El Mundial y las fronteras

Tuve una infancia tranquila, con tiempo para identificar claramente a mis villanos preferidos: Angela Channing, Transfer y Bélgica, que nos había echado del Mundial del 86. En cambio a mi hijo le ha bastado esta semana un rato de tele, con el Mundial y el telediario, para detestar a Trump, Cristiano Ronaldo y Plankton. Todavía no he logrado comprender por qué misterioso razonamiento infantil el portugués y un dibujo animado comparten estatus con un tipo capaz de ordenar que los niños sean separados de sus padres y encerrarlos en jaulas al cruzar la frontera de Estados Unidos, pero así funciona el cerebro de los niños.

Tampoco sé el motivo de que le gusta la selección de Islandia, que vuelve a ser una agradable sorpresa. Porque son un equipo rocoso, de los que te montan una valla con concertinas en su centro del campo complicadísima de superar. Su mérito es enorme y su hazaña es tan emocionante que yo sólo puedo ir con Uruguay. Un equipo excesivo, áspero y tribunero, cuyo juego parece siempre cargado de antecedentes penales, pero que despierta mi simpatía por su competitividad. Los uruguayos han ganado sus tres partidos. A su modo, pero han pasado de ronda. Y a otra cosa. Juegan los partidos como sus cartas un universitario en la barra de un bar a las cinco de la mañana, con urgencias y sin escrúpulos, pero les está funcionando. A muchos parece molestarle su estilo, pero no seré yo quien les critique. He visto demasiadas noches que varían su rumbo en la frontera del amanecer por propuestas que podrían rozar la roja directa, como para no simpatizar con los charrúas.

Este Mundial se está caracterizando porque las potencias futbolísticas están sufriendo para resolver sus encuentros. Argentina convierte cada partido en un drama y no es descartable que algún jugador acabe la competición pidiendo asilo en una de las embajadas de Rusia si no consiguen el pasaporte a octavos. Su partido frente a Croacia fue tan pobre que el único tiro a puerta que hicieron en noventa minutos se lo dio Caballero en el pie. Brasil y Alemania han salvado los muebles por el momento. A última hora y con prisas, encontraron el salvoconducto para solventar sus partidos, igual que el estudiante que llega por los pelos a clase, coge de milagro el autobús o salva el examen encontrando de quien copiar en los últimos cinco minutos. Les cuesta un mundo encontrar un túnel por el que colarse en las áreas rivales y eso les hace ir al límite. Porque para vivir al límite no es preciso jugarse la vida todos los días ni desactivar un par de bombas antes de comer, basta con ir en coche a recoger a tu hijo al cole y no encontrar aparcamiento o con probar la sospechosa ensaladilla que hay en la nevera. En este Mundial los grandes están descubriendo lo que es eso, pero ganan igualmente, de forma rácana y casi sin merecerlo.

Y eso es algo que debemos tener claro que sólo le ocurre al resto de equipos. Porque si es el nuestro el que vence así diremos que lo ha hecho por épica, oficio o fe. Hasta el día exacto en que perdamos, que será el momento en el que nos apresuraremos a explicar los problemas que arrastrábamos y teníamos claramente identificados, pero por deferencia patriótica manteníamos en silencio. Porque lo cierto es que España pasó muchos apuros en sus tres partidos. Primero contra Portugal, donde empatamos gracias a dos goles de Diego Costa, que cuando golea siempre parece un poco más español. Frente a Marruecos gracias a los palos y al bendito VAR, que traspasó un gol de la frontera de la duda. Y más grave fue el partido contra Irán, que se dejó dominar, se atrincheró en su campo y en la única ocasión que pisó el área contraria en la primera parte estuvieron a punto de pedirle los papeles a su delantero. Le llovieron las críticas a Irán por jugar así. Carvajal y algunos periodistas españoles tiraron de supremacismo futbolístico para indignarse, al estilo Xavi Hernández viendo al Atleti. Porque eso es otra cosa que también debemos tener clara: los equipos deben jugar como a nosotros nos interese que jueguen, no como ellos estimen conveniente. Y si no lo hacen diremos que practican el anti fútbol, un juego arcaico o cualquier otra cosa. En cambio, si somos nosotros los que nos encerramos o perdemos tiempo, lo llamaremos jugar con el marcador, paciencia u oficio, que es el término socorrido que vale para casi todo.

Al final te das cuenta de que en fútbol ocurre exactamente igual que en las fronteras y dependerá del oficio del inmigrante para que lo llamemos ilegal, sin papeles o subsahariano, o simplemente un fichaje exótico para el equipo. Según lo que nos encaje ese día.

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