Un personaje necesario

A Jürgen Klopp (Stuttgart, 1967) parece que no le caben los dientes en la boca. Aprieta los labios como puede, como tratando de contener su expresividad, pero no consigue evitar que la carcajada aparezca en escena liberando unos dientes grandes como teclas de piano. Achina los ojos mientras gesticula para añadir mayor énfasis a su risa, en un gesto que irradía simpatía. ‘No puedes ganar un partido sin orden y disciplina táctica, pero lo que te hace diferente son las emociones‘. Habrá a quien la frase, resumen de la manera de entender el fútbol del técnico alemán, le parezca extraída de un manual barato de charlatanería. Pero rezuma una sinceridad apabullante. Klopp te atrapa. Te atrapa con su sonrisa y su vitalidad, tan lejana de muchos de sus colegas, y también lo hace con su discurso futbolístico. Muestra, desde la privilegiada atalaya del banquillo, una empatía hacia el aficionado muy complicada de encontrar en el profesionalizadísimo fútbol de élite.

Kloppo rompe radicalmente con la imagen típica del entrenador alemán y enlaza con esa corriente de aparente despreocupación y alegría que parece emanar de la moderna Alemania. Atrás quedaron las cuadrículas, las ataduras y las tonalidades grises tan ceñidas al carácter alemán durante tantas décadas. Hoy Alemania es un país que se divierte, que sabe hacerlo como nadie y que es un hervidero de agitación cultural. Y al técnico del Liverpool, que un día lo fuese del Dortmund o del Mainz, dueño de un optimismo desbordante, le vino de perlas semejante caldo de cultivo en los primeros años de su carrera de entrenador.

Yo no solo quiero ganar; ¡también quiero sentir!‘, sentenciaba Jürgen hace unos años en una entrevista con el diario El País. Porque su manera de entender el fútbol parte de la inteligencia emocional, de una sensibilidad extrema para aplicar sobre el rectángulo de juego lo que el corazón disponga. Podrán llegar los resultados o podrán no hacerlo, pero el aficionado de Anfield, como antes el del Westfalenstadion, nunca debería dejar de sentir, de experimentar emoción, tristeza, amargura, alegría. Tal vez sea una cuestión educacional. Un asunto tan simple como el saber dónde radica el mérito de una victoria o de un buen resultado. Que no es más meritorio, como el propio Klopp señalaba, quien machaca a una niña de tres años en un partido de tenis sin siquiera despeinarse sino quien compite, quien se gana el éxito en un mano a mano con equidad, generando esa droga llamada diversión en su empresa.

La visión romántica que transmite el técnico germano choca de manera frontal con el cada vez más mecánico y mercantilizado fútbol moderno. Ganar es importante, quizá lo más importante. Machacar al rival, sin piedad y sin oposición, acaba distanciándote del aspecto meramente lúdico del fútbol. Porque quizá satisface al hincha, pero la pérdida de emoción acaba aburriéndole como a quien se atiborra siempre, mañana, noche y día, del mismo manjar. ¿Por qué vemos fútbol? ¿Por ganar? ¿Por divertirnos? ¿Por mera distracción basada en la incertidumbre del resultado? Disfrutar con el juego, divertirse, es sin duda un objetivo mucho más accesible para cualquiera. Ganar sólo gana uno, generalmente el mejor o el que más fortuna tiene. Disfrutar, derrochar optimismo, divertirse y divertir con el juego… eso está, o debería de estar, al alcance de todos.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com