Suspiros de Copa

¿Y si nunca llega el minuto de gloria? Joder. ¿Y si el fútbol nunca paga esa deuda que, según acuerdo tácito universal, contrae con cada aficionado de cada equipo modesto, pequeño, perdedor, intrascendente? Nada ni nadie posee una lista de acreedores tan larga.

La Copa. La puta Copa. La esperanza eterna. Despreciada desde las alturas. Por ella suspiran, suspiramos, desde las profundidades. Suspirábamos, al menos. Asqueados por su diseño elitista, indisimuladamente predispuesto a favorecer a los titanes del país, o bien contagiados del argumento dirigido por la gran prensa para considerarla según interese un torneo menor –casi un premio de consolación entre analgésico y vergonzante para temporadas donde la Liga o la ídem de Campeones acaban en manos ajenas–, cada día menos aficionados del corpus futbolero de pringados supervivientes suspiran, suspiramos, por la Copa. Por ese año y esa noche improbable e insospechada en la que Venus se interpone en la órbita de Marte, un balón acaba en la red equivocada y el escudo pesado cae por su peso y el escudo ligero vuela hacia lo alto y no al revés. Lo que parece que nunca sucede. Pero (casi) siempre acaba sucediendo para alguien, para alguien diferente cada vez. Cada temporada encuentro menos motivos para suspirar, y sin embargo sigo suspirando. Como suspiran bajo las mantas en Miranda de Ebro, como suspiraron hasta cinco veces en El Ejido, como suspiran en las esquinas de Leganés. Como suspira Albacete recordando la final que jamás ganó ni perdió contra el Deportivo de Arsenio Iglesias.

El pan de los pobres, alegre y repartido, sigue siendo demasiado escaso. La Copa del Rey, último reducto donde existe lo que Karl llamaba conciencia de clase. La puta Copa. Mientras haya una estrellita en ese piélago negro de eliminatorias a doble partido, vueltas en casa del pez más gordo, mientras quede un solo desgraciado en pie, habrá suspiros en boca de todos los pobres y menesterosos de equipos eliminados. Pero nuestros suspiros coperos siempre son un coitus interruptus. La Historia como sucesión secuencial de nuestras derrotas. Revoluciones que se quedan en chispas: resplandecen sin llegar a prender, sin llegar nunca a propagar el incendio y reducir a cenizas todo el tinglado de los de arriba. Eliminar al Atlético y despertar en San Mamés. Tumbar al Real Madrid para sucumbir en Sevilla. Rafael de Riego ahorcado y decapitado en la Plaza de la Cebada. Espartaco y los esclavos crucificados en hilera a lo largo de la Vía Apia. No ver jamás el rostro de Arsenio ni sufrir la tromba de granizo en la final del 95.

Es cosa sabida: todo quisqui estuvo en el sótano de La Mandrágora riendo las gracias de Sabina y Krahe a dos centímetros de ellos. Hasta el mayor mojigato la lió sábado tras sábado en Rock Ola en plena ebullición tiernogalvánica. Naturalmente no existe nadie que no corriese delante de los grises y, faltaría más, América entera sembró flores en los fusiles delante del Pentágono. Todo el mundo moló cuando más había que molar; todo Cristo es Forrest Gump.

Albacete en pleno estuvo en el Vicente Calderón aquella noche de diciembre de 2010. Yo no estuve allí, mi amigo Alejandro tampoco. Lo vimos en la televisión de la casa de una chica. Él y yo celebramos sin creerlo, lloramos sin querer y corrimos medio en bolas por la calle mientras en los laboratorios de Bayer se descorchaba champán a nuestra (mala) salud. Y con ella me comprometí a seguir pasando noches a 250 kilómetros, a beber y vivir algún día Madrid como esa noche la bebió y la vivió Adriá Granell. Los vasos volaron, aterrizaron de emergencia en el suelo y se hicieron añicos al mismo tiempo que la magia, Víctor Curto jamás volvió a marcar un gol así, el Albacete no ha vuelto a ser la estrella en la noche de los pobres. Pero aún suspiro, sigo suspirando mientras me dispongo a ver una nueva final de Copa que nunca juega mi equipo.

Imagen: AS

Submeseta Sur, finales del II milenio d.C. Zurdo cerrado. One club man, aunque bastante paquete. Colé un gol fantasma en mi último partido. Fracasado en todo lo demás.