No Me Compares

Recuerdo que nada más empezar la Universidad encajé como una especie de ofensa el hecho de tener que cursar —volver a cursar, repetía indignado para mis veinteañeros adentros— Lengua Española. Supongo que al fichar por un equipo grande me esperaba especialización inmediata y no aquel desprestigio; en mi matrícula hubiera preferido leer asignaturas tituladas con mayor glamour y que, enunciadas de carrerilla, compusieran un pomposo packaging académico con el que venderme mejor en casa y en los bares. Porque de fútbol, de medicina y de Lengua Española sabemos todos, debí decirme. Aquello me sonaba a downgrade, a coqueteo con la zona de descenso.

Estaba equivocado. Resultó ser una de las asignaturas más iluminantes, útiles y hasta divertidas de la carrera. De hecho en una de sus clases aprendí algo valioso que ya en directo percibí como material irrelevante en óptica examen pero imprescindible para la vida —es en esos casos cuando se presta mayor atención—, una teoría que atesorar. Se debatía acerca de soluciones para la traducción cuando el profesor nos instó a no considerar las lenguas como “inmensas cajoneras”, a no asumir que los idiomas son “hojas de excel con sus celdas perfectamente alineadas” donde para cada término existe un correspondiente perfecto. Abracé aquella complejidad que tan gráficamente se me exponía y descarté con humildad mi idea de desprestigio.

La poderosa metáfora de los sinónimos me ha venido a menudo a la mente de mayor, por ejemplo cuando nos empeñamos en comparar —casi siempre con un punto de maldad chovinista, al menos en España— realidades bien dispares, contextos independientes, equipos de países y ligas diferentes. En fútbol acostumbramos a mezclar churras con merinas después de cada eurosorteo. Las eliminatorias de Champions y Europa League barajan las cartas del viejo continente y curso tras curso, en lugar de enriquecernos con la mezcolanza de estilos y culturas y disfrutar de atractivos choques en tardes de primavera, asistimos a análisis previos que, más allá de la poca originalidad (por repetitivos) o del escaso respeto (por unidireccionales), ilustran ese afán que existe hoy por compararlo todo. Y lo que es peor, por concluir indefectiblemente que lo nuestro es lo mejor.

Pero bajemos al barro. La tendencia general es asumir que, como los idiomas, también cada liga está plasmada en una hoja de cálculo y que existen columnas adyacentes con los equipos de otras lenguas, digo de otras ligas, alineados cual cómodos sinónimos de lo absurdo. Así las cosas, desde hace ya demasiado tiempo las tertulias se basan en acumular muletillas como “el PSG lucharía por entrar en Europa League si jugara en nuestra liga” cuando se supo que Neymar y compañía serían los rivales del Real Madrid o como “el séptimo de la liga española plantando cara al claro dominador de la Bundesliga” cuando, más recientemente, el Sevilla de Montella dio guerra al Bayern de los viejos rockeros de Jupp.

Detrás de estas supuestas argumentaciones se esconde —ya no, son muchos cruces europeos vividos y sus consiguientes podcasts escuchados tomando café— una mezcla de patriotismo insano (por mal enfocado, digamos) y falta de perspectiva, además de una nada sorprendente incoherencia. Y es que esta semana será difícil escuchar a toro pasado que “el cuarto de la liga italiana vapulea, remonta y elimina al claro dominador de nuestra liga”; en España bordamos el arte de dar la vuelta a la tortilla sólo cuando interesa, en caso contrario nos sale quemada por debajo pero nos la comemos igualmente. El vacuo análisis después de la Romantada no se basó, por tanto, en un ejercicio de sinonimia entre campeonatos, qué cosas. Mi profesor de Lengua estaría orgulloso.

De acuerdo con todo lo anterior, no contemplo que ningún opinionista, cotejando las mismas columnas de excel utilizadas en su análisis previo al Real Madrid – Juventus, sostenga ahora tras el emocionante y atípico partido de vuelta que “como era de esperar, el claro dominador de la liga italiana roza la hazaña de la remontada en el campo del cuarto clasificado de la liga española”.  Ni rastro de sinonimia en este cruce. ¿A que no?

En aquella clase sin aparente glamour aprendí que las comparaciones son odiosas siempre, no sólo cuando pueden dejarnos en mal lugar. Ya lo dijo mi profesor, los equipos no son cajones.