Una Y Nos Vamos

Escribió el poeta lírico Horacio aquello de Carpe Diem sin saber que, siglos más tarde, la industria textil primero y la maquinaria de la autoayuda vacía después amplificarían su mensaje estampándolo en camisetas y blogs. O acaso lo distorsionaron, tergiversando las bellas palabras del poeta, quien versos antes del celebérrimo eslogan advertía “no pretendas saber / el fin que a ti y a mí / nos tienen asignados los dioses”. Pero no hubo manera, todo el mundo pretende saber. Lo que caló en el imaginario colectivo fue lo de vivir el momento.

Disfrutar del fútbol como recuperación semanal de la infancia* se ha convertido en un reto mayúsculo. Implica aceptar cierto crédito acumulado —esto es, vivir también del pasado, de las copas alzadas al cielo— y no dejarse abrumar por el vasto espacio hipotético del futuro, nebulosa de la que intuimos matices aunque de la que nada sabemos a ciencia cierta. En precario equilibrio entre trofeos levantados y por levantar nos asomamos a cada partido por una rendija efímera —ya no semanal, entre acto y acto disponemos de dos o tres días para retocar la alineación y refrescar piernas— en la que interceptar al dichoso presente, que cabalga a la velocidad de Salah en un contraataque. El presente es escurridizo y dura cada vez menos o, en palabras de Horacio, “mientras hablamos / huye el tiempo envidioso”.

En medio de este vaivén temporal, asisto genuinamente desorientado a la actual situación del Barça. Observo con orgullo la ovación que (casi) cada estadio dedica a Andrés Iniesta, aunque en plena zozobra moral me resulte inevitable pensar que el aplauso es estrictamente simbólico, cruelmente injusto. Lo confesaba hace poco entre amigos en tono irónico-ventajista: si regreso a un bar que frecuentaba en época universitaria no espero recibir ovación alguna porque, como Iniesta, hace años que firmé mis 20 mejores actuaciones. Este sistemático reconocimiento del público rival a Don Andrés es un premio ad honorem y no un “tú sí que vales” meritocrático y en presente de indicativo. Tan doloroso como cierto.

Con el mucho más vigente Messi los culès no logramos enfadarnos habida cuenta del infinito crédito acumulado en el pasado reciente y del innegable temor reverencial que nos infunde la idea de un futuro negro oscuro sin su aura en el césped. Sabemos que si es, será con él y sin embargo a muchos nos encantaría que dejase de leer poemas de Horacio durante los fines de semana y empezase a vivir el momento los martes y miércoles a partir de las 20.45. Leo, “no te fíes del incierto mañana / vive el día de hoy / captúralo”.

Cuesta, por tanto, ser ingrato con las vacas sagradas. Lejos de haber servido de lección, las euroeliminaciones contra Atlético y Juventus se acabaron difuminando, se nos euroolvidaron. Y es que aunque Horacio no lo reflejó en sus poemas por falta de espacio, la síntesis del tópico universal Carpe Diem es buena salud y mala memoria. Llevaba ya un par de temporadas haciéndome el Larsson y renovando ilusiones con la esperanza de que se hubiera aprendido de los euroerrores hasta que vi a los míos pasando de la Champions olímpicamente en el Olímpico y se desbordó el vaso de mi paciencia. No puede haber sido una eliminatoria más, pensé, el 3-0 ha de ser el terremoto deportivo que nos despierte por fin del letargo y que devuelva el listón a la altura que este equipo exige y merece.

Reconozco estar aturdido como Umtiti y Piqué aquella noche y admito que la lectura de esta situación, insisto, es compleja. Por un lado, los éxitos pretéritos pasan factura a los aficionados en forma de permisividad emotiva para con nuestros ídolos y por otro han hipotecado al club, desbordado por la masa salarial y perdido entre autocomplacencia e irresponsabilidad (injustificada, resulta que ellos no son hinchas). El devenir blaugrana no invita precisamente a ir a Canaletes con la mente: incertidumbre deportiva, una alarmante pérdida de identidad y un mercado inflaccionado. Sin Xavi en en el círculo central con el joystick de toda la institución en sus manos, en can Barça se navega sin brújula.

¿Dónde ubicar, pues, el presente de este Barça? ¿Y cómo capturarlo, cómo intervenir de una vez? El presente tiene que ser el descalabro romano pase lo que pase en una Liga casi hecha, en una Copa del Rey que Iniesta apurará melancólico con los camareros antes de retirarse a dormir y en una Champions cuyo desenlace, ay, este año tampoco depende de nosotros.

El gran responsable —que no exclusivo culpable— de haber perdido una vez más el norte deportivo es Ernesto Valderde, quien el pasado mes de julio se presentó en la Ciudad Deportiva ataviado con una mochila en la que, además de buenas intenciones, ahora sabemos guardaba un libro de los greatest hits del poeta Horacio. Había subrayado que “mejor será aceptar lo que venga / ya sean muchos los inviernos que Júpiter te conceda / o sea éste el último” y más que una temporada al uso, el Txingurri está firmando una auditoría; le reconozco valor e integridad pues no resulta fácil dejar de hacer lo que le pide a uno el cuerpo a cambio de hacer lo que hay que hacer. Y sin embargo le achaco una pésima gestión de recursos humanos y de energías desde el mes de enero, cuando el Barça se había labrado una brecha lo suficientemente holgada como para refrescar el plantel y llegar con las pilas cargadas al escenario en el que todos esperábamos rendir, no rendirnos. Ernesto se dio un atracón de presente domingo tras domingo y nos robó un pedazo impagable de futuro.

Ironías del destino, como el primer Barça de Valverde también Horacio falleció en Roma en el año 8 a.C.

 

 

* la frase es del escritor Javier Marías

Foto: https://twitter.com/kaleemz_gfx

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