Cachitos de hierro y cromo

Los chicos del barrio

Mi primer Mundial, según he oído en los mentideros de las cenas familiares, lo pasé sobre las rodillas de madre, que intentaba mantenerme a raya, asegurar que el bulto gritón que tenía por hijo diese lo mínimo por saco mientras ella preparaba su oposición. Aquel primer Mundial debió pasar delante de mis ojos pero no quedó registrado en los cachitos de hierro y cromo que llevo en el interior del cráneo desde hace más de dos décadas. La campeona de aquel verano fue, sin lugar a dudas, madre. La otra campeona, la menos importante, acabó siendo Francia y gracias a ello cuatro años después Senegal irrumpió en mi universo. Soltar la teta de madre para engancharse al enorme pezón galleta del fútbol; si existe el destino y a cada individuo nos corresponde uno al nacer, la vida es una carrera eterna para contradecirlo. Es el motor de la historia, de la evolución humana, el empujón teleológico que dio alas a los once senegaleses que barrieron a la campeona del mundo. Aliou Cissé como hilo conductor de mi vida. Aquel verano de desengaños noveles, de furia colectiva, Senegal era un desahogo, un alivio. Quizá sólo el mío. En el colegio un compañero y yo llegamos a creer sinceramente que Senegal podía ganar el Mundial. Se notaba que todo aquello nos pillaba demasiado verdes pese a no ser el primero de nuestras vidas. En dieciséis años no he aprendido demasiado; de fútbol, en concreto, nada de nada. Ahora el barrio está lleno de senegaleses y Aliou Cissé es el patrón de mi calle. Mi ex-compañero ya se bajó de este carro, pero él siempre fue de otro barrio. Le he dicho a mi madre que veo a esta Senegal campeona. He conseguido ganar su apoyo para la causa. Y pensar que después de aquel Mundial la muy cabrona me regaló la camiseta de Francia, sabiendo perfectamente que yo quería la de Diouf. A ser un perdedor, como todo en la vida, se aprende.

Imagen: Goal.com

La camiseta

La juventud que delata mi DNI no me priva de ejercer, cada vez con menor sonrojo, el derecho de vivir como un viejo. Salir a caminar por las mañanas, sólo caminar, nada de esa necesidad enfermiza de correr, sin un chisme en la muñeca que me controle y cuantifique hasta el más mínimo aspecto de mis funciones vitales. Me pongo una camiseta blanca vieja de Francia, del Mundial 2002: perdí peso e inexplicablemente me vuelve a entrar. Llevarla es mi particular pellizco en la mejilla para asegurarme de que lo de dejar de estar gordo no fue un sueño. Hace poco me encontré, en un trecho poco transitado de mi ruta de viejo, a una mujer sentada en el suelo de tierra, a la vera del caminillo, escondida entre un matorral de lavanda. Resoplaba. No tardé en descubrir lo evidente: estaba embarazada. Más que eso, había roto aguas a mitad de un paseíto matutino y el bebé había decidido subir de sopetón del filial al primer equipo. Si hubiese tenido uno de esos chismes de muñeca, quizá hubiese podido contactar con alguien. Pero sólo éramos yo y mi camiseta. Me la quité, la rompí en varios jirones para limpiar sangre, enjugar sudor y envolver al neonato. Por suerte, el proceso fue breve y el pequeño vino al mundo sobre los bordados dorados de la estrella, el gallo y las tres efes. La madre reconoció mi colaboración nombrándome padrino. Visito al crío todos los días que puedo, al caer el sol. Le relato los partidos que he visto a lo largo de la tarde. Le cuento lo de Francia y Senegal. Le intento convencer de que dónde va uno corriendo por ahí con el calor que hace ya. Que caminar es más relajado y me da igual ser un viejo, me gusta vivir como un viejo. Ser joven no se me da, como a Messi las finales, le susurro. El pequeño duerme todo el rato. Si algo me ha enseñado el fútbol es que es un vehículo magnífico para sobrellevar y disfrazar la sociopatía.

Imagen: AFP

En un Mercedes blanco

El día siguiente al esperpento protagonizado por Argentina ante Croacia compartí un largo trayecto en tren con un matrimonio. La asignación aleatoria de asientos los había separado, de manera que la mujer usurpó el lugar que me correspondía para viajar junto a su marido. Como yo iba solo, los señores y yo convenimos en aceptar y formalizar la permuta, y mi buena disposición fue valorada de manera tan positiva por ellos que a las constantes palabras de agradecimiento añadieron incluso, para mi sorpresa, una invitación a patatas fritas. Al oírlos hablar descubrí un acento inequívocamente argentino. ¿O uruguayo? No quise soltar las riendas de mi curiosidad por pura prudencia: no es la primera vez que ofendo a una charrúa tras otorgarle la nacionalidad vecina por una percepción errónea del acento. Pero no me hizo falta preguntar. Al llegar a nuestro destino, la aburrida cola del pasillo hasta la salida del vagón y la ausencia de su marido descargaron sobre mí las ganas de hablar de la mujer. Como si continuase una charla que no había tenido principio, soltó lastimera: “Después de ayer… nosotros ya nos volvimos para casa”. La frase era lo suficientemente ambigua como para interpretarla de mil maneras, pero su mueca de pena y mi incapacidad de desligar cualquier conversación de la teta del fútbol me hicieron intuir que hablaba exactamente de lo que creía que hablaba. Antes de que pudiese abrir la boca, añadió con evidente desprecio: “El equipo lo armó Messi con sus amigos. ¿Y Mascherano? ¿Mascherano? ¡Por Dios!” Lo único que acerté a balbucear fue un “Bueno, aún queda alguna posibilidad” que la señora acogió como lo que era, el intento de consuelo bobo y vacío de alguien que no sabe lo que late debajo de la corteza. Mientras bajábamos del tren comenzó el Nigeria-Islandia.

El sentir de Argentina hacia su selección nacional, hacia su máxima estrella y hacia sí mismos, que se me presentó de bruces a través del juicio resignado e indignado de aquella mujer, es para mí una realidad tan fascinante como insondable; una colección de misterios reunidos en un códice para el que no existe una piedra Rosetta que permita descifrarlo. Sospecho que la respuesta a lo que es Argentina sólo puede darla la propia Argentina. A los extraños nos queda una butaca para ser testigos de su devenir, como espectadores atónitos de una película de David Lynch. Recientemente, el Tata Martino explicó que en Argentina la gente vive alterada. Que vive con ganas de pelear más que de disfrutar la vida, que vive siempre buscando problemas, conflictos sin los cuales no puede vivir. Escucho al Tata y pienso en esa forma de vivir el fútbol y la vida que profeso y que llamo agorerismo. Ese impulso eterno e inconsciente al agobio y la ansiedad que acaba siendo una condena a no disfrutar de casi nada, evaporando fronteras entre victoria y derrota. Me avergüenzo de lo que le contesté a mi compañera de viaje porque yo me habría cagado en los muertos de quien hubiese intentado consolarme con una frase tan carente de comprensión hacia el carácter del otro. Al menos ella tuvo el detalle de dirigirme una última sonrisa condescendiente aunque en silencio me incluyese en su lista de maldiciones pendientes a la cola de Mascherano, de Messi, de todo.

Messi, Messi, Messi. Imagino a Messi mirando al suelo en el túnel de vestuarios, encabezando la fila india albiceleste paralela a la nigeriana, maldiciéndose a sí mismo. Maldiciendo no haber cambiado algo más de lo que fuera por un ratito de gloria con quien más se la exige, no haber mantenido la promesa de dejarlo todo atrás. Maldiciendo no haber cogido un Mercedes blanco en lugar de un avión y perderse por carreteras secundarias y no por los campos de Rusia mientras en los bares las masas exclaman qué pena de muchacho y en la Argentina los pibes piden a los viejos que les pongan otra vez esa cinta, la misma cinta de hace treinta años en bucle, hasta que de los cachitos de hierro y cromo se arranque y emerja una vez más el 10 bailando a los ingleses, besando la copa dorada. Pero no, Argentina, todavía el presente no ha dicho su última palabra, todavía queda un hilo sosteniendo la incierta realidad antes de que se precipite por enésima vez al vacío de la nostalgia asesina. Después de todo, vivimos como soñamos.

 

Submeseta Sur, finales del II milenio d.C. Zurdo cerrado. One club man, aunque bastante paquete. Colé un gol fantasma en mi último partido. Fracasado en todo lo demás.

2 Comments

  1. Baridenko

    27 de junio de 2018 a las 10:48 pm

    Qué buen artículo!
    Mi primer mundial fue el de Italia, pero sólo tengo destellos en mi memoria, el de Estados Unidos lo viví de cabo a rabo, así como el de Francia. Después Corea me desencantó de los mundiales…

  2. Michel Barba

    28 de junio de 2018 a las 10:02 am

    ¡Gracias Baridenko! Ese ‘gran desencanto’ que a la mayoría de los nacidos en los ochenta les llegó a golpe de codo italiano fue, en mi caso, el de Corea, con el agravante de ser el primer Mundial que veía. La brecha generacional, supongo, se encuentra en los últimos que vivieron/vivimos el gol de Iniesta como exorcismo de todo lo anterior y quienes ya lo han vivido como parte de una “infancia feliz”. Cada generación carga con sus propias mochilas. ¡Un saludo y gracias de nuevo!