Un descenso

Era una sensación del todo desconocida para mí. Había oído hablar de ello cientos de veces. Había leído brillantes elegías rebosantes de dolor y consternación escritas desde el sentimiento más profundo. Había tratado de empatizar en no pocas ocasiones con aquellos afectados por el drama. Aquellos que veían como el trabajo de todo un año no era suficiente para pasar el corte a la hora de rendir cuentas y que todo acababa reducido a un triste volver a empezar. Y, en cierto modo, lo conseguía. Compartía su pena, trataba de comprender la magnitud de su desgracia y buscaba junto a ellos consuelo en la habitual e inquebrantable promesa de volver. Pero nunca había sentido como propio el dolor de un descenso.

No soy leonés. Ni siquiera vivo en León. Pero circunstancias de la vida dieron con mi habitual presencia en las gradas del estadio Reino de León en estos últimos meses. Un abonado más. A orillas del Bernesga uno curte su acomodada afición al fútbol. Contempla su lado más mundano, al principio desde la lejanía más indiferente y, poco a poco y a medida que el veneno inoculado va recorriendo el sistema circulatorio, percibiéndose a uno mismo como parte integrante del paisaje. Casi como un integrante más de ese ecosistema que conforman equipo, afición, estadio y ciudad y tratando de encajar de la manera más diplomática posible en ese mantra, comprensible y acusador, de ‘¿dónde estabais contra el Tudelano?‘. Porque en el fondo sabes que no eres un pura sangre. Que eres poco menos que un advenedizo que ha venido a aprovecharse de los tiempos de bonanza y a calentarse un poco, ahora que refulge la lumbre en el calecho. Que antes de los focos y las alegrías de hoy estuvieron el barro y las penurias de ayer. Y que tú no estabas allí para ayudar a sacudirse la mierda de encima.

El sábado no me importó la impureza de mi raza. Fui tan culturalista como el que más. Caían los minutos en Soria y pensaba en lo lejano de aquel primer partido ante Osasuna, allá por el mes de agosto, en el que me afanaba por no parecer nuevo e intentaba integrarme tratando de distinguir a los jugadores llamándolos por sus nombres desde la grada mientras lamentaba en cada jugada de ataque desperdiciada las ausencias de Gallar y Benja. Me acordaba de los primeros partidos de la temporada. De la increíble victoria ante el Huesca en la extraña matinal del domingo. De la afrenta de Yelko. De aquel frío del invierno que tratábamos de aplacar con unas sopinas de ajo y bufanda al cuello antes de acometer el tradicional peregrinaje desde el Húmedo hasta el río. De las veces en las que cruzamos la pasarela imaginando un escenario ideal con tres puntos más en el casillero. Todo aquello para llegar al último día con el agua al cuello. Para viajar a Los Pajaritos aferrados a una inocente esperanza que se iba desvaneciendo conforme avanzaban los minutos en Córdoba, en Lugo, en Tenerife y en Tarragona. Se nos escapaba la vida entre los dedos (y nótese la conjugación en primera persona) con el recuerdo de aquellos empates a nada, de aquellos puntos regalados y de aquel ineficaz consuelo de ‘siempre es bueno sumar‘. Porque un puntito más hubiese bastado. Un puntito en cuarenta y dos jornadas. Un puntito para evitar la caída que no llegó y que obliga ahora a refrescar los recuerdos de cuatro décadas de infierno. De casi desapariciones y extremaunción. De piratas, Profutles y cazafortunas y de vivir a la sombra del exitoso balonmano, el niño mimado de la ciudad.

Sentí mía la tristeza por la pérdida de categoría de la Cultural y Deportiva Leonesa. Ya no me sentí un extraño entre su afición. No era ningún advenedizo sino uno más entre la marabunta cazurra. Había llegado hasta allí y tenía todo el derecho a sentir ese dolor como propio. Al dolor le siguió la pesadumbre. El desplome por ver cómo el objetivo se había esfumado definitivamente y cómo ya era tarde para pensar si un cambio de entrenador habría sido suficiente para desviar el rumbo o si un mayor acierto en el mercado invernal habría aliviado la desesperante carencia de picante en área rival. Y al desplome le sucedió la ansiedad. La ansiedad por querer arreglar el descalabro cuanto antes. Por arrancar la nueva temporada, empezar a sumar puntos en Segunda B y tener la oportunidad de regresar y rehacer el camino que tanto costó trazar. Porque León y el culturalismo no pierdan todo lo mucho conseguido en este último año. Porque la ciudad no tenga que volver a mirar para otro lado cuando se hable de fútbol.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

1 Comentario

  1. Fran

    8 de junio de 2018 a las 12:35 am

    Yo soy del almeria a mas no poder,pese a que nos salvemos lo pase igual de mal que vosotros, siento lo de vuestro descenso y espero que el año que biene ascendais, y os lleveis una alegría un saludo muy fuerte desde Almería.