol se morirá sin redimirse jamás de lo que es: un moroso indeseable. El fútbol ni siquiera nos debe el tiempo y la energía que ingenuamente le regalamos como los pagafantas irredentos que somos. El fútbol le debía un Mundial a Holanda y nosotros se lo quitamos. El fútbol le debe un Mundial a Gabón y dos a Camacho. Allá arriba, en la bóveda del firmamento, brillan las mismas estrellas de siempre. Aquí abajo, en el planeta de las deudas que jamás se pagan, brilla una más sobre la cresta de un gallo. Todo por una inoportuna diarrea colectiva.

 

Submeseta Sur, finales del II milenio d.C. Zurdo cerrado. One club man, aunque bastante paquete. Colé un gol fantasma en mi último partido. Fracasado en todo lo demás.