Baila como el Papu

El otro día vi a un niño en mi barrio con el 17 de Immobile en la biancoceleste de la Lazio, que la noche anterior había ganado 4-2 al Red Bull Salzburgo en la ida de cuartos de la UEFA. Me gusta pensar que el chaval, o su padre, eran italianos y portaba la camiseta de su equipo por orgullo, por ese sentimiento de pertenencia tan nuestro, tan de cada uno y al mismo tiempo tan universal; y no por mercadotecnia.

Son días extraños. Lo canta Egon Soda: ‘No sé si es la perspectiva o sólo es que me hago viejo‘. Los jóvenes de hoy se mueven por lógicas que no alcanzo a comprender, con las que me resulta imposible conectar. Ya no es que no quieran la camiseta del equipo de su ciudad, es que la que anhelan es la de Pogba en lugar de la del Manchester United. ‘Papá, este año quiero que me regales la camiseta de Dybala‘. Es la dictadura de los highlights y las skills, la era del Youtube, el Fifa y la individualización de un deporte de equipo, el fin del mundo tal como lo conocemos. Y todo el mundo baila como el Papu.

Cuando éramos niños y la tele sólo daba un partido estábamos toda la semana esperándolo. Fuera de quien fuera. Aunque nuestro equipo jugara en el Helmántico y sólo pudiéramos seguirlo por la radio, nos sentábamos con ilusión delante del televisor a la hora del partido que emitían las televisiones autonómicas. Ahora los críos, salvo honrosas excepciones, no ven los partidos. Prefieren vídeos con los diez mejores regates de Neymar. Es más, si es un gif casi que mejor. No hay que quitarle tiempo a lo último de El Rubius.

Estas líneas pueden sonar a bronca generacional, a la turra de alguien que está a punto de entrar en la treintena, pero se niega a aceptar que la juventud se acaba. Supongo que todas las generaciones se tienen que enfrentar a la incomprensión de parte de la anterior, no siempre es fácil abrir paso a la muchachada. Me reconozco en ese renuncio, cantando ‘quiero ser joven y rebelde sea cual sea mi edad’ mientras observo perplejo el baby boom particular que sufre mi círculo de amistades. Pero si separamos mi síndrome tardío de Peter Pan del tema en cuestión, los chicos de hoy no tienen ninguna culpa. Al final consumen el producto resultante del bombardeo publicitario constante que rodea sus hiperconectadas vidas. Presos del mundo viral que les atrapa y les empuja a lo instantáneo. Quieren más en menos tiempo. Y con más efectos, más música y menos contenido. No conocen otra cosa, así que poco podemos recriminarles.

El fútbol europeo se está americanizando a un ritmo vertiginoso. Se abandonan estadios tradicionales y se sustituyen por réplicas del mismo coliseo con luces y comodidades. Vayas a la ciudad que vayas todas tienen el mismo gigantesco estadio y el mismo centro histórico (entre muchas comillas). Que le pregunten a la afición del West Ham qué tal ha ido el cambio de casa. Se abandonan feudos históricos y se destruyen símbolos para cambiarlos por logos estilo NBA. Olvidan que esto no es un sistema cerrado de franquicias, olvidan que si esto nos gusta tanto es porque lo sentimos como nuestro. Lo era antes de que nos lo arrebatasen los intereses comerciales. Podrás disfrutar mucho del espectáculo que te ofrece el fútbol moderno, como de un partido de la NFL imagino que también, pero si nunca has temblado viendo a tu equipo asomarse al abismo no sabrás valorar, respetar y defender tus símbolos. Los símbolos de tu gente.

Ante la desafección coyuntural a la que se nos empuja hay que intentar apurar los resquicios que nos quedan, aprovechar el margen antes de que se cierre del todo para que entre la luz del fútbol que nos enseñaron a amar nuestros abuelos. Hay ejemplos que dan un poco de aire y alimentan la esperanza de los últimos románticos. El Castellón en Tercera con más socios que nunca. Veintiocho mil almas en la Romareda salvando a su equipo de la mediocridad a la que ha sido empujado durante tantos años. El derbi asturiano volviendo con la fuerza de un ciclón.

Los estímulos mercantiles llegan por todas partes pero nunca calarán tanto como pisar el estadio por primera vez de la mano de un padre. Contemos a los niños todas esas historias que forjaron las leyendas de nuestros clubes, recreémonos. Si conseguimos emocionarles quizás podamos frenar el declive de lo real. Y nos lo agradecerán con el brillo en sus ojos, con el vello de punta al cantar el himno, con cálidos abrazos de gol.

2 Comments

  1. @Kapo_Tillo

    10 de abril de 2018 a las 12:00 pm

    Firmo debajo. Identificadísimo.

  2. Alfonso Otero

    10 de abril de 2018 a las 5:54 pm

    Qué me vas a contar Pau. Aquí en Vigo el presi habla de ciudad deportiva moderna, estadio con bajos comerciales, una sede con cafetería Zen y restaurante con estrella Michelín, y sin embargo, después de tantos años de travesía por el desierto, y llevando 3 años luchando por puesto europeos, el estadio está cada vez mas vacío, porque lo que de verdad nos emociona, y no se dan cuenta, son los arrestos de tipos como Berizzo, injustamente tratado, y las diabluras de nuestro querido Iago. No es tan difícil.

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