Un icono bajo palos

Inconformista, disciplinado, ambicioso‘. La web oficial del FC Bayern es contundente al describir el perfil de Oliver Khan (Karlsruhe, 1969), mejor portero europeo en los años 1999, 2000, 2001 y 2002. Hubo un tiempo en el que Kahn personificó como pocos futbolistas el carácter antipático y hosco del Bayern de la época. Aquel temible equipo de principios de siglo alcanzó la cima continental gracias a un fútbol industrial, práctico y poco dado a concesiones estéticas. Tan abnegado como efectivo. El Bayern de Hitzfeld maniataba a sus rivales y abusaba de ellos de forma torpe, arrítmica, casi por la propia contundencia de su peso. No había en aquel dominio bávaro un resquicio para la poesía, fundamentalmente porque no eran los Effenberg, Elber, Hargreaves, Kuffour o Linke jugadores para cultivar el ornato y ser profusos en el detalle. Jugaban y ganaban, pero no dejaban ningún poso de dulzura en el recuerdo. Escuela tradicional alemana. No enamoró a nadie, pero fue el primer gran Bayern que varias generaciones de aficionados recuerdan, tras el coloso tricampeón de Europa de la década de los setenta.

En aquel rostro ceñudo y malencarado no se contemplaba la empatía. Ni tan siquiera en la victoria y el éxito. Kahn jamás celebró una parada brillante con alegría, lo hizo siempre con un estallido de rabia. Con una rabia que probablemente no era sino fruto de su enfermiza y obsesiva búsqueda de la perfección. Una rabia que parecía atormentarle y reconcomerle por dentro y que a duras penas conseguía liberar el gigante de Karlsruhe. Cuentan que, de niño, Oliver se afanaba en cortar el césped del jardín de la casa de sus padres con una minuciosidad extrema. Una y otra vez lo repasaba hasta dejarlo intachablemente perfecto e igualado. Con idéntica meticulosidad con la que veinte años después trabajaría en su día a día para convertirse en el mejor portero de Alemania primero y en el mejor del mundo después.

Kahn ya era una referencia en el Bayern campeón de Europa cuando por fin le llegó la oportunidad de la titularidad en un Mundial con la Mannschaft en el 2002. Lo que en sus dos anteriores presencias mundialistas le había sido negado por Bodo Illgner y Andy Köpke no pudo arrebatárselo Lehmann en la cita asiática. El meta germano complementó su leyenda en torneos de clubes con una actuación magistral en un Campeonato del Mundo (sólo encajó tres goles en el camino alemán hasta la final), lo único que se echaba en falta en su abrumador historial. Lo hizo con 33 años, a un paso de su definitivo ocaso. Había conseguido domar su ira y refrenar su carácter volcánico para repuntar su carrera y perfeccionar su rendimiento cuando parecía haber tocado su techo personal. Y todo sin perder ni un solo gramo de su carácter icónico y su descomunal carisma.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com