Fotografías

Imagen: AS

Creo que hay casi tantas fotos, si no más, del primer gol de Fernando Torres con el Atlético que de aquel otro (algo más importante) que marcaría siete años después en el Ernst Happel de Viena. El Niño tomando carrerilla justo antes de saltar. El Niño elevándose en el aire. El Niño introduciendo el escorzo en el olimpo de las bellas artes. El Niño interponiendo su cabeza en el vuelo del balón. El Niño observando su remate dirigirse a los confines de la portería mientras sus pies van aterrizando sobre el césped. Hay una imagen registrada para cada instante de la secuencia. Manda narices que la jugada mejor fotografiada de la historia del Carlos Belmonte corresponda al gol de un rival que, para colmo, apeó al Albacete Balompié del ferrocarril de Primera en la antepenúltima parada del trayecto.

Habrá quien afirme que en el principio ya existía el Balón, y el Balón estaba junto a Messi, y el Balón era Messi. Pero es mentira; cuanto menos, verdad a medias. En el principio existía Ronaldinho y una asistencia etérea con la punterita, en el principio existía Mingo deslizando inútilmente su coleta por el tapete del Camp Nou, en el principio existía Raúl Valbuena intentando frenar con las manos el empuje inabarcable de los tiempos; y, entonces sí, el Balón junto a Messi, y el Balón hecho Messi. Y la imagen del alumbramiento para la eternidad. La misma piñata de cuatro años atrás reutilizada en otra fiesta.

La extraña necesidad de remontarse constantemente a la semilla, al Big Bang, al charco de sangre del parto. Al primer instante. Homo Sapiens atado a la idea de origen: pobre especie, cientos de miles de años de tortícolis de tanto caminar y caminar sin poder dejar de mirar al punto de partida. Dice Torres que abandona el Atlético y giramos el cuello al tres de junio del 2001 en escorzo similar a aquel que evolucionó en testarazo al seno de la red. Mañana o pasado dirá Messi que se acabó, y la moviola de nuestras retinas volverá a pasar cada fotograma de aquella vaselina que se llevó por delante a Mingo y a Valbuena. Sospecho que la condena bíblica no era ganar el pan con el zumo de las glándulas sudoríparas, sino depender del principio: buscar en los orígenes la causa última y el motor de todo. Arrojarse a los brazos del determinismo, hacer cargar al yo de entonces con la culpa y el mérito de cada suceso de nuestra vida posterior. Yo soy yo y mi tortícolis. Quizá así algún usuario de falacias de pendiente resbaladiza creerá que sin el Albacete Balompié no se habría producido el gol de Viena ni el mundo hubiese tenido a Messi de la misma manera. Quizá así alguien crea que el Alba existe sólo con el fin de cumplir una misión trascendente para con España y el fútbol. Mejor es eso que el olvido. O no, quién sabe.

A veces me pregunto qué quedará de mi equipo cuando ya no quede nada de nadie. Los ojos de quienes lo vieron besar el cielo serán un día cuencas vacías donde se escondan las culebras; las máquinas capaces de reproducir los vídeos que prueban la existencia de tiempos mejores, finas trazas de metal y petróleo agonizando en una montaña de residuos electrónicos a las afueras de alguna megalópolis. Quizá entonces sólo queden las fotos, los papeles: soportes materiales, único refugio eterno de la memoria humana. Me acosa un temor intenso a un futuro que, espero, no he de vivir. Miedo de que, cuando esta civilización ya no sea más que fotografías, el último hilo que una a mi equipo al recuerdo dibuje la instantánea de Torres pariendo su estrella y asesinando al Carlos Belmonte, la vaselina de Messi naciendo al fútbol ante la impotencia de Valbuena.

A ti, colchonero, en estos días innombrables.

“Cuanto más bella es la vida, más feroces sus zarpazos.”

Submeseta Sur, finales del II milenio d.C. Zurdo cerrado. One club man, aunque bastante paquete. Colé un gol fantasma en mi último partido. Fracasado en todo lo demás.

3 Comments

  1. Baridenko

    13 de abril de 2018 a las 6:48 am

    Excelente! Gracias por el artículo. Me agrada tu forma de escribir, aunque a veces me cuesta entender la forma en que conectas las cosas, seré yo quizás.
    Este rincón no es el de antaño, pero da gusto poder continuar bebiendo, aunque a sorbos, esta forma de ver el fútbol.
    Un saludo.

  2. Borja Barba

    13 de abril de 2018 a las 10:02 am

    Baridenko

    Nada es lo de antaño. Todo fluye, todo evoluciona. Lo importante es no quedarse estancado nunca.
    Gracias por leernos.

  3. Michel Barba

    13 de abril de 2018 a las 11:22 am

    Gracias a ti por leer y comentar, Baridenko.
    Como dice esa canción de moda, “no eres tú, soy yo”. Normalmente la única conexión entre las cosas que trato es alguna muy vaga o gratuita que tengo yo en la cabeza, por eso puede producir ese efecto. Pero quizá sea ahí donde esté también la gracia de esto, en las múltiples posibilidades de interpretación.
    Seguiremos leyéndonos, ¡un saludo!

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