Argentinidad

Messi con la mirada perdida. Messi y su introspección en el palco del Metropolitano. Messi digiriendo una de los derrotas más severas, por mucho que la escena transcurriese en un partido amistoso, que se le recuerdan a la selección de Argentina.

Los grandes ídolos, las súper estrellas, los mejores no solo tienen derechos y privilegios especiales. También tienen obligaciones extraordinarias y responsabilidades superlativas, muchas veces desorbitadas y muy complicadas de atender con garantía de éxito. Y sobre Leo Messi, indudablemente el mejor y más determinante futbolista del mundo en la actualidad, recae la obligación moral de reflotar a Argentina y de recuperar su lanceado orgullo haciendo valer su indiscutible preeminencia futbolística, pocas veces discutida como integrante del FC Barcelona y tan ajena y extrañada cuando viste de albiceleste. Se ha venido achacando al genio rosarino una suerte de indolencia y pasividad (argentinizada como ‘pechofrío‘) en los malos momentos del combinado nacional que choca frontalmente con la habitual demanda hormonal de la afición argentina. El temperamento no basta con tenerlo, también hay que exhibirlo haciendo ostentación del mismo. Pónganle huevo, muchachos.

Pero ocurre que Messi hace mucho tiempo que dejó de ser argentino. Y no se me interprete mal. No hablo de sentimiento patriótico, no. Hablo de fútbol. De concepción del juego, de manejo de las situaciones adversas en el césped, de interpretación de las señales procedentes del exterior. De cómo entender todo el tinglado este de la pelotita, la supremacía, el equipo, las turbulentas relaciones con la prensa y los pechos fríos, tibios y calientes. De aquellas cosas de las que, por suerte o por desgracia, el pequeño Leo comenzó a alejarse allá por el año 2000, cuando el destino y su talento lo depositaron en Barcelona con apenas trece años. Leo se alejó inevitablemente de un fútbol, el argentino, que arrancaba una penosa travesía por el desierto, tanto a nivel deportivo como institucional y organizativo. Nadie diría, viéndolo jugar de azulgrana, que Messi olvidó la frescura y la alegría de aquellos complicados años sobre la tierra de los campos de Rosario. Pero cuando se trata de enfundarse la albiceleste Leo se convierte de pronto en un extraño, en alguien ajeno a todo ese bullicio y esa dramática y pasional exigencia. Aparece como un elemento sospechoso en ese mar de boludos, forros y cementerios de canelones en el que la afición argentina ha convertido el combinado nacional. En alguien que es repudiado incluso por no pocos compatriotas que reclaman corazón y huevo por encima de fútbol y que entienden que Messi no aporta lo que debe. Porque Leo, tan argentino como cualquiera de sus compañeros, ya no perderá jamás el traje de futbolista europeo. De talento criado, atendido y educado en un ambiente que no entiende de orgullos nacionales y de guerras tribales cuando la pelota comienza a rodar. Y es un problema con el que parece que Argentina se verá obligada a lidiar de aquí en el futuro. Su fútbol ya no exporta a Europa jugadores consagrados. Europa ya no les da tiempo de consagrarse en su ambiente natural. Los capta en plena formación, cuando aún son permeables como una esponja, y los reeduca en un fútbol que no es el que Argentina respira. Argentina tiembla, el Mundial aguarda.

Bilbao, 1977. Abogado. Una noche de lluvia y frío en (el viejo) San Mamés, una canción en el Riverside de Craven Cottage, un balón rodando por un descampado al caer la tarde. En Notas de Fútbol desde septiembre de 2005 hasta agosto de 2006. Cofundador de Diarios de Fútbol en agosto de 2006. borja.barba @ diariosdefutbol.com

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