Birmingham ya no está tan lejos


Eran las 15 de la tarde cuando las verdes llanuras de Castilla descubrían en el horizonte cuatro torretas bajo las que se ocultaba uno de los templos del fútbol modesto: Anduva. El sol brillaba entonces para Mirandés y Real Mallorca, aunque amenazaba tormenta con unas compactas nubes grises. Una tormenta que poco después se desataría sobre el césped de un estadio que ha vivido glorias y tristezas a partes iguales. Como la vida misma. Camisetas rojillas inundaban las calles en un ambiente de camaradería tan habitual en las categorías inferiores como desconocido en el fútbol profesional. Y el reloj avanzaba de manera incesante hacia la hora H en el día D. El partido de vuelta de un play-off de ascenso.

La ilusión por recuperar una categoría perdida llegaba en avión desde las islas. La afición mallorquinista, tan acostumbrada en los últimos años a las derrotas de su equipo sonreía ante la posibilidad de hacer valer el 3-1 de la ida y lograr el ascenso en Miranda. Por contra, los aficionados locales conversaban en las calles adyacentes a Anduva sobre otros play-off que su equipo superó con éxito. Nadie hablaba de ello, pero los nervios previos eran notorios en forma de silencio. Un silencio que sorprendía a medida que nos aproximábamos a la grada de Anduva.

Y de pronto allí estábamos. Inmersos en un clima de ilusión. De euforia contenida. De 9 meses de purgatorio entre campos de barro y hierba artificial esperando que llegase ese momento. En mitad de la grada mallorquinista me sentía como una hormiga entre gigantes de la ilusión. El sueño por asistir a un ascenso se hizo real a las 17:30 y el balón comenzó a rodar. 90 minutos para decidir algo más importante que un título: Un ascenso. Porque el descenso a una categoría semiprofesional como Segunda B supone volver a reencontrarte con el fútbol en su estado más puro. Ese en el que los jugadores pasan a ser amigos, compañeros, vecinos, por lo que la empatía con la grada es plena. Y porque además de festejar un ascenso con tus amigos supone 3 meses de verano fantaseando con la nueva categoría viendo como tu club vuelver a creer y vuelve a crecer.

Los minutos pasaban y el clásico 0-0 en los partidos de play-off estaba cada vez más claro. Las nubes abarrotaron el cielo como la afición mirandesa lo había hecho con Anduva. La tormeta en el campo se desató con un Mirandés luchador, peleón, que confiaba en la victoria a través de la garra que siempre les ha caracterizado. Y el Real Mallorca templaba el juego. Con calma. Dejando pasar los minutos sabedores de la ventaja adquirida en el partido de ida. Steve Nash, presente en el palco de Anduva, contemplaba atónito el sonido de la gaita con la que Miranda de Ebro nos obsequió como preludio de la segunda parte.

Y los silencios volvieron a aparecer. La euforia en la grada mallorquinista dio paso a minutos de dudas y resoplidos. A 15 minutos para el final el Mirandés metió varias veces el miedo en el cuerpo a los centenares de aficionados desplazados desde Palma. Por un momento creyeron lo peor. Y entonces, aquellos gigantes de la ilusión se convirtieron en hormigas. Dejaron de ser el Real Mallorca de Birmingham para ser el Real Mallorca de Formentera. Y tras la tempestad, llegó la calma. Los siempre calientes diez minutos finales de Anduva sirvieron para que los cánticos del fondo visitante fuesen creciendo en intensidad. Hasta que el árbitro señaló el final del partido.

El Real Mallorca volvía a Segunda División. La afición eufórica saltaba y alentaba a sus jugadores. A sus amigos. A sus vecinos. Los brazos en alto de los aficionados dejaban claro la liberación que suponía el haber abandonado una categoría a la que no pertenecían ni por historia ni por potencial. Todos en aquella grada supletoria sabíamos que aquello no era un final, sino el comienzo de algo cimentado desde la base. Un momento para gigantes de la ilusión. Birmingham ya no estaba tan lejos.

Internacional en 0 ocasiones. Fútbol, barro y torretas. No hay nada más bello que un gol en el minuto 90.