La verdad de Simon

Simon Howard era un chico de quince años que había ido con su padre desde Liverpool hasta Sheffield para ver la semifinal que su equipo, el Liverpool, debía disputar la tarde del 15 de abril de 1989 contra el Nottingham Forest en el estadio de Hillsborough. Su madre, menos interesada en el partido, les había acompañado con la intención de pasar una jornada de compras por la mencionada ciudad de Sheffield. Simon y su padre no vieron ningún partido ese día. Su madre, tampoco hizo lo que tenía previsto.

En qué momento se torció todo es algo que Simon recuerda, para su desgracia, con demasiada claridad. Han pasado más de veinte años, casi treinta ya, pero habla de ello como si todo hubiera ocurrido ayer.

“Entramos al campo a las dos de la tarde (el partido empezaba a las tres). Habíamos llevado sándwiches y decidimos comer dentro. Nuestras entradas eran de tribuna, eran sitios muy buenos”.

La hora y el lugar. Es lo primero que apunta Simon al comienzo de su relato. Con ello deja claro que, tanto por tiempo como por situación, fueron testigos de lo que ocurrió con absoluta precisión. La narrativa que le sigue, por tanto, es una de las verdades de Hillsborough. Una de las que las autoridades ocultaron. Una de las que hay que conocer. Como las otras. La verdad de Simon.

“Desde el primer momento vimos lo que estaba pasando. El fondo de los seguidores del Liverpool se llenó en el sector central pero no en los laterales. Cuando faltaban quince minutos para comenzar, ya era obvio que había un problema muy serio. Yo le había preguntado a mi padre antes por qué la gente se agolpaba en el centro cuando había zonas a los lados que estaban libres. Me dijo que era normal ya que todos querían estar detrás de la portería y que en seguida se llenaría todo. Parecía yo más preocupado que él. Apenas me fijé en el calentamiento de los jugadores. Solo en lo que pasaba en el fondo”.

Simon insiste además en que el comienzo del encuentro debió haberse retrasado pero nadie parecía mostrar interés en lo que sucedía más allá del césped. Al poco de ponerse el balón en juego estuvo a punto de marcar Peter Beardsley para el Liverpool. La reacción del público fue la normal. Él, sin embargo estaba nervioso. Muy nervioso. Y con razón. Pasaban seis minutos de las tres de la tarde cuando se suspendió el choque.

Entonces no se podía imaginar que hubiera muerto gente. De hecho, todos pensaban que se solucionaría la incidencia y el debate en la grada era saber cuándo volvería a empezar todo. Un cuarto de hora más tarde ya nadie se molestaba por la reanudación. Tampoco se anunció nada por megafonía. La historia es de sobra conocida. 96 hinchas fallecieron aplastados contra una valla por un fallo de la policía y, previamente, de la Federación, que asignó una ubicación de menor capacidad a la hinchada más numerosa, provocando el caos. Hasta pasadas las cuatro estuvieron Simon y su padre en sus localidades.

“La gente que consiguió escapar del fondo ayudaba cómo podía a los que todavía estaban dentro. No dejaron pasar ambulancias por lo que los heridos eran evacuados sobre las vallas de publicidad que hacían las veces de improvisadas camillas. Vi a una persona tumbada que tenía su chaqueta encima de la cara, como se hace con los fallecidos. Le pregunté a mi padre si podía haber muerto. No se me olvidará nunca su respuesta. Me dijo que no, que eso era imposible. Estoy convencido de que lo hizo para protegerme porque en realidad sabía que sí, que efectivamente ese hincha estaba muerto”.

Ya fuera del recinto conocieron los primeros rumores.

“Salimos en silencio. Todos escuchaban la radio para saber algo. Al principio se hablaba de cinco muertos. En apenas cinco minutos la cifra subió a quince.  Yo no me lo quería creer. No me lo quería creer pero sabía que había visto a gente muerta”.

Simon y su padre llegaron a su coche, situado en una urbanización cercana. Por el camino, vieron colas en todas las casas. Los vecinos de Hillsborough habían abierto las puertas de sus viviendas para que que todo aquel que quisiera, pudiera llamar a sus familiares y decirles que estaban bien (no había móviles entonces), tomar una taza de té o simplemente descansar y calmarse.

“Actuaron de manera fantástica. Se portaron de forma increíble. Yo llamé a mi hermana mayor, que estaba trabajando en una agencia inmobiliaria. Por suerte, no se había enterado de nada. Le dije que estábamos bien, que no se preocupara. Otra cosa distinta era mi madre, que había escuchado de todo mientras nos esperaba. Incluso que una tribuna se había caído. Estaba convencida de que algo malo nos había acontecido”.

Todavía iba a tener su madre que pasar un rato más de angustia hasta saber que todo estaba en orden con respecto a los suyos. Llegar desde donde estaban hasta el centro les llevó más de la cuenta. Pese a haber salido antes de lo que lo hubieran hecho en caso de haberse disputado los noventa minutos, por el punto de encuentro que la familia había establecido aparecieron más tarde de la hora pactada inicialmente.

“Mi madre estaba histérica. La vi cuando todavía estábamos a unos cien metros pero el tráfico no avanzaba de ninguna manera. Me bajé del coche y me fui corriendo hacia ella. Nos abrazamos y estuvimos llorando. Lloramos mucho, durante varios minutos. Fue el momento más emotivo de toda mi vida”.

Simon reconoce que su madre lo pasó peor que él y que su padre. Ella fue una de tantas víctimas de las que nunca se habla, de las que todos se olvidan. Personas que, de una manera u otra, se vieron afectadas por lo que vivieron. La madre de Simon encontró algo de consuelo en otra mujer, esposa de un simpatizante del Forest que, como ella, esperaba noticias, en este caso de su marido. Por suerte pudieron confirmar que estaba a salvo.

Pronto se dieron cuenta de que volver a la normalidad no iba a ser fácil. Un compañero de Simon, por ejemplo, estuvo hospitalizado.

“Los días posteriores a la tragedia fueron terribles. Pensaba en todo lo que había visto, en los gritos de la gente (ya sabía por qué gritaban), en que había visto a personas muertas. No podía quitármelo de la cabeza. Y lo que me ayudó fue ir a Anfield con un amigo y dejar mi bufanda junto al resto que se habían depositado a modo de homenaje. También ir a la repetición del partido en Old Trafford un par de semanas después. Y a la final de Wembley, que acabamos ganando”.

Fueron muchos los que dijeron que la competición no debía continuar. Sin embargo, Simon no duda en señalar que estar con los fans del Liverpool, todos juntos, unidos como una familia, fue lo que le dio fuerzas para seguir. A él y a muchos otros. Fue un sentimiento que compartieron con toda la ciudad, incluido el Everton.

“Actuaron muy bien. Tanto sus directivos como sus seguidores. Todo el Everton. Hubo un sentimiento de comunidad en toda la ciudad que todavía hoy perdura y que inspiró la campaña para conseguir la justicia. Todos fuimos uno y lo seguimos siendo. Desde el primer momento supimos que nunca iban a poder con nosotros. Luchamos más de veinticinco años pero lucharíamos más de cincuenta si hiciese falta. Todavía hoy seguimos luchando. Yo lo vi con mis propios ojos. No lo entendí en el momento pero sí al día siguiente. Mintieron, nos acusaron y nos condenaron. Fue un escándalo. Pero los ciudadanos de Liverpool establecieron unos vínculos entonces que jamás se podrán romper”.

Simon Howard era un chico de quince años que había ido con su padre desde Liverpool hasta Sheffield para ver la semifinal que su equipo, el Liverpool, debía disputar la tarde del 15 de abril de 1989 contra el Nottingham Forest en el estadio de Hillsborough. Ese día no vio ningún partido y dejó de ser, de golpe, un chico de quince años. Hoy, sigue queriendo hablar de aquello porque considera que es importante que la verdad se siga contando y, sobre todo, se conozca. Porque aún hay algunos que no la saben. Y es algo que le debe a los 96, a sus familiares y a sus amigos. Y a la ciudad de Liverpool, por supuesto. La lucha sigue.

Contacto: juan.liverpool@gmail.com

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