Los que están de paso

Cada día me resulta más complejo analizar un partido europeo del Real Madrid. No hay manera de encontrar las claves a un enfrentamiento del que sospechas que, discurra por donde discurra, acabará teniendo el mismo final. Es todo tan imprevisible, se dan condiciones tan inverosímiles, que hasta el deambulante y ausente Benzema parece convertirse en un pícaro buhonero capaz de engatusar a cualquiera con un poco de charlatanería. Hay partidos que no admiten análisis, porque la sucesión de situaciones inimaginables es tal que cualquier previsión apoyada en cierta lógica o estudio previo es desnudada sin miramiento. No importa que el choque se convierta en un circo de tres pistas, el trapecista blanco siempre caerá de pie.

A Gareth Bale la noche del sábado le tenía reservada una aparición estelar en pleno prime-time de la temporada. Después de haber digerido un año con muchas más sombras que luces, el galés encontró un protagonismo inesperado justo cuando su futuro parecía más abocado a una salida del club que nunca. Primero cazó un balón colgado por Marcelo desde la banda izquierda, en una jugada con reminiscencias de Glasgow en la que el lateral brasileño hizo de Roberto Carlos y Gareth de Zidane. No fue un golpeo a una altura inhumana pero sí fue un golazo espectacular. Inolvidable, tratándose de una final. Bale lo festejó como merecen las grandes ocasiones. Como si además de la lógica euforia por el tanto le hubiese sobrevenido una agradable sensación de liberación. Corrió indomable, se precipitó sobre el verde y gritó el gol abriendo la boca en una mueca incontenible. Como en la final de Copa de Mestalla. Algo ocurre que, desde su llegada al Real Madrid en el verano de 2013, Bale parece no haberse liberado del corsé que contiene su juego. Quizá haya sido una mera cuestión táctica. O de asimilación del entorno e inoportuna sucesión de bajas por lesión. O incluso idiomática, quién sabe. Lo que parece claro es que el atacante británico siempre ha estado varios puntos por debajo de su rendimiento previsto y que actuaciones como la del sábado en Kiev vienen a refrendar la teoría de que algo no ha funcionado como debía en torno a su figura. Que tanta intermitencia ha terminado sepultando lo que podría haber sido y ya nunca podrá llegar a ser.

Puede ser también que a Bale le haya tocado compartir escena con un animal de la interpretación como Cristiano Ronaldo. En la noche que debió de haber sido indudablemente para Gareth, el portugués buscó su parcelita tratando de enmendar el escaso acierto que tuvo sobre el césped cuando una frasecita extemporánea y más propia de una rabieta infantil que de un contrastado profesional en un momento álgido de su carrera. En los minutos que debieron de haber sido exclusivamente para Bale, Ronaldo decidió no ceder en su empeño de ser alfa y omega de este Real Madrid desbocado. Precipitó los focos sobre su figura mientras toneladas de confeti blanco sobrevolaban el Olímpico de Kiev. Y lo hizo superponiendo a la lógica felicidad del colectivo lo que a todas luces es una patología personal. Percibió que Bale, otro de los primeros espadas de la plantilla, había usurpado un trono que él imaginaba suyo y solo suyo. Y ni tratándose de un asunto con fecha de caducidad anunciada, ni considerando que lo de su compañero era flor de un día, decidió aflojar los caballos el portugués, dueño de un egocentrismo insuperable.

Parece que el episodio narcisista de Cristiano fue convenientemente enjuagado en el avión de vuelta a Madrid. Que, llegada la hora, no solo matizó la pataleta sino que actuó como si nada, como si lo del postpartido de Kiev no hubiese ocurrido nunca. Pocos como él conocen cómo funciona este mundillo. Pocos hay que manejen así los tiempos a la hora de jugar con los micros y la trascendencia de una palabra. Necesitaba, tras uno de esos partidos para el olvido, que la gente volviese a hablar de él. De sus chilenas, de sus mechas en el pelo, de sus deltoides y sus pectorales. De lo que fuese, pero con él como protagonista único. Se le vio desesperado por incrustar su nombre en la crónica del partido. Ridículo e infantil. Pidiendo que le pongan al torneo su nombre. Sembrando dudas sobre su futuro inmediato, aún más incierto por la acechante sombra del fisco. Me quedo con Bale. Me quedo con los que trabajan y no solo trabajan, sino que lo hacen desde un perfil discreto y honrado. Me quedo con los que, lejos de pretender sacar mayor brillo a su protagonismo natural, pierden dos minutos de su tiempo de gloria para levantar del subsuelo al desolado Karius. Los que no tensan las situaciones. Los que saben que ellos, como cualquier otro, están simplemente de paso.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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