Limbo

Con el Mundial de Rusia bien presente en el horizonte, el guión de la temporada 2017/2018 en los campeonatos europeos preveía liquidar títulos y objetivos con sensata antelación para alegría de los seleccionadores. Bayern, PSG y City se proclamaron campeones domésticos con puntualidad británica y sólo el Nápoles ha conseguido retrasar un par de semanas la festa bianconera en Italia.

En España la hoja de ruta situó el primer Clásico a mitad de camino, argentinizando nuestra liga en Apertura y Clausura. El mundo se asomó al Bernabéu un 23 de diciembre en inolvidable horario de vermú y vibró con un choque —a priori no decisivo— programado para atraer followers y de paso animar las sobremesas navideñas. El plan parecía perfecto y sin embargo, en un exceso de planificación sin precedentes en la cultura ibérica, el duelo al sol del Bernabéu resultó tan determinante como para clausurarlo todo cinco meses antes de la cuenta.

Aquel 0-3 hizo que las notas de la primera evaluación condicionaran irremediablemente el resto del curso y nos abocó a una temporada eterna (como Roma). Los Reyes Magos trajeron carbón dulce a Zidane y el Olentzero dejó merecidos regalos en casa de Valverde, que por entonces no podía imaginar que el balance emocional y deportivo de su primera temporada-auditoría en el Barça fuese a depender del Liverpool. El fútbol puede ser muy injusto si se lo propone y la figura de Ernesto, quien entregó los trabajos de Copa del Rey y Liga pasados a limpio con admirable precocidad en abril, deambula ahora en un insoportable limbo hasta la final de Kiev.

Se nos ha quedado, por tanto, un mes de mayo anómalo y aún más largo e intrascendente de lo que la planificación del curso invitaba a pensar. Este extraño período me recuerda a las semanas de incertidumbre entre el final de los exámenes y el momento de recibir las notas en papel. No sabía y no sabe uno cómo comportarse. Por un lado parece absurdo festejar más de lo debido en la cena de clase —sonreír en exceso en la rúa blaugrana— sin tener todavía en mano el sobre con las calificaciones finales —Kiev—, por otro crece la sensación de que no celebrar los éxitos fruto del trabajo de todo un año sería pecar de excesiva prudencia o acaso de frivolidad.

En medio de este sinsentido de emociones que desentierra viejos complejos, los culés hemos festejado a medio gas el Doblete como un alumno que se gradúa con corbata y posa sonriente para la foto pero no las tiene todas consigo.

La pésima gestión de recursos humanos de Valverde en el Torneo Clausura y el terrible timing elegido por Messi y compañía para encenderse y apagarse durante el curso nos han traído a este primaveral limbo, tic tac, tic tac, a la espera de que Klopp comunique a nuestros padres con una sonrisa que podemos irnos de campamento a disfrutar del verano. O que Zidane, severo, nos condene a clases particulares de matemáticas en pleno horario de siesta y Tour.

Como no sabemos si los blancos subirán al cielo en unos días y el Doblete y cierto apego histórico nos impiden mandar al infierno a los nuestros, tenemos el limbo que nos merecemos. La buena noticia es que tiene fecha de caducidad: el 26 de mayo podremos por fin abrir el sobre con nuestras notas y descubrir qué somos.