Nada volverá a ser como antes

Cuatro años. Esa edad tenía la primera vez que pude elegir y decidí equivocarme. Siempre recordaré aquel día húmedo de agosto volviendo a la habitación de un hotel de Benidorm con gesto enfadado. El Atlético había perdido. Otra vez. Por 3-0. Contra el Valencia, un equipo con el que tonteaba mucho por cercanía con gente de la familia, porque me gustaba el naranja ya que la naranja era mi fruta preferida, porque vendían un tremendo murciélago de juguete que me regaló mi abuela y porque tenía una amiga mayor fanática del Valencia a la que admiraba por lo alta que era y porque que me daba palizas tanto en el FIFA como en la plaçeta, mi primer estadio. Era un parque, lo que debería ser el primer estadio de cada niño. Yo ya era un entusiasta por entonces y me imaginaba que estaba en el Spyros Luis por la forma ovalada que tenía y porque había mucha distancia entre la tierra y los bancos en los que se sentaba la gente. Me imaginaba la pista de atletismo. Pero sobre todo porque el nombre de aquel estadio de Atenas era el título de un videojuego que me encantaba.

Aquel día de agosto en Benidorm tuve la primera charla sobre el asunto con mi padre. Ya no podía más. Tiré la camiseta del Atleti al suelo y estuve refunfuñando una hora. Que era injusto, decía. Mi padre se reía y eso me enfadaba más. Reírse era terapéutico para alguien que había ido a un partido de pretemporada en Alicante con el equipo en Segunda mientras intentaba dejar de fumar y que, sobre todo, compraba partidos que sabía que no se merecía ver. Tampoco pagar. Mi padre se armó de paciencia y sólo me acuerdo de que en una hora de recriminaciones tuvo una respuesta que decía algo así como que me perdería a Torres. Hice el amago mental de separar a Fernando del Atlético. No sé lo que ocurrió más adelante pero no volví a dudar de mis colores. Decidí ser del Atleti. Era un niño que había tomado la inconsciente decisión de ser del Atleti.

Cometí el gran error, o lo que comúnmente suele ser entendido como error, de anteponer un jugador al escudo, pero mi orgullo proviene de que con el tiempo he comprobado de que tanto Torres como el Atleti eran lo mismo. Fernando consiguió embaucarme, jamás defraudarme. Después de mis padres, seguramente con seis años hubiese dicho que era el primer ser en la tierra en el que confiaba. Yo era un hijo único y él siempre fue mi hermano mayor. Mi primera camiseta con dorsal, El Canto del Loco, la revista de Los Lunnis antes del Mundial, la cresta, las pecas, el pelo rubio, las botas, la celebración del arquero, la peña y el Atleti, sobre todo el Atleti. Referentes. Las cosas de un niño.

La primera canción con la que lloré fue con ‘Ya nada volverá a ser como antes‘, con un vídeo de Torres marcando goles con el Atleti. Recuerdo despertar diciéndole a mi padre entre lágrimas que Maxi Rodríguez se había recuperado de su larga lesión justo cuando Torres se iba, que eso era injusto. Seguramente ahí descubrí que el fútbol era injusto. La vida iba a ser injusta y yo iba a estar preparado, sin saberlo. No tardaría mucho en comprobarlo. Fernando se fue a Liverpool y recuerdo aquel sentimiento como más cercano a la tristeza que al enfado o la decepción. Jamás lo he vivido, pero mi sensación sería la más cercana a la que se debe experimentar cuando un hermano se independiza. Él necesitaba independizarse de la tragedia. Vivir. Más tarde tuve la misma sensación con mi madre y supe cómo responder.

Recordaré siempre aquellos momentos dibujando el escudo del Liverpool, jugando con los Reds en la consola, celebrando el gol de la final de la Eurocopa más porque lo marcaba Torres que porque haría campeona a España, gritando el gol al Barça, al Benfica… Cada paso que dio Torres me ayudó a caminar. Pude verlo en directo por primera vez el año pasado ante el Leicester y sentí que me podía morir tranquilo.

No concibo el Atleti sin Torres. No concibo el fútbol sin Torres. No concibo la vida sin lo que aprendí gracias a Torres. Gracias, Niño, porque muchos crecimos contigo.